Christophie Matyaskiewicz (1722-1787)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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La casa de Léopol no tuvo más que una existencia de cuarenta años. Las ordenanzas de Joseph II la cerraron en 1782, y los misioneros se vieron obligados a dejarla. Uno de los que compartieron esta suerte fue el Sr. Christophe Matyaskiewicz, quien terminó su vida en Léopol, el 7 de abril de 1787.

Había nacido  en  1722 y había sido recibido en la Congregación el 13 de octubre de 1739. Llenó su carrera de Misionero con una piedad y un fervor notables, realizados sobre todo por la práctica de la caridad para con el prójimo. En cuanto a la práctica de las reglas y de las costumbres de nuestra vocación, él era un modelo para todos los cohermanos que vivían con él, y fue siempre ejemplar en el cumplimiento de las diferentes funciones que le fueron confiadas. Verdadero celador de la glorias de Dios y de las funciones sacerdotales, fuera el que fuese el número de asuntos  que venían a abrumarle de parte de varias casas de la Congregación y de varios hospitales, él no omitió nunca, al menos estando bien de salud, ninguno de los ejercicios de piedad e incluso, en medio de las más apremiantes ocupaciones, sabía hallar y tomarse el tiempo que conviene para cumplirlas en común con sus cohermanos.

Fue, durante largos años, confesor de las Hijas de la Caridad; no contento con cumplir este oficio, visitaba también las salas de los enfermos, se informaba de los que necesitaban confesarse y les prestaba este servicio. Continuó este ministerio caritativo hasta el final de su vida e incluso cuando la vejez había consumido casi todas sus fuerzas; confesaba también a un cierto número de personas del exterior y a varias comunidades, en virtud de un permiso particular de los superiores. Muchas personas de la ciudad le hacían llamar  para confesarse en sus últimos momentos.

La caridad hacia el prójimo era su virtud predilecta. Tenía un gran cuidado de los pobres vergonzantes, y no solo iba a recoger limosnas para ellos donde los ricos, sino que incluso les ayudaba con sus consejos cuando andaban en malos asuntos, iba a interceder por ellos ante las autoridades; de manera que todos los pobres le consideraban como su padre. Dio sobre todo pruebas de su espíritu de misericordia durante el tiempo de los repartos y de las desdichas de este país. Se hizo el servidor de los prisioneros y proporcionó a unos dineros y a otros víveres, y cuando no tenía ya nada, iba a mendigar para ellos a los conventos y a las comunidades de la ciudad. Y cuando este último medio no le era suficiente, iba a buscar a la gente rica, a los señores y a sus señoras. Tenía en efecto a su cargo varios centenares de desgraciados; muchos que le conocían, al verle pasar por la calle, detenían su vehículo y le preguntaban a cuántas personas tenía que alimentar, cuánto necesitaba, y allí mismo le entregaban sus limosnas. Un día se tomó la confianza de ir a ver  al general comandante para rogarle que suavizara la suerte de los prisioneros. El comandante se sorprendió mucho po resta acción y admiró la caridad del humilde sacerdote y, a la vez que le hacía algunos reproches, no por eso dejó de concederle menos lo que pedía. El ejercicio de esta misericordia acompañó hasta la tumba a este venerable sacerdote, y se pudo ver  constantemente en él a un hombre animado del espíritu de Dios y a un fiel imitador de san Vicente, nuestro bienaventurado padre.

Los últimos años de su vida fueron  colmados de un dolor muy grande: fue con sus cohermanos obligado a dejar la casa donde había pasado treinta años ; pero no cesó por ello de considerarse como Misionero y, según la comisión de sus superiores, continuó siempre sus servicios a las Hijas de la Caridad y al hospital de Léopol; fue su único empleo, ya que su edad avanzada no le permitía emprender otros trabajos ; y no quiso cambiar nada a su costumbre de Misionero.

Vio llegar su última enfermedad con una gran resignación en la voluntad divina; recibió los últimos sacramentos, y el Sábado santo, a la una de la mañana, rindió su alma a Dios. Su cuerpo fue enterrado con las exequias ordinarias, en la iglesia del hospital general y por los cuidados de las Hijas de la Caridad. Dos parroquias de la ciudad, la de San Antonio y la de Santa Inés quisieron también testimoniarle su agradecimiento con un servicio por el descanso de su alma.- Mémoires; Pologne, p. 361.

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