Celebración de un centenario: el colegio de la Purísima Concepción de Murguía (II)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Aurelio Ircio · Fuente: Anales españoles 1969.
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murguiaEstando, pues, ya terminados las obras y casi del todo dispuesta la casa, determinó ir él mismo a su inauguración. La ida de las Her­manas destinadas para la fundación se cuenta así, sencillamente, en el Libro del personal de la Casa, que es un simple cuaderno escolar, que lleva por título: «Libro de las hermanas que binimos (sic) d la fundación de Murguía»: «Año 18ó8″. — «El veinte de noviembre de 18ó8, a las tres de la tarde, salimos de Madrid, y acompañadas de nuestro dignísimo fundador, el señor Dn. Domingo de Sautu, cinco hermanas, y llegamos a Vitoria a las cinco y media de la mañana del día 21, tomando en Burgos la sexta a las tres del mismo día salimos del dicho Vitoria para Murguía a donde llegamos entre seis y siete de la noche paramos en la iglesia a donde después de dar gracias a Dios y cantado el Tedéum nos encaminamos a la casa de su señor hermano el Sr. Dn. Juan de Sautu donde permanecimos hasta el día ocho día de la Purísima que fue el que se inauguré el Establecimiento viniendo como digo seis cinco de número y la sexta para presenciar la inauguración, que hera nuestra hermana Sor Fran­cisca de Sautu natural de la misma Villa y las de la fundación fueron

Sor Vicenta Gurrea Superiora.

Sor Juaquina Boata.

Sor Mauricia Huidobro.

Sor Juliana Sanz.

Sor Anselma Barberena.

Sor Francisca de Sautu para presenciar. Salió, el catorce de febre­ro del año 1809 para su casa de Sevilla a donde pertenecía».

De esta Hermana dice, antes de pasar adelante, que de ella se conservan en nuestro archivo más de un centenar de cartas, pero no de este tiempo, sino de cuando la mandaron como primera Su­periora de las Escuelas de Algorta, donde permaneció ya hasta su muerte, en 1914. En ellas resalta sobre todo su humildad, pues varias veces pide al P. Director que la quiten de Superiora, por creerse inútil para ello, y que pongan a una de sus súbditas que le parece mas a propósito. No parece que le hicieran caso, tal vez en parte porque ella era la que sostenía económicamente la Casa con sus bie­nes personales.

Puesta en marcha esta fundación, parece que D. Domingo no pudo por entonces continuar con las otras que tenía en su mente. A poco estalló de nuevo la guerra carlista, y si él no estaba ya para coger el fusil -tenía cerca de sesenta- sí puso al servicio de la causa de D. Carlos grandes sumas de dinero, especialmente con el fin inmediato de equipar a los batallones de su querida provincia de Álava. Pero quedó muy descontento de los mangoneadores de la economía de la guerra, y a pesar de sus reclamaciones a varios de los generales de D. Carlos y a este mismo, no consiguió que se emplearan sus cuantiosas entregas en el objeto para que él las do­naba. Terminada la guerra, se volvió a Murguía —había estado en San Juan de Luz—, pero a los pocos días se enteró de que algunos comisionados del Gobierno iban a buscarle para meterle en la cárcel por su actuación en la guerra y, para librarse, tuvo que hacer en su casa un tabique falso, y aun, no creyéndose seguro allí, enterrarse en un nicho del cementerio hasta que hubieron marchado sus per­seguidores.

Una vez publicado el decreto de amnistía, ya pudo volver a conti­nuar sus negocios y reponer las pérdidas que le había ocasionado la guerra. A medida que iba volviendo a prosperar, mas le volvía la idea de continuar sus fundaciones en Murguía, segdn el plan que se ha indicado arriba. Seguramente que su hermana la Carmelita le insistía en la construcción del Convento, y así en 1888 se decidió ya casi al mismo tiempo por él y por el Colegio de los Padres. En mayo de dicho año se queja de que el Sr. Obispo no acaba de aprobar los pianos de: Convento de Carmelitas; pero ya en junio esta él allí dando instrucciones al maestro de obras. Para Colegio provisional de los PP. estaban preparando una casa que él poseía enfrente mis­mo de las Hermanas, que servirla mientras se construía un nuevo edificio al otro lado de la villa, en terrenos también propios. De estas construcciones no nos corresponde hablar aquí. Terminaremos la re­seña de la vida de don Domingo diciendo que, una vez terminados y puestos en marcha sus planes, cumplidos ya sus ochenta años, se determinó y pidió que le permitieran pasar los pocos años que le quedaran de vida retirado en el Colegio de los Padres. Efectivamen­te, la mañana del 24 de marzo de 1898 llegó a la casa con la mayor sencillez, aunque encontró esperándole a toda la Comunidad y cole­giales y a sus parientes y, oída la santa Misa, sin querer tomar mas que una jícara de chocolate, ipor ser día de ayuno!, se retiró a la habitación doble que le habían preparado, de la que hizo quitar al­gunos adornos que no cuadraban con su espíritu de sencillez. Lo único que pidió respecto de su habitación fue que estuviera cerca del coro, para así poder ir con facilidad a cada paso a tratar con nuestro Señor. Allí pasó, en una vida de retiro y oración, los cinco años menos un día que aún vivió en este mundo, muriendo en la paz del Señor y con la tranquilidad del justo.

Volviendo ahora a hablar de nuevo de la Casa, ante todo anotaré lo que he leído con extrañeza en unos apuntes que se me han proporcionado y que dicen así:

«El edificio se construyó entre los años 1800 y 1807 con dos pisos, desván y capilla y el hospital con capacidad para 32 camas, de las cuales eran ocho para enfermos crónicos, cuatro para hombres y cuatro para mujeres, pudiendo ser destinadas éstas para ancianos o niñas de reconocida pobreza, otras ocho camas para hombres y mujeres de enfermedades agudas; las restantes camas hasta el número de 32 serían de pago para particulares a cuenta del Municipio o de la provincia de Álava… Durante los años de la guerra carlista de 1873, el Hospital Asilo hizo de Hospital de Sangre o de heridos de guerra, pasando las niñas a la casa de la familia de los Sres. de Iradier».

Si es verdad —y lo será, pues no es fácil que todo eso lo hayan inventado—, pronto debió de cesar en ese oficio de hospital, pues en ninguno de los documentos y cartas que yo he manejado se hace mención de ese destino de la Casa.

A últimos de 1888, al mismo tiempo que se estaba construyendo el Convento de las Carmelitas y se comenzaba también la del Colegio de los Padres, se hizo una notable ampliación de esta casa de las Hermanas, aunque no por iniciativa de D. Domingo, sino de las mismas Hermanas y del P. Valdivielso, que hizo los planos de dicha ampliación y se los presentó a D. Domingo por medio de su sobrino D. Marcos, que era quien entonces manejaba todo el dinero de las obras. En su carta de contestación se habla de trasladar a la obra nueva la cocina, los comedores y las clases, de hacer nuevos dormitorios, pone dificultad a que se haga otra galería en el lado sombrío, etcétera. La Superiora se queja en varias cartas de que las obras mar­chan despacio. En cambio, las del Convento de Carmelitas se hicieron con rapidez, de modo que a mediados de julio de 1889 ya pudo ir la Comunidad, entre ellas la hermana de D. Domingo, llamada Madre Escolástica de Santa Teresa. Fueron a recogerlas a San Sebastián el Visitador de los PP. Eladio Arnaiz, y Sor Francisca Sautu, acom­pañada de otra Hermana. Las fiestas de la inauguración fueron muy solemnes, incluso con Misa Pontifical, aunque D. Domingo no quiso asistir, seguramente por evitar las alabanzas y panegíricos que le habrían de tributar.

En 1897 D. Domingo, sintiéndose ya para poco, quiere hacer la entrega a las fundaciones de los capitales correspondientes y retirar­se de los negocios. Pensaba haber aumentado las consignaciones que antes había prometido, pero, a causa del desfalco de que se ha hecho mención mas arriba, no pudo sino mantener su palabra. Respecto de esta Casa de las. Hermanas, se hizo un Contrato, del que existe en nuestro archivo una copia auténtica, firmado el día 21 de julio de 1898 por D. Domingo, la Visitadora Sor Cristina Jovellar y el Vi­sitador, P. Eladio Arnaiz, en el que se establece un patronato cons­tituido por los Visitadores y la Superiora de la Casa, a la que entrega papel del Estado, y dinero contante no sólo para el sostenimiento de las obligaciones de la Casa, sino además para construir una nueva ampliación de la misma destinada para habitación de unos 70 asi­lados. En este Contrato se anuncia para pronto la cesión del edi­ficio, huerta, etc., a la Comunidad, cuya escritura la firmó ante no­tario el 11 de febrero de 1899.

La ampliación para Asilo no se comenzó hasta un año después de su muerte y ocupé los años de 1904 a 190ó.

 

VIDA DE LA CASA

La primera Superiora, Sor Vicenta Gurrea, duró muy poco: a poco más de dos años la llamaron a Madrid. Es posible que vieran que no tenía suficiente formación para un Colegio. En el relato del viaje que se ha copiado arriba, además de no poner ni una coma ni un punto, tiene otras notables faltas de ortografía. En su lugar vino Sor Venancia Olagüenaga, de la cual se conservan mas de 50 cartas en nuestro archivo, si bien en ellas, en vez de encontrarse noticias relativas a su casa, se encuentran muchas y muy impor­tantes relativas a la fundación del Colegio de los Padres. Únicamente el detalle de que en las Navidades de 1898 habían instalado en la casa la luz eléctrica con 100 lámparas en toda la casa y los líos interminables sobre el terreno en que se había de construir el nuevo Asilo. En marzo de 1890 fue llamada a Madrid para for­mar parte del Consejo provincial con el oficio de Despensera, mas a los tres años, según la costumbre, volvió a reanudar su superio­rato de Murguía hasta su muerte, acaecida en septiembre de 1908. Durante esos tres altos la había suplido al frente de la Comunidad Sor Juana Lasuén, que también a su muerte la sucederla ya con patente de Superiora. La Comunidad va aumentando poco a poco, y en este tiempo son ya 15 las Hermanas. Las colegialas llegaron pronto a 70 internas, que era el máximo de capacidad, y así se debió de mantener en adelante, con algunas excepciones mas algunas externas y las pequeñas de primaria. Los asilados ya antes de am­pliarse la casa para ellos llegaron a 40 y sin duda que aumentaron algo después, aunque mas tarde fueron bajando. Ya se ha indicado que de Sor Juana Lasuén se publicó a su muerte en ANALES una biógrafa de 1ó paginas, pero en día no se dice nada de la Casa, si no es lo que ella trabajó cuando en la ‘Mima guerra carlista fue convertida en Hospital de sangre. Ni siquiera se consigna en ella su relación con altas personalidades, como la visita que le hizo la Princesa Beatriz de Borbón en compañía de sus hermanos, como consta de una carta en que pedía al P. Visitador permiso para que un sobrino suyo que acompañaba a la Princesa sacara una foto de la Comunidad de Murguía. El mismo cronista tiene de esto un re­cuerdo personal, pues cuando estudiaba en el Colegio, allá por los años 20 —domingo de carnaval recuerda que era— el Superior le mande, a transmitir a Sor Juana una noticia que se había recibido allí, que la ex Emperatriz Zita había llegado a una de las villas de la costa vascongada y deseaba verla.

Parece que hubo un intento de nombrar a Sor Juana Vicevisita­dora de Filipinas, pero de hecho continué, de Superiora en Murguía hasta su muerte, que tuvo lugar el año 1924. De una manera semejante continuó, el Colegio-Asilo gobernado sucesivamente por Sor Jesusa Bilbao, que no había tenido mas destino que éste y que rigió la Casa desde 1924 hasta su muerte en 194ó; Sor Maria Jesús Larrión, que también llegó a esta Casa como primer destino, pero que antes de ser nombrada Superiora de la misma lo había sido del Colegio de las Nieves, de Ávila. Le sucedió en 1952 Sor Mar­celina Aboitiz, que a sus ochenta y tres años permanece aun retirada en la casa. En 19ó5 se puso al frente de la Comunidad a una joven profesora del Colegio, Sor Antonia Larrañaga. A poco vino la división de la Provincia, y al establecer la Casa Provincial de San Sebastián en el Colegio de Aspirantes de Ayete, trasladaron un poco precipitadamente a dichas Aspirantes a Murguía, ocupando el local del Asilo que ya había quedado vacío. Pero sin duda ese local no era muy a propósito y pronto se las trasladó a Bilbao. No obstante, pensando los Superiores que en las condiciones actuales de la Enseñanza no se pueden mantener dignamente los colegios de personal reducido, acordaron cerrar el Colegio y destinar la Casa para residencia de Hermanas ancianas. Mas tampoco este plan resultó viable, y últimamente se ha llenado la Casa con niñas huér­fanas hijas de padres muertos en accidente de trabajo, procedentes de toda España, y ya ha terminado el segundo curso de esta obra, bajo la dirección de Sor Maria Teresa del Castillo’.

Y precisamente cuando se estaba a punto de celebrar solemne­mente este Centenario, lo ha impregnado de un ambiente de luto el fallecimiento de una de las pocas Hermanas que quedaban de la antigua Comunidad, la cual, después de haber puesto tanto entu­siasmo en preparar esta celebración, no la ha llegado a ver; una Hermana, finalmente, que había provocado en el Colegio el entu­siasmo misional de que mas arriba se ha hecho mención : Sor Maria Luisa Villahoz, que venta perteneciendo a la Comunidad desde su salida del Seminario en 190ó. Ponemos de colofón a esta reseña una página que se nos acaba de entregar de elogio a esta Herma­na, publicada por la revista «JUVENTUD Y MISION» en su último número de mayo-septiembre de 1909.

Por lo demás, hacemos votos por que no se echen en olvido los piadosos intentos del fundador: que esta Casa continué, en cuanto sea posible, siendo fuente de progreso espiritual y cultural para la villa de Murguía y para todo el Valle de Zuya.

Aurelio IRCIO

Anales españoles, 1969

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