Júbilo de hace un siglo
El día 19 de junio de 1864 llegaban a Marchena las Hijas de la Caridad. Las esperaban el vecindario entero, presidido por su Ayuntamiento y los sacerdotes de la localidad. Al aparecer en lontananza el coche de caballos en el que viajaban, repicaron las campanas de sus doce iglesias y estallaron en el aire salvas de potentes bombas y cohetes. Pero el entusiasmo fue inenarrable cuando descendieron del coche a los acordes de la Marcha Real, con los hábitos cubiertos de polvo, tan blancos como sus tocas. Todos las saludaron cariñosamente y pasaron a besar sus crucifijos. Se organizó luego una procesión hasta el hospital de San Jerónimo y entre los aplausos y vítores de la multitud, hicieron su entrada en la capilla, en donde se cantó el tedéum.
Cien años de labor
Al llegar las Hijas de la Caridad a Marchena, los cinco hospitales que funcionaban en la villa, sostenidos principalmente por los Duques de Arcos, se redujeron a uno, al actual, que desde entonces tiene por titular Hospital de San Jerónimo, y patrona a la Virgen Milagrosa.
Se instalaron las Hermanas en el viejo caserón de San Jerónimo con unos medios económicos muy precarios: 8.000 pesetas eran los ingresos anuales que por todos conceptos entraban en el hospital; eran lo suficiente en aquel entonces para el sostenimiento de la Comunidad.
Pero las Hermanas no habían venido a Marchena para cuidarse a sí mismas, sino para atender a los pobres, ancianos y enfermos de la localidad. ¿Cómo conseguirlo? Sor Carmen Fons, la primera Superiora, se lanzó a la calle, visitó a la clase pudiente, y los ricos respondieron, escribiéndose como bienhechores con una cuota mensual,
Al poco tiempo comenzó a perfilarse el primer milagro del orden económico. Se remozaban con pintura los desconchados muros del hospital; se pavimentaban las salas con ladrillos finos, rojos y amarillos, combinados primorosamente, y se admitían 50 pobres y ancianos de ambos sexos. Admirados los bienhechores de la excelente administración de Sor Carmen, le abrieron con prodigalidad sus arcas y ensancharon las tapias de la hermosa huerta que hoy poseen.
Desde el 19 de junio de 1864 al 19 de junio de 1964, es decir, desde Sor Carmen Fons a Sor Basilia Martín, que hoy preside la Comunidad y rige el hospital, las Hijas de San Vicente han enjugado las lágrimas de los marcheneros pobres. El hospital de San Jerónimo y la Milagrosa es la casa de todos los enfermos y ancianos desamparados, como decía la poesía que ese día recitaron. Más de 8.200 necesitados encontraron en él una cama limpia y un plato de comida caliente. Un matrimonio nonagenario, hospitalizado desde hace varios años, bendecía a Dios con toda la sal de Andalucía, y exclamaba, emocionado: «Olé Zo Badila, que es tan güena como la Macarena de Cevilla.»
Hoy, la Casa de las Hijas de la Caridad de Marchena, muy rejuvenecida y con todos los adelantos modernos, es la verdadera casa social del pueblo, en donde el rico deposita sus limosnas y el pobre cs ateniddo espiritual y corporalmente. La pueblan un centenar de ancianos y ancianas que no pueden moverse más que de dos en dos, siendo el uno muleta o báculo del otro.
Los Caballeros de las Conferencias han levantado una magnífica sala, adosada al hospital, y ellos sufragan medicinas, alimentos y demás cuidados que se prodigan a sus pobres.
Desde hace 35 años casi todos los parvulitos de Marchena aprenden las primeras letras y las primeras oraciones de labios de las Hijas de la Caridad, que, con la paciencia de Job y su constancia insuperable, logran verdaderos prodigios. iQué bello es ver a los chiquillos de cuatro años declamando las primeras lecciones de doctrina cristiana! Hay niños de cinco a seis años que leen y escriben casi correctamente y saben el catecismo desde la primera hasta la última pregunta, siendo la admiración de propios y extraños. Unos 300 alumnos, divididos en seis secciones, acuden diariamente al colegio, llenando de vida y optimismo lo que antes rezumaba pesimismo y dolor.
Desde hace años se presentan nueve o diez niños para ingreso, obteniendo buenas notas en los exámenes. Atienden, finalmente, un comedor infantil de Auxilio Social, en el que reciben todos los días comida sana y abundante los 80 niños más pobres de la villa.
Te, Deum, laudamus
Sí; al cumplirse los 100 años entonaron el tedéum las Hijas de la Caridad destinadas en Marchena y las que, habiendo nacido aquí, sirven a los pobres en distintos lugares de la geografía de la Patria. Seis de éstas, venidas de las Casas más próximas, dieron a la fiesta un colorido mayor y una alegría más santa. Continuaron el tedéum las Autoridades Eclesiásticas y Civiles, y lo terminaron los ricos y los pobres; todo marchenero se asoció a las plegarias de acción de gracias.
¿Cómo conmemorar—se preguntaron las Hermanas—tan faustas efemérides? Con un triduo a la Virgen Milagrosa, fue la respuesta unánime y acertada.
La Milagrosa es la advocación mariana más profundamente enraizada en el corazón de los marcheneros; en su honor se celebra la novena más solemne, y por acompañarla en la procesión del 27 de noviembre, se cierran las casas, los comercios y los bares.
Durante el triduo, la capilla del hospital lució sus mejores galas y fue incapaz de acoger a los devotos de todas las clases sociales que acudieron a honrarla.
Predicó el triduo don Rafael Roj ano Vera, joven y dinámico capellán de la Fundación, cuya vocación sacerdotal brotó en Écija, a la sombra de la Milagrosa que se venera en la iglesia de San Francisco.
En sus charlas, llenas de fondo y forma y que escuchamos sin pestañear, nos pintó por dentro y afuera la Santísima Virgen, para presentárnosla como Reina, Mediadora y Milagrosa.
Los tres días, después de la función Eucarística-Mariana, pasaron los asistentes a felicitar a las Hermanas al patio central del hospital, entoldado con millares de bombillas y centenares de banderines, puestos por el Excmo. Ayuntamiento, y que parecía un rinconcito de la mundialmente conocida feria de Sevilla.
El día 19 fue la gran fiesta. Desde las primeras horas de la mañana comenzaron a llegar monjitas de la capital y de la provincia que quisieron asociarse al júbilo de sus Hermanas de Marchena.
A las 9,30 celebró la misa solemne el Rble. P. Víctor Andueza, Superior de los PP. Paúles de Écija, y distribuyó la comunión a los acogidos y a otros muchísimos fieles que se acercaron a la sagrada mesa. A continuación, sacerdotes, autoridades y médicos felicitaron entusiásticamente a la Superiora y Hermanas de Comunidad
A las 12,30 se sirvió a los niños y ancianos una suculenta comida.
Por la tarde, al anochecer, los antiguos alumnos obsequiaron a sus antiguas maestras con una velada literario-artística que agradó a las homenajeadas y a cuantos abarrotaban el patio.
Entre los números más aplaudidos merecen destacarse: la poesía de la señorita Rosarito Díaz; los juegos del joven prestidigitador José Zapico, y el baile de unas sevillanas que esparcían la sal de la Giralda y del Guadalquivir y toda la alegría de Andalucía.
Las flores del patio quedaron holladas por la multitud; alguna maceta, rota, y los parterres, deshechos. Al desalojar el hermoso patio y ver tanta ruina, comentaba felizmente una monjita: «Menos mal que esto no volverá a ocurrir hasta después de 100 años»






