Celebración de un centenario: el colegio de la Purísima Concepción de Murguía (I)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Aurelio Ircio · Fuente: Anales españoles, 1969.
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murguiaEl Colegio de las Hijas de la Caridad, establecido hace cien años en la villa de Murguía (Álava) es una fundación suficientemente interesante para que ANALES se crea en la obligación de conme­morar esa fecha centenaria, máxime habiendo estado su actual Di­rector tan relacionado durante toda su vida con ella. Y aunque a última hora no ha podido, por varios motivos, tomar parte en la celebración de dicho Centenario, como era su intención, quiere des­quitarse aquí copiando los informes recibidos sobre esas fiestas cen­tenarias y añadiendo un resumen de la historia de la Casa.

Los cien años de la fundación se cumplieron exactamente el día 8 de diciembre, fiesta de la Purísima Concepción, Patrona de la Casa, del año anterior. Los que conozcan el clima del Valle de Zuya, en que esta enclavado el Colegio, ya podrán suponer que aquella fecha no es muy a propósito para grandes fiestas. Por eso, celebrando en ese día una pequeña conmemoración, se acordó dilatar la celebración solemne para el buen tiempo. Después de alguna vacilación, se señaló el día 14 de junio y, providencialmente, a pesar de apa­riencias contrarias, resultó, al menos en su mayor parte, un día es­pléndido. Acudieron a la fiesta el P. Director provincial con el Con­sejo, Directora, Secretarias y varias Hermanas de Oficio, con otras varias Hermanas originarias de allí o que habían estado destinadas en la Casa. De Murguía mismo, además de varios Padres del Colegio, los sobrinos del Fundador de la Casa, el Alcalde y representación del Ayuntamiento. Asimismo algunos representantes del Servicio de Reaseguros del Ministerio de Trabajo, de cuya institución dependen las alumnas que actualmente se forman en el Colegio. También al­gunos Párrocos de los pueblos del Valle.

El primer acto de la fiesta fue una misa concelebrada por el Pa­dre Director y seis PP. del Colegio. Tras la emocionante homilía del P. Director, en la que «paso el sentido de la fiesta, hubo presentación de ofrendas por diversas personas: dos hombres del Valle, Hermanas que habían pasado por la Casa, exalumnas actuales (huér­fanas de padre), todos los cuales hacían sus peticiones apropiadas. Antes había leído la epístola el Alcalde del Ayuntamiento y en todo el acto cantaron los alumnos del Colegio de los PP. junto con las alumnas de la Casa, acompañados de varios instrumentes musicales.

A continuación tuvo lugar la velada, que, según rezaba el programa, comenzó con un saludo a los asistentes a la fiesta, en que se señalaba el objeto de la reunión que era no sólo clausurar un centenario, sino también abrir otro que filera tan glorioso o mas que el precedente. Para ello se recordaban algunos de los hechos fundamentales de la evolución de la Casa en esos largos años de trabajo ininterrumpido, que la intérprete resumía en cien años de práctica constante de la Caridad.

Aunque el programa señalaba a continuación el almuerzo, como era aun demasiado pronto, se adelantó la tercera parte, que consistía en un acto folklórico. Comenzó con una poesía de homenaje, a todas las Hermanas que han pasado por el Colegio de parte de las alum­nas y ex alumnas formadas por ellas y que sentimos no poder poner aquí por no alargarnos demasiado. El acto fue amenizado y dirigido por una rondalla que entonces se estrenaba y consistid principalmen­te en danzas y bailes de casi todas las regiones españolas: sevillanas, jotas aragonesas, navarras, vascas y aun bailes orientales, ya que las actuales alumnas proceden de toda la geografía española, terminando con ejercicios gimnásticos en el patio de recreo. Tras unas palabras de felicitación y agradecimiento del R. P. Teodoro Santos, Director de las Hermanas, pasaron todos: Padres, Autoridades, Hermanas e invitados, al comedor preparado para el caso. En el informe se hace notar que en esta ocasión se pusieron por primera vez en práctica en la Casa los nuevos usos que autorizan a las Hermanas para comer en circunstancias especiales en compañía de personas ajenas a la co­munidad. Y se añade que e: acto se realizó en un ambiente de unión y fraternidad muy agradable.

 

PEQUEÑA HISTORIA DE LA CASA

Recorriendo la colección de nuestros ANALES, se encuentra en el año 191ó una historia de la fundación del Colegio que los Padres Paúles tienen en la misma villa de Murguía y, a pesar de que el fun­dador de este Colegio es el mismo que el de las Hermanas y en dicha historia, compuesta por el R. P. Ramón Gaude, se dedica a la biografía de dicho fundador nada menos que 34 paginas, en ellas no se hace la más mínima alusión a esta Casa de las Hermanas, que había fundado unos años antes. Menos mal que, años mas tarde, en 1924, con ocasión de la muerte de una de sus mas ilustres Superioras, una Hermana de la Comunidad se decidió a mandar a los ANALES unas notas biográficas de la misma, con lo que apareció por primera vez, incluso con una bonita foto de la Casa y otra de las colegialas, signo de vida de la misma, aunque bien reducido. Después de esto, sólo se encuentra, en 1944, la celebración en ella del primer cursillo de formación para «Juventudes Misioneras de la Milagrosa», lo cual prueba que, a: menos en este aspecto misional, el Colegio gozaba de merecida fama. Pero esto es bien poco, y se precisa re­cordar con mas precisión los detalles de sus primeros pasos y algu­nos de los principales acontecimientos que jalonaron estos cien años de vida. Para ello no hay otro remedio que comenzar relatando la extraordinaria y edificante biógrafa de: fundador, lo que nos llevará, sin sentirlo, a los comienzos de la historia de la Casa.

«Corría el año 1815 —escribía el P.Gaude en la reseña antes aludida— y en la villa de Murguía, en una casa de humilde aspecto, como propia de labradores que ganaban el pan con el sudor de su rostro, vino al mundo un niño, a quien pusieron por nombre Do­mingo, y que mas tarde había de ser uno de esos caballeros cristianos y honrados patricios suscitados por Dios de cuando en cuando para honor de la Religión Católica y gloria de la patria. Dotado de un juicio recto y de una inteligencia despejada, aprendió con facili­dad las primeras letras y, llegado el tiempo en que podía ayudar a sus queridos padres, se dedicó a las faenas agrícolas, manejando la azada y guiando las yuntas como el más humilde mozo de labor. Pero ya entonces se vislumbraba lo que aquel joven había de ser mas tarde, pues lejos de dejarse arrastrar por el torrente devastador de las ilusiones y locuras juveniles, a los diecinueve años se consagró a Dios con voto de virginidad, ofreciéndose a El en cuerpo y alma para ser siempre suyo y para hacer profesión de virginidad delante de: mundo entero, sin tener en cuenta alguna con el ridículo espanto de los respetos humanos.

Cortamos aquí la sentida y entusiasta narración del P. Gaude para suplir una algo extraña omisión: la familia. Su padre, nativo también de Murguía, se llamaba Francisco Domingo Sautu, y su madre, natural de Barambio, María Rosa de Isasi. De hermanos sólo nos hablan nuestros informes de uno, ocho años más joven que él, llamado Esteban. Pero también sabemos que, habiendo enviudado su padre, se volvió a casar, y de este matrimonio nacieron sin duda las dos hermanas religiosas y otros hermanos de quienes se hablará mas tarde.

Al estallar la guerra carlista, llamada de los siete años, el joven Domingo luchó por la santa causa en las filas de Don Carlos, distin­guiéndose por su arrojo y valentía. Terminada la guerra con el «abra­zo de Vergara», Domingo volvió a su casa y se entregó de nuevo, como antes, a las faenas del campo. En ellas se vio sorprendido por una carta de su tía Melchora, residente en Cádiz, donde tenía un magnifico comercio, la cual le llamaba para que le ayudara en sus negocios. Pronto se puso al tanto de la técnica mercantil y pudo ponerse al frente de los negocios de su tía, poniendo en juego las dotes singularísimas de que el cielo le había dotado, de suerte que bien pronto todas las empresas de su tía marcharon viento en popa, aumentándose las ganancias de una manera fabulosa.

No teniendo, ni pensando tener, como se ha dicho, familia pro­pia, sí pensó en enriquecerse, sólo fue con la intención de favorecer, no sólo a sus hermanos y sobrinos que había dejado en Murguía, sino a todos los habitantes de la misma villa y aun de todo el valle de Zuya, y no precisamente en el aspecto material o económico, sino mas bien en el orden cultural y sobre todo espiritual y religioso. Por eso, ya desde muy pronto, pensó en fundar en Murguía estableci­mientos de enseñanza para niños y niñas, de beneficencia para los necesitados y de espiritualidad para obtener de Dios un aumento de vida cristiana en el lugar de su nacimiento.

Para eso necesitaba mucho dinero de que poder disponer y, en consecuencia, determinó establecer negocios por cuenta propia. Para ello pidió a su tía un préstamo de 15.000 duros, que ella no le pudo rehusar, y, sin dejar los negocios de su tía, se manejó tan bien con aquel préstamo que, al poco tiempo, se lo pudo devolver con sus intereses, puestos ya en marcha sus negocios propios en gran escala. Estos negocios propios radicaban en Jerez de la Frontera y allí esta­bleció en adelante su residencia ordinaria.

A pesar de todos estos negocios, llevaba una vida de piedad casi increíble. El P. Gaude tuvo sin duda en sus manos el reglamento de vida que había escrito en enero de 1848 y del que solo señalare­mos aquí el levantarse a las tres o cuatro de la mariana, una multi­tud de Padrenuestros por diversas intenciones y otras oraciones, en­tre ellas el Vía Crucis y luego cuatro o cinco misas. Añadía a esto una vida sumamente morigerada, que no se diferenciaba en nada de la que había llevado de joven en su casa de Murguía. Que su piedad no era solamente exterior, sino que estaba profundamente impreg­nada del espíritu del Evangelio lo demuestra sobre todo su conducta en un suceso que le acaeció mas adelante. Un administrador en quien él tenía suma confianza, le estafó aproximadamente la mitad de los bienes que entonces poseía: unos ocho millones de reales, como dice é] mismo. Cuando se enteré de ello, no hizo otra cosa que llamarle a su despacho y decirle: «La injuria que usted me ha hecho robándome tantos caudales se la perdono con todo mi corazón, sin exi­girle reparación alguna; pero exijo de usted que se retire de los ne­gocios, porque no vale para ellos, y que haga una buena confesión para que Dios le perdone como le perdono yo». Y a su confesor le dijo mas tarde: «La pérdida de esos millones no ha llegado a qui­tarme el sueño; mi único  sentimiento es que eso menos tengo para los pobres, porque yo para nada los necesitaba».

En la revolución del 68 fue una noche invadida su casa por un grupo de revolucionarios que le pedían ayuda pecuniaria para la revolución; pero é: lejos de complacerles, les contesté con sequedad: «No tengo»; y como le replicaran ellos que sabían muy bien que tenía y mucho, les contesté con más fuerza todavía: «No puedo». Insistieron ellos con amenazas, y él, sacando el revólver, con resolución inquebrantable, les respondió: «No quiero». Quedaron todos estupefactos y no se atrevieron a pasar adelante.

Pero para estos días de la revolución del 68 ya estaba terminando la obra de su primera fundación en Murguía, que es el suceso que ahora estamos conmemorando. No habían pasado muchos días desde el suceso que acabamos de referir cuando salió hacia su villa natal para la inauguración de este colegio, cuyo centenario celebra­mos, aunque en sus comienzos fue más bien hospital.

Acerca de los comienzos de la fundación: trámites, arquitecto, maestro de obras, etc., no tengo datos precisos. Es de suponer que algo intervendría en ello su hermana Sor Francisca, quien, habiendo ingresado en el Noviciado de las Hijas de la Caridad el 19 de agosto de 1859, cumplidos sus 22 años, había sido destinada en seguida a Sevilla, y, estando tan cerca, la visitaría sin duda muchas veces. De su otra hermana, Carmelita de San Sebastián, ya se ve en su corres­pondencia que la consultó cuando se trató de hacer el Convento de Murguía. En ninguna de las tres fundaciones parece que interviniera arquitecto alguno, sino que los planos de las dos primeras los debió hacer él mismo y los del Colegio de los PP. los hizo el P. Valdivielso. Del maestro de obras del Convento de las Carmelitas sí que hay noticias: se llamaba Arteche, carpintero de Pamplona, y era herma­no de una monja compañera de su hermana. Lo admitió, a petición de su hermana, pero quedó muy descontento de él, pues al terminar le exigió una remuneración muy exagerada. No deja de ser extraño que, al hablar de éste, no haga ninguna alusión al de la Casa de las Hermanas, si bien es verdad que habían pasado ya veinte años. Se­guramente que él mismo presenció por algún tiempo la marcha de las obras, que se llevaron a cabo entre los años 1800 y 1808, pero de ordinario la administración la llevó, según parece, alguno de sus hermanos, probablemente don Galo y mas tarde su sobrino don Mar­cos.

Aurelio IRCIO

Anales españoles, 1969

 

 

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