Caridad Compasiva Y Eficaz Con Los Pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido .
Tiempo de lectura estimado:

Pobreza Evangélica

1. -Comencemos dejándole hablar a San Vicente:

«Aunque era verdadero dueño de todos los bienes, Cristo adoptó una vida tan pobre que no tenía dónde reclinar su cabeza. Quiso además que los Apóstoles y Discípulos que trabajaban con él en la misión viviesen con el mismo estilo de pobreza, de modo que no tuvieran ninguna propiedad personal. De manera que, liberados ellos mismos, pudieran combatir con soltura contra el deseo ávido de riquezas que está en la ruina de casi todo el mundo. También nosotros nos esforzaremos según nuestras pobres fuerzas en el cultivo de esta virtud, en la seguridad de que ella será la fortaleza inexpugnable que mantendrá siempre salva a la Congregación con la ayuda de la gracia de Dios» (RC III, 1)

Nuestras Constituciones que citan literalmente una buena parte de lo que os acabo de leer, añaden esta sentencia:

«De este modo los misioneros manifestarán que dependen totalmente de Dios y la misma evangelización de los pobres resultará eficaz» (Const. N.31).

2. -Dudo que haya aquí alguno de nosotros que no se sentiría un tanto desazonado y en dificultad si alguien le pidiera que le explicara nuestro voto de pobreza. Y no es que no haya límites, restricciones en nuestro deseo de poseer. Sino que todos nosotros somos conscientes de la lucha que tanta gente, aún en nuestras propias familias, experimenta en la vida y en conseguir que las cuentas ajusten. Y todos los días en vuestro ministerio aquí en el Perú os encontráis continuamente con formas extremas de pobreza y miseria. Nos damos igualmente cuenta de la seguridad de que gozamos en la comunidad en muchos aspectos, tanto en la enfermedad como en la salud. La pobreza vivida por la mayoría de los miembros de nuestra Congregación es muy diferente de la pobreza con la que tienen que cargar millones de nuestros hermanos y hermanas con los que compartimos este planeta. Nuestra vida de pobreza tiene que parecerles a muchos una sombra de la realidad que ellos sufren.

3. -De cara a todas estas realidades, pienso que todos nosotros sentiríamos una punzante dificultad al tratar de explicar a la gente el significado, la realidad espiritual y experiencia de vivir con un voto que se supone restrictivo. La dificultad de la que estoy hablando es, pienso, la dificultad de autenticidad. No es de gran ayuda pensar que en esto compartimos de alguna manera la dificultad del mismo San Vicente. Escribiendo al Padre Codoing hizo esta observación:

«No somos bastante virtuosos para poder soportar el peso de la abundancia y el de la virtud apostólica, y temo que nunca lo seremos, y que el primero arruinaría al segundo» (SV II, 395). San Vicente es consciente, como se ve, de la tensión en nuestras vidas entre la abundancia y la virtud apostólica. Y si eso era verdad en su tiempo, cuánto más lo es hoy en algunos países de Occidente. Parecería, por tanto, que cuanto mayor es la abundancia en mi vida, mayor es el peligro de que mi virtud apostólica sea menor. Decimos con frecuencia que la disminución de las vocaciones es debida a la fuerte corriente de materialismo, que es, ciertamente al menos, un factor que contribuye a esa disminución, aunque no es la sola causa. El impulso misionero en mi propio país fue más fuerte cuando éramos mucho menos abundantes en riqueza de lo que hoy somos.

4. -Permitidme que vuelva, como San Vicente desearía, a la persona de Jesucristo, crucificado y resucitado, y que os ofrezca tres breves reflexiones.

La primera, sobre la persona de Jesucristo. Algunas veces pienso que lo que me dejará sin respiración después de mi muerte será la plena comprobación de la intensidad y profundidad del amor de Dios para conmigo, una persona, yo, con tantas limitaciones y defectos. Quedaremos abrumados por el asombro e irresistible impresión, tales que nos dejarán sin aliento. Quizá nuestra muerte sea ocasionada por la experiencia de quedarnos sin aliento al darnos cuenta del amor que Dios nos tiene como individuos. Si en ese momento recobrara el aliento, mi nuevo respiro desaparecería cuando llegara, a darme cuenta del hecho de la Encarnación. A lo que me refiero es al hecho de darme cuenta con el corazón y la mente, como nunca antes me había acontecido, de la extrema profundidad del vaciamiento del Verbo eterno de Dios implicado en la Encarnación. Será comprender en su totalidad los versículos de la carta a los Filipenses que fuertemente resuenan en toda la liturgia de Semana Santa.

«Cristo Jesús, el cual siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte de hombre» (Fl 2, 5-7).

La condición de esclavo. Los esclavos no poseían absolutamente nada No tenían siquiera el derecho sobre sus propias vidas. Pienso que ni siquiera en la eternidad seremos capaces de medir la profundidad de la renuncia que hizo el Verbo de Dios, que aunque rico se hizo pobre para que por su pobreza nosotros pudiéramos llegar a ricos (Cf. 2Co 8,9).

Así pues, el voto evangélico de pobreza, cualquiera que sea su modalidad –y para nosotros en la Congregación tiene su forma específica propia-implicará renuncia voluntaria. Para nosotros, y para todas las personas consagradas, el voto de pobreza evangélica está enraizado en la persona y experiencia de Jesucristo. Es para nosotros, en alguna manera, por pequeña que sea, una suerte de kenosis de toda la vida.

5. -La segunda reflexión es que en este periodo de mi vida encuentro que la práctica de la pobreza evangélica, tiene mucho que ver con una pequeña palabra griega en el evangelio de San Lucas: «pleonexia«. La palabra suena a una clase de enfermedad, y yo supongo que lo es. Nuestro Señor llama la atención contra «toda clase de codicia». La avaricia. Quizá podríamos parafrasear esa palabra como la enfermedad de querer más. Es ese «más» al que debo prestar atención. Al buscar más tiempo libre, más ocio, más cosas superfluas, más viajes, más comodidades personales, tendré menos tiempo para Dios, menos tiempo para el débil y el pobre. San Vicente advierte sobre este deseo de querer tener más cuando escribió en nuestras reglas:

«Y porque se puede violar la pobreza con sólo el deseo desordenado de bienes temporales, nos cuidaremos muy mucho de que este mal invada nuestro corazón a través del deseo de algún beneficio con la excusa de que se trata de un bien espiritual…» (III, 10).

6.-El deseo de tener más, pleonexia, puede ser un síntoma del insinuante crecimiento de la afluencia en mi vida. Puede significar la muerte lenta del amor auténtico para los demás, y la lenta extinción de aquel celo que es, por citar a San Vicente, el amor de Dios en mi corazón. Leí en una revista italiana el texto de una entrevista que el Abbé Pierre dio en París hace algunos años con ocasión de sus bodas de oro sacerdotales. En el curso de la entrevista dijo: «La mayor desgracia que puede acaecer a un sacerdote es la de que se encuentre a sí mismo a la hora de su muerte más rico que el día que escogió seguir al Señor». Sí, «no somos tan virtuosos como para poder llevar el peso de la abundancia y al mismo tiempo el de la virtud apostólica».

7.-La tercera reflexión es que la pobreza evangélica significa amar el desprendimiento de las cosas, lugares y oficios. San Vicente expone claramente la extensión de nuestro desprendimiento. Podemos estar desprendidos de las cosas y del dinero, y permanecer muy apegados a los ministerios, a las casas, a los oficios. Las dos palabras, amoroso desprendimiento o desprendimiento por amor, son importantes. Un desprendimiento no amoroso, es decir, no motivado por el amor a la persona del Cristo pobre, es una suerte de desprendimiento puritano y estéril y puede llegar a ser esnobismo espiritual. Hay aquí un reto para todos nosotros. Como hijos adoptivos de nuestro Padre en los cielos a través del bautismo estamos llamados, como dice San Pablo, a crecer en todo hasta aquel que es la Cabeza., Cristo» (Ef 4, 15). Llegar a ser maduros en Cristo significa desarrollar una estima de todo lo que, por citar a San Pablo en su carta a los Filipenses, «hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, de todo cuanto sea virtud y digno de elogio, todo eso tenedlo en cuenta» (Fl 4.8). Así pues, el desprendimiento no significa el desdeñar todo lo que es bueno y verdadero y bello. El reto está en apreciar todo lo que es bueno y verdadero y bello en la vida, caminando al mismo tiempo como peregrinos que saben que no pueden quedarse bien acomodados en el camino, sino que deben seguir con fuerza adelante. Y eso hacemos manteniendo a Jesucristo y a su obra de evangelizar a los pobres como nuestra misión primordial. Aún nuestro aprecio de todo lo que es bueno y verdadero y bello en la vida, tenemos que vivirlo de manera que continuemos dependiendo enteramente de Dios y de su amorosa voluntad. Para hacer más eficiente nuestra evangelización de los pobres, nuestros estatutos sugieren un medio eficaz, que voy a citar.

«Cada Provincia y Comunidad local, teniendo en cuenta las diversas circunstancias, busquen el modo de guardar la pobreza evangélica y establezcan una revisión periódica sobre el mismo, teniendo por cierto que la pobreza es, no sólo el baluarte de la Comunidad (Cf. RC III, 1), sino también condición de la renovación y signo del progreso de nuestra vocación en la Iglesia y en el mundo (Estatutos III, 18).

8. -Me gusta mucho la idea de Maurice Zundel, que una y otra vez aparece en sus escritos, sobre el hecho de que Dios es pobre. Zundel junto con teólogos como Baltasar enfatizan para nosotros, que aún antes de la kenosis de la Encarnación hay en el corazón de la Trinidad una kenosis que ha ido existiendo desde toda la eternidad de parte de cada una de las tres Divinas Personas. La vida íntima de Dios es una vida de amor, y sólo puede haber amor donde hay propia entrega. Dios es pobre porque ha entregado todo, hasta el extremo de darse a sí mismo. Dios tanto amó al mundo que le dio su único Hijo…

9. -Dios ciertamente es pobre, pero sumamente libre. Jesús fue sumamente libre, libre para seguir las mociones del Espíritu, libre para moverse por las zonas marginales de la sociedad, libre para estar en comunión con los desposeídos, libre para tocar a quienes estaban necesitados de curación, libre para absorber y digerir iras y violencias y libre para oír la voz de Dios. El grado en que yo vivo mi voto de pobreza evangélica es el grado en que soy libre. Demasiada riqueza de cualquier clase es sencillamente demasiado bagaje. Quienes llevan demasiado bagaje no tienen libertad para moverse. Por eso el joven rico en el evangelio se marchó triste. Tenía demasiado bagaje. Así pues la pobreza evangélica significa para mí ir dejando aparte todo lo que me retenga e impida seguir a Jesús que hoy quiere que lleve, de parte suya, la buena nueva a los pobres. Con frecuencia no puedo hacerlo, y la Providencia no puede hacerlo, porque un buen número de nosotros no somos lo suficientemente libres. «No somos bastante virtuosos para poder soportar el peso de la abundancia y el de la virtud apostólica, y temo que nunca lo seremos, y que el primero arruinaría al segundo…» (SV II, 395)

10. -Después de haber hablado y discutido de todos los aspectos de la pobreza evangélica, podemos únicamente terminar pidiendo humildemente la gracia de seguir a Cristo pobre, de lejos como Pedro en la Pasión. Comenzamos nuestra reflexión con las palabras de San Vicente, terminémosla con otras suyas, dichas al final de la conferencia de agosto de 1655:

«Padres y hermanos míos, pidamos todos este espíritu a Dios; que nos separe de todos los bienes del mundo para unirnos a él; ese espíritu sin el cual es imposible vivir en comunidad. Pidámoselo esta semana todos juntamente, os lo ruego; recemos por ello toda esta semana; …busquemos esta semana el medio de conseguirlo. ¡Dulce Salvador!, te conjuramos por ti mismo: concédenos este espíritu, que hará que sólo te busquemos a ti. Ese espíritu viene de ti, depende de ti dárnoslo, pues; te lo suplicamos con toda humildad. Padres, pidámoselo mucho; si lo tenemos, lo tendremos todo; si morimos en ese espíritu, seremos bienaventurados. ¡Qué honor, qué dicha y qué gloria, morir como murió el Hijo de Dios! ¿Hay una dicha mayor? Se puede desear un final mejor y más glorioso? Así es como moriremos, si vivimos en el espíritu de pobreza. Tenemos que esperarlo de la bondad infinita de Dios». (SV XI 140­141).

Esta gracia pedimos en el espíritu por Jesucristo nuestro Señor. Amén

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *