Bergson y el Padre Pouget (VI)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jacques Chevalier .
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He conocido a hombres de genio singular: Bergson ante todo, y Henri Poincaré, Vincent d’Indy y Miguel de Unamu­no, el viejo lord Halifax, el cardenal Mercier y dos o tres más que considero prematuro nombrar. No he conocido a ninguno que alcanzase la grandeza del padre Pouget. “¿Era, pues, un hombre tan extraordi­nario?”, me preguntaba estos días un diligente histo­riador. “Claro que sí —le contesté— era tan extraordina­rio. E incluso más.”

Recuerdo una tarde en que Jean Guitton, entonces profesor en Moulins—le había presentado al padre Pouget en 1921, cuando decidí su camino, como el de Léon Husson, por la filosofía—, al acompañarme a la mansión de mi padre, me preguntó: “¿Cree usted que me equivoco y que podré provocar la risa si afirmo que veo en el padre Pouget a otro San Agustín, que trae a nuestros espíritus, si me atrevo a decirlo, el principio de una renovación semejante en importan­cia a la que nos proporcionó San Agustín, aunque más saludable, puesto que aparece liberada de ese pesi­mismo profundo que pone al hombre bajo la depen­dencia del pecado y abisma la naturaleza?” “No—le contesté—. Usted no se equivoca. Y si alguien es movido a risa (que no lo será), si algunos se sorprenden o se escandalizan, déjeles que lo hagan: la Verdad, como usted sabe, es signo de contradicción entre los hom­bres. Pero ellos pasan y la Verdad subsiste. Y, tarde o temprano, los hombres se subordinan y se someten a ella.”

La Verdad. Cuando estábamos en presencia del pa­dre Pouget, nos sentíamos en presencia de la Verdad misma. Nada se interponía entre ella y nosotros, ni incluso él. No he olvidado lo que Loisy me decía de este hombre en 1930: “He dejado la Iglesia, en la que había encontrado, entre los que están a su servicio o la representan, muchas cosas que no eran dignas. Pero hallé las mismas cosas, u otras peores, donde estoy ahora, y, sobre todo, no he encontrado un padre Pouget.

¿Quién era, por tanto, este hombre merecedor de tales elogios? Un humilde campesino de Auvernia, nacido en los confines del Cantal y del Lozére, que, en su aldea natal de Morsanges, pasó toda su niñez ayudando a sus padres en la ruda labor, esto es, empujando el arado, vigilando las vacas y, a veces, con un buen perro, los rebaños comunales que había que defender contra los lobos, en las altas mesetas de la Planéze regadas por el Bés, al que oía mugir en el fondo de los barrancos y en el que gustaba de zambu­llirse de pies a cabeza. Había aprendido a leer comple­tamente solo en un viejo silabario y, con frecuencia, en los escondrijos de la espesura, devoraba las Vidas de santos, los Evangelios y algunos libros de teología. Su primera educadora fue su tía, Gabrielle Gastal, que era terciaria y no hablaba mucho, limitándose a con­testar “oc” a lo que se le decía, pero que creía pro­fundamente en Dios. El cura de Maurines, ganado por sus dotes y su piedad, animó a sus padres a hacerle proseguir sus estudios, diciendo que no estaba hecho para este mundo. A la edad de doce años, resolvieron enviarle a la escuela del pueblo, y luego, a los quince, al seminario de Saint-Flour, regido por los lazaristas. Le pusieron en la clase de primera enseñanza con los pequeños, que le trataban de “gran asno”, lo que le molestaba mucho. Al cabo de algunos meses pasó a la clase séptima, al año siguiente a la de medianos, luego hizo su segunda enseñanza, su retórica y su filosofía. A los diecisiete años, forjó la idea de ordenarse sacer­dote y, lo que es más, religioso, jesuita. Entró, pues, a los diecinueve años, en el seminario mayor. Pero un día, estando en oración en la iglesia, con motivo de la octava de la traslación del cuerpo de San Vicente, pensó en San Vicente, “un hombre esforzado que qui­zá le aceptaría”. Resolvió, por consiguiente, entrar en la Orden de San Vicente, que reflexivamente prefirió a la Orden de San Ignacio, porque los jesuitas, de buen grado, conceden demasiada estima a sus hom­bres, y él se sentía, decía en su humildad, muy pro­penso al orgullo. (Como se mantenía siempre el pri­mero de su clase, se prometía con frecuencia trabajar menos, al objeto de no pecar de orgulloso; pero no llegaba a ello fácilmente.

En 1867 partió para París y fue recibido en la Con­gregación de la Misión (lazaristas), donde formuló sus votos el 8 de octubre de 1869. Se formó solo. Durante su primer año de noviciado, aprendió de memoria a San Pablo y los Evangelios, porque estaba dotado de una memoria calificada de “monstruosa”, y que le permitía, cuando quedó ciego, recitarse interiormente las oraciones de la misa y del breviario, el Nuevo Testamento, las partes más bellas del Antiguo, del Génesis a los Salmos y al Libro de la Sabiduría, la historia y los clásicos—La Fontaine, Horacio, la Enei­da—, sin hablar de Platón y de Aristóteles, a los que había leído varias veces íntegramente en los textos. Teniendo que preparar en 1924 una edición de los Pensamientos, únicamente me vi precisado a leerle el texto de Pascal, cuando estaba completamente ciego, para que me indicase con una seguridad infalible to­das las referencias de los textos escriturarios que en él se encuentran citados ; y si a veces me indicaba apro­ximadamente, o con un pequeño error, el versículo citado, era por humildad, a fin de no producir dema­siada admiración, porque, si yo no encontraba el tex­to, él mismo me ofrecía en seguida la referencia exacta.

En Dax, donde se había reunido a los novicios du­rante la guerra de 1870-71, se dedicó a las matemáti­cas, a las ciencias naturales, a la botánica, a la física, y, en seis meses, aprendió toda la teología, hasta el punto de que podía juzgársele apto, al cabo de este tiempo, para suplir al profesor de dogma y de Sagrada Escritura.

Ordenado sacerdote el 25 de mayo de 1872, fue enviado al seminario menor de Evreux, y allí ense­ñó durante doce años las ciencias, apasionado como era por la experiencia. Es en esta época cuando inicia el aprendizaje del hebreo y, poco tiempo después, el de las demás lenguas del Oriente, comprendido el cop­to, del que se constituyó más tarde en diccionario. En 1884 pasó a Saint-Flour, como director del seminario menor, lo que ya apenas le convenía ; en 1886, a Dax, corno profesor de ciencias ; luego, en 1888, a París, a la Casa madre, donde enseñó las ciencias y la Sagrada Escritura hasta 1905 y donde permaneció también sin interrupción hasta su muerte, sobrevenida el 24 de febrero de 1933.

En sus últimos años, estaba casi completamente ciego. Había tenido un primer ataque de glaucoma a la edad de treinta y cinco años, por haber fatigado su vista en observaciones botánicas y astronómicas. Una explosión en París, en su laboratorio de física, le que­mó la cara. En 1895 se intentó hacerle una operación; pero, desgraciadamente, se le pinchó el ojo entre el iris y el cristalino en lugar de pincharle en la escleró­tica, lo que le ocasionó la pérdida del ojo derecho. Luego, el ojo izquierdo se vio afectado a su vez de lo mismo y su vista disminuyó, sobre todo a partir de 1907, hasta quedar reducida a menos de una centésima de visión normal.

Esta prueba, unida a la interrupción de su enseñan­za a partir de 1905, le impresionó profundamente. Está completamente abatido. “Soy una ruina”, decía. Sin embargo, poco a poco, llegó a la plena aceptación de la voluntad divina. Una vez cerrados los ojos del cuerpo a la luz sensible, los ojos del alma se abrieron de lleno para contemplar lo invisible y ver todas las cosas nuevas, por medio del espíritu, pero también, y todavía más, por medio del corazón. Porque, como afirmaba magníficamente en un discurso de Evreux “Mientras que por el espíritu no vemos a Dios en este mundo más que enigmáticamente, en un espejo, por el corazón podemos unirnos a él con un amor que no adquirirá otra perfección que una inmutable estabili­dad en la gloria.”

En esta época crítica, pero decisiva, de su vida, tra­bé conocimiento con él, gracias a una serie de impre­visibles circunstancias en las que la intención no tuvo parte alguna.

Estaba yo vinculado por la amistad, desde mi más tierna infancia, al humilde hijo de un leñador del bosque de Tronabais, Antoine Sévat. Después de la muerte en accidente de su padre, había sido recogido por tu tío Caffy, padre de siete hijos, que explotaba, por cuenta ajena, un dominio situado a doscien­tos metros de mi casa natal, en Cérilly. Mi abuela, Christine Vachée, mujer de un gran espíritu y de un gran corazón, había observado el buen sentido y la piedad de este aldeanito vecino nuestro. Puso los medios para enviarle al seminario de Réray, en nues­tra diócesis de Moulins, y luego, privada de recursos, le hizo entrar en la Orden de los lazaristas. Le encon­tré allí en 1900, cuando yo acababa de entrar en la Escuela Normal. Me habló, con fervor, de su maestro el padre Pouget. “Tenemos aquí como profesor—me dijo—a un hombre extraordinario, único. Su enseñan­za excede mi capacidad; pero estoy seguro de que usted lo apreciará. No he conocido nunca a nadie corno él.”

Hecho muy digno de observación: este hombre sencillo, que no “alcanzaba” la enseñanza del padre Pouget y que no podía aprehender por medio de la inteligencia todo su jugo e inmenso alcance, tenía sentido de su grandeza. Había sabido, antes que otros, y mejor que muchos otros, no obstante su paridad en el dominio del espíritu, discernir al padre Pouget con “los ojos del corazón que ven la sabiduría”.

Obtuvo en 1901, del director de los estudiantes, M. Delanghe; luego, en 1902, del subdirector, M. Jean, orientalista muy conocido, permiso para conducirme ante el padre Pouget, y más tarde autorización, en lo que a mí respecta, para trabajar con él. Lo verifiqué así, ocasionalmente, cuando estaba en la Escuela Nor­mal. A partir de 1902, el padre Pouget me inspiró “somos realistas”, me dijo la idea rectora de una memoria de diploma sobre la Notion du nécessaire chez Aristote, que yo actualicé como tesis de doctora­do en 1911, después que la Sorbona rechazó mi traba­jo sobre el despertar religioso en el País de Gales. Luego, después de una permanencia de dos años en Inglaterra, donde el padre Portal, hermano de Orden del padre Pouget, me introdujo en el conocimiento de lord Halifax, me puse en 1905 a trabajar asidua­mente con él, durante mis tres años de la Fundación Thiers, y más adelante durante todo el curso de mis años de enseñanza, en Cháteauroux, en Lyon y en Grenoble.

Me conquistó para siempre desde nuestra primera entrevista, cuya fecha anoté, el 12 de diciembre de 1901, en la primera página de un trabajo suyo sobre el Pentateuco, que me hizo llegar por entonces. An­toine Sévat me condujo a su pobre celda, en el segun­do piso, cerca del reloj cuyo cuidado se le confiaba. El padre Pouget, sin otro preámbulo, me mandó sen­tar a su lado, sobre un pequeño taburete, y me habló, por espacio de dos horas, de Pablo y de Juan, del pueblo judío y de la misión de Cristo.

Veo todavía su enorme cráneo: 61 centímetros de contorno. No había podido encontrar sombrero a su medida. Me parece ver de nuevo su nariz disimétrica, sus labios delgados y prietos, su barbilla de perfil cla­ro y firme, echada un poco hacia adelante, la mirada privada de luz con expresión inolvidable. Oigo su voz un poco apagada, un poco gris, pero de un gris sus­ceptible, como los grises de Velázquez, de recibir to­dos los valores. Oigo todavía su hablar lento como el de Bergson, pero de una lentitud muy distinta, de esa especie de lentitud propia de un pensamiento que se busca y que se crea a medida que se lee en el interior de sí mismo y se expresa hacia afuera. Lo modulaba con gestos expresivos y también con sonidos intradu­cibles, que lo precisaban mejor que hubiese podido hacerlo cualquier otra palabra: “Bah!, bah!, bah! Comment ga? Ta, ta, ta, ta (lo que era mala se­ñal)… Crr!” y esos “Hm, Hm, Hm, Hm” de des­aprobación que concluían a veces en un breve Fouté sin réplica. Y de todo esto transparencía, sin afecta­ción alguna, una impresión de grandeza inigualable.

Con él, primero a solas, luego en compañía de Mau­rice Legendre, y con la ayuda de mis alumnos, que yo le envié o le traje uno a uno, me dispuse al estudio de los textos sagrados, de la historia de la Iglesia, de sus fundamentos, naturales y sobrenaturales, partien­do siempre, según un método rigurosamente crítico y positivo, del mínimum que una recta razón, “en la plenitud de su luz y la calma de la reflexión”, no po­dría negar, y a partir del cual se encuentra todo lo que se desenvolvió, como procedente de un germen, en la sucesión de los tiempos. De este trabajo hecho en común, frecuentemente proseguido y continuado por él sobre una vieja máquina española que le había­mos procurado, salió el gran libro acerca del Origen sobrenatural o divino de la Iglesia católica según los datos de la Historia, que completaron más tarde otros hermosos trabajos acerca del Origen del mal moral y la caída primitiva, Cristo y el mundo moral, La ins­piración, de la Biblia y La redención del mundo moral por Cristo.

Su método, al igual que su memoria, era de una infalible seguridad. Pero no lo había conquistado de una vez.

Cuando, en el curso de los años 1872 y siguientes, aprendió el hebreo y las lenguas del antiguo Oriente, lo hacía para probarse a sí mismo, con una exactitud y una precisión rigurosas, la concordancia de la Biblia y de la geología, según una opinión corriente entonces; pero que él, de acuerdo con su costumbre, no consen­tía en aceptar con criterio de autoridad, sin haber lle­vado hasta ella la luz de esa pequeña lámpara de la que Dios nos ha hecho partícipes : la razón. Se entre­gó, pues, a la demostración y ella le llevó a cambiar enteramente su punto de vista sobre la Biblia, libro de enseñanza religiosa, que hay que tomar como tal. A él se aplicó en adelante, sin que por esto diese de lado a las ciencias.

Cuando yo le conocí, se mantenía firmemente en esta conclusión. Pero no estaba aún en posesión de su mé­todo. Vamos a ver cómo se elevó hasta él.

Mientras yo revisaba, estos días, para ponerlas en limpio con el joven profesor de Sagrada Escritura y sucesor suyo en Saint-Lazare, las preciosas conversa­ciones del padre Pouget, sus “logia”, que anoté día a día durante treinta y dos años, vino de nuevo a mis manos una hoja sin fecha, en papel ya muy amarillen­to, donde el padre Pouget había escrito de manera bien legible—por tanto, antes de haber perdido la vista—, el texto de una lengua que no hemos sido ca­paces de identificar, y al dorso algunas direcciones de libreros donde pudo, gracias a los pocos ahorros eco­nomizados con esta intención, comprar una Sinopsis alemana, la edición crítica del Nuevo Testamento por Nestle, la nueva edición por Swete del Antiguo Testa­mento, en griego, en la versión de los Setenta, o el ma­nual de Driver. Una referencia marginal a M. L. (Loi­sy) indica, por lo demás, que esta hoja data de la época en que estábamos todos sacudidos por la crisis modernista y la condenación del Papa Pío X, en 1907.

Pues bien, leo yo allí, escrito de mi puño y letra por debajo de las direcciones de los libreros:

“La atención, en los Padres, es objetiva. En nos­otros es subjetiva, quehacer de experiencia. Y es que ellos, por tener una vida espiritual muy intensa (como lo prueba el monacato primitivo), veían a Dios en El, no en sí mismos.

“La mayor dificultad con que me he enfrentado fue la de adoptar la mentalidad filosófica de los griegos; éstos pensaban por conceptos, es decir, por imágenes de la vista. La luz del Ática les deslumbraba.”

El padre Pouget mismo pensaba en lo concreto, y, antes incluso de haber perdido la vista, no pensaba por imágenes visuales o por conceptos. La ceguera, en él, no hizo otra cosa que confirmar y consagrar esa tendencia de su naturaleza. Como el hombre del cam­po, pensaba menos por la vista que por el tacto, me­nos por los ojos que por la mano. “Ver a Dios, estará bien. ¿Pero qué? Hay algo mejor todavía: el contacto con Cristo.”

Continúo la lectura de mi nota y encuentro ahí es­tas palabras, que son los términos del padre Pouget tomados al pie de la letra:

“Presupongo la misión divina de Cristo: Cristo es el Mesías esperado, y, puesto que se dice Dios, yo lo creo así.

“La misión divina no es otra que Cristo en la histo­ria. Preparado en el viejo mundo, ha hecho un nuevo mundo.

“Mi trabajo fue realizado sólo para los cristianos.”

Su trabajo: era el que hacía con nosotros y el que me dictaba en el curso de nuestras reuniones; ese tra­bajo del que, algunos años más tarde, durante la pri­mera guerra, su discípulo el padre Aroud obtuvo una policopia. Por esta época, el padre Pouget, lo mismo que el geómetra en sus postulados, presuponía en el lector una fe en la misión divina de Cristo que esta­blecía seguidamente en los textos. Pero este asenti­miento previo—lo comprendió, con Pascal (es el ob­jeto de la apuesta)—constituye precisamente lo que se trata de obtener y lo que no podría “presuponer”. Su reflexión sobre este punto, quizá también las cues­tiones con que yo le urgía, y que estaban en relación con ingleses que no admitían la institución divina de la Iglesia y con intelectuales que pretendían no cono­cer a Dios, le llevaron poco a poco al umbral de la cuestión, quiero decir de la que se plantea a este lado del presupuesto cristiano por los hombres de buena voluntad que hacen uso únicamente de la luz natural de la razón ; en este nuevo espíritu emprendió con nosotros, luego solo, en la medida de lo posible, el gran libro en el que nos legó su “pequeña experiencia” y en el cual no presupone y no exige otra cosa que el buen uso de la razón apoyada en los hechos.

Así, por medio del trabajo interior de su pensa­miento (“trabajo siempre- –me decía—, aprendo todos los días de mí mismo”) alcanzó a constituir su posi­ción fundamental cuando ya frisaba en la sesentena. Consiste en buscar siempre más acá de lo que es ad­mitido por la mentalidad común en una época dada, más acá incluso de los hechos, porque los hechos no significan nada por sí mismos (testimonio de ello los milagros), a fin de descubrir la razón que juzga a uno y a otros. Una conclusión (la moral varía) se obtiene siempre de dos premisas  se me muestra una (las cos­tumbres varían), se me oculta o me ocultan la otra (la moral se reduce a las costumbres). “Buscad la premisa oculta decía el padre Pouget—, porque es ella la que domina la conclusión y la que la justifica o echa por tierra.

Anglés d’Auriac veía en este método el aspecto fun­damental de mi enseñanza. Pues bien: este método de plantear las cuestiones y de denunciar los errores en su fuente lo había heredado del padre Pouget : ma­nifiesta una incomparable virtud en todos los domi­nios. Pero es también lo que hizo al padre Pouget sospechoso a algunos: ¡hasta tal punto resultaba más sencillo partir de la fe de la Iglesia! Evidentemente, cuando se tiene fe. Pero ¿y cuando se carece de ella y se la busca de buena fe?

Ahí se encontraba la línea de separación entre el padre Pouget y todos los demás; los demás partían de la fe, como Loisy partía de la no-fe (no admite, en sus Sinópticos, lo demostró el padre Pouget, más que los milagros que comprende). Pero la “fe” y la “no-fe”, admitidas sin más, no son otra cosa que un guante devuelto. El padre Pouget no se contenta con ello: busca, más allá de este presupuesto tácito, la razón que fuerza a su razón, y a toda recta razón, a admitir, o mejor a reconocer, algo, de donde saldrá precisa­mente la prueba de la fe, sin que por ello tenga que esforzarse en concederlo, sabedor de que una verdad no podría ser contraria a otra verdad, puesto que unas y otras proceden de Dios, que es la Verdad misma.

La posición de Bergson era muy semejante, con la diferencia de que, por no haber sido educado como el padre Pouget en la fe y buscar únicamente, como él, lo verdadero, sabía perfectamente que la verdad que buscaba con su razón en los hechos no podría contra­decir otras verdades superiores, suponiendo que exis­tan.

Cuando el padre Pouget logró hacerle ver que exis­ten, o, mejor, cuando levantó el velo que todavía se las ocultaba, Bergson se rindió a él.

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