El Sr. Christophe Métreau, nacido en Saintes, parroquia de Sainte-Colombe, el 27 de junio 1706, nos lo llevó una fiebre maligna el 3 de octubre de 1743, hacia las cuatro de la mañana. Había comenzado su retiro anual, pero habiéndole agarrado el mal el segundo día, se vio obligado a dejarlo para acostarse, y ha recibido todos los sacramentos con conocimiento y con piedad.
Recibido la primera vez en el seminario el 10 de abril de 1728, algunas debilidades le obligaron a salir el 11 de diciembre del año siguiente. Se le echó mucho de menos a causa de su fidelidad, de su prudencia y de su virtud. Aquel de sus cohermanos, a quien se le confió para ser instruido en las observancias comunes asegura todavía hoy que se portó con avidez en el conocimiento de las reglas, de las costumbres del espíritu del estado que acababa de abrazar, y que demostró mucha piedad y fervor. Muy afligido él mismo por tener que volver al mundo, no se consoló más que por el recuerdo de las lecciones de virtud que había recibido para sostenerse. Comenzó por ponerlas en práctica volviendo a sus estudios. Su conducta había sido siempre cristiana y edificante pero lo fue más aún. Llegado al santo orden del sacerdocio, se le confió enseguida el curato de Sainte-Colombe, en la ciudad de Saintes. Este puesto tan cómodo como honroso, le ofrecía todas clases de atractivos en el seno de su familia. Pero hallándose demasiado cómodo, como lo ha dicho más de una vez, y temiendo que este estado pusiera obstáculos a su salvación, se acordó de las ventajas de su primera vocación, y favorecido por la esperanza de volver a ser recibido dio todos los pasos necesarios. Tenía menos obstáculos que temer por parte de la Congregación de la Misión, cuya estima se había merecido, que por parte de su familia, de su madre sobre todo que le quería tiernamente. Por eso le ocultó sus planes, después de verla a los ojos de Dios. Cuando se tomaron todas sus medidas, dejó generosamente a sus padres, su parroquia y su patria, sin decir adiós a nadie. Este rasgo de valor da a conocer que era capaz de grandes sacrificios.
Llegado a París, entró en la Misión, el 6 de abril de 1738, y ha continuado viviendo con edificación. Regular, dulce, honrado, celoso, piadoso, comprendiendo bien las materias espirituales, él ha sido un niño de consuelo, aquí, en San Lázaro, así como en los Inválidos y en le Mans, donde ha estado empleado desde su regreso. Encargado en le Mans de la dirección del hôtel-Dieu, empleo delicado, cuyos escollos no evitan los más virtuosos sino con mucha atención, él cumplió con bendición, ganándose la reputación de hombre sabio, juicioso, discreto, prudente, lleno de celo y de caridad. Cansado del aire del hospital, le habían enviado a misiones; pero superando sus fuerzas este nuevo trabajo, volvió al seminario de le Mans, de donde la obediencia le cambió a nuestro priorato de Coudres unido a la casa de Saintes. Allí se mantuvo como en todas las demás partes en la sabiduría y en la piedad, muy ocupado en cumplir dignamente su parte de las funciones parroquiales, y habiendo tomado con empeño el establecimiento de una maestra de escuela para la instrucción de las jóvenes. Su carácter era la bondad, la dulzura, la igualdad. Un poco de lentitud en su temperamento ocultaba su verdadero mérito; sería tan difícil señalar defectos como fácil era ver en él rasgos de virtud. – Anciennes Notices, p. 531.







