El carisma vicenciano en la enseñanza (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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1.- INTRODUCCIÓN

Me es muy grato dirigirme a vosotros, profesionales de la Enseñanza, expertos en educación, colaboradores incondicionales en nuestros colegios, conocedores del carisma vicenciano.

Venís reflexionando, durante años, sobre dicho carisma y cola­boráis con personas que, por vocación, deben encarnarlo en su vida, en una Institución: la Compañía de las Hijas de la Caridad o la Congregación de la Misión, comprometidas ambas en la evangelización del mundo de los pobres. Las dos congregaciones tienen una espe­cial sensibilidad por la promoción integral del hombre, especial­mente de los más necesitados, desde un estilo vicenciano, es decir, sentir la manera particular con que san Vicente y santa Luisa leyeron e hicieron vida el Evangelio.

Me es muy grato estar hoy aquí con vosotros para compartir mi experiencia como Hija de la Caridad en este apasionante y hermoso campo de la educación, término que prefiero utilizar.

Antes de entrar en el tema, quiero expresar la dificultad que he encontrado al prepararlo, por una parte, por su amplitud, es el tema general de toda la Semana, y por otra, para evitar entrar o rozar algunos puntos que he visto en el programa, algo que no sé si he conseguido del todo.

Haré una ligera presentación del carisma vicenciano que tiene su aplicación en el campo de la enseñanza desde los orígenes de la Compañía en el siglo XVII para ver en el “HOY” qué retos nos lava a los educadores del final del siglo XX.

  1. EL CARISMA VICENCIANO

No voy a entrar en precisiones y matizaciones de conceptos sobre el “carisma” ni voy a hacer distinciones entre carisma del fun­dador y carisma de la institución, entre carisma algo personal e intransferible y el espíritu o espiritualidad que nos han transmitido los fundadores, porque no me parece necesario para nuestro tema. Sí quiero, sin embargo, hacer algunas puntualizaciones que nos ayuden a profundizar sobre el carisma o espiritualidad vicenciana, términos que emplearé indistintamente.

“Carisma”, en expresión de san Pablo en su 1ª carta a los Corin­tios, capítulo 12, es una “gracia” dada gratuitamente por el Espíritu a ciertas personas con miras al bien de la comunidad. Dicho de otra manera: es el modo cómo los fundadores se sintieron interpelados por Jesucristo para participar en su vida y en su misión. A san Vicente y a santa Luisa el Espíritu les dio el carisma de descubrir la pobreza corporal y espiritual del pueblo y de intentar remediarla mediante su entrega a Dios sirviéndole en los pobres.

Este carisma personal de san Vicente se expresa y despliega en un espíritu que nos ha transmitido a todos los vicencianos y a aquellos, que como vosotros, estáis incorporados a nuestra misión educativa.

1.1. Espiritualidad vicenciana

Brota del descubrimiento que san Vicente hizo de Cristo como centro de su vida y de su actividad y del pobre, como lugar del encuentro con Cristo, al término de una larga experiencia espiritual, que, poco a poco y después de unos comienzos más o menos vulga­res, fue transformando su visión de las personas y de las cosas, haciéndola más profunda, una visión que trasciende las apariencias y que le permitió acoger lo que antes le resultara extraño. Al descu­brir la miseria corporal y espiritual de su tiempo, descubrió a Cristo, como evangelizador de los pobres, un Cristo que expresa su amor y reverencia al Padre y al mismo tiempo un amor compasivo y efecti­vo por los pobres a los que sirve con un amor sencillo y humilde.

 

Santa Luisa, por su parte, fue más bien desde Cristo hacia los pobres, bajo la dirección de san Vicente. Ya desde su juventud había recibido una sólida formación doctrinal y se había visto acuciada por el deseo de entregarse totalmente a Dios. A través de numerosas prue­bas, pasó por su “noche oscura” que iba a prepararla para comulgar más íntimamente con el misterio del pobre y de la pobreza. Será la “Caridad de Jesucristo Crucificado” la que le apremie a identificarse con Él como Servidor y a encontrarlo en los pobres y abandonados:

“¡Ah!, ¡qué dicha si la Compañía, sin ofensa de Dios, no tuvie­ra que ocuparse más que de los pobres desprovistos de todo!”.

Palabras que hacen eco a las de san Vicente a los misioneros:

“Así pues, hermanos míos, vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados”.

1.2. El Cristo “descubierto” por san Vicente

  1. a) Un Cristo-Amor:

Dependiente de su Padre, anonadado por amor a los hombres hasta dar la vida. “Consumirse por Dios, no tener ni fuerzas sino para gastarlas por Dios; eso es lo que hizo Nuestro Señor que se consumió por amor a su Padre” “entregando su vida por la caridad, por Dios, por los pobres”. Toda la vida de Jesús es sencillamente una ofrenda al Padre.

  1. b) Un Cristo compasivo y lleno de misericordia:

Para con los desfavorecidos. Un Cristo que se compadece de las multitudes, que llora ante la tumba de Lázaro, que se con­mueve ante todo sufrimiento. “Es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia que es el propio de Dios”.

  1. c) Un Cristo Evangelizador de los Pobres:

San Vicente leyó el evangelio de Lucas y quedó prendado del texto en que Jesús se presenta como el que hace de la opción por los pobres el distintivo de su misión. Un sábado Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret para inaugurar su ministerio. Va al servicio litúr­gico del sábado, toma el rollo de Isaías que tocaba aquel día y lee:

“El espíritu del Señor está sobre mí

porque me ha ungido para anunciar

la buena noticia a los Pobres:

me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos

y dar vista a los ciegos,

a liberar a los oprimidos y a proclamar

un año de gracia del Señor”(Lc 4, 18-19).

Cuando la gente estaba esperando la homilía, Jesús resume todo lo que se podía decir de aquello con una sencilla frase: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”(Lc 4, 21).

Este Cristo Pobre, que se dirige principalmente a los pobres y se declara su evangelizador, polariza la conciencia vicenciana.

“El Hijo de Dios vino a este mundo para evangelizar a los Pobres”. “Jesucristo no hizo en este mundo otra cosa que servir a los Pobres”. Esta es una fuerte convicción para san Vicente. “…dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres. ¡Qué grande es esto!. “…Evangelizar a los Pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios”.

1.3. Los pobres en la “mirada” de san Vicente

San Vicente no sólo supo leer el Evangelio del lado de los pobres, supo leer también en los acontecimientos la llamada de Dios.

En el mes de enero de 1617, hacía un recorrido con la Sra. de Gondi, por las tierras de la Picardía, cerca del castillo de Folleville. Vicente es llamado para confesar a un moribundo. Después de la confesión, el enfermo publica en presencia de la Sra. de Gondi, que viene a visitarle: “¡Ah Señora! me hubiera condenado si no hubiera hecho una confesión general, a causa de los muchos pecados que no me había atrevido a confesar”. A la cabecera de este enfermo Vicen­te se da cuenta de que los pobres campesinos se condenan porque hacen malas confesiones.

Por el momento, él no ve otro remedio más que exhortar a los campesinos a la confesión general. Invitado por la Sra. de Gondi, lo intenta en el sermón predicado el 25 de enero de 1617 en la Iglesia de Folleville, y atrae tal multitud que es preciso llamar a dos Jesui­tas de Amiens para confesar. Vicente va entreviendo su misión.

En agosto del mismo año, un domingo, Vicente de Paúl, entonces sacerdote de Chatillon-les-Dombes, en 1’Ain, se prepara a celebrar la misa. De nuevo Dios le interroga, a través de una feligresa, en benefi­cio de los pobres. Informado de la situación de una familia pobre y abandonada, habla de ella en la homilía. Profundamente emocionado, exhorta con convicción. Sus palabras conmueven a los feligreses y los impulsa a ir a visitar a esta familia. Por la tarde él mismo va a visitarla y constata la afluencia de personas que acuden en su ayuda, la abun­dancia de recursos y piensa que es necesario organizar tal generosidad I ara hacerla eficaz… Es la creación de la primera Cofradía de la Cari­dad a la que Vicente de Paúl da, en aquellos días, un reglamento.

¡FOLLEVILLE! ¡CHATILLON!

A través de estos dos acontecimientos banales en apariencia, Vicente de Paúl ha descubierto lo que será el tormento de su vida.

“El pobre pueblo se muere de hambre y se condena”.

Ha encontrado su camino. El Señor le ha orientado definitivamente hacia los pobres: Vicente, en ese momento, tiene 36 años. Ha descubierto a Cristo que vive en la persona de los pobres, se identifica con ellos y recibe como hecho a sí mismo todo lo que se hace con los pobres: “Lo que hagáis al más pequeño de los míos a Mí me lo hacéis” (Mt 25, 40). Aquí está el origen de la Congregación de la Misión, de las Cofradías de la Caridad y de las Hijas de la Caridad.

1.4. Cristo ha venido a liberar al hombre de toda esclavitud

La liberación que Cristo trae a los pobres es, en la visión de san Vicente, integral, de ahí que hay que servir a los pobres corporal y espiritualmente; para san Vicente la evangelización y la promoción humana son complementarias. Atender al cuerpo, enseñar a leer y a escribir, asistir en general a la persona de los pobres pero sin olvi­dar orientarlos hacia Dios. En este sentido san Vicente da orienta­ciones muy precisas a las Cofradías de la Caridad.

Disponer aquellos que curen para que vivan bien y a que mue­ran bien aquellos que salgan de este mundo; porque el fin de este instituto no es únicamente asistir a los pobres corporalmente, sino también espiritualmente.

Ahora bien un servicio integral vicenciano tiene diferentes niveles:

  • La asistencia al necesitado organizada y en colaboración.
  • La promoción de las personas. San Vicente prefiere siempre el trabajo a la limosna y esto conlleva instrucción, preparación profesional, etc.
  • La lucha contra las estructuras injustas. San Vicente usó para ese fin su influencia en la corte y en el Consejo de Conciencia.

Y exige unas cualidades:

  • Conciencia aguda de la pobreza. Es posible no enterarse de que hay pobres —esto le pasó a san Vicente durante 36 años— a pesar de venir de un ambiente pobre.
  • Respeto y preferencia por los pobres porque ellos representan a Jesucristo que vive en la persona de los pobres y sigue sufriendo en ellos. El 13 de febrero de 1646, san Vicente nos dice a las Hijas de la Caridad: “al servir a los pobres servís a Jesucristo. Hijas mías, qué verdad es eso. Servir a Cristo en la persona de los pobres. Eso es tan verdad como que estamos aquí”. Esto es lo que os obliga a servirles con respeto, como a vuestros amos, y con devoción, pues ellos repre­sentan para vosotros a la persona de Nuestro Señor… “Lo que hagáis por uno de esos, el menor de mis hermanos lo veré como hecho a mí mismo”. Cristo se hace presente en todas las formas de pobreza. La imagen divina no se destruye nunca ni puede destruirla nada ni nadie. Ni la pobreza ni la miseria ni la explotación ni el pecado pueden borrarla. Pueden, sí, ocultarla, encubrirla. San Vicente nos lo recuer­da: “No debo considerar a un pobre aldeano o a una pobre mujer, según su aspecto externo… tanto menos cuanto que, a veces, no tienen ni la apariencia de personas razonables, de tal modo son groseros y terrestres. Pero volved la medalla y veréis con las luces de la Fe, cómo el Hijo de Dios, que ha querido ser pobre, nos es representado por los pobres…¡ Oh Dios! ¡Cuán agradable es ver a los pobres si los conside­ramos en Dios y en la estima que Jesucristo tuvo de ellos…!”
  • Atención personalizada, escucha, misericordia y compasión.
  • Competencia unida a la humildad que se hace cercanía… cali­dad en nuestra vida.

1.5. Llamados a continuar la misión de Cristo

Todos los cristianos estamos llamados a seguir a Cristo, a imitarle y a continuar su misión. Cada bautizado, nos dice el Concilio Vatica­no II, participa de la misma misión de Cristo, pero a Cristo se le puede seguir de diferentes maneras, los mismos discípulos suyos no todos le siguen del mismo modo. Recordad al final del Evangelio de san Juan, capítulo 21, cuando Jesús le dice a Pedro que apaciente sus ovejas y le anuncia cómo va a morir: “otros extenderán tus brazos cuando tú no quieras”. Juan, el discípulo amado, está muy perplejo como pre­guntándose ¿y yo qué? y Jesús le dice: tú no te preocupes, esto no te lo digo a ti, sólo se lo digo a Pedro, si yo quiero que permanezcas hasta el final de los tiempos ¿qué pasa? Cada uno tiene su manera de seguir a Cristo, los vicencianos estamos llamados a continuar la misión de Cristo de la manera en que lo hizo san Vicente de Paúl. Él comenzó la vivencia de su carisma irradiándolo sobre los laicos y ejerciéndolo con ellos y habla de su vocación a continuar la misión de Cristo. Así, el 12 de enero de 1640, da a las Damas de la Caridad como motivo para entregarse al cuidado de los niños expósitos, el hecho de que están haciendo lo que Jesucristo hizo:

“Porque el hombre fue maldecido por Dios debido al pecado de Adán, se encarnó y murió Jesucristo; por tanto, es hacer una obra de Jesucristo cuidar de esas pequeñas criaturas”.

Sor Mª Luisa Morante. CEME.

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