Charles Nacquart (muerto en 1650 en Madagascar)

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Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices III.
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Madagascar, 29 de mayo de 1650.

El Sr. Charles Nacquart, nacido en Treslon, pequeña ciudad de la diócesis de Soissons, fue recibido en la Congregación de la Misión en San Lázaro el 6 de abril de 1640. Después de terminar su seminario y los estudios que le siguen, bajo los ojos de san Vicente, fue enviado a la casa de Richelieu. Los Misioneros de esta residencia, en la diócesis de Tours, estaban encargados de la parroquia y daban misiones  en los pueblos vecinos. Ya había manifestado el Sr. Nacquart a su venerado Padre el deseo de consagrar sus días al servicio y a la gloria del Señor en una tierra infiel; pero esperó con paciencia que la divina Providencia realizara el deseo más ardiente de su corazón. Este momento estaba más cerca de lo que se atrevía a esperar.

* * *

Mientras que en Inglaterra y Holanda se disputaban el comercio de la India, la Francia de Luis XIII, que regía el genio organizador de Richelieu, prestaba oído atento a los relatos entusiastas de los navegantes que habían abordado la Isla San Lorenzo o de Madagascar, en la gran ruta de las Indias. Su extensión, su fertilidad y su posición marítima llamaban la atención y la codicia de los hombres ávidos de grandes empresas: Una compañía se formó pues con el nombre de Sociedad del Oriente: el capitán de marina Rigault, de la Rochelle, su representante, obtuvo del cardenal Richelieu, el 22 de enero de 1642, el privilegio y la concesión «de enviar, dice  el Sr. de Flacourt, a Madagascar y otras islas adyacentes para erigir allí colonias y comercio si lo aconsejaran como bueno para su tráfico, y tomar posesión de ellas en el nombre de Su-Majestad-Cristianísima».

El cardenal entregó las letras patentes a Rigault, el 29 de enero del mismo año; la concesión fue confirmada por decreto del consejo, el 15 de febrero  siguiente, y al año siguiente por el rey (20 de septiembre de 1643).

Tras unos principios llenos de esperanza, la Compañía de las Indias supo bien pronto que su obra periclitaba. Resolvió entonces reparar su primera falta, que había sido no asentar su colonia sobre la base necesaria de la religión: Nisi Dominus aedificaverit domum, in vanum laboraverunt qui aedificant eam. No se puede fundar una sociedad duradera sin la ayuda y la idea de Dios, los paganos mismos ponían en práctica esta verdad que los cristianos parecen olvidar a veces.

La Compañía resolvió pues enviar a Madagascar, con un nuevo gobernador más honrado y más hábil, a sacerdotes celosos;  y por mediación del cardenal Bagni, nuncio apostólico ante la corte de Francia, pidió a Vicente de Paúl algunos de sus sacerdotes.

El Santo, que ardía en deseos de ir él mismo a evangelizar a los infieles, acogió la propuesta con alegría y bendijo a la divina Providencia.  Por la elección que se dignaba hacer de su Congregación confinándole una misión que prometía a sus hijos las palmas del martirio y abundantes bendiciones.

Cuando todo estuvo en regla, anunció la nueva misión a su Compañía, con estas palabras tan apostólicas:

«Aquí tenemos un hermoso campo que Dios nos abre, tanto en Madagascar como en las Islas Hébridas, y otras partes. Pidamos a Dios que abrase nuestros corazones con el deseo de servirle: démonos a él para hacer de él lo que le agrade. San Vicente Ferrier (sic) se entusiasmaba ante el pensamiento que debían llegar sacerdotes, los cuales con el fervor de su celo abrasarían toda la tierra. Si no merecemos que Dios nos conceda la gracia esos sacerdotes, roguémosle que al menos nos haga sus  imágenes y sus precursores. Pero, así las cosas, tengamos por cierto que no seremos verdaderamente cristianos hasta que estemos listos para perderlo todo y dar incluso nuestra vida por el amor y la gloria de Jesucristo, haciendo la resolución con el santo Apóstol de escoger más bien  los  tormentos y la muerte misma a separarnos de la caridad del divino Salvador.

El nuevo gobernador enviado por la Compañía  del Oriente a Madagascar era el Sr. de Flacourt; los Misioneros designados por san Vicente fueron el Sr. Nacquart y su compañero el Sr. Gondrée, quien sucumbió el primero y cuya vida virtuosa y muerte edificante ya hemos narrado. La partida fue fijada para el mes de abril de 1648.

* * *

Con fecha del 22 de marzo de 1648, el Santo escribió al Sr. Nacquart esta carta llena de sentimientos apostólicos para anunciarle la misión que le conf

«Cuando se hizo en vuestra presencia la propuesta de abrir misiones entre los gentiles e idólatras, me parece que Nuestro Señor hizo sentir a vuestra alma que os llamaba, como me lo escribisteis. Es hora que esta semilla de la divina vocación sobre vos tenga su efecto y ya Mons. el nuncio, por la autoridad de la Sagrada Congregación  de la Propagación de la Fe, cuya cabeza es Nuestro Santo Padre el Papa, ha escogido a la Compañía para ir a servir a Dios, en la isla de  de San Lorenzo, con otro nombre de Madagascar; de la Compañía ha puesto los ojos en vos, como en la mejor ofrenda que tenga, para hacer un homenaje a nuestro soberano Creador, a fin de entregarle este servicio, con otro buen sacerdote de la Compañía.

Oh mi más que queridísimo Señor, ¿qué dice vuestro corazón ante esta noticia? ¿Siente la confusión conveniente para recibir una gracia semejante del cielo? Vocación tan grande y [96] tan adorable como la de los mayores apóstoles y los mayores santos de la Iglesia de Dios! Designios eternos, cumplidos en el tiempo en vos. La humildad, Señor, es la única capaz de ganarse esta gracia; el perfecto abandono de todo lo que sois y podéis ser, en la superabundante confianza en nuestro soberano Creador, debe seguir.

Os es necesaria la generosidad y la grandeza del valor os será necesaria una fe tan grande como la de Abrahán. La caridad de san Pablo os va a hacer mucha falta. El celo, la paciencia, la deferencia, la pobreza, la solicitud, la discreción, la integridad de las costumbres, y el gran deseo de consumiros por Dios, os son tan convenientes como al gran Francisco Javier.

Lo principal de vuestro empeño, después de trabajar por vivir, entre aquellos con quienes debéis conversar, en olor de suavidad y buen ejemplo, será hacer comprender a esas pobres gentes, nacidas en las tinieblas de la ignorancia de su Creador, las verdades de nuestra fe, no con razones sutiles de la teología, sino con razonamientos tomados de la naturaleza; pues se ha de comenzar por ahí, tratando de darles a conocer no hacéis otra cosa que desarrollar en ellos las señales que Dios les ha dejado de sí mismo y que la corrupción de la naturaleza, tras argo tiempo habituada al mal, las había borrado. Para ello, Señor,  convendrá que con frecuencia acudáis al Padre de las luces, y repitáis lo que le decís todos los días: Da mihi intellectum ut sciam testimonia tua. Aunque hay algunos libros que tratan estas materias, no puedo más que repetiros, Señor, que lo mejor será la oración: accedite ad eum et illuminamini; y abandonarse al espíritu de Dios que habla en estos encuentros, si es del agrado de su divina bondad  daros gracia para cultivar la  de los cristianos que está ahí ya y que ahí viven con esa buena gente en la caridad cristiana. No dudo en absoluto, Señor, que Nuestro Señor se servirá de vos ahí para preparar a la Compañía una amplia cosecha. Id pues, Señor, y con la misión de Dios para aquellos que os le representan en esta tierra, echad sin miedo las redes.

Ya sé cuánto ama la pureza vuestro corazón, deberéis saber hace un buen uso. Los naturales del país, viciados en muchas cosas, lo son en particular en ésa. La gracia infalible de vuestra vocación os garantizará frente a estos peligros. Tendremos noticias vuestras todos los años y os enviaremos las nuestras.

¿Qué más podría deciros, Señor, sino que pido a Nuestro Señor, que os ha dado parte en su caridad, que también os la dé en su paciencia, y que no hay destino  que yo deseara más en la tierra, si me fuera permitido, que el de ir a serviros de compañero en el lugar del Sr. Gondrée«.

A esta carta impregnada de la ternura y de la solicitud del mejor de los padres, el Sr Nacquart respondía con una sencillez conmovedora:

«Me ha parecido al leer y releer la vuestra, que los términos de ésta no eran de un hombre sino palabras del espíritu de Dios, que me comunican que es su benevolencia servirse de mí en una vocación tan noble. De verdad, yo me siento muy indigno y me cuesta persuadirme que es a mí, pobre Charles Nacquart, a quien se dirige esta manifestación del designio de Dios. ¡Bueno! no obstante, como vos ocupáis el lugar de padre en esta tierra después del que tengo en el cielo. No tengo la menor duda. Que el Sr Gondrée venga cuando él quiera, yo iré con él, como un niño perdido, a ciegas, para descubrir si esta tierra es de promisión; y aunque yo haya visto, como Moises, mi mano leprosa, tengo confianza que Dios nos dará como a él su vara todopoderosa, para operar lo que le plazca.

Estos comerciantes que van a esta empresa por lo temporal me servirán de aguijón, si yo no hago para gloria de Diosy la salvación de las almas tanto como ellos para su tráfico«.

El Sr. Nacquart y su compañero se dirigieron a La Rochelle donde debía tener lugar el embarque.

«Nos detuvimos allí casi un mes, escribía a san Vicente, pero no sin trabajar; ya que una vez que fuimos presentados a Mons. el obispo nos dio permiso para ocuparnos en la ciudad o en el campo en lo que creyéramos que fuese más conveniente para la gloria de Dios. Lo que habiendo aceptado con gratitud, a imitación de Francisco Javier, a quien nos habíais dado por modelo en nuestro viaje, escogimos los hospitales en los que, si bien no estábamos alojados en ellos, pasábamos una buena parte de la mañana en la visita y en el servicio de los enfermos, con el permiso de los Padres de la Caridad, que nos hacían el favor de emplearnos con ellos.

Los prisioneros fueron nuestros parroquianos en el tiempo pascual, a los que, después de administrarles los sacramentos servíamos de mensajeros para visitar de su parte a aquellos de quienes esperaban su libertad«.

* * *

Por fin tuvo lugar el embarque. Durante la travesía, el Sr. Nacquart evangelizó a la tripulación y a los pasajeros. Se ganó el afecto de todos por su celo y su bondad y obtuvo los resultados más consoladores. Fue una vida muy apostólica la de aquellos Misioneros a bordo de los barcos.

La navegación, que duró seis meses, fue a menudo dura y peligrosa. Habiendo tenido el viento en contra, desde el principio de julio hasta el 16 de agosto, escribía el Sr. Nacquart,  nos vimos casi en la necesidad de hacer escala; pero recurrimos a aquél que saca los vientos de sus tesoros y a la Estrella del mar, la santísima Virgen. En su honor, hicimos promesa a Dios de confesarnos y de comulgar en la semana que precede a su Asunción, y de construir una iglesia en Madagascar, bajo la invocación de esta Reina del cielo; a lo cual se añadió una limosna, a la devoción de cada cual. Tan pronto como cada uno hubo arrojado, de alguna manera, al Jonás al mar por los sentimientos de la penitencia, la tempestad cesó y el viento se nos volvió favorable, de modo que la víspera de la fiesta de Nuestra Señora cruzamos el Ecuador.

«Experimentamos el mismo socorro del cielo, por Nuestra Señora de septiembre. El viento, que nos era contrario,  se volvió favorable en el momento que hicimos las oraciones públicas en honor de la santa Virgen. Hemos experimentado en varias otras ocasiones la virtud de su asistencia.

Al fin, tras seis meses de navegación, descubrimos la tierra de Madagascar. Exhorté entonces a todos los del buque a olvidar recíprocamente todas las pequeñas ofensas sucedidas en un viaje tan largo y tan accidentado: lo que cada uno prometió hacer; y, el 4 de diciembre de 1648 echamos el ancla en el puerto tan ardientemente y tan largamente deseado.

Una vez llegados, pisé tierra de los primeros, y al punto doblé las rodillas en tierra para ofrecerme a Dios en la ejecución de sus designios, y tomar posesión espiritual de esta isla y de todas las demás en su nombre, por la autoridad de Nuestro Santo Padre el Papa, con el fin de establecer allí el imperio de Jesucristo, destruyendo el del príncipe de las tinieblas

Al día siguiente, 5 de diciembre, el Sr. de Flacourt, nuestro guía y gobernador del país; el Sr. Gondrée, mi compañero y todos los de la embarcación llegados al fuerte, yo celebré la misa solemne en acción de gracias; y luego se cantó el Te Deum, como habíamos prometido en alta mar. Los Franceses que encontramos nos recibieron con gran alborozo, todos se alojaron, y nosotros nos aposentamos en una caseta que quedaba«.

* * *

Enseguida comenzaron los trabajos de evangelización. Al Sr. Nacquart le gustaba ver a los indígenas bien dispuestos; pero otra cosa bien distinta serían, ay, los Europeos, cuya vida a menudo escandalosa arruinaba en parte el bien que él se esforzaba en hacer.

«No han sido pocas las dificultades que he encontrado en practicar lo que me habíais escrito, declaraba a san Vicente, respecto de la conversación dulce y respetuosa; pero fiel a seguir el partido de Dios y a no traicionar mi conciencia; ya que sabéis que las conversaciones de los seglares son demasiada frecuencia de cosas que no deberían ser oídas por un sacerdote. He procurado entonces desviar la conversación, con toda suavidad. Pero queriendo seguir fiel a Dios y a mi conciencia, no he podido evitar hacerme odioso. No obstante, de las dos, he preferido agradar a Dios antes que a los hombres, por miedo a perder la calidad de servidor de Nuestro Señor Jesucristo».

Añadía algunas informaciones sobre sus primeros trabajos: Dian-Ramach, uno de los reyes de esta comarca me ha propuesto a menudo que vaya a vivir en Fanshère, cerca de él; es un lugar propio para una habitación para las Misiones de la comarca. Se podría instalar allí un seminario de niños, de los que tendríamos un gran número y no costaría mucho  a esta edad, en que serían aptos para la instrucción. Están acostumbrados a dormir en el suelo y a vivir de arroz y raíces del país.

Las Hijas de la Caridad, bien fundadas en la virtud, serían apropiadas para la formación de las jóvenes. Es algo muy necesario, pues con los ancianos se hará lo que se pueda, pero serán los niños los que instruirán a sus padres y los que regenerarán a este país«.

Gracias a un estudio asiduo y valiente de la lengua de los indígenas, el Sr. Nacquart había podido redactar con rapidez un breve compendio de la Doctrina cristiana.

«Se puede mandar imprimir, escribía, un centenar de copias del catecismo que envío en esta lengua, esperando mejores tiempos; más tarde, se podrán hacer libros de oraciones, bien encuadernados, y letra grande«.

Éstos son algunos rasgos del resumen de sus trabajos que después de algunos meses el Sr. Nacquart envió a san Vicente de Paúl:

«Tratamos primeramente de edificar y ganarnos a todos por una conversación dulce; ha sido del agrado de la voluntad divina servirse principalmente de este medio para la conversión de cinco herejes. Nuestra primera ocupación fue disponer a los franceses que hemos encontrado aquí a ganar el jubileo por la paz. Luego nos entregamos a la inteligencia de la lengua del país, trabajo que nos ha costado grandes esfuerzos.

Tan pronto como hemos podido balbucear, hemos comenzado por instruir a los infieles, entre los cuales los negros son mucho más dóciles que los blancos. Así se verifican en sus personas estas palabras  de Nuestro Señor: Abscondisti haec a sapientibus et prudentibus et revelasti ea parvulis –‘Habéis ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y se las habéis revelado a los pequeños’; ya que estos buenos negros, después de escuchar, se dicen unos a otros: No habrá pues que jurar, ni trabajar los domingos, ni robar.

Seis días después de nuestra llegada, habiendo oído decir que el cabecilla de esta comarca, llamado Andian-Ramach, había estado tres años en Goa, de donde los portugueses le trajeron aquí, a la edad de diecisiete años (ahora tiene cincuenta), yo fui a verle con algunos franceses a Fanshère, lugar de su residencia, a un día y medio de aquí. Nos presentamos de parte del gobernador, el Sr. Flacourt. Nos dio buena acogida, y recitó el Pater, el Credo y el Ave en portugués. Le pregunté por qué solo él en este país sabía rezar a Dios; me respondió que los habitantes eran incapaces y que no había sacerdotes para enseñarlo. Entonces le dije que yo había venido a verle para servirle, a él y a todos sus súbditos, que llegarían a ser capaces de rezar a Dios después de ser enseñados como él. Me respondió que estaba contento, y que asistiría a las oraciones cuando yo las tuviera en su pueblo.  Otros grandes que estaban en este lugar me dijeron lo mismo.

Después de algunas charlas, de una parte y de otra, acaricié a los niños, tendiéndoles la mano al modo del país, balbuciendo algunas palabras de su lengua; también les hice algunos regalitos, lo que les alegraba enormemente. Me llamaban su padre, y yo, mis hijos.

Todos me miraban atentamente, y cuando me separaba para recitar el oficio divino, venían a verme rezar a Dios y se detenían alrededor de mí. Este primer viaje me llenó de consuelo y de esperanza. Ya de regreso, consolé a mi querido compañero con estas buenas noticias; y las fiestas de Navidad se pasaron ganando nuestro jubileo, administrando también los sacramentos y predicando a los franceses, según costumbre nuestra. Llegado el día de Reyes, para corresponder al misterio de la vocación de los gentiles, comenzamos a bautizar a los niños no adultos. El Sr. de Flacourt le puso al primero Pedro, y esa es la primera piedra de nuestra Iglesia espiritual«.

Después de contar varias conversiones obtenidas bien entre los europeos llegados a Madagascar, bien entre los indígenas, el Sr. Nacquart añade:

«Fui durante el mes de agosto a las montañas más próximas a nosotros. Instruía de día a los que eran de los pueblos, y por la tarde, a la luz de la luna, a los otros que llagaban del trabajo. Quedé consolado en extremo porque creían de todo corazón, y yo decía, con lágrimas en los ojos: Quid prohibet eos baptizari? ¿Qué les impide bautizarse? Pero temiendo que abusaran del bautismo, y a falta de sacerdote para hablarles de la piedad cristiana, lo opuse todo en manos de la adorable providencia de Dios. Habría bautizado a los niños pero me volví atrás por miedo a que no pudieran discernir a unos de otros, teniendo en cuenta ante todo que los paganos cambian con frecuencia de morada.

Los que he bautizado en los pueblos vecinos de nuestra residencia se pueden reconocer, porque se los llama en el país por su nombre de bautismo. Sería algo largo y aburrido si quisiera enumerar los nombres, los viajes, los pueblos y las gentes a quienes anuncié a Nuestro Señor Jesucristo, y los casos que ocurrieron. Puedo deciros que no se podría desear más disposiciones para recibir el Evangelio. Todos se quejan de que los franceses, desde que están en la isla no les han hablado para nada de la fe, y tienen una santa envida de los que están cerca de nuestras viviendas.

Había yo llevado una imagen grande del juicio final, del paraíso y del infierno. En cada pueblo les gritaba que yo había venido para que sus ojos pudieran ver y sus oídos escuchar las cosas de su salvación. Después de explicarles las verdades que había que creer y los mandamientos de Dios que había que practicar, les mostraba las moradas de la eternidad y les pedía que escogieran lo alto o lo bajo, el paraíso o el infierno, ellos exclamaban entonces: ‘No nos preocupa ir con el diablo; es con Dios con quien queremos estar’.

Cuando alguien llegaba tarde y la imagen estaba ya doblada, ellos le decían: «Ah, tú no has visto la riqueza!» Y había que desplegar y explicarlo otra vez. Al volverme, pasé por Fanshère y mostré mis imágenes al rey, que las conocía ya y las explicaba. Luego le rogué que me dejara bautizar a los niños de su poblado. Me dijo que no lo impediría.

«Visité por las fiestas de Navidad el país de Anosse (Anos Anossi), donde hay 10 000 almas. No me quedan ya más que dos visitas que hacer para acabar de preparar los caminos en todos los lugares a los que debe llegar el Señor. Iré lo antes posible para que los que vengan después hallen al menos la tierra labrada. Todo se ha hecho con gran trabajo. Pero Aquel que allana las dificultades a los apóstoles  hace que el calor parezca aquí como un dulce rocío a los que están en el horno de la caridad«.

Acordándose de los consejos evangélicos, el Sr. Nacquart añadía:

«Os diré, Señor, que todos estos, que languidecen no esperan más que «el agua se agite»: motum aquae, y la mano de algún buen obrero para llevarlos a la pila del bautismo. Cuántas veces, evangelizando en el campo, he oído, no sin derramar lágrimas,  a esta pobre gente gritar: «¿Dónde está esa agua que lava las almas y que tú nos has prometido? Hazla venir y añade las  oraciones». Pero yo difiero, temiendo que la están pidiendo materialmente, como esta mujer quien, por estar exenta de venir al pozo, pedía a Nuestro Señor el agua que quita la sed, antes de conocer todavía la que apaga el fuego de la concupiscencia y que brota hasta la vida eterna.

He dicho, al principio, haber encontrado a cinco niños bautizados. Ha querido Nuestro Señor añadir otros cincuenta y dos más. Aunque haya muchos adultos suficientemente dispuestos, lo dejo hasta que se los pueda casar inmediatamente después del bautismo, para poner remedio al vicio del país, como lo he hecho por los que han sido bautizados en Francia. Tendré cuidado no obstante que ninguno de los que están dispuestos no se muera sin ser regenerado. Bauticé hace algún tiempo a una pobre anciana gravemente enferma en quien Dios hizo ver los efectos de la gracia por grandes sentimientos que de pronto le dio de su bondad. Se fue, la primera de este país, a la eternidad bienaventurada, y su cuerpo ha sido el primero enterrado en el cementerio de los franceses.

El día de la Purificación, hemos bendecido y colocado la primera piedra fundamental de la iglesia que se va a construir para nuestra residencia. Hemos dado también gracias a Dios por habernos elegido para levantar un templo a su divina Majestad en un reino tan grande, en el que no hay vestigio alguno de iglesia, aunque haya más de 400.000 almas. Ellas no esperan, si puedo decirlo así, más que verse pulidas y talladas para ser las piedras vivas del edificio espiritual que esperamos erigir a la gloria del Señor«.

Y el hombre de Dios, después de esta exposición de sus trabajos, estallaba en estos gritos apostólicos:

«¿Dónde están tantos doctores, como decía en otro tiempo san Francisco Javier, que pierden el tiempo en las academias, mientras que tantos pobres infieles piden pan, sin que haya nadie que se lo reparta! Petunt panem et non est qui frangat eis. Que el dueño de la mies tenga a bien remediarlo! Pues a menos que haya muchos sacerdotes para instruir y mantener el fruto, no se puede dar un paso. No dudo, Señor, que todos los miembros de nuestra Congregación saltan de gozo ante noticias tan animadoras para su celo, y desean cooperar con Dios a la conquista de este nuevo reino para Jesucristo. Que en la compasión de verme solo, en un país tan lejano, administrar los sacramentos a los demás, sin poder recibir yo mismo la santa Eucaristía, suplican a la bondad de Dios que me fortalezca en esa gracia. Lo que podrá consolarme más, ante Dios, será enterarme de lo más interesante que ha sucedido en  nuestra Congregación para bien de nuestra santa Iglesia, y para la gloria de Jesucristo«.

Una memoria escrita por el ardoroso Misionero cuenta consoladoras conversiones, así como los sufrimientos que pasó. El más cruel sin duda fue el de la muerte de su compañero de misión, El Sr. Gondrée; se quedaba así el único sacerdote en esta tierra lejana donde no cesó de entregarse sin límites.

* * *

Su memoria se interrumpe bruscamente en la fecha del 1 de mayo de 1650. La enfermedad que atacó al cabo de sus correrías apostólicas al Sr, Nacquart, se lo llevó el 29 del mismo mes. El corazón se oprime de esta laguna causada por la muerte. El Sr. Mousnier, a quien llamó la divina Providencia más tarde a recoger la herencia espiritual de este hombre de Dios, nos da algunos detalles sobre sus últimos momentos:

«Las fatigas de la cuaresma debilitaron notablemente la salud del Sr. Nacquart. A pesar de la disminución de las fuerzas del cuerpo, su alma estaba siempre devorada de celo por la conversión de los infieles y la santificación de los franceses confiados a su solicitud. Una voz interior le llamaba a ir a anunciar la buena nueva a los pueblos de los alrededores. Realizó este deseo de su corazón; pero volvió muy fatigado de esta excursión, muy consoladora por la urgencia que le hacían un buen número de padres y de madres en llevarle los niños para que los instruyera en las verdades de nuestra santa religión.

El domingo del Buen Pastor, en la instrucción que dio as los franceses de Fort-Dauphin, para inclinarlos más a una vida  más conforme a la santidad de su fe, les infundió miedo que el Señor, en castigo por sus desórdenes, por sus injusticias y por su negligencia en participar de los sacramentos, les privara de los medios de entrar en gracia con él cuando los buscaran. Parafraseó luego estas palabras de san Mateo: Percutiam pastorem et disperegentur oves: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». El Sr Nacquart, al pronunciar estas palabras, no sospechaba sin duda que tendrían tan pronto su cumplimiento doloroso.

Del 9 de mayo al 19, el Misionero bautizó, en sus carreras apostólicas, a nueve pequeñitos y a un anciano de sesenta años que estaba a punto de morir. Era el jefe de un pueblo, ya pasablemente instruido. Al regreso de esta excursión, el Sr. Nacquart se sintió muy mal. Los cuatro o cinco días antes de la Ascensión, que caía el 26 de mayo, fue obligado a guardar cama. A  pesar de la fiebre violenta que le devoraba, se determinó a decir, el día de la fiesta, la santa misa, durante la cual dirigió algunas palabras a los franceses para exhortarlos a vivir todos en buen entendimiento. Aquellas fueron sus últimas recomendaciones, como lo habían sido las del divino Salvador a sus discípulos la víspera de la Pasión.

Al salir de la capilla, el Misionero se volvió a la cama. Por la tarde mandó llamar a un francés muy piadoso y le confió el libro intitulado el Cristiano caritativo, rogándole que se sirviera de para preparar a la muerte a todos los que cayeran enfermos, hasta la llegada de otro sacerdote. Luego le comprometió a comenzar por sí mismo, haciéndole de vez en cuando la lectura de algunos pasajes propios para los enfermos. Ese mismo día o al día siguiente, mandó rogar a los franceses que vinieran a su casa. Cuando estuvieron reunidos, les recomendó que vivieran entre ellos en la caridad, evitaran todo pecado y no se olvidaran que en cualquier parte del mundo en que se hallasen, no deben perder de vista la salvación de su alma; que estando nuestra vida en las manos de Dios, él puede llamarnos a sí en el momento que menos lo pensamos. Les pidió, por la caridad de Jesucristo, que se prestaran constantemente una ayuda mutua en todas sus necesidades y sobre todo en sus enfermedades. El Sr. Nacquart sintiendo que le faltaban las fuerzas, y no pudiendo hacerse llevar a la iglesia para consumir las sagradas Especies, les pidió que dieran siempre a Nuestro Señor el honor y el respeto  que le son debidos y, en el caso en que los franceses se vieran obligados a abandonar el Fuerte, que se llevaran consigo el tabernáculo, o al menos el santo copón. Se hubiera dicho que preveía las desgracias que amenazaban a la colonia de inmediato.  Y pasó a mejor vida para recibir allí la recompensa de sus privaciones, de sus fatigas et de su celo por la salvación de las almas.

El comandante y todos los franceses lloraron al Sr. Nacquart como a un padre. Para dar a sus exequias toda la pompa posible, le revistieron con sus ornamentos sacerdotales y lo llevaron a la capilla donde cantaron el oficio de los difuntos. A continuación depositaron el cuerpo en la fosa cavada en el lugar que había designado. El Sr. Nacquart, temiendo no poder hacer un servicio para el Sr. Gondrée, en el aniversario de su muerte, lo había anticipado algunas semanas, cuando se sentía enfermo. Según este ejemplo, los franceses no dejaron, el 22 de mayo del año siguiente, de ir a la capilla a cantar el oficio de los difuntos por el descanso de su alma«.

La muerte del misionero fue una calamidad para la colonia, porque todos los franceses perdían en él a un amigo entregado y compasivo, a un consejero lleno de prudencia, a un conciliador caritativo en sus divisiones, en una palabra a un pastor lleno de una tierna solicitud en sus enfermedades del cuerpo y del alma. Su influencia pacífica en los grandes y sobre los demás habitantes de las cercanías del Fort-Dauphin, fue sobre todo apreciada después de su muerte. Cuando la noticia de su fallecimiento se difundió por la comarca, Dian-Machicore, que había mandado bautizar a su hijo por el Sr. Nacquart, no tenía reparos en decir en voz alta «que al perderle los franceses habían perdido su espíritu propio y que su luz se había apagado»; quería decir con eso que habían perdido su consejo y su guía, y que sería ahora fácil a los naturales deshacerse de ellos. No tardaron en efecto en sublevarse, y en hacer una guerra a ultranza, hasta la llegada de un nuevo refuerzo llegado de Francia.

El Sr. Flacourt rinde homenaje a las cualidades apostólicas del Sr. Nacquart, en estos términos: «El 29 de mayo, el señor Nacquart, sacerdote de la misión, habiendo caído enfermo de una fiebre continua durante seis días, ha fallecido; y por eso nos hemos quedado sin pastor; era un hombre de buen espíritu, celoso por la religión y que vivía ejemplarmente bien; que tenía ya conocimientos de la lengua suficientes para instruir a los habitantes del país, en lo que trabajaba de continuo; ha sido muy llorado de todos nosotros, tanto que a su imitación muchos franceses trataban de bien vivir, que después, a falta de instrucción, se han dejado arrastrar al vicio».

Durante su estancia de diecisiete meses en Madagascar, el Sr. Nacquart había bautizado a 77 Malgaches, Llevado a varios protestantes al seno de la Iglesia, y rehabilitado muchos matrimonios de franceses con mujeres indígenas. Su predicación había dado a conocer y amar nuestra santa religión en todos los pueblos, en más de diez leguas a la redonda. El número de negros que venían a aprovecharse de sus instrucciones iba siempre en aumento. Pensaba incluso en llamar a Hijas de la Caridad que le habrían hecho un gran servicio. Pero este proyecto, concebido por su inteligencia de las necesidades del pobre y del indigente, no podía aún intentarse: otros dos siglos de esfuerzos y de trabajos perseverantes debían preparar su realización.

San Vicente, hablando de la Misión de Madagascar a su Comunidad, no dejó pasar la ocasión de encomiar a los Srs. Nacquart y Gondrée, que acababan de sucumbir, y de animar a todos sus sacerdotes a un santo celo por las misiones entre infieles:

«Oh Salvador, exclamaba. Un día de éstos, hablaba yo a uno de estos Misioneros que han regresado de aquel país; 0h Dios qué no me decía del Sr. Nacquart, el gran siervo de Dios! Sanguis martyrum, semen christianorum! Esto me permite esperar que su martirio puesto que ha muerto por Dios- será  la semilla de los cristianos; que Dios a la vista de su muerte, nos dará la gracia de fructificar… NuestroSeñor haenviado a los  apóstoles; él nos envía, como a ellos, para llevar el fuego. Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi accendatur? Este fuego divino, este fuego de amor, este fuego de temor de Dios, en Berbería, en las Indias, en el Japón…

Ah, Señores, pidamos bien, todos, a Dios este espíritu que nos lleve a todas partes, de suerte que cuando se vea a Misioneros se pueda decir: Mirad personas apostólicas a punto de ir a las cuatro esquinas  del mundo a llevar la palabra de Dios!«

Voy. Mem, de la Misión, Madagascar.

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