BIOGRAFÍA DEL SR. D. RAMÓN ARANA Y ECHEVERRÍA, SACERDOTE DE LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN Y DIRECTOR DEL SEMINARIO INTERNO DE LA MISMA DE LA PROVINCIA DE ESPAÑA
Fallecido en Madrid el día 26 de Noviembre de 1902.
No bien acabadas de enjugar las lágrimas que los Misioneros de la Provincia de España derramaran en la dolorosa y sensible pérdida de uno de sus principales hermanos, y cuyo recuerdo no se borrará de nuestra memoria, el inolvidable y malogrado Sr. Casado (q. e. p. d.), cuando ha sido preciso renovarlas y dejar que corriesen en abundancia para lamentar otra pérdida dolorosísima en extremo, y que durante muchos días ha llenado de aflicción y amargura a esta Casa Central y Provincia entera.
El padre espiritual de casi todos los nuevos Misioneros, el infatigable apóstol en la campaña, el cartujo en casa, según expresión de San Vicente, el virtuosísimo Sr. Arana, Director del Seminario interno de la Congregación de la Misión de la Provincia de España, nos ha sido arrebatado para no volver a verle sino en la patria de los bienaventu-rados. Plugo a la Divina Majestad disponer de su fiel siervo para premiarle con inmarcesible corona de gloria según su vida, mérito y virtudes, y justo es que nosotros dedique-mos un pequeño recuerdo por medio de estas mal trazadas líneas, aunque bien, merecía y se necesitaba un libro entero para ver de relatar minuciosamente su edificante vida y ejemplares virtudes, puesto que para todo habría materia más que suficiente; mas contentémonos por ahora con dar una breve reseña de tan ejemplar Misionero, a fin de que todos aquellos que hemos tenido la dicha de ser dirigidos por tan buen Padre y ser testigos de su vida, ejemplos y virtudes nos animemos a la imitación de aquellos qui nos praecesserunt cum signo fidei et dormiunt in sommo pacis.
I
El nacimiento. — Educación. — Entrada en la Congregación de la Misión, — Noviciado. — Profesión y estudios. — Recibe en Bayona los Órdenes sagrados.
Nació este buen Misionero D. Ramón Arana y Echeverría la cl día 22 de Julio de 1848, en Ceberio, pueblo y valle del muy noble Señorío de Vizcaya, perteneciente a la Diócesis de Vitoria, siendo sus padres D. Ramón Arana y doña Francisca Echeverría, los cuales se encontraban en una posición bastante desahogada para poder educar a nuestro Ramón conforme a su estado y condición, no descuidándose por su parte en instruirle en los deberes más precisos del hombre, inculcando ya en su tierno corazón aquellos sentimientos religiosos que tantos frutos habían de producir más tarde, y plantando en su bella alma el germen de aquel conjunto de virtudes que después había de practicar ron tanto aprovechamiento suyo, y ser causa de que le siguiera otro hermano suyo, que también tuvo la dicha de perseverar fielmente hasta la muerte en nuestra Congregación y murió siendo ya Sacerdote en nuestra casa de Andújar.
Llegado a la edad competente, pusiéronle sus virtuosos padres bajo la dirección de un sabio y piadoso Sacerdote, con el fin de que juntamente con el estudio de la lengua latina aprendiera la ciencia de los Santos, mil veces más interesante, y supiera unir la virtud con el estudio, cuidando de este modo de alimentar a la vez su mente con los conocimientos más indispensables para poder darse después a los estudios mayores con más ahinco, y su corazón con el néctar suavísimo de la virtud y piedad. No necesitaba nuestro buen Ramón de espuelas que le aguijoneasen en la adquisición de la lengua latina, como desgraciadamente necesitan de ellas otros tantos jóvenes díscolos de nuestros días, que más piensan en el juego, vicios y satisfacción de sus perversas pasiones, que en el desempeño y cumplimiento de sus más sagradas obligaciones y justos deseos; no así nuestro joven latino, que poniendo de su parte todo cuanto podía, y ayudado del divino auxilio que con mucha frecuencia imploraba, salía victorioso y superaba las dificultades que en el sobredicho estudio encontraba, captándose desde luego la benevolencia y cordial afecto de su venerable preceptor por su aplicación y esmero en preparar las lecciones, y aún más por sus esfuerzos en la adquisición de las virtudes.
Pasó después a estudiar la Retórica y Filosofía en un Colegio dirigido por una Comunidad religiosa, y no tardó en ganarse el aprecio de todos sus compañeros y, especial-mente, el del Padre bajo cuya dirección estaba, que observaba y notaba en él aptitud más que común para este estudio, que más tarde había de emplear con tanto aprovechamiento de las almas. Pero en medio de todo esto su corazón no descansaba; y como varias veces le oí referir, hasta en la misma recreación sentía un impulso, un deseo vehemente de ser Misionero; mas no sabía cómo poner en práctica este impulso divino, hasta que el mismo Señor, que regía y gobernaba su noble corazón, le proporcionó los medios más adecuados para ello y para ver realizadas, aunque con algún trabajo, sus nobles aspiraciones, siguiendo la voz de Dios que le llamaba a la Congregación de la Misión.
Corría el año de 1869, y nuestra pobre España se hallaba trastornada y revuelta con las mil veces malhadadas guerras civiles y proclamación de la República, en cuya época nuestros Padres fueron desterrados y obligados a salir de su amada Patria, habiendo de abandonarlo todo para ir a encontrar un refugio y hospedaje entre nuestros hermanos de la vecina Francia. Como las Casas que la Congregación tenía en España fueron cerradas en este fatal período, y principalmente su Casa Central, con dispersión de su estudiantado y noviciado, fue preciso organizar lo mejor que se pudo uno y otro en nuestra Casa de Dax, para recibir a los jóvenes aspirantes que, aun tu este estado de cosas, se presentaban solicitando su ingreso en nuestra pequeña Compañía, y continuar así, del mejor modo posible, hasta que el Señor, en sus inexcrutables designios, permitiera la vuelta de nuestros Padres a su querida Patria, para volver a reconstituirse como antes de tan aciagos días lo estaban.
Mas aun en medio de estas turbulencias no faltaron intrépidos Misioneros que, con la confianza en Dios y guiados dar la santa obediencia, permanecieron en España para dirigir a nuestras hermanas, las Hijas de la Caridad, y sostener espíritu con su palabra, virtudes y ejemplos. Uno de estos celosos hijos de San Vicente fue el tan edificante y de feliz recuerdo Sr. Cardellach, devotísimo de la Virgen Santísima y amante apasionado de Santa Teresa de Jesús, en cuyo honor y exaltación trabajó grandemente. De este santo hombre fue de quien se sirvió el Señor para dar a conocer nuestro joven Ramón el Instituto de la Congregación de la Misión, sus empleos, ocupaciones, trabajos y tareas apostólicas; de cuya relación quedó tan prendado y resuelto que, si hasta entonces lo había de veras deseado, en adelante ya no pensó sino en poner en ejecución su piadoso proyecto. Rogó con instancia a este buen Misionero le ayudase a llevar a cabo el noble fin que intentaba, ruego que fue acogido con interés, por ver en el joven Ramón señales inequívocas de una verdadera y decidida vocación.
Terminados los asuntos que el Sr. Cardellach traía entre manos por aquellas tierras, se hicieron los preparativos necesarios, se pidió su admisión, e informados los Superiores de sus buenas disposiciones y cerciorados de su vocación al estado de Misionero, sin dificultad se le concedió lo que con tanto interés pretendía.
Con el beneplácito y bendición de sus virtuosos padres, que muy gustosos y por escrito le otorgaron el día 18 de Agosto de 1869, el piadoso joven se despide tiernamente de ellos y se dirige al Santuario de Dax, en Las Landas (Francia), donde provisionalmente se había instalado el Seminario interno perteneciente a la Provincia de España; siendo el segundo de los que abandonaron el patrio suelo, atravesaron los Pirineos y, gustosos, se desterraron, por seguir la voz de Dios, que les llamaba, y poner en práctica la ejecución de sus generosos deseos.
El día 29 de Agosto de 1869, previos los ejercicios espirituales acostumbrados en nuestra Congregación antes de ser admitidos en ella los que a ella pretenden pertenec.er, era recibido el Sr. Arana en el Seminario interno de la Congregación de la Misión y puesto bajo la dirección del celoso Misionero Sr. Orriols, Director entonces de dicho Seminario. Sus deseos estaban cumplidos; y después de dar a Dios las más sinceras gracias por el inestimable beneficio que acababa de concederle vistiendo la pobre librea de hijo de San Vicente, que tanto había deseado, no pensó sino en servirle fielmente en su nuevo estado, revistiéndose del espíritu de un buen seminarista, para poder ser después un excelente Misionero. Un año permaneció bajo la sabia dirección de su primer Director, en cuyo tiempo, según testimonio de éste y sus compañeros, resplandecieron de un modo particular en él la humildad, obediencia y silencio, virtudes indispensables para aquellos que quieren adelantar en el camino de la perfección y poner fundamentos só-lidos al edificio de la vida espiritual.
Poco más de un año llevaba disfrutando de la paz, tranquilidad y sosiego de la vida común que había abrazado, cuando un nuevo accidente vino a turbarla, si bien siempre resignado a las disposiciones del Altísimo, que permitía aquel estado de cosas.
El día 9 de Septiembre de 187o, no pudiendo el Seminario interno permanecer reunido a causa de los sucesos políticos, el Sr. D. Mariano Maller, Visitador de la Congregación de la Misión de la Provincia de España, dispuso que los hermanos seminaristas saliesen para sus respectivas casas, no despedidos, sino con esperanzas de ser reunidos lo antes posible; que se les contaría el tiempo transcurrido como valedero para seguir su Seminario, y que se comunicarían con el Sr. Visitador mediante correspondencia epistolar mientras permanecieran en sus casas; ausencia que, gracias al Señor, no fue de larga duración, puesto que al mes siguiente ya pudieron irse reuniendo en la villa de Murguía, llamados por el Sr. Arnáiz, actualmente Visitador de esta Provincia de España y que entonces fue delegado por el Sr. Maller para el efecto. No faltó el Sr. Arana al llamamiento que se le hizo, y corrió presuroso a reunirse con sus amados compañeros y seguir practicando las virtudes bajo la dirección del mismo Sr. Arnáiz, encargado entonces del Seminario, bajo la cual permaneció hasta el día en que había de consagrarse enteramente al Señor por medio de la emisión de los santos votos. Con grande humildad solicitó de sus Superiores una gracia tan especial, y éstos no dudaron en concedérsela, puesto que veían en él las pruebas más evidentes de una verdadera vocación y su Seminario pasado con el mayor fervor y aprovechamiento.
Preparóse a tan grandioso acto con la práctica de las virtudes indicadas, y por fin al cumplirse los dos años de su noviciado, estando presente el Sr. D. Eladio Arnáiz, con gran contento, alegría y regocijo de su corazón, hizo a Dios el sacrificio de sí mismo, consagrándose entera y completamente a Su Divina Majestad en la Capilla de las Hijas de la Caridad de la villa de Murguía, el día 30 de Agosto de 1871. Aplicóse desde entonces a guardar fielmente las virtudes que con voto se había obligado, y a procurar con ahínco su adelanto en la perfección, mediante la observancia de las Santas Reglas y el cumplimiento de los sagrados deberes para con Dios y sus Superiores contraídos; uniendo la piedad al estudio, cuidó con afán durante el curso de ellos adquirir los conocimientos útiles e indispensables para la evangelización de los pobres, y principalmente de los aldeanos, instrucción y dirección del clero con su santifica-ción propia, fin primario y principal de nuestra amada Congregación.
Poco tiempo después, en compañía de sus Superiores y hermanos, le fue preciso abandonar esta segunda Residencia y trasladarse a un Colegio de la ciudad de Burgos, en donde, además de continuar sus estudios, había de cuidarse de la enseñanza y explicación de alguna de aquellas cátedras a su solicitud y pericia confiadas por la obediencia, probando con esto que el Señor le había dotado con un talento más que común para poder comunicar a sus discípulos los conocimientos y ciencia necesarios pertenecientes al ramo que desempeñaba.
Pasado algún tiempo en este nuevo cargo, hubo de trasladarse, por razón de las circunstancias anormales porque aún atravesaba nuestra pobre España y por disposición de los Superiores, al pueblo de Elizondo, perteneciente a la provincia de Navarra, en la raya de Francia y colindante con los bajos Pirineos, en el ameno y pintoresco valle de Baztán y a igual distancia de Pamplona y Bayona. Gozando aquí de una paz relativa, terminó sus estudios con gran aprovechamiento suyo y contento de sus Superiores, en los que a pesar de la intranquilidad y frecuentes traslados y mudanzas causados, por el estado de cosas porque la Nación pasaba, no le impidieron el cumplimiento de la observancia de las Santas Reglas, tanto las comunes que afectan a todos los miembros de la Congregación, como las particulares de su clase de estudiante, en que tan bien supo hermanar la piedad con la ciencia y la humildad con los conoci-mientos científicos, virtudes tan recomendadas por nuestro amantísimo Padre San Vicente a todos sus hijos, y especialmente a nuestros jóvenes estudiantes, que, según expresión del bendito Santo, quiere que sean tan sabios como, Santo Tomás de Aquino, con tal que sean tan humildes como este incomparable Doctor Angélico. Aplicado única-mente el Sr. Arana a la adquisición de las materias y estudios que habían de serle provechosos para el feliz desempeño de los cargos que más tarde la obediencia confiara a mis cuidados, no se distrajo ni empleó el tiempo en cosa menos útil o conveniente, como suele acontecer a los que no están muy sobre sí mismos y se dejan llevar de vanas curiosidades.
Terminados tan felizmente y con tantos trabajos sus estudios, acercábase el tiempo en que por disposición divina y mandato de sus Superiores había de principiar a recibir los Sagrados Órdenes que como escalones le condujeran al Sacerdocio, dignidad que, aunque le aterraba su grandeza y responsabilidad, animábale no obstante la consideración de que mediante ella y su cooperación podría hacer un bien inmenso en las almas de sus semejantes, especialmente de los pobres.
Como aún no estaban en nuestra querida Patria apaciguadas las turbulencias y trastornos de la fatal guerra civil y las autoridades eclesiásticas no gozaban como debían del libre ejercicio de sus derechos y facultades, fue preciso recurrir a la nación vecina, en donde, después de una fervorosa y diligente preparación, precedida de los santos ejercicios espirituales prescritos por la Iglesia, recibió la primera clerical Tonsura y fue promovido a los cuatro Órdenes Menores con el Sagrado del Subdiaconado, todos en el mismo día, 19 de Diciembre de 1874, por el Excmo. e Ilmo. Señor D. Francisco Lacroix, Obispo de Bayona, en la iglesia del Seminario Conciliar de dicha ciudad, según consta de los títulos de ordenación que tengo a la vista. Aumentando su fervor a medida que se acercaba el tiempo de recibir los más altos grados, y pasado cerca de medio año, en el día 22 de Mayo de 1875 recibió el Orden Sagrado del Diaconado en la Santa Iglesia Catedral de Bayona de manos del mismo Excmo. e Ilmo. Señor.
Si para todos estos anteriores grados se dispuso con una diligente y fervorosa preparación, no lo fue menos para la elevada e incomparable dignidad del Sacerdocio; antes por el contrario, los siete meses que mediaban entre el Diaconado y Presbiterado, redobló su solicitud, dirigió a este fin todas sus acciones, trabajos y empleos, no olvidándose de practicar con el beneplácito de sus Superiores algunas obras particulares, encaminadas única y exclusivamente al fin indicado. A vista de la pureza exigida en los que se acercan a tan excelso estado, meditaba las sentencias de la Iglesia y de los Santos, expresadas en estos términos: «Nadie debiera acercarse a recibir tan alta dignidad, si su corazón no está puro y adornado con la santidad: Santi ficabor in iis qui apropinquant mihi» ; y a esto principalmente atendió nuestro amado Sr. Arana, por medio del retiro y espíritu de fe, y de un religioso temor junto con la devoción de su corazón como disposiciones próximas para el Sacerdocio; que si bien le sirvieron para prepararse, no las practicó me nos después en toda su vida, como pueden testificar muchos de los que le conocieron, y sobre todo aquéllos a quienes él mismo las inculcaba; porque siempre y habitualmente conservó el espíritu de recogimiento y de retiro, se penetraba más y más de un religioso temor a vista del ministerio evangélico, y procuraba ante todo revestirse y reanimarse cada día con los sentimientos de piedad y de fervor indispensables para recibir con abundancia la gracia sacerdotal. Con tal espíritu, y animado de tales sentimientos fue , pues, promovido este venerado Misionero a la excelsa dignidad del Sacerdocio por el ya mencionado Excmo. e Ilmo. Señor Obispo de Bayona, en la indicada Iglesia del Seminario Conciliar de dicha ciudad, el día 18 de Diciembre de 1875.






