Centrar la vida entera en Cristo

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana1 Comment

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Author: Robert P. Maloney, C.M. · Translator: Jaime Corera, C.M.. · Year of first publication: 2007.
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Cristo habite en vuestros corazones por la fe, de manera que, enraizados en su amor, podáis llegar a comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conociendo el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento, seáis colmados con la plenitud de Dios. Ef 3,17

Caminemos con confianza por este camino real en el que Jesucristo ha de ser nuestro mentor y guía. SVP XI, 468

cristo

Cristo es el centro absoluto. Él es la Regla. Esto parece obvio, pero no hay nada más importante. En casa con la familia, en el lugar de trabajo con los compañeros, en el colegio, en la parroquia, o en cualquier otro lugar, el miembro seglar de la Familia Vicenciana aspira a «revestirse de Jesucristo» (Rrn 13,14). «Yo soy el camino, la ver­dad y la vida», dice Jesús, «nadie va al Padre sino por mí». «Yo soy la puerta.» «Yo soy el pastor.» «Yo soy la luz.» «Yo soy la vid.» «Yo soy el verdadero pan que ha bajado del cielo. El que come mi carne y bebe mi sangre vivirá para siempre.»1

El Señor Resucitado ha roto los límites del tiem­po y del espacio. Pide a seguidores en todas las épocas que aprendan de él: que él viene del Padre y que vuelve al Padre, que dice la verdad con valen­tía y con amor, que es manso y humilde de corazón, que nos llama amigos suyos, que trae la buena noti­cia sobre todo a los pobres y enfermos, a los cora­zones destrozados y a los pecadores y a las gentes oprimidas, y que él es fiel hasta la misma muerte

Seguir a Cristo no significa copiar su vida lite­ralmente. Las circunstancias vitales de un católico del siglo veintiuno son muy diferentes de las de un judío del siglo primero. Aunque alguna práctica del tiempo y del lugar de Jesús pueda ser transpues­ta a nuestro tiempo y lugar, otras no pueden serlo. La Iglesia viviente, la comunidad de creyentes reunidos en el nombre del Señor y confirmados en su fe por el papa y por el colegio de obispos, te dará fuerzas para interpretar la palabra de Dios en el con­texto actual.

Cristo está presente ante ti de muchas maneras, sobre todo en su palabra, en la eucaristía, en la comunidad que forma su cuerpo, y también en los miembros que sufren, a los que él mismo llama sus hermanos y hermanas.

Cristo te enseñará que es su amor por medio de sus palabras y de sus acciones. «En esto conocimos el amor, en que él dio su vida por nosotros; así tam­bién nosotros debemos dar la vida por nuestros her­manos» (Un 3,16). Conviértete, pues, a amar cada día.

Con Cristo eres llamado a tomar el camino hacia Jerusalén, la ciudad del sufrimiento y de la gloria. Mientras caminas, sábete que va contigo el Señor mismo. Escucha sus palabras mientras te habla. Reconoce que eres llamado a servir y no a ser servi­do. Ayuda a otros a llevar sus yugos. Comparte tus bienes con los necesitados.

Durante el viaje «ten [tus] ojos fijos en Jesús, el que inicia y consuma la fe. El, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios» (Hb 12,2). No dudes en ir adonde él te lleva. Ni mires atrás, ni tampoco te quedes donde estás. Mira hacia el futuro con confianza en el Señor.

Los capítulos siguientes te presentan una manera de centrarte en Cristo. Te llaman ante todo a escucharle como a Palabra de Dios, y a permitirle que invada tu mente y tu corazón. La manera que tiene Cristo de ver, sentir, pensar, juzgar y actuar debe con­vertirse en tu propia manera de hacer todo eso.

Para ayudarte a centrarte en Cristo a lo largo del día:

  • Medita durante diez minutos cada mañana en la persona y las palabras de Cristo tal como se encuentran en la Escritura.
  • O bien, medita ante una imagen, y céntrate en la compasión de Jesús.
  • Llévate contigo una palabra o una frase de tu meditación y repítela pensando en ella en momentos tranquilos a lo largo del día, como, por ejemplo mientras esperas en una cola, o mientras vas en un vehículo.
  • Otra alternativa: repite la «Oración de Jesús» con frecuencia durante el día: «Mi Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador.»
  • Esfuérzate por ver a Cristo en los débiles y mar­ginados. Búscalo en ellos a través de alguna forma práctica de servicio, directo o indirecto. Recuerda que los necesitados a quienes sirves son tus hermanos y hermanas, con quienes Cristo se identifica. Recuerda que la Iglesia, si quiere ser fiel, debe tener una vinculación espe­cial con los pobres.
  1. Cf Jn 14,6; 10, 7; 10,11; 8,12; 15,1; 6,41, respectivamente.

One Comment on “Centrar la vida entera en Cristo”

  1. Qué significaría para mi persona, anexar a la verdad debida que en las cosas intento ver con claridad y en su relación con lo que le rodea, anexar La Verdad hecha Persona, intuyo que puede afectarme de una manera que nunca había siquiera sospechado, pero que al esforzarme por conocer sin vaguedades, cada vez intuyo que debo detenerme a escuchar al Señor: considera, atíendeme, escúchame…pero apenas he concebido y me exige preguntarme: en qué medida lo limitado me une al obrar como JesuCristo. O, comprender que en cada cosa de la que puedo definir su verdad, hay una instancia intencional de JesuCristo con su actitud paciente, inquisidora, delicada, insistente, amante, deseosa que vea, que penetre, que conciba…ignoro qué, que me mantiene en una impotencia pero esperanzado de orar y encontrarme con quien todo lo ilumina, por ahora, solo mi desierto. Les agradeceré me provean de sus riquezas. Un abrazo en el Camino, la Verdad y la Vida. Ricardo Ferrero

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