De este sentido de superación, que le llevó, paso a paso, a dilatar indefinidamente su pensamiento en contacto con la experiencia, y que le condujo, en 1933, hasta el umbral mismo de la Verdad total, que nos sobrepasa infinitamente, conocemos las etapas, que son otras tantas conquistas.
No tratando ya de construir o de reconstruir el mundo, sino de comprobar exactamente lo que es, el primer objeto que se presenta a nosotros son esos «datos inmediatos de la conciencia» de los que necesariamente, de buena o mala gana, hemos de partir. Ahora bien : si nos esforzamos, como hace el artista, como hace sin saberlo el sentido común, por separar los estados aparentes y ficticios del yo, que no son percibidos más que a través de ciertas formas tomadas del mundo exterior, es decir, del mundo del espacio, para seguir el ritmo de nuestra vida interior y contemplar de una manera «virginal» el yo en su pureza original, ¿qué encontramos en el interior de nosotros mismos sino el desenvolvimiento continuo de una persona libre? Pero «vivimos para el mundo exterior antes que para nosotros; hablamos antes que pensamos; somos seres actuados antes que actuantes nosotros mismos. Actuar libremente es volver a tomar posesión de sí, es volver a colocarse en la pura duración».
He aquí lo que escribía Bergson en 1889, en su Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia. Pero en este punto se plantea una cuestión. Si yo soy por esencia un ser libre si, en la medida en que yo soy libre, trasciendo el cuerpo, e incluso la duración; en tanto, al menos, la duración participa de la materia con la que se articula y del espacio que la mide ; en suma, si yo soy esencialmente espíritu, ¿de dónde proviene que tenga un cuerpo y cuál es su destino? Tal es la cuestión a la que Bergson procura responder en Materia y memoria (1897).
Tomemos, pues, el alma y el cuerpo, no allí donde se manifiesta su separación, sino en el punto de sutura donde nada parece distinguirlos; por ejemplo, la imagen del sonido de una palabra. Con todo, cuando examinamos de cerca este recuerdo-imagen, nos damos cuenta de que, bajo una continuidad de superficie, hay un corte en profundidad. Porque la imagen pertenece al cuerpo y el recuerdo al alma: si mi cerebro no es ya capaz de evocar esta imagen o esta palabra, me acuerdo, sin embargo, de ella, puesto que la reconozco desde el momento que la evoco. Las cosas ocurren como si el cerebro sirviese para reavivar los recuerdos y no para conservarlos y reconocerlos: el estudio de las lesiones del cerebro lo prueba con evidencia.
Y entonces se impone al espíritu como un hecho, si no la inmortalidad, que no podría ser probada experimentalmente, al menos la supervivencia del alma, quiero decir el poder que ella tiene, una vez separada del cuerpo, de evocar y reconocer recuerdos que ella no necesitará articular o expresar para evocarlos y para traducirlos en otros: supervivencia tan verosímil que la obligación de la prueba incumbe al que la niega, todavía más que al que la afirma.
Llegado aquí, Bergson se halla en presencia de un misterio, que se le aparece ahora como el gran misterio: a saber, la vida, y, aún más profundamente, la significación de la vida, no ya solamente en nosotros, sino en el conjunto del mundo organizado y del universo mismo. Después de Materia y memoria, es La evolución creadora (1907) la que nos muestra en la vida un inmenso esfuerzo del pensamiento por remontar la pendiente que la materia desciende, y obtener de la materia algo que la materia inerte, asiento de la necesidad, donde todo procede mecánicamente, no podría darle, transformando así el obstáculo en instrumento y utilizando los mecanismos como acciones libres. En ese sentido, toda la evolución del universo se manifiesta como un doble movimiento, de descenso y de ascenso. Por todas partes, corno nos muestra el principio de la degradación de la energía, aparece un gesto creador que se deshace, y una realidad que se hace a través de la que se deshace. Así todo el universo, del que el hombre se ofrece, en un sentido, como el «término» y el «fin», manifiesta una dirección, y la armonía, o mejor la complementariedad de las formas vivas, descubre, en el seno del mundo organizado, una finalidad que hay que buscar hacia atrás más que hacia adelante, en un impulso inicial mejor que en una aspiración común; en suma, en una vis a tergo, o en un gesto creador del que todo procede.
Llegado a este punto de su investigación, a este término de su impulso, el pensamiento duda, se detiene y se plantea la interrogación suprema.
La creación se me aparece corno un hecho, es verdad. Pero ¿de dónde proviene?, ¿adónde va? Y nosotros mismos, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos? Quien lo explica, ¿qué es realmente? Lo busco a través del mundo, a través de la evolución de la vida: pero no estoy muy seguro todavía de haberlo encontrado, o, al menos, de haber aprehendido su naturaleza. No le he dado nombre antes de conocerlo, como hacen los que, llenos sin duda de felicidad, repiten confiadamente y con amor un nombre que aprendieron en los brazos de su madre. Voy hacia él, es verdad ; voy a él, pero sus caminos siguen oscuros para mí ; y si sus efectos, precisamente porque no comienzan ni se terminan en ellos mismos, me hacen ver que existe, no conozco aun justamente lo que es ni qué es ; no puedo, sobre todo, decirlo, y, si estoy convencido de su existencia, no me satisface en manera alguna hasta el punto de que mi convicción sea comunicable a todo el mundo, mis resultados puedan mostrarse a todos y sea yo capaz de dar en filosofía, en calidad de sabio, pruebas rigurosas e irrefutables de lo que siento y de lo que veo. ¿He alcanzado el final? Quizá. Pero no lo sé, ni puedo decirlo.
Fueron precisos a Bergson, de 1907 a 1932, veinticinco años de intensa meditación y concentración consigo mismo para contestar a la última cuestión que se le planteaba. Y esto no le resultó posible hasta que la enfermedad, enseñándole el despego, le liberó de todas las obligaciones a las que no había podido sustraerse : dos misiones decisivas en América, en las horas más trágicas de la primera guerra, una misión generosa en España, la presidencia de la Comisión de Cooperación Intelectual en la Sociedad de Naciones, que hubo de aceptar después de haber abandonado su enseñanza en el Colegio de Francia, cuyo éxito le importunaba con el riesgo de sujetarle demasiado a su gloria.
La inmovilidad misma, a la que le condenaba un mal rebelde a todas las medicinas y a todos los doctores, le prohibía, para bien del pensamiento, las reuniones, las relaciones mundanas, las conferencias, las entrevistas y los quehaceres; en suma, todo lo que, en París, devora nuestro tiempo, dispersa nuestra acción, absorbe nuestro espíritu y disipa la vida interior, formada de una «concentración del pensamiento, en la base, con una emoción pura». He aquí todo aquello de que había gozado en Angers, en Clermont, todo aquello de que gozaba en Saint-Cergue, y lo que había lamentado tanto haber dejado por la capital, donde florece esa civilización material de la que me decía que cada progreso se traduce por la invención de un ruido nuevo, que priva al alma del beneficio del silencio.
El silencio, la soledad: Bergson disfrutó de ellos, como disfrutaba, en el corazón de París, el padre Pouget en su celda. Pero, así como el padre Pouget sufría con su ceguera, Bergson sufría con su inmovilidad. En él, la marcha, la esgrima, la equitación, una entera soberanía de la voz, del gesto, de la frase, de la escritura misma—la única cosa suya que le procuraba satisfacción—, una adaptación perfecta de la respuesta motora al estímulo sensorial o ideal, habían incorporado, en cierto modo, a su espíritu esa facultad motriz que, sin constituir en manera alguna el pensamiento, representa en cada momento su parte ejecutable y le permite expresarse de tal suerte que el pensamiento, cuando se ve privado de esta prolongación, se encuentra como paralizado.
Pero, al igual que la pérdida de la vista obligó al padre Pouget al despego total, así también la pérdida de la facultad motriz, en Bergson, cortando las alas al pensamiento, le redujo a sí y le purificó, de alguna manera, de su vinculación al mundo de los cuerpos para elevarle, en el plano del espíritu, hacia su Principio que es asimismo su Fin.






