César Fantinelli (1723-1795)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, V.
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El Sr. Jean-César Fantinelli nació en 1723 en  Rivoli, ciudad de la diócesis de Turín, de una familia bastante distinguida y bastante acomodada. Todos los que le han conocido desde sus primeros años dan testimonio de que cultivó siempre esta piedad sólida y constante «que es útil para todo», según la expresión del Apóstol.

Después de los primeros estudios, hechos en su país, pensó en abrazar el estado eclesiástico. Tomó el hábito clerical y llevó el ejemplo de sus virtudes  al seminario arzobispal de Turín donde fue admitido. El rector de este seminario, que fue en otro tiempo su condiscípulo, asegura hoy que todos tenían los ojos puestos en él como en un modelo de piedad, y no sabían hablar de César Fantinelli sino con las expresiones de la más alta estima por la regularidad de toda su conducta y por la distinción de sus talentos, de los que por otro lado no se aprovechaba de ninguna forma. Hacía el consuelo y las delicias de su familia, sobre todo de un tío [98] canónigo, hombre muy recomendable por su piedad, que le quería tiernamente.

Cuando se supo su plan de entrar con los Padres de la Misión, todo el mundo decía que la Congregación adquiría en él a un sujeto que debía honrarla. Era entonces subdiácono y logró ser enviado al seminario interno de Roma.

Quien fue su compañero de viaje desde Turín a Roma, admiró su modestia, su piedad y su recogimiento. Durante la ruta, fueron atacados por ladrones y despojados de su dinero. El Sr. Fantinelli no profirió quejas inútiles. Más aún, dijo que si los ladrones le hubieran preguntado si no llevaba más dinero, habría obrado como san Jean de Kenty y entregado el que por prudencia, había ocultado en la esclavina, tal era su horror a la mentira.

Después de terminar su seminario y sus estudios, en los que obtuvo éxitos notables, le enviaron de profesor de filosofía al seminario de Tívoli. Mons. Pezzancheri, que era el obispo y que había sido uno de los mejores profesores  de los Benedictinos y más tarde abate de la Trapa de Casamari, se felicitó al ver tal profesor en su seminario. Varias veces, le dio pruebas de su estima y expresó su satisfacción de poseer un sujeto que formaba tan bien a los clérigos en la ciencia y en la piedad. Pero al cabo de unos años, se lo llevaron; violentos males de cabeza atacaron al Sr. Fantinelli y le enviaron a Nápoles para tratar de restablecerse por el uso de las duchas y de los baños de mar. Se repuso efectivamente.

Cuando sufrió en Nápoles  el examen para obtener el poder de confesar, los examinadores fueron enseguida donde el superior y le felicitaron por tener un hombre tan capaz. Durante algunos años, estuvo encargado de la Congregación de los clérigos cuyo número ascendía bien a setecientos. Estos clérigos se reunían todos los domingos en la casa dei Vergini para escuchar una instrucción, asistir a la misa mayor y ejercitarse en las ceremonias. Era un empleo muy delicado pues había que tener cuenta de los que estaban presentes y ausentes y dar en el momento de las ordenaciones a los Superiores eclesiásticos los certificados  y las informaciones necesarias. En un número tan elevado de jóvenes, no se oyó nunca la menor queja contra él; al contrario, todo el mundo le quería y le estimaba por su prudencia y su afabilidad. Luego, fue dedicado a las misiones y a los retiros, bien de ordenandos y de párrocos,  bien de seculares; le nombraron también director espiritual de un seminario muy numeroso, adonde iba a confesar dos veces por semana. Al fin fue  procurador de las casas de la Poquilla (probablemente Bari). En sus numerosos y diversos empleos el Sr. Fantinelli dio siempre entera satisfacción.

Asuntos de familia reclamaban su presencia; se vio obligado a regresar al Piamonte. Allí le encomendaron diversos empleos. Después de ocuparse de las misiones durante varios años, le confiaron en Turín, en 1767, la dirección del seminario interno, oficio muy delicado. Aparte del cuidado de los seminaristas fue también durante varios años responsable de hacer una vez a la semana una instrucción a los clérigos de la ciudad, por último predicó también varios retiros con satisfacción y edificación generales.

Debió ir en 1773 a Cásale a ejercer las funciones de superior. Gobernó esta casa con tanta sabiduría que sus inferiores temiendo que no se lo permitieran  escribieron al Superior general para rogarle  que no les privaran  de un superior tan bueno. No obstante, en 1776, fue obligado a ir a Mondovi para tomar la dirección de este nuevo establecimiento. Esta familia gozaba de una paz perfecta aun siendo la casa nueva y los cargos muy variados; pero al cabo de algunos años, [100] tuvo el dolor de ver que se llevaban a este amistoso y sabio superior. En cambio, se confió de nuevo en el Sr. Fantinelli la dirección del seminario interno. No se ahorró ni penas, ni preocupaciones  para formar bien a estos jóvenes; por eso tenía toda su confianza en él.

Este empleo parecía agradarle. A pesar de ello, se le dio otro cargo. En esta época, la Congregación había aceptado un nuevo establecimiento en Voghera (1778). El buen orden y la regularidad que el Sr. Fantinelli había implantado ya en Mondovi hizo creer a los Superiores que se necesitaba su presencia para echar buenos fundamentos en Veguera. Se resolvieron entonces a nombrarle superior. Se sabía la repugnancia que  sentía por este título y este empleo; por eso para impedirle hacer observaciones, esperaron el momento en que salió de la capilla y le leyeron su patente en presencia de toda su futura comunidad, que se había reunido de antemano y que no había encontrado otro medio para determinarle a ceder. Expresó pronto su repugnancia a llevar una carga a la que se creía inferior. Sin embargo, él aceptó. Pero poco después insistió tanto que logró que se aceptara su dimisión y fue a vivir bajo obediencia en Mondovi.

Los habitantes de Mondovi, sobre todo los eclesiásticos de esa ciudad, se llenaron de júbilo al volverle a ver; el obispo le obligó a aceptar y ejercer las funciones de examinador sinodal. El Sr. Fantinelli se ocupó también de dar las instrucciones  de cada domingo en la iglesia, lo que continuó durante varios años.

Mientras comenzaba a recoger los frutos de la divina semilla que había sembrado, sobrevino la invasión  de los franceses en la Saboya, el condado de Niza y el resto de los Estados del rey de Cerdeña. En consecuencia, el Sr. Fantinelli tuvo que volver a Turín. Entonces, a imitación de lo que había hecho san Vicente de Paúl, se abrió un asilo para los sacerdotes emigrados de Francia, de Saboya y de Niza, [101] y se destinó a este fin la casa situada fuera de la ciudad donde se daban habitualmente los retiros a los eclesiásticos. El Sr. Fantinelli se encargó de cuidar de ellos, y no se podría decir cuan satisfechos se mostraron estos señores párrocos, sacerdotes y religiosos por la caridad y la afabilidad del Sr. Fantinelli que compartía con ellos  su pan y los aliviaba en su pobreza y su desamparo.

El invierno de 1793 1794, que fue tan riguroso, le hizo sufrir bastante. Fue entonces cuando le atacó una apoplejía que, privándole del uso de uno de sus brazos y de una pierna, le dejó sin embargo un pleno conocimiento y el uso perfecto de la palabra. Apenas llegó a la comunidad de Turín esta dolorosa noticia acudió el Superior con su confesor, el cirujano y el médico. Su confesor habiéndole preguntado si algo le intranquilizaba su conciencia, le respondió con voz inteligible: «Gracias a Dios, no tengo nada que me preocupe». Le pusieron en una litera y se lo llevaron a Turín donde le prodigaron los cuidados  y los remedios que reclamaba su posición, pero no pudo recuperarse ni recobrar el uso de su lengua. Recibió la extrema unción en perfecto conocimiento con sentimientos de una sincera  devoción, y poco después entregó pacíficamente su alma a su Creador.

Anciennes relations manuscrites; archives de la Mission.

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