Caminos de resurrección

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Riol, C.M. · Año publicación original: 2000 · Fuente: Informativo Provincial de las HH.CC. de Pamplona.
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Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día a una aldea llamada Emaús… Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos… ¿Qué  conversación es esa que traéis mientras vais de camino?… ¿Eres tú el único, forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?… ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? (Lc. 24, 13.26).

 

¡Cuántas veces les había anunciado Jesús a sus discípulos que su camino hacia Jerusalén era un camino de cruz! Camino de cruz que terminaría en la resurrección: «Y al tercer día resucitará» (Mc. 10, 34). ¿Qué habían entendido sus discípulos? Nada. Los dos hermanos Zebedeos, por medio de su madre, le piden sentarse en su reino, uno a su derecha y otro a su izquierda: «Manda que estos dos hijos míos… No sabéis lo que pedís» (Mt. 20, 21.22). Camino de Jerusalén, los discípulos están despistados. Les cuesta comprender, les cuesta entender todo lo que Jesús les dice. Tienen que ver repetidas veces resucitado a Jesús para que las escrituras se aclaren para ellos y comprendan a Jesús, comprendan su vida, su pasión, su muerte y crean que vive, que ha resucitado.

¿En qué actitud nos encuentra a nosotros el Señor en esta Cuaresma-Pascua? ¿Nos identificamos con los dos de Emaús? Aquellos dos discípulos conocen todas las escrituras, conocen bien el Antiguo Testamento, como nosotros lo conocemos. Jesús les recuerda todo el profetismo mesiánico que ellos ya conocen. Y no les sirve de nada. Conocen también el Evangelio: son discípulos, han oído hablar a Jesús por los caminos de Galilea y de Judea, han oído el mensaje de la Buena Noticia del Reino, le han visto actuar, le han visto curar, estar con los pobres… Le han proclamado profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante los hombres. Y en este momento, en el momento que se han separado del maestro, en el momento que, «desilusionados», se alejan de la «Comunidad», todo esto no les sirve de nada. Conocen la cruz en la que Jesús ha sido crucificado; no sólo no les sirve de nada, sino que ese es su principal problema, que la cruz les escandaliza, les hace perder la fe, la ilusión y el entusiasmo con que habían seguido al maestro; y su vida se llena de desencanto, se creen unos fracasados, creen que han perdido el tiempo. Han esperado que iba a restaurar a Israel y con la muerte de Jesús, todo se ha venido abajo.

Han escuchado ya la predicación pascual, pues le dicen al desconocido Jesús, que «unas mujeres nos han dicho que vive» (Lc 24, 24). Han escuchado el mensaje pascual, el anuncio de la resurrección. Saben que algunos discípulos, Pedro y Juan, han visto el sepulcro vacío; no es que sea prueba definitiva, pero no esperan para encontrarse con el Resucitado en la Comunidad. Todo esto no les sirve de nada. Tienen una Comunidad que intenta, entre luces y sombras, buscar juntos la luz: la iglesia en Jerusalén, y no les sirve de nada. Se alejan sombríos, cabizbajos, sin esperanza.

¿Qué les falta para creer? ¿Qué les falta para que sus vidas se transformen y se llenen de luz, de ilusión y de esperanza? ¿Qué nos falta a nosotros para vivir la alegría pascual, la alegría de la resurrección?

En la instancia más profunda los discípulos hacen referencia a Jesús que se les ha muerto: «Van hablando de él» (Lc. 24, 14 ). Los discípulos saben todo lo necesario acerca de Jesús, pero Jesús está muerto para ellos, se les ha muerto. Yo, ¿en qué Jesús creo? ¿Sé pasar del Jesús de Nazaret, al Jesús resucitado, al Señor vivo, que vive en mí, que actúa en mí, que proyecta toda mi vida con el calor de la vida pascual? ¿Necesito que el Resucitado adquiera más vida para mí, más cercanía, más luz, más fuerza de vivir? ¿Se va muriendo Jesús en mi vida o está resucitando?

Cada uno de nosotros, cada una de nuestras comunidades, tendremos que preguntarnos una y otra vez: ¿Qué referencia fundamental nos falta para sentir vivo y resucitado a Jesucristo en nuestras vidas, en la vida de nuestra Comunidad? ¿Nos falta el contacto personal con el Resucitado? ¿Cómo lograr este contacto personal y comunitario?

Está claro: lo lograremos si seguimos a Jesús. Aceptar su estilo de vida, aceptar el camino de la cruz, aceptar, para llegar a la alegría de la resurrección y a la vida en plenitud, ser portadores de un mensaje de vida y salvación, ser portadores de la Palabra encarnada para los pobres y marginados.

Nos cuesta aceptar la cruz, el sufrimiento, la enfermedad; el dolor nos resulta incomprensible, un misterio difícil de aceptar. Nos descoloca y no sabemos cómo ubicarlo en la realidad de nuestra existencia. La cruz sólo se entiende a partir del seguimiento fiel de Jesucristo y del servicio a la causa del Reino. El sufrimiento es cruz cristiana cuando es vivido con el espíritu y la actitud con que lo vivió Cristo. Llevar la cruz de Cristo es sufrir en comunión con él, asumiendo con su mismo espíritu los sufrimientos que se siguen de una adhesión concreta a su persona y a su causa. Desde esta actitud de seguimiento hemos de entender ese «negarse a sí mismo» (Mc. 8, 34). Negarse a sí mismo es olvidarse de uno y de sus propios intereses para centrar nuestra existencia en ese Jesús de Nazaret, el Crucificado al que se desea seguir.

«Llevar la cruz» (Mc. 8, 34) es, antes que nada, asumir ese sufrimiento propio del discípulo que sigue a Jesús sabiendo que no puede «estar por encima del Maestro» (Mt. 10, 24) y que ha de compartir su destino. Aceptar la cruz de Cristo es seguirlo con una disponibilidad sin límites para tomar parte en la inseguridad y el riesgo del Maestro.

La trayectoria de Jesús es muy clara: Desvivirse por liberar a los pobres de la opresión; ofrecer el perdón de Dios a los pecadores frente a las críticas de los poderosos; solidarizarse con los enfermos, los débiles e impuros frente al desprecio y marginación por parte de los fuertes; defender a los pequeños. Esta es la actuación del «enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia» (Lc. 4, 18). En él se encarna el amor infinito del Padre a todo ser humano. Jesús ha muerto en la cruz, no porque despreciara la vida, sino porque la amaba tanto que no podía consentir que fuera disfrutada por unos pocos. En la cruz el Padre y el Hijo están unidos, no buscando sufrimiento y sangre, sino enfrentándose al mal hasta sus últimas consecuencias. Nosotros necesitamos comprender esta realidad de la cruz de Cristo y de nuestras cruces para llegar a reconocer a Jesús vivo y triunfante de la muerte, «resucitado». «¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» (Lc 24, 26).

¡Qué bien entienden esto tantos cristianos del Tercer Mundo! ¡Cuántas noticias de ellos alimentan nuestra fe burguesa adormecida! A través de ellos experimentamos que Jesús vive y sostiene nuestra vida cristiana. Cuando vemos a estos cristianos y a estas comunidades jóvenes del Tercer Mundo que viven así, que sienten a Cristo tan vivo y presente en sus vidas, en medio de catástrofes naturales, guerras, persecuciones e injusticias; entregados a dar vida a aquellos que por múltiples causas la están perdiendo, que sufren y luchan porque los más desgraciados, los sin nombre, tengan una esperanza de vida; cuando vemos y oímos que creyentes como nosotros están realmente jugándose la vida por conseguir que otro ser humano pueda mirar al cielo con esperanza, es que tiene que ser verdad la resurrección; tiene que ser verdad la postura liberadora de Aquel que «pasó por el mundo haciendo el bien» y venciendo el mal y la muerte. Que la muerte nunca más será el final de la vida, sino una etapa nueva hacia una situación que intuimos, que creemos firmemente mejor que las situaciones tan poco gratas que a veces somos capaces de fabricar nosotros mismos.

En Jesucristo resucitado se hacen verdad sus palabras: «el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ese la salvará» (Lc. 9, 24). ¡Cómo viven esta verdad los misioneros! Oyendo los relatos de nuestras Hermanas en misión: cómo viven su fe en Cristo resucitado con estas comunidades cristianas, empeñadas en anunciar la Buena Noticia del Evangelio con tantas dificultades de todo tipo, experimentamos que son reflejo de ese Cristo resucitado. Han entregado ya su vida y la están encontrando en esos cristianos que esperan contra toda esperanza, que creen a pesar de su propio dolor, que cantan a pesar de la maldad que les rodea, que quieren un mayor compromiso personal cuando uno realmente no puede imaginarse cómo pueden comprometerse más seriamente de lo que están.

Ante esta realidad: ¡Qué ridículas nos parecen nuestras dudas y vacilaciones, nuestros enfados, tristezas, angustias y preocupaciones de nuestro vivir de cada día! Cuando nos afecta tanto que si «me ha mirado o ha dejado de mirar, me ha dicho o ha dejado de decir; me deja al margen o siempre está metiéndose conmigo; no me habla, no me hace caso, estoy solo»… ¿Qué creemos que falta en nuestras vidas? ¡Cuánto dolor innecesario en nuestra vida comunitaria por malos entendidos, por una mirada de esta o la otra manera, por un silencio, por una palabra, por!… ¿Creemos que todas estas cosas, que nos quitan la paz, son de verdad problemas?

Tal vez tengamos que ponernos como modelos de fe en Cristo resucitado a estos cristianos, que a veces consideramos no muy bien formados en la fe, para darnos cuenta de lo poco consistentes que resultan nuestras quejas, nuestras dudas, nuestras lamentaciones, nuestras tristezas, nuestra falta de ilusión y esperanza…; como las de los dos de Emaús: «Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y sin embargo ya hace tres días que ocurrió esto» (Lc 24, 21). ¿Qué nos falta para vibrar al unísono con Cristo resucitado, para que arda en nosotros el fuego nuevo de la Pascua del Señor?

También nosotros tendremos que escuchar de Jesús: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!» (Lc 24, 25). ¿Tendremos cerrados los ojos a la realidad de Dios? ¿Cómo experimentar en nosotros, en nuestras comunidades, la fuerza del Resucitado para que, como los de Emaús, nos transforme y podamos decir: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc. 24, 32). ¿Cómo reconocer a Jesús vivo y resucitado?: Vivir la Comunidad, no al margen; sentir a Jesús presente en la Eucaristía de cada día. En la Comunidad, en la fracción del pan es donde nosotros conocemos a Jesucristo vivo, resucitado y presente en nuestras vidas. Esto sí que nos comunica experiencia pascual.

Los discípulos están tristes. Nosotros y nuestras comunidades a veces perdemos esa alegría necesaria para vivir en plenitud, para llevar a feliz término la «Misión» encomendada. Damos la impresión de comunidades gastadas, desgastadas por los problemas internos de convivencia o en apariencias de activismo marginal, envejecidas, más que por la edad, por centrarnos en nuestros propios problemas personales, sin caer en la cuenta que nuestro único problema son los problemas de los pobres y marginados. ¿Es esta la referencia fundamental que hemos perdido?

Los discípulos están tristes, lo están porque habían puesto sus esperanzas en unas ventajas materiales subjetivas, en un mesianismo triunfalista, y cuando Jesús muere pierden toda esperanza, quedan decepcionados y frustrados, están sin horizonte, sin norte en sus vidas… ¿Dónde he puesto yo el fundamento de mi alegría? ¿Qué o a quien busco en lo más profundo de mí? ¿Qué expectativas mías no cumplidas me causan tristeza? ¿Me preocupo de purificarlas constantemente en la oración; de centrarlas, absolutizando unas y relativizando otras? ¿En qué busco yo mi alegría? ¿En qué pongo mi alegría? ¿Me fallan las promesas del Señor o fallan mis ilusiones y mis impresiones subjetivas? ¿Busco constantemente nuevas dimensiones para mi vida de fe, para mi vocación; o se mueren mis ilusiones y aspiraciones?

La Comunidad necesita redescubrir incesantemente al Señor y pierde plenitud, pierde alegría en la medida en que pierde esta referencia al Señor resucitado. Necesitamos siempre evangelizarnos a nosotros mismos, reevangelizar nuestras comunidades, dejarnos evangelizar por el Señor, y desde ahí cobrar vida, fuerza, alegría y entusiasmo en nuestras comunidades. Necesitamos, como se dice ahora, un encuentro existencial, un encuentro vivo con el Resucitado. Si creyéramos verdaderamente que está en medio de la comunidad, cómo subiría el nivel de nuestras conversaciones, de nuestro trato mutuo, de nuestras actitudes… O tal vez, creyendo mentalmente, no busco el encuentro con él. ¿Cuál es mi experiencia de esta presencia y de este encuentro con el Resucitado en las personas, el la Comunidad, en los pobres?

Pensemos que ahora a nosotros Jesús nos dirige aquellas palabras de la Última Cena: «Confiad en Dios y confiad también de mí… Volveré y os llevaré conmigo. Donde esté estaréis también vosotros. Paz es mi despedida; os deseo mi paz… No estéis agitados ni tengáis miedo. Si me amarais os alegraríais de que me vaya con mi Padre. El mundo tiene que comprender que amo al Padre. Os he dicho esto para que compartáis mi alegría y así vuestra alegría sea total» (Jn. 14, 1­4.27-29). ¿No manifiesta Jesús de esta manera un entusiasmo fascinante que nos llena de alegría y esperanza?

El entusiasmo es una de las mejores cualidades del mundo. El que tiene alegría, gozo y esperanza, está entusiasmado, siente en sí mismo la corriente maravillosa de Dios. Se siente sobrecogido por su fuerza magnífica. El valor del entusiasmo supera al dinero, al poder, al placer. El entusiasmo es mi confianza en lo que hago. Debo imaginarme a Jesús diciéndome: «me entusiasmaré siempre». Pocos consiguen mantener el entusiasmo, el gozo y la esperanza durante un día, un mes, un año… ¿Cuántos viven entusiasmados, llenos de fe y esperanza a lo largo de toda la vida? Con el entusiasmo podemos realizar milagros, en nosotros y en los demás. Sin entusiasmo nuestras vidas están abocadas a la mediocridad. Es muy importante adquirir el hábito del entusiasmo, sostener el entusiasmo indefinidamente. ¡Cuánto cambiaríamos, cambiarían nuestras comunidades si viviéramos desde estas perspectivas desde la esperanza, la alegría y el entusiasmo! El entusiasmo es el amor por lo que vivo, por lo que estoy haciendo en estos momentos de mi vida, tanto individual como comunitariamente. El entusiasmo da vitalidad a mi mente, a todo mi ser, es una fuerza escondida en mi corazón.

El entusiasmo es el vehículo que nos conduce a la vida nueva. Con entusiasmo, ilusión y esperanza puedes conseguir aquello que soñaste. Lo contrario del entusiasmo es la depresión. Y ya sabemos, quizá por experiencia, lo que abundan esta clase de personas. Para el entusiasta, para el que vive el gozo y la esperanza, cada día es distinto. Para el deprimido cada nuevo día es un martirio. Con el entusiasmo las horas pasan volando. Con la depresión, los minutos se hacen eternos. Con un mundo de entusiastas, convencidos, ilusionados, esperanzados, muchos profesionales de la psicología y más de un confesor quedarían sin trabajo.

Tenemos que proponernos llegar este año a las fiestas de Pascua, vivir la vida como si toda ella fuera una Pascua, llenos de alegría, gozo y esperanza. Toda mi vida es pascual, tiene que ser pascual. Entonces tengo que vivificar todo mi ser, ¡todo lo puedo! Puedo superar mi tristeza, mi angustia, mi falta de entusiasmo; puedo reavivar mi fe, mi alegría de vivir, mis ganas de trabajar por los pobres y marginados. Puedo realimentar mi vocación de servicio y ser presencia viva de Cristo resucitado. Jesús quiere decirnos que el Padre no está lejos de nosotros. Dios está a nuestro lado. Allí donde está Dios, nace el amor, se acaban la tristeza y el odio, la envidia y la pereza; germinan semillas insospechadas, florece el desierto, renace la vida, y… ¡todo se viste de primavera!

«Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan. Pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24, 30-31). Le reconocieron al partir y compartir el pan. Le reconocen ahora no como dialogante ni como acompañante, sino corno dador y comunicador de vida. La Eucaristía es comida de comunión con Cristo, establece una unión con él, que toma todo nuestro ser y nos permite permanecer en él, como él permanece en nosotros. Alguien que les da pan, que les alimenta. El mensaje es claro: cuando en la Eucaristía nos sentimos fortalecidos, alimentados, sostenidos en la fe, ahí está el Resucitado. Nunca podemos perder en nuestras vidas, la referencia al Resucitado que se nos comunica y que comparte cada día la mesa de su Palabra y el Pan de la Eucaristía con cada uno de nosotros y con toda la Comunidad. Ya lo hemos meditado. Conviene que ahora volvamos a repensarlo desde esta perspectiva de la experiencia pascual.

A la Eucaristía está ligada la promesa de hacernos habitar en Cristo y a Cristo en nosotros: él permanece en mí y yo en él. Si Cristo habita en nosotros: ¿Qué nos falta todavía? ¿Qué bienes se nos pueden escapar? Y, habitando nosotros en Cristo, ¿qué más podremos desear? Esta unión íntima con Cristo en la Eucaristía, nos transforma completamente. No podemos perder esta referencia, porque no se da de manera automática, no es un gesto mágico. Siempre hay que encontrarse con la persona del Resucitado, vivo y comunicador de vida. No es comunión de su cuerpo como realidad aislada, no es un encuentro con Jesús muerto; es comunión con su amor hasta el fin para dar vida, es comunión con su espíritu que anima mi estilo de vida; hasta hacerse pan y repartirse como pan a todos. Es comunión total.

En nuestras eucaristías, ¿dejamos que sea Cristo resucitado quien comparta el pan con nosotros, que sea él quien nos lo dé, o partimos nuestro pan y lo comemos? Decimos que comemos su cuerpo, ¿comulgamos su espíritu, bebemos en su vida de muerte-resurrección, dejamos que nos dé el pan de su amor y así nos haga amar de otra manera, nos haga compartir sus preocupaciones, su entrega hasta el fin? ¿Comulgamos con Cristo su amor entregado hasta la muerte, su mensaje, su opción por los pobres, su salvación? ¿Nos sentimos alimentados, fortalecidos, entregados, asimilados, animados por el Resucitado? ¿Es nuestra Eucaristía anticipo de la comida, fiesta final; y, en consecuencia, nos insta a un compromiso total?

Es en este signo de comunión, de comunicación, de don total cuando los dos discípulos le reconocen. Y quieren ahora seguir preguntándole, gozando su presencia, pasar la velada dialogando sobre el acontecimiento de su muerte y resurrección, llegar al final del reconocimiento y confesión. Pero él desapareció. Nos cuesta aceptar esta realidad. En nuestras vidas, hay momentos que sentimos su presencia, casi lo vemos, lo palpamos; como santo Tomás, nos sentimos tocados por él. Y entonces nos gustaría someterlo a nuestro análisis, meterlo en nuestro laboratorio mental y comprobar nuestras ideas, nuestras dudas, nuestras impresiones. Él se nos escapa. No podemos manipularle, reducirlo a nuestro limitado entendimiento, empequeñecerlo hasta nuestros sentimientos. Nuestra fe es luz-oscuridad, visión-desaparición, un rayo de luz que rápidamente se oculta tras los nubarrones de nuestras vidas, es un relámpago que al instante alumbra el camino para seguir buscando. ¿Nos sentimos a oscuras, desconcertados, no lo aceptamos? ¿Nos empeñamos en meterle en nuestra cabeza, reducir la fe a nuestro entendimiento? ¿Acepto mis limitaciones y sé llevar el aliento necesario y profundo del encuentro con Cristo en el seguimiento?

Reconocemos y constatamos que en muchos momentos arde nuestro corazón porque él ha caminado y camina con nosotros, camina a nuestro lado, nos explica y revela su Palabra, nos alimenta con su cuerpo y su espíritu. ¿Cuándo, cómo, en que actitudes nuestras ocurre? ¿Quiénes caminan a nuestro lado, capaces de encender nuestro corazón, de darnos su Palabra, su luz…?

Con la resurrección del Señor se inaugura un nuevo tiempo de gozo, entusiasmo y esperanza. Podemos decir al Señor:

«Tú, Señor, vas delante de nosotros. En ti se desbordan todas nuestras expectativas. Tú eres el vencedor de la muerte y así nos has abierto las puestas de la vida. Tu amor crucificado ha sido más fuerte que la muerte y el pecado. Gracias, Señor, por el testimonio gozoso de los apóstoles. Les hemos visto débiles como nosotros, con miedo a la cruz; incluso hemos escuchado cómo te traicionaban. Ahora contemplamos que tu resurrección ha disipado en ellos toda tiniebla y ha instaurado en sus corazones el empuje irrefrenable de la nueva vida. En ellos vemos reflejados también nuestras historias personales. Con ellos queremos ahora incorporarnos al gran testimonio y a la gran confesión: Tú eres el Señor absoluto de la Historia y de la Vida. Te adoramos y te cantamos el cántico nuevo de nuestra fe y esperanza, el cántico que el Espíritu grita en nuestro interior: ¡Aleluya! ¡Vida! ¡Resurrección!».

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