Charles-Antoine Vacchetta (1665-1747)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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   En su vida modesta y retirada, el Sr. Vacchetta supo conciliarse una muy grande estima y se puede decir una muy grande veneración. Su vida ha sido escrita y publicada por un sacerdote de Turín, Félix Tempia, y dedicada al arzobispo de esta ciudad, Mons. J.-B. Rovero, el año 1751. El volumen está adornado con el retrato del piadoso misionero (Breve Raggualio  della vita del signor Carlo-Antonio Vacchetta, sacerdote della Congregazione della Missione. In-12, Torino, 1751) Veamos algunos extractos: es en Turín donde nació el Sr. Charles-Antoine Vacchetta el 17 de mayo de 1665. Durante el tiempo de sus estudios, felices amistades le llevaron  más cerca de Dios. Un día que, siendo joven,  se paseaba con algunos amigos de su edad en Turín, se dio cuenta  que estos de vez en cuando hablaban aparte, como haciéndose confidencias. Les preguntó de qué se trataba, y por qué no se lo decían.  Pues bien, se trataba del proyecto de consagrarse  a Dios; el joven Vacchetta no se quedó atrás de sus piadosos amigos. Pidió ser recibido en la familia de San Vicente de Paúl; era en 1682. Fue a hacer su noviciado a Roma, después de lo cual se volvió a Turín (p. 4).

Siendo de un natural servicial y dulce, era querido de Dios y de los hombres. Dios le protegía: véanse dos singulares aventuras que, se puede decir, muestran una providencial protección del cielo sobre su siervo. La primera vez, era en Roma, donde hacía su noviciado : encargado de dar la señal de los ejercicios, estaba un día preparado para tocar para una reunión, sosteniendo, como de costumbre, con una mano la cuerda de la campana, con la otra el reloj (reloj del tiempo); había tormenta. En ese momento, junto de sus cohermanos le llama; el joven se aparta unos pasos, y de repente cae el rayo, sigue por la cuerda que hacía un momento sostenía con la mano y no le hace ningún daño. El otro hecho análogo ocurrió en Turín: asistía una noche a la recitación del oficio en común. Llegado el momento de leer una lección de los Nocturnos que le había tocado hacer, se levantó, dejó su lugar para acercarse a la lámpara, pues su vista era mala. En ese instante, cayó el rayo y destrozó la sede donde, un momento antes, estaba sentado. Uno prefiere pensar que Dios cuidaba de este buen obrero.

Al principio de su carrera, le encargaron de  del oficio de procurador o de ecónomo de la casa; y, hay que pensar que estaba más bien hecho para, según parece, para otros empleos. Pero desde entonces, hizo lo que observó toda su vida: puso todo el cuidado en el oficio que se le había confiado. Durante ocho años, hizo el oficio de procurador a la satisfacción de todos: bueno para sus cohermanos, sin mostrarse exigente en exceso, tampoco con la gente del exterior. Lo que se le pedía, era fácil en concederlo, pronto en ejecutarlo; y este gracioso modo de obrar le ganaba la simpatía de todo el mundo. Fue luego dedicado a predicación de misiones: su palabra era persuasiva. Se hacía notar cómo lograba felizmente  acabar con los odios y reconciliar a los enemigos. Después de esto se le encomendó la dirección de los convictores en la casa de la Misión de Turín. Se llamaban así a unos pensionistas eclesiásticos. El Sr. Vacchetta les enseñaba la teología moral y las ceremonias; se dedicaba a procurar su adelanto espiritual y el resto de su tiempo estaba consagrado al ministerio de la confesión y de la oración.

Se formaban admirablemente bajo su dirección en la escuela eclesiástica que él dirigía. El rey Victor Amadeo decía, al ver pasar a los eclesiásticos, si tenían un porte digno, modesto: » Yo los reconozco por ser convictores de la Misión «. Un buen número de ellos fueron elegidos para las parroquias importantes, las abadías y los obispados.

Al final de la biografía del Sr. Vacchetta, impresa en 1751, se halla una novena preparatoria a Pentecostés que ha sido reimpresa en Turín en 1845 (Librería Marietti): tenía asimismo, dice su biógrafo, una novena en honor de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen  Ha dejado por último un opúsculo sobre la piadosa celebración de la santa misa, compendio del tratado del cardenal Bona (Turín, 1833). Todos estos escritos eran destinados a ayudar a los clérigos cuya formación le estaba encomendada.

El Sr. Vacchetta ejercía su acción sobre ellos  por su dulzura y su solicitud; debía también su influencia al ejemplo de su piedad: era muy tierno con Dios  y con la santísima Virgen. Un día, se incendió  el arsenal de Turín, cerca del cual se encuentra la casa de la Misión ; cuando saltaron los polvorines, todo se vino abajo ; de las casas vecinas, todo el mundo, comprendidos los misioneros, emprendieron la huida para escapar al peligro. El Sr. Vacchetta, él se quedó prosternado de rodillas  al pie del altar  ante el tabernáculo;  como le decían que se diera prisa en huir: » Yo estoy encargado de la iglesia, dijo, y cómo me atrevería a abandonar  a Nuestro Señor».

Se le atribuían conocimientos y gracias extraordinarias. En la vida del P. Valfré, del Oratorio de San Felipe en Turín, impresa en 1748, se lee este hecho. En 1710, el 30 de enero, el Sr. Vacchetta estaba ocupado en dar la clase de teología moral a los jóvenes convictores o pensionistas de la casa de la Misión, en Turín; de pronto, interrumpió la lección, se arrodilló y dijo: » Roguemos por el P. Valfré que está en la agonía». Se dijo una breve oración; cuando terminó, se levantó y dijo: acaba de pasar a otra vida «. Los oyentes estaban llenos de admiración: supieron después que, en ese preciso instante, el venerable P. Valfré había caído súbitamente en una breve agonía y que había muerto.

Pero la más meritoria y hermosa parte de su vida es probablemente la que el Sr. Vacchetta consagró a las almas en el tribunal de la penitencia: no rechazaba a nadie y no manifestó nunca  impaciencia, ni siquiera en los momentos en que habría podido alegar justamente la urgencia  de sus otras ocupaciones. En ello cumplía prodigios de conversión: la dulzura y la discreción fueron los instrumentos de todas sus victorias, escribe su historiador, y no sé qué se le haya escapado una palabra de rudeza o de impaciencia. Si era necesario, para sanar, hacer una herida, la practicaba sin dejar ver el hierro que atravesaba la úlcera. Sus procedimientos y sus éxitos eran los mismos para hacer avanzar a las almas  de elite en la virtud. De todos los alrededores, los penitentes numerosos llegaban a dirigirse a él. En eso estuvo su gloria. Por ello, cuando el siervo de Dios murió, el obispo de Acqui, Mons. Maruchi, hallándose en la casa de la Misión, pidió un recuerdo del Sr. Vacchetta, y deseó tener la estola de la que este se servía al oír las confesiones.

Fue el 24 de enero de 1747 cuando murió el venerable sacerdote; era el decano de sus cohermanos, los sacerdotes de la Misión, en toda Italia y tal vez en toda la Compañía en aquel momento: tenía sesenta y cuatro años de vocación.

 

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