Bernard Boedeker (1716-1753)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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   La casa de Gnesen dotó a la Congregación de un excelente misionero, en la persona del Sr. Bernard Bœdeker, que murió en Varsovia, el 30 de marzo de 1753, a la edad de treinta y seis años y siete de vocación, fortalecido con los sacramentos. Su enfermedad que duró seis semanas fue el resultado de la dedicación extraordinaria que había puesto en prodigar sus cuidados  a los alumnos del colegio alemán, al servicio de los cuales le había destinado la obediencia. Después  de celebrar la misa del domingo de Sexagésima, se vio obligado a privarse en adelante de esta felicidad.       Había nacido en Berlín, el 30 de octubre de 1716, de padres nobles pero luteranos. Fue educado en la corte del rey de Prusia, estudió muy bien las humanidades y se instruyó por igual en el derecho civil. Fue provisto de un canonicato en la Iglesia colegial  de los Santos-Mauricio-y- Bonifacio en Magdebourg, al mismo tiempo que recibía  la dignidad de auditor del ejército prusiano. Ejerció este último empleo durante varios años; después, bajo pretexto de salud, sino más bien de una disposición  particular de la divina Providencia, se lo cedió a su hermano menor, con gran disgusto del rey quien le profesaba gran afecto, y de todos los cortesanos que le querían lo mismo, a causa de su gran dulzura y de su afabilidad notable.

Guiado por la mano del Señor, vino a Polonia y se detuvo en Posen. Allí, alojado en casa de un jefe de correos, se puso a frecuentar las iglesias con los hijos de su huésped; iba sobre todo a la iglesia de los Dominicos. Poco a poco, llegó a hablar de religión con uno de estos religiosos y, por ahí, le vino la ocasión de instruirse en la doctrina católica. El joven no tardó en abrir los ojos a la verdad, y abjuró públicamente de los errores de Lutero.

Sus compañeros de viaje, que habían sido también testigos de su abjuración, de regreso a sus países, anunciaron a la madre del joven Boedeker la conversión de su hijo. Ante esta noticia, a ella le entró tal furor que le desheredó y le privó de todos los bienes que le pertenecían. El jefe de correos quien, el primero, le había comprometido a abrazar la verdadera fe, enterado del asunto de la madre del convertido, le conservó en su casa  y le trató como a su propio hijo durante varios meses. Se lo recomendó enseguida a Mons. Christophe Szembeck, arzobispo de Gnesen, que le acogió de buena gana y le envió a su seminario. El joven Boedeker tuvo ocasión de conocer a los misioneros y de hacerse a su Instituto: pero temía pedir ser admitido, figurándose que se lo negarían porque había sido luterano y soldado. Habiendo sabido pronto que esta circunstancia no era ninguna dificultad para su admisión, la solicitó con insistencia y fue admitido en el seminario interno de Varsovia, el 28 de noviembre de 1745.

El Sr. Boedeker, lleno de amor por la práctica de las reglas, adelantó tanto en la virtud que al cabo de un año de seminario, se creyó oportuno enviarle a la casa de Przemysl para estudiar la teología moral, a la par que realizaba algún pequeño empleo. Por su dedicación y su docilidad, se ganó el afecto de todos; llamado otra vez al cabo de un año a Varsovia, fue admitido a los votos y recibió, poco después, todas las órdenes hasta el sacerdocio. Habría sido capaz de enseñar, si le debilidad de su voz no le hubiera impedido ejercer esta función; por eso le encargaron del servicio espiritual del colegio alemán.  A ello se entregó con tanto cuidado como éxito, y todos los alumnos sentían por él una gran  estima,  a causa de la piedad que se veía en él. Los instruía con mucha caridad y logró atraer a un buen número de protestantes  a la fe católica. Socorría también en lo posible las miserias de los pobres.

Nombrado prefecto de iglesia, no se podría decir con qué religiosidad mantenía la limpieza, sobre todo en lo que se refería a al santo sacrificio de la misa. Llegó a dotar a la iglesia de candeleros y de ornamentos nuevos. Sorprendía ver por todas partes reinar un bello orden, aunque estuviera la mayor parte del tiempo enfermo, y abrumado por una gran debilidad, sobre todo al final de sus días. El Señor le recompensó temprano su celo, ya que tras algunos años de trabajos, se murió en los sentimientos de la más viva devoción. – Mémoires; Pologne p. 248.

 

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