Nosotros mismos nos rendiríamos, porque advertíamos claramente en el padre Pouget la solidez de la roca y sabíamos sin lugar a dudas que, cuando él hallaba, por el uso crítico de su razón, los datos que presupone o que domina la fe, no había desviado el instrumento para llegar a este resultado, sino que había usado de él al modo debido.
Por ello, a toda pregunta que le formulábamos, ofrecía la contestación que en vano esperábamos de otros y que nos producía una completa satisfacción de espíritu.
Un día, joven normalista aún, fui a someterle una dificultad que había planteado uno de mis camaradas de Escuela, ya veterano, y que me dejaba perplejo. ¿Qué puede significar, se me decía, esa venida del Hijo de Dios a nuestro planeta, grano de arena perdido en el medio de galaxias incontables? Cuando le presenté la cuestión, el padre Pouget se encolerizó, como hacía cuando se le proponía una visión del espíritu que consideraba absurda y que él lamentaba produjese impresión en nosotros.
—¿Qué sabe él de esto? ¿Y con qué derecho opone una ficción sin fundamento a una cosa de la que estoy cierto: la venida de Cristo, esperado, prometido, presente hoy y por todos los siglos de los siglos: JesusChristus heri et hodie ipse et in saecula, como dice el autor de la hermosa Epístola a los hebreos?
—Sin duda le contesté, padre Pouget. Le comprendo—el padre Pouget acompañó esta palabra de un breve gesto de duda v dejó oír seguidamente una de sus interjecciones características—. Pero, en fin, supongamos que existe otra humanidad en alguna parte del universo. ¿Qué es lo que podría ocurrir?
—¡ Eh!, foutre, yo no sé nada. Mas, ante todo, ¿quién le dice a usted que existe en efecto, como usted afirma, otra humanidad en alguna parte del universo? Si hemos de dar crédito a los grandes astrónomos ingleses, Eddington y Jeans, que conocen mucho mejor que usted y que yo las condiciones requeridas para la existencia de un medio en el que pueda aparecer y mantenerse la vida, estas condiciones son tan prodigiosamente complejas que es probable, en el sentido físico de la palabra, que no se encuentren realizadas en ninguna parte, fuera de nuestro planeta.
—Pero, entonces, ¿cómo pudo crear Dios esa infinita cantidad de mundos gratuitamente, para que en un solo punto de ellos, si me atrevo a decirlo, tenga validez su designio creador?
Señor Chevalier, habla usted de Dios como podría hablar de un hombre cualquiera. Para nosotros, hombres, es necesaria la economía de nuestros recursos, de nuestros medios y de nuestro tiempo, porque son limitados. Pero Dios, en cambio, no tiene en cuenta la economía del trabajo. Dispone de todo, puesto que creó todo de la nada, y todo depende de El como de su Causa creadora incondicionada y condicionante total. Piense usted en la fuerza colosal que rige el cosmos y hace de él lo que nuestro dedo hace de una simple pajita, y aún mucho más. Vea usted la magnificencia de la naturaleza que El ha creado; piense en la multitud de bellotas, de las que sólo una, quizá, dará un roble. No mida usted al Creador con nuestra vara.
De acuerdo, padre Pouget—pareció dudar todavía–. Pero, en fin, ¿y si hubiese germinado otra bellota? ¿Si existe realmente, en alguna parte del universo, otro mundo en el que haya seres vivos que pertenezcan al orden moral?
Pues bien: si persiste en ello, compruebe lo que dice Santo Tomás en su Suma teológica, 3.a parte, q. 3, a. 7. Léalo usted, si así lo desea, en el resumen completo de la Suma que escribí en Dax durante la guerra (se trataba, para él, de la guerra del 70). Vea usted lo que dice el Doctor Angélico: «¿Puede una Persona divina asumir dos naturalezas humanas?» Ese es el caso nuestro. ¿Y qué contesta Santo Tomás? «La potencia de una Persona divina es infinita y no puede ser limitada por ninguna cosa creada. Está, pues, claro que el Hijo, después de su Encarnación, pudo asumir otra naturaleza humana distinta a la que asumió » Lea usted todo el artículo vale la pena. Verá usted que el Doctor Angélico admite equivalentemente la posibilidad para una misma Persona divina de varias encarnaciones. Y si esto le parece todavía extraño, acuda a San Pablo, Epístola a los Colosenses, I, 15. Verá usted ahí que la Encarnación de Cristo podría, si la Providencia así lo hubiese querido, tener efectos de salvación para los seres del orden moral dispersos acá y allá en las diversas partes del Cosmos, y a los cuales, como a nosotros, impondría el dogma de la Trinidad deberes religiosos. Porque la Redención realizada por Cristo no se extiende sólo a la Humanidad entera, tanto a la que le precedió como a la que le siguió ; se extiende, dice Pablo, al universo entero, «porque es en El, el Hijo muy amado del Padre, en quien fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra ; todas las cosas han sido creadas por medio de El y para El, y Dios quiso reconciliar por El todas las cosas consigo mismo, las que están sobre la tierra como las que hay en los cielos, haciendo las paces mediante la sangre de su cruz».
Después de esto, satisfecho o no, no tenía otro remedio que callarme. La cuestión estaba zanjada. Pero se necesitaba paciencia todavía para proseguir el argumento hasta el fin. Porque el modo de proceder del padre Pouget no era el corriente en los demás hombres.
Me recuerda entonces que le lleve un día a uno de mis amigos, eminente historiador de la Iglesia. Quería obtener de él luces sobre el nacimiento virginal de Cristo, que constituía por aquel tiempo, al igual que la cuestión de la tumba vacía y de la resurrección corporal de Cristo—yo lo sabía por el barón de Hügel y por Tyrrell—una de las principales dificultades planteadas por los modernistas y fuertemente atacadas por ellos. Estimando, con buenas razones, que la cuestión no podía ser resuelta a priori por el simple razonamiento, puesto que la naturaleza nos presenta partenogénesis regulares en los animales inferiores, que en nuestros días se han producido artificialmente en especies animales bastante desarrolladas, y que además la creencia en la concepción virginal no es manifiestamente de origen pagano ni de invención judeocristiana, concluía de aquí que tan sólo un testimonio preciso y autorizado, el de la Virgen, tendría fuerza para decidir la cuestión.
Comenzó, pues, ante todo, por demostrar que Pablo y Pedro no estaban de acuerdo en todos los puntos, ya que, no obstante la autoridad suprema conferida por Cristo a Pedro, vemos que Pablo se coloca frente a él, sobre todo en lo que respecta a la controvertida cuestión de la admisión de los gentiles no circuncidados en la Iglesia, y que Pedro, a su vez, no aceptaba como cosa cierta lo que Pablo había dicho. Mi amigo, impaciente por recibir en seguida una contestación perentoria, que le parecía perderse en divagaciones sin relación presumible con lo que él planteaba, se despidió del padre Pouget, pensando quizá, al igual que los atenienses a los que Pablo hablaba de la Resurrección de Cristo: «Te oiremos hablar de esto todavía otra vez.» Y ciertamente se equivocaba, porque, si hubiese esperado, habría obtenido la administración de la prueba. El Evangelio de la infancia, donde se refiere la concepción virginal, encuéntrase en los Evangelios de Mateo y de Lucas, que fueron escritos aproximadamente hacia el año 80; ahora bien: Mateo no es enteramente dependiente de Pedro, y Lucas el médico era amigo y compañero de Pablo; mientras que el Evangelio de Marcos (en el que no se hace mención alguna de la concepción virginal) tiene por fuente principal la predicación de San Pedro, de quien Marcos era intérprete. Por tanto, si los dos Evangelios de la infancia, compuestos en el año 80, eran entonces admitidos en todas las comunidades cristianas, tanto en las Iglesias de Pedro como en las de Pablo, no cabe duda de que su contenido, a diferencia de los evangelios apócrifos, era aceptado por todos los fieles y colocado en el mismo rango que los demás hechos evangélicos concernientes a la persona del Salvador ; acontecía, pues, que los primeros fieles consideraban el hecho como de buena fuente, y de una fuente indiscutible, que no podía ser otra que el testimonio de la Virgen María misma, confirmando lo que su Hijo había dicho al aplicarse el pasaje de Daniel según el cual el Mesías es a la vez trascendente y preexistente (Marcos, XIV, 61-62).
Cualquiera que fuere la cuestión que se le plantease, el padre Pouget nos ofrecía siempre luces decisivas. No suprimían las sombras—según la divisa del reloj solar de York: lucem demonstrat umbra, la sombra demuestra la existencia de la luz—, porque, dondequiera que penetre lo Infinito, el misterio subsiste y no podría ser desvanecido, lo mismo que los milagros, decía con fuerza el padre Pouget, sin abismar y arruinar de una vez los fundamentos mismos de la religión.
Pero esa luz que él nos ofrecía dejaba comprender el porqué de la sombra, y no constituía ya una objeción, sino una confirmación de lo verdadero: por medio de ella tocábamos lo real inefable.
Una de las cuestiones que me obsesionaban cuando yo estudiaba a Pascal y a San Agustín, a Lutero y el jansenismo, y lo que se convino en llamar la aurora de la Edad Moderna, era la del pecado original. Nadie, ni siquiera el padre Auguste Valensin, había podido explicármelo sin mezclar a la cuestión algún presupuesto de una teología particular que la oscurecía. El padre Pouget me lo expuso de una manera tal que todo se iluminaba en el punto de partida.
—Consulte a Denzinger—decía—y lea, en la Sesión V del Concilio de Trento, el decreto relativo al pecado original, definido como la privación de la «justicia» (es decir, de la gracia sobrenatural) en la que el hombre había sido «constituído», constitutus, no creatus, dice el Concilio, para no desechar la opinión de los franciscanos San Buenaventura y Duns Scoto, que yo comparto, según la cual el hombre, creado en el estado de naturaleza pura, fué elevado en seguida por Dios al estado sobrenatural. Perdida la «justicia» por su transgresión del mandamiento divino, el hombre volvió a caer en el estado de naturaleza, aunque con la privación, sin embargo, del don gratuito recibido de la liberalidad divina, privación semejante, dice Pascal, a la de un rey destronado. Esto es todo. En cuanto a la naturaleza misma, ¿quedó tarada con la caída? Sí, caso de que poseyese originalmente, sobre sus tendencias, el dominium, que es el poder de un señor sobre sus esclavos, porque es manifiesto que hoy no lo tiene ; no, si no poseía sobre ellas más que el imperium, que es la autoridad ejercida sobre hombres libres y de la que disfrutamos todavía hoy. Los teólogos no están de acuerdo en esto. Pero no podríamos admitir en grado alguno, y ésta es la tesis que la Iglesia anatematiza, que el pecado de Adán corrompió enteramente la naturaleza del hombre, su razón y su libertad, como creen Lutero y Calvino, y en cierto modo los jansenistas mismos, cuya herejía descansa en el supuesto de que la gracia y los dones preternaturales concedidos por Dios al primer hombre eran, según ellos, constitutivos de la naturaleza, de suerte que el pecado original, al privarnos de los unos, nos privó también de la otra. Todo lo que puede decirse con San Pablo (Romanos, V, 12, leído, no en la traducción defectuosa de la Vulgata, sino en el original griego) es que, a causa del pecado de Adán, el hombre adquirió una propensión al pecado; pero el desequilibrio que reina en nuestra naturaleza podría, en rigor, ser explicado por el hecho de la herencia, que transmite y acumula las taras mucho más que las virtudes naturales. Sea lo que sea, y de acuerdo con los maestros franciscanos, el padre Pouget se negaba a hacer depender del pecado de Adán la Encarnación y la Redención de Cristo, por quien fue hecha la creación, y que tuvieron por objeto, no solamente redimir el pecado de Adán, sino elevar al hombre a un estado que no hubiese podido alcanzar jamás con su propio esfuerzo, sin la intervención del Hijo de Dios hecho hombre, dispensador de toda gracia.
Visión iluminadora, que se avenía perfectamente con las más profundas del padre Pouget sobre el destino, natural y sobrenatural, del hombre, con la confianza que tenía en la bondad de la naturaleza tal como Dios la creó, con lo que pensaba acerca de los límites y también acerca del poder de nuestra razón natural, esa pequeña luz, decía, que no debemos dejar extinguir, porque nos permite, si está bien dirigida, conocer a Dios y amarlo naturalmente por encima de todas las cosas, como lo declara Santo Tomás.
Malditos también todos aquellos que quisieron alejar a Dios de las gentes sencillas; era ésta, para el padre Pouget, la fuente de todos los males que aquejan a nuestro país y por los que sufre un mundo del que Dios está ausente, porque «Dios es lo propio del hombre». Y era éste, para él, hablando con propiedad, el pecado contra el Espíritu, que, con el escándalo de los humildes y las faltas contra la caridad, no será perdonado ni en este mundo ni en el otro ; de los que se confiesan culpables de este pecado irremisible, como esos judíos que, para apartar al pueblo de Cristo, le decían que expulsaba a los demonios por medio de Belcebú, príncipe de los demonios, afirmaba el padre Pouget: «No querría estar en su pellejo cuando aparezcan ante el Divino Juez».







