Castidad, pobreza y obediencia según las Constituciones de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

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Autor: Miguel Lloret, C.M., C.M. · Año publicación original: 1983 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1983.
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Las Constituciones sitúan los votos de castidad, pobreza y obediencia de las Hijas de la Caridad.

  • en relación con Jesucristo y la manera específica en la que están llamadas a seguirle más de cerca y a participar en su Misión;
  • en relación con el servicio corporal y espiritual de los pobres, que es el «lugar» central, el «fin principal» de su entrega total a Dios;
  • en relación con la Compañía de la que las Hijas de la Caridad tienen que mostrarse siempre y en todas partes verdaderos miembros, con una conducta interior y exterior que corresponda a tales.

Estas tres referencias tienen que vivirse en profunda unidad va que sólo en su implicación recíproca adquieren su verdadero significado. El gran interrogante que hemos de plantearnos en la víspera de la Renovación es precisamente el de saber en qué situación se halla en nosotros esa ri­gurosa «unidad de vida» que, a decir verdad, se construye todos los días.

Vamos a reflexionar con esa disposición acerca de cada una de estas dimensiones que se hallan magistralmente expuestas en tinas frases que ahora nos son familiares y que son la «clave» para comprender y vivir, como Hijas de la Caridad, lo que tradicionalmente se ha dado en llamar los «Consejos Evangélicos», es decir, en definitiva, la expresión más significativa y completa de la «entrega total». De ellos, el nuevo Derecho Canónico dice que cada Instituto «los observa en función de su pecu­liaridad de vida» (C. 598, páff. 1).

«Para seguir a Cristo más de cerca y prolongar su Misión, las Hijas de la Caridad eligen vivir total y radicalmente los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que les permiten estar disponibles para el fin de la Compañía: el servicio de Cristo en los pobres» (1, 5).

En verdad, es esta una de las frases fundamentales de las Constituciones y cada uno de sus términos merece ser meditado, lo mismo que esta otra que nos es bien conocida y que no es menos vigorosa:

«Para servir a Cristo en los Pobres, las Hijas de la Caridad se com­prometen a vivir su consagración bautismal mediante la práctica de los consejos de castidad, pobreza y obediencia, que reciben de ese servicio su carácter específico».

Frases como éstas, lejos de minimizar las exigencias que para las Hijas de la Caridad tiene su entrega total a Dios, las sitúan, por el contrario, en el eje que les es propio y les piden precisamente que las vivan para el servicio y desde el servicio que la Compañía les ha encomendado, ya sea personal, ya comunitariamente.

I.—Referencia a Jesucristo

Jesucristo debe hallarse cada vez más en el centro de toda vida bau­tismal, que por lo demás constituye la «consagración» fundamental. Es su bautismo, ni más ni menos, lo que las Hijas de la Caridad están llamadas a vivir con un acento de plenitud y radicalidad, siguiendo más de cerca a Cristo como:

  • Adorador del Padre,
  • Servidor de su designio de Amor,
  • Evangelizador de los Pobres.

Y como en Cristo «ser» y «misión» se identifican, también ellas están llamadas a proseguir su Misión: ahora bien, como lo que más desean com­partir con El es su amor a los pobres, se entregan totalmente a Jesucristo para demostrarle su amor a través de su servicio.

A) El Cristo de las Hijas de la Caridad

1. Una visión ‘selectiva’

El Hijo está totalmente vuelto hacia el Padre. Cuando se encarna y toma la naturaleza humana para hacerse nuestro «Salvador», vive en rigurosa unidad esa su mirada dirigida al Padre y la obra de nuestra redención para la que ha sido enviado: «conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre… Levantaos, vámonos de aquí» (Jn. 14, 31).

Si Jesús es «Evangelizador de los Pobres», es porque es el perfecto Servidor del Designio de Amor de su Padre sobre la humanidad. Y si es ese perfecto Servidor, es precisamentte porque toda su personalidad es únicamente y perfectamente «mirada hacia el Padre».

Estas tres dimensiones pueden leerse en un sentido o en otro en su profunda unidad, y así es cómo deben percibirlas y vivirías las Hijas de la Caridad en su trato o relación con Jesucristo.

Ahí está el carisma de los Fundadores: en esa mane: a pauticular con la que se sintieron interpelados por Jesucristo para participar en su vida y en su Misión, en esa visión ‘selectiva’ de su personalidad de Verbo En­carnado por nuestra Salvación, en una lectura del Evangelio que nosotros hemos de continuar siguiendo los pasos de San Vicente y de Santa Luisa, lectura que «destacó», «se detuvo» en una «visión», una dimensión —desde luego fundamental— de la Buena Noticia anunciada a los Pobres.

Hablando del Espíritu de nuestra Familia espiritual —otra forma de expresar el carisma tal y como se refleja en las Reglas— San Vicente decía:

«Es un comprendio del Evangelio acomodado al uso que más nos con­viene para unirnos a Jesucristo y responder a sus designios» (Coste, XII, 129).

2. Una síntesis

Sin duda la palabra «Servidor» es la que mejor expresa y sintetiza esa visión de Jesucristo como «Regla de vida de las Hijas de la Caridad». Ahí es dónde deben buscar su inspiración más fundamental.

Las Reglas comunes explicitan esto colocando, desde su primer párrafo, la vida de las Hijas de la Caridad bajo la enseña de Cristo como «Manan­tial y Modelo de toda Caridad». En efecto, es ese Amor de Caridad que ema­na del Corazón de Cristo el que le dicta y a la vez expresa con tanta per­fección su ser y su actitud de Servidor del designio del Padre que le ha enviado a llevar la Buena Noticia a los Pobres; es también ese Amor de Caridad el que explica, como nos decía S.S. Juan Pablo II en la última Asamblea General que

«el Evangelio nos presenta casi siempre a Cristo entre los Pobres. Ese es su ambiente de vida».

, ahí era dónde le quería el Padre, ahí es dónde se nos muestra a Sí mismo como el «Pobre» por excelencia, el Servidor, al que San Vicente describe también como la

«Fuente del Amor humillado hasta nosotros» (C. XII, 264),

con un Amor que se traduce esencialmente en el anonadamiento, en tomar la condición de esclavo y ponerse al servicio de nuestra miseria.

No es, pues, de extrañar que los Fundadores —y de manera especial Santa Luisa— volvieran su mirada hacia ese Misterio Pascual, en el que Jesús se presenta más vivamente como el «Servidor», y que nos instaran, como San Pablo, a que ese amor a Cristo crucificado fuera el soplo vital e inspirador de nuestra existencia:

«¡Oh Salvador!, que habéis venido a traer esa ley de amar al prójimo como a nosotros mismos, que la habéis practicado tan perfectamente hacia los lumiln es, no sólo como ellos pueden hacerlo, .sino de una manera inomi partible, sed, Señor, vuestra propia acción de gracias por habernos llamado a este estado de vida de hallarnos continua­mente amando al prójimo; si, por estado y por profesión, dedicados a ese amor, empleados en el ejercicio actual del mismo o en dispo­sición de estarlo, y aun de dejar cualquiera otra ocupación para en­tregarnos a acciones caritativas.

Se dice de los religiosos que están en un estado de perfección. No­sotros no somos religiosos, pero podemos decir que nos hallamos en un estado de Caridad, porquie de continuo estamos aplicados a la práctica real del Amor o en disposición de estarlo» (C. XII, 275).

Texto inapreciable, si los hay, porque especifica de la manera más clara nuestro «estado de vida» y lo sitúa con toda exactitud en su referencia hacia Jesucristo, fuente y servidor del Amor humillado, que nos apremia a unirnos a El junto a los Pobres.

B) Los consejos evangélicos

En este mismo «espíritu» (en todos los sentidos de la palabra), tenemos que considerar y vivir la castidad, la pobreza y la obediencia, siempre en referencia a Cristo. Se trata de otras tantas actitudes concretas (y no de virtudes en el sentido abstracto y moralizador de la palabra) que nos llevan a identificamos, o más bien a dejarnos identificar lo más posible por la gracia, con Jesús casto, con Jesús pobre y obediente. Pero también aquí interviene lo peculiar de la vocación, y se podría aplicar la expresión tan feliz de San Vicente que hemos citado antes:

«un compendio del Evangelio acomodado al uso que más nos con­viene para unirnos a Jesucristo y responder a su designio».

Por lo demás, tanto por lo que se refiere a las Hijas de la Caridad como a los Misioneros, las Reglas comunes hablan de la pobreza, la cas­tidad y la obediencia después de haber hablado de las virtudes fundamen­tales que traducen el espíritu de la Compañía y que por consiguiente deben abarcar nuestra vida en todos sus aspectos y en particular en el de la forma en que debemos practicar los consejos evangélicos. Estos se nos presentan como otras tantas «armas» de las que Jesucristo se sirvió para cumplir su Misión y con las que nos invita a proseguirla nosotros también según nuestra vocación.

1. Castidad

— Castidad y Misterio Pascual

Hemos dicho que es en su Misterio Pascual donde más se presenta Jesús como «Servidor», al término de una vida toda ella «servicio», que encuentra en el Calvario su punto culminante.

«La castidad de la Hija de la Caridad, según nos dicen la.s Consti­tuciones es respuesta de amor a una llamada del Amor. Implica la participación en el Misterio Pascual, Misterio de muerte de vida» (2, 6).

Es importante meditar con frecuencia este texto para dar a la entrega total para el servicio y desde el servicio toda su dimensión en unión con Jesús muerto y resucitado por nuestra salvación.

Castidad e interioridad

No es de extrañar que las Constituciones insistan, en este punto, sobre todo lo que, en el plano de la vida interior especialmente, puede alimentar y favorecer la unión con Jesucristo en la ofrenda de Sí mismo:

«La unión íntima con Cristo, fortalecida por la Eucaristía y Peniten­cia, por la oración y la mortificación, salvaguarda la fidelidad de las Hijas de la Caridad.»

¿Es necesario hacer resaltar la concordancia que existe entre estos temas y los del Año Santo que va a abrirse el 25 de marzo? Ponernos frente a nuestra vida sacramental, a nuestra vida de oración, a nuestro sentido de la Penitencia… es una obligación de primer orden, ya que se trata de puntos fundamentales para dar una verdadera «respuesta de Amor».

2. Pobreza

— La Pobreza del Hijo de Dios

¡Cuántas veces San Vicente y Santa Luisa nos hablan de la pobreza del Hijo de Dios!… Es cosa muy normal en una vocación que tiene como centro el servicio a los Pobres, y tal es, por lo demás, el argumento en el que con más frecuencia se apoyan. Vamos hacia los Pobres en nombre de Jesucristo que ha «querido ser pobre» y a quien esos Pobres nos repre­sentan.

Ahora bien, según nos recuerda las Constituciones, «Jesucristo asumió la pobreza en espíritu de abandono al Padre y como signo de su mi­sión en el inundo» (2, 7).

Reconocemos en seguida en estos términos la «visión selectiva» de que hemos hablado. Nos traza los rasgos principales de la pobreza de Cristo en función de nuestra l’aleación.

La Pobreza de la Hija de la Caridad

Encontramos en las Constituciones una expresión que, aludiendo a la del Evangelio: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt. 6, 21), nos lleva muy lejos. Me refiero a ésta: «… dichosas de no tener más tesoro que El»… ¿Y dónde podrían las Hijas de la Caridad encontrarse más cerca de los Pobres que en el Corazón de Cristo y «desposándose» con su Po­breza, hasta el punto de poder, como El y con El, consagrarse enteramente al servicio de aquéllos, sin que nada las retenga o se lo estorbe?

Las Constituciones nos ofrecen dos señales de esta alegría que supone un corazón libre y liberado:

«Las Hijas de la Caridad reconocen que todo lo han recibido de Dios… y mediante su voto de pobreza, se comprometen a una total depen­dencia en el uso y la disposición de los bienes de la Compañía, así como en el uso de sus bienes personales.»

¿En qué punto nos hallamos de esa dependencia radical con relación al Señor, que se refleja en esa otra dependencia concreta que aquí se nos recuerda?

Las Hijas de la Caridad viven dicha dependencia en la acción de gracias: «…le dan gracias por ello…». ¿Cómo no habría de desbordarse esa alegría de ser totalmente de Dios para los Pobres, en acción de gracias, al estilo del «Magnificat» de María, que expresa su pobreza de humilde sierva, y cómo no habría de ser esa alegría uno de los testimonios más hermosos en el servicio?…

3. Obediencia

«… se humilló hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2, 8).

Si es cierto, como tan acertadamente dicen las Constituciones, que «toda obediencia, en la Fe, reproduce la actitud del Hijo que, para cum­plir el designio de amor del Padre, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (2, 8), ¿cómo no encontrar aquí también, aquí sobre todo, la referencia más fundamental al Misterio Pascual y a Jesucristo Servidor?

Por lo demás, se habrá observado que las Constituciones hablan de obediencia en la Fe. Sólo así es como tiene pleno y verdadero significado. Por eso, San Vicente decía a las Hermanas el 7 de agosto de 1650:

«Aquí tenéis, Hermanas, el único medio: pedir esta virtud a Jesu­cristo. Es El su fuente, y nunca, nunca, Hermanas, alcanzaréis la obe­diencia sino por ese camino» (C. IX, 527).

Tenemos, pues, así a la Hija de la Caridad ante la «Fuente del Amor humillado».

Sí, siempre es a El a donde tiene que volverse: es lo que constituye el centro de su vocación. Sólo así, «en seguimiento de Jesús y bajo la moción del Espíritu Santo», del Espíritu de Jesús, es como podrá ver­daderamente hacer a Dios la ofrenda más radical, la de su libertad. Pero desde ese momento, habrá adquirido la verdadera libertad, corno pode­mos observarlo en nuestras primeras Hermanas, tan totalmente entrega­das a Dios para los Pobres.

Sin ello, ¿qué significado tendría la obediencia y con mayor razón el voto de obediencia, que nos comprometen especialmente, dicen las Cons­tituciones a someternos a las decisiones de los Superiores, según esas mismas Constituciones? La Regla de vida que suponen éstas expresa, sen­cillamente, la coherencia entre nuestro ideal y nuestra vida.

II.- Referencia al servicio de los pobres

A.- «Los pobres son nuestros amos y señores» y la obediencia

El primer criterio que se nos da para discenir la voluntad de Dios sobre nosotros y ponernos en estado de responderle mediante nuestra obediencia, es «el clamor de los pobres». No podría ser de otro modo. Las llamadas de los Pobres son las llamadas del mismo Jesucristo que se identifica con ellos, en cierto modo, y nos pide que nos entreguemos a El sin reserva para servirle en la persona de aquellos. Nuestra obediencia —la de la Com­pañía como tal y la de cada uno de sus miembros en particular— no sig­nifica otra cosa, en definitiva, sino una atención siempre despierta a las necesidades de nuestros «amos y señores», y una respuesta, tan pronta, tan generosa, tan adecuada como posible sea a todo aquello que tienen derecho a esperar de nosotros, en virtud de nuestra vocación y de nuestras posibilidades.

Los otros tres criterios no se añaden «numéricamente» al primero que es fundamental. No hacen sino concretarlo, perfilarlo en cierto ,:nodo, para permitirnos discernir de manera concreta esa voluntad de Dios y así acoplar mejor a ella nuestra respuesta, tanto desde el punto de vista de los objetivos a que debemos tender, como desde el de las actitudes humanas, evangélicas y vicencianas que conferirán carácter de autenticidad a nuestra obediencia, ya personal ya comunitaria. Son, esos otros criterios, las llamadas de la Iglesia, los signos de los tiempos y las Constituciones. Reservaremos estas últimas para nuestra referencia a la Compañía, de la que son expresión principalísima; más que nunca merecen nuestra aten- ción en este momento en que la Iglesia nos dice oficialmente, a través de ellas, cómo quiere vernos vivir nuestra vocación y participar en su Misión universal.

1. Las llamadas de la Iglesia

Bueno es que la Renovación nos proporcione ocasión para interrogar­nos acerca del sentido de Iglesia que tenemos. Las Constituciones nos dicen que el Sumo Pontífice es el primer Superior «al que nos comprometemos a obedecer». Por otra parte, sabemos muy bien que la Compañía, a todos sus niveles, no tiene otra existencia que la cíe, una «célula de la Iglesia», de una Iglesia que, precisamente, desea vivir con intensidad la primacía, la prioridad de la Buena Noticia anunciada a los Pobres de nuestro tiempo.

Entrar en la Pastoral de la Iglesia universal y de la Iglesia local, entrar efectivamente en la cooperación misionera de las fuerzas vivas de la Igle­sia, es, para nosotros, una misma cosa que la fidelidad más rigurosa al carisma propio: lo que la Iglesia espera de nosotros, lo que nos pide, den­tro de esa cooperación necesaria, es que demos testimonio del Evangelio, en complementariedad con todos nuestros hermanos cristianos, según la dimensión y según la forma propia de nuestra vocación.

Desde este punto de vista, la Iglesia nos estimula y al mismo tiempo nos conforta. Entre las llamadas que no dieja de dirigirnos, tenemos, nosotros que prestar especialisima atención a aquellos que más directamente nos conciernen. Cuando optamos por responder determinantemente a una u otra de sus llamadas, ella misma es la que confiere autenticidad a nuestra respuesta, dandonos mandato, misión para ello y diciendonos lo que espera de nosotros.

­ 2. Los signos de los tiempos

«La necesidad y los acontecimientos son maestros que Dios nos pro­porciona». Si los pobres son nuestros «señores», tenemos que servirles; si son nuestros «maestros», tenemos que seguir sus lecciones.

Servirles verdaderamente, seguir verdaderamente sus lecciones, será, pues y ante todo, estar atentos a sus verdaderas llamadas, a sus verdaderas necesidades, las de siempre y las de hoy, las de por todas partes y las de este país, esta región, este ambiente, esta categoría de personas…

«Múltiples son las formas de pobreza, múltiples también las formas de servicio, pero uno solo es el Amor que Dios infunde en las que ha llamado y reunido.» (1,8).

Y las Constituciones dicen también:

«La Compañía se mantiene disponible y ágil para responder a las necesidade.s nuevas y urgentes y a las inserciones que exigen» (1, 9).

En la conferencia anterior hemos visto las «dominantes» de un autén­tico servicio vicenciano en el «hoy» de Dios y de los Pobres: atención, sentido de la justicia, promoción integral…

Pues bien, nuestra respuesta, nuestra «obediencia» a las llamadas de los Pobres, tiene que poseer abundantemente, en la medida de lo posible, todas esas dirnensiones.

B) «Los pobres, nuestros amos y señores«… y la pobreza

¿Cómo podrían no interpelarnos, los pobres y el servicio a los pobres, de una manera especial en el terreno de nuestro compromiso de pobreza y de nuestra forma de vivir la pobreza?… «Tenemos que ‘ajustarnos’ a los Pobres, «decía San Vicente… También aquí tenemos un ideal terriblemen­te exigente, pero, una vez más y con toda lealtad, iluminadas por las Cons­tituciones, tenemos que saber aprovechar esta ocasión de la Renovación para dejar resonar en nuestro interior las interpelaciones que nos dirigen nuestros «amos y señores».

1. La pobreza de corazón

Las Constituciones nos recuerdan ante todo que: «Esta pobreza (a la que nos comprometemos) encuentra su plenitud en la pobreza del cora­zón» (2, 7).

Es de notar que esta pobreza del corazón —de la que tantas cosas po­drían decirse— se ve puesta inmediatamente en relación con el servicio a los pobres: es que se trata de una pobreza de Hijas de la Caridad, y desde ese nivel interior, tiene que tener, prioritariamente, todas las «señales» que han de permitirla traducirse en actitudes propias de «la sierva de Cristo en los pobres».

— La paz del corazón.

¿Quién más que una Hija de la Caridad necesita vivir en la paz del co­razón e irradiarla en torno suyo?

Creo que tenemos aquí una de las motivaciones más profundas en la insistencia de los Fundadores en la devoción a la Providencia. Veían a la Hija (le la Caridad en medio del mundo, y ahí la querían, junto a los po­bres. Ese es el terreno, el lugar —¡cuántas veces lo hemos dicho!— en que va a tener que vivir, esencialmente, la dura exigencia de una unidad ra­dical entre la entrega total y el servicio. Los pobres son amos terriblemen 11• exigentes: ¿cómo proveer a tantas necesidades?… Por otra parte, nada de claustro, si no son las calles de la ciudad; ninguna otra clausura que la obediencia; no otras rejas que el temor de Dios… ¿Cómo vivir fiel­mente la entrega total pese a tantas dificultades de todo orden?…

Pues bien, la forma que tienen las Hijas de la Caridad de «hacer pro­fesión», será ante todo y fundamentalmente «esa confianza continua que tienen en la divina Providencia». Desde el momento en que se hallan don­de Dios las quiere, ¿cómo no habrían de poner en El toda su confianza? Y los mismos pobres, ¿de qué tienen mayor necesidad si no es de ese clima, de paz que les permite «esperar contra toda esperanza»?

Un corazón acogedor

Somos conscientes de que el pobre «sabe acoger»… Conocedor de que necesita a los demás, comparte espontáneamente lo que tiene. Esta es una de las grandes lecciones que nos dan «nuestros maestros» los pobres.

No deja de ser impresionante que, en este magnífico párrafo, las Cons­tituciones pongan inmediatamente en relación la apertura al Espíritu y la apertura a los demás, a todos los demás. Es una ilustración de la unidad de vida que deben tener las Hijas de la Caridad. Para ellas, es una misma cosa abrirse a Dios que abrirse a los pobres y poner a su ‘servicio «su persona, talentos, tiempo, trabajo, lo mismo que los bienes materiales, que consideran como patrimonio de los desheredados» (2, 7).

¡Bienaventurado el corazón pobre que sabe acoger, escuchar, dejarse instruir, hacerse profunda y totalmente disponible!

2. La pobreza que sabe compartir

Pasando a la práctica de la pobreza, las Constituciones, una vez más, ponen el acento en la forma en que debe vivirse esa pobreza dentro de nuestra vocación, y de manera especial en «saber compartir», pero un saber compartir que lleva también consigo las características de la vocación.

Empiezan por enunciar el principio del mismo: «Con el deseo de compartir la vida de los pobres (las Hijas de la Caridad) se esfuerzan por convertirse todos los días a la pobreza evangélica, tal y como la vivieron los Fundadores, ya que sólo la práctica personal y colectiva de esa pobreza, podrá dar un testimonio auténtico.»

Obsérvese la invitación a seguir las enseñanzas de los Fundadores en este punto fundamental y, al mismo tiempo, el lazo establecido con el servicio: ¿Cómo servir a los pobres sin ser pobres personal y comunitaria- mente?… ¿Cómo, a falta de ello, tener «crédito» con los pobres?… ¿Cómo, a falta de ello, poder trabajar, de verdad, en su promoción integral, es decir, cómo lograr no infundirles un corazón de ricos a medida que tra­bajamos por mejorar humanamente su situación?

Y siguen algunas aplicaciones prácticas:

  • Sencillez de vida.
    Es dar un «estilo» a nuestro tren de vida, al comer, vertir, al «habitat», etcétera…
  • La ley universal del trabajo.
    Aquí, se hace hincapié en la solidaridad con los pobres:

    • Solidaridad en la necesidad de ganarse la vida,
    • solidaridades —múltiples— en la aceptación de «las condiciones profesionales, con sus dificultades e inseguridad, mientras dichas condiciones no se opongan a las enseñanzas de la Iglesia». Esta frase final puede interpretarse de dos maneras:
      • denuncia de las condiciones inaceptables,
      • rechazo de pactar con ellas y hacerse —o incluso parecer— soli­darios de lo que la conciencia cristiana no puede aceptar porque, lejos de promocionar auténticamente al hombre, no hace sino en­vilecerlo.
  • La puesta fraternal en común de los bienes

Sobre ella hablaremos después.

C) «Los pobres, nuestros amos y señores»… y la castidad

¡El corazón de una Hija de la Caridad! No puede uno menos de que­dar impresionado ante el pensamiento de todas las gracias recibidas por ese corazón, escogido para estar unido con el Corazón de Cristo y ser testigo de su ternura por los pobres. No puede uno menos de quedar im­presionado ante el pensamiento de tantos pobres como van a ser be­neficiarios de ese corazón, que les está «reservado» en nombre de Jesucristo, y de cómo ese servicio va, por los demás, a colmo de felicidad propio corazón de la Hija de la Caridad, si verdaderamente es fiel a los compromisos tomados.

A propósito de la Castidad, las Constituciones presentan algunos as­pectos de lo que debe ser esa fidelidad de las Hijas de la Caridad:

La Castidad libera el corazón

No se trata tanto de un aspecto negativo como de una total disponi­bilidad: así se desprende inmediatamente por el hecho de que

La Castidad ensancha el corazón a las dimensiones del Corazón de Cristo.

La gran ley del amor es la totalidad, la universalidad: «Del Hijo de Dios, las Hijas de la Caridad aprenden que no hay miseria alguna que pue­dan considerar como extraña a ellas» (1, 8).

Amar hasta ese punto al pobre, a todos los pobres, al pobre total, es algo que, de hecho, no es posible sino en Cristo y en su seguimiento. Una vez más, volvemos a encontrar la unidad de vida: ¡qué intimidad, qué ‘ósmosis’ debe darse entre el Corazón de Cristo y el nuestro para llegar a esto!

La Castidad, fuente de fecundidad espiritual

Esta es otra de las paradojas evangélicas… Lo que humanamente podría considerarse como una «esterilidad» abre la puerta a una fecundidad mucho mayor y hace participar en la función maternal de la Iglesia quien, a través de su apostolado, no cesa de engendrar nuevos hijos para el Reino de Dios; no cesa de educarlos para que alcancen la edad adulta en Cristo.

La Castidad hace actual la Esperanza cristiana

Es ésta, sin duda, la motivación más radical de la Castidad consagrada, en el sentido de que, como también dicen las Constituciones,

«realiza ya en este mundo la Alianza entre Dios y los hombres, cuyo pleno cumplimiento tendrá lugar en el mundo futuro.»

Pero esta dimensión escatológica adquiere una fuerza especial cuando se trata de dar testimonio de ella ante los que más necesidad tienen de Esperanza. La pobreza, la falta de Esperanza es una de las más terribles carencias, ya sea porque desemboque, sin más, en la desesperación, ya porque la verdadera Esperanza se vea destronada por otras «esperanzas» que, aun siendo positivas en cierta medida y sin dejar de tener con ella alguna relación, sólo podrán, sin embargo, alcanzar su pleno significado y su plena realización en esa Esperanza verdadera que parecen ignorar.

III.- Referencia a la Compañía

Decíamos ayer que muchos, en nuestros días —de lo que hemos de ale­grarnos— quieren servir a los pobres; muchos, efectivamente —y esto ha de alegrarnos más— los sirven y hasta consagran o dedican su vida a servirlos, cada uno con un estilo.

Y añadíamos que, por consiguiente, lo que importa es que las Hijas de la Caridad los sirvan como Hijas de la Caridad.

En esta víspera de la Renovación en la que cada una de ustedes repetirá al Señor que se da a El «en la Compañía de las Hijas de la Caridad» y «con­forme a sus Constituciones y Estatutos», cada una, también, debe integrar e interiorizar más todavía esa referencia a la Compañía, que —repitámoslo— no es que venga a añadirse a las otras dos referencias que hemos contem­plado, sino sencillamente a comunicarles su peculiaridad de «entrega total para el servicio a los pobres», propia de las Hijas de la Caridad, de los miembros de la Compañía.

Tratemos de explicarlo mejor, para permitirles reflexionar en ello.

A) El sentido de pertenencia a la Compañia

1. En el plano general

En la primera parte de las Constituciones, leemos:

«Las Hermanas son conscientes de que obran como miembros de la Compañía y de que es ella quien las envía» (1, 17).

En realidad, esto no es sino una aplicación de lo que va a decirse acer­ca de la admisión en la Compañía, en el momento de la entrada al Seminario:

«… Es el resultado de un compromiso mutuo: la postulante pide su admisión para vivir el ideal vicenciano según las Constituciones y Estatutos, y la Compañía, por medio de la autoridad competente, la declara admitida con derechos y deberes» (3, 9).

Bajo este lenguaje, un tanto árido, se perfila toda una vida.

Dios mío, me doy a Ti en la Compañía de las Hijas de la Caridad… En adelante, pues, en todo y por todas partes, esta opción fundamental impreg­nará mi ser y mi hacer. No se trata de cosa distinta a mi vocación cristiana: un conjunto de circunstancias, interiores y exteriores, me han hecho com­prender, hacerme consciente de que Tú me llamabas a vivir esa vocación cristiana, a realizarla, con otras, en la familia espiritual de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac.

Yo personalmente y todas unidas, tenemos que crecer todos los días en la fidelidad a tu proyecto sobre la Compañía en el seno de la Iglesia. Porque la Compañía no es algo que se nos da ya «hecho» de antemano; ni tampoco algo que permanece exterior a nosotras. Ha de irse construyendo todos los días a base de nuestra fidelidad, sin cesar renovada, a la llamada que un día escuchamos; a base de nuestra coherencia, nuestra cohesión en las con­vicciones que constituyen nuestra identidad dentro de la iglesia.

2. En el plano de la comunidad local

«La comunidad local… permite a la Compañía estar presente allí donde cada Hija de la Caridad, unida a sus Compañeras, realiza su vocación» (3, 44).

Ni que decir tiene que esta referencia a la comunidad local no tiene sen­tido ni alcance sino en la medida en que es un reflejo concreto de la refe­rencia a la Compañía y, por lo tanto, en la medida en que dicha comunidad vive la referencia a la Compañía.

Pero bueno será que, a este respecto, pongamos de relieve cómo se ma­nifiesta esta dimensión en el campo de los consejos evangélicos. Al mismo tiempo, podremos profundizar en las implicaciones comunitarias que tiene esta vida según los consejos evangélicos.

Castidad y vida comunitaria

Acerca de este punto, las Constituciones dicen sencillamente:

«… encuentran un apoyo fraternal en la amistad y caridad, en el ser:- de su comunidad» (2, 6).

Esta frase tan breve dice mucho y, sin duda, deja sobreentender mucho más. Por otra parte, tenemos también en las Constituciones que la castidad exige la superación de cierta soledad del corazón. Sabemos muy bien que se trata de una soledad (y no de un aislamiento) para una plenitud; que se trata de amar más, de amar mejor, de amar sin reservas. Y así como la cas­tidad de la Hija de la Caridad desemboca en la Misión y el Servicio a los Pobres, del mismo modo —y siempre en relación con dicho servicio— desem­boca también en la vida fraterna. Recíprocamente, la vida fraterna aporta a la castidad los cimientos de una amistad humana y de un comunión en Cristo-Servidor, cuya Misión las Hijas de la Caridad van a proseguir juntas.

Pobreza y vida comunitaria

Como ya hemos dicho, las Constituciones hacen hincapié en el saber compartir:

  • puesta en común de los bienes de la Compañía que tienen a su uso,
  • corresponsabilidad en la administración y la utilización de dichos bie­nes, bajo la dependencia de los superiores y según el espíritu de la Compañía,
  • puesta en común de todo lo que reciben como miembros de la Com­pañía y de todos los bienes procedentes del trabajo así como de pen­siones de vejez o invalidez procedentes de un derecho adquirido por prestación de trabajo,
  • utilización de los bienes personales y sus rentas en «obras pías» y evitando toda actitud que pueda, en este aspecto, perjudicar a la vida comunitaria (desigualdades, manifestación de propiedad).
  • Obediencia y pida computarla

Sin duda es en este terreno de la obediencia donde aparece con mayor claridad la referencia a la Compañía:

  • Autoridad y obediencia llevan a una búsqueda en común y a una aceptación humilde y leal de la voluntad de Dios.
  • Autoridad y obediencia se viven como un servicio que une a todas las Hermanas en un clima de confianza v de diálogo.
  • En Fe, las hermanas obedecen a los superiores, y éstos aceptan el deber de guiarlas y tomar las decisiones finales.
  • La disponibilidad ayuda a las hermanas a superar sus propias opi­niones y sus propios intereses… y permite a la Compañía desempeñar los servicios que tiene encomendados.
  • En un clima de entendimiento y de diálogo, las decisiones que hayan de tomarse en los planos individual y local deberán ser ratificadas por los Superiores responsables (1, 17). En efecto, el compromiso como Hijas de la Caridad es fundamental y cualquier opción que tengan que tomar habrá de serlo en función de aquél, porque en la persona de cada una es la Compañía toda la queda comprometida.

B) Vivir el espíritu de la Compañía

Si es cierto que la castidad, la, pobreza y la obediencia de una Hija de la Caridad tienen que ostentar las señales características de su vocación, quiere esto decir que en ellas han de poder encontrarse los acentos de hu­mildad, sencillez y caridad que constituyen su espíritu. También desde es­te punto de vista existe cierta manera, cierto estilo, que ha de impregnar esa vida según los consejos evangélicos de una Hija de la Caridad. Por ejemplo, tenemos esta expresión de Santa Luisa:

«Y porque la obediencia puede observarse de diversas maneras, mc ha parecido que, para ser tal y como Dios nos la pide, era necesario obedecer con gran sencillez y humildad» (Escr. ed. fr. p. 850).

Sin querer forzar demasiado las cosas, creo que podríamos hacer un paralelo, una aproximación, entre:

1. La Castidad y la Sencillez de las Siervas de los Pobres

Es también Santa Luisa la que, a propósito de la castidad, dice:

«Es una virtud, oh Dios mío, que honra la unidad y simplicidad de vuestro Ser y que, desasiendo el alma de todos los afectos que po­drían dividirla, la pone en la vía de la unión íntima con vuestra divi­nidad» (ed. fr. p. 848).

I.a Sencillez como la Castidad se ponen con frecuencia en relación con la idea de «transparencia», que hace el comportamiento «inteligible a todos»: nada complicado, nada afectado, nada oscuro, nada equívoco…

¿Cómo podría no ser sencillo un corazón totalmente entregado a Dios y a los demás? … Y ¿cómo podría no ir recto hacia Dios y hacia los demás un corazón sencillo?

2.- La Pobreza y la Humildad de las Siervas

l.a cosa no puede ser más evidente tratándose de la pobreza del corazón. Ahora bien, es esa pobreza del corazón la que es esencial, la que confiere todo su sentido, toda su plenitud a los demás actos y actitudes de pobreza.

Es necesaria mucha humildad para aceptar el depender de otros, para aceptar un estilo de vida sin ningún brillo a los ojos del mundo, para llegarse hasta los pobres como «pobre», para reconocer y aceptar la propia indigencia. La humildad, dicen las Constituciones, «las acerca (a las Hijas rle la Caridad) al pobre y las mantiene ante él en actitud de siervas» (2, 3). Y en el Reglamento de Angers leemos:

«Recordarán que han nacido pobres,’ que deben vivir como pobres, por amor al Pobre de los pobres, Jesucristo Nuestro Señor, y que, en condición de tales, deben ser extremadamente humildes y res­petuosas con todo el mundo» (C. XIII, 541).

3.- La Obediencia y el Amor de las Siervas

Lo hemos dicho Ya: ¿qué significa, en definitiva, la obediencia de las Hijas de la Caridad sino un amor totalmente disponible para responder a las llamadas de los Pobres?

Si hay un punto que merezca retener nuestra atención en la víspera de la Renovación, es sin duda el de esa disponibilidad: Escuchemos a Santa Luisa:

«Es la obediencia la que obliga a las Hijas de la Caridad a aceptar gustosas los cambios de lugares, de personas y de empleos que los Superiores les ordenen, y a estar en todo momento dispuestas para .ir•por todas partes y con aquellas de sus Hermanas que se les quieran señalar. Es ésta una disposición que se halla, necesariamente, vincula­da con el designio que tuvo Dios al establecer su Compañía, ya que sin ella no podrían ni dar a Dios la gloria que su bondad quiere sacar, ni hacer el servicio que deben a los Pobres» (Escr. ed. fr. p. 851).

C) La fidelidad a las Constituciones

No es necesario que desarrollemos este punto, puesto que, prácticamente, ha constituido el objeto de estas dos charlas, en las que hemos hablado, por una parte, del servicio a los Pobres según las Constituciones y, por otra, de los Consejos Evangélicos según esas mismas Constituciones.

Sin embargo, aun cuando estos dos puntos sean primordiales, quedan todos los demás de los que no hemos hablado. Me permito citar de nuevo la nota que la SCRIS ha añadido como final:

«Las presentes Constituciones, así como los Estatutos que siguen, cons­tituyen el derecho propio de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Deben, pues, ser fielmente observadas por todas las hermanas, que las considerarán como la expresión de la voluntad de DiOs sobre ellas»…

Sí, una vez más podemos repetir la fórmula tan bella y exacta de San Vicente:

«son un compendio del Evangelio, acomodado al uso que más nos conviene para unirnos a Jesucristo y responder a sus designios.»

Terminemos, como harán ustedes mañana al pronunciar la fórmula de los votos, pidiendo ya desde ahora la gracia de la fidelidad por Jesucristo Crucificado y la intercesión de María Inmaculada.

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