Bergson y el Padre Pouget (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Jacques Chevalier .
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P. PougétNo obstante, para comprender bien este texto, para captar de él todo su alcance, su sentido, sus intencio­nes y sus matices mismos, tengo necesidad, tal como se me ha pedido, de presentar a ambos interlocutores, que se ofrecen aquí tan a lo vivo, con una naturalidad y simplicidad despojadas de todo artificio y de toda afectación.

En 1933, Bergson, que había partido, no de una ne­gación—porque una negación implica una metafísica—, sino de una duda radical sobre la verdad de las cosas, acompañada de un esfuerzo sincero por estre­charla de cerca, con una rigurosidad y una precisión extremas, Bergson, digo, después de veinticinco años de reflexión, había «encontrado a Dios», o, si se quie­re y todavía con más exactitud, «Dios le había encon­trado». Se hallaba, pues, así, como yo le dije, en el propio umbral del cristianismo: «Mucho más que en el umbral», rectificó él mismo. Pero le quedaba por franquear su entrada, y fue su encuentro con el padre Pouget el que le permitió franquearla.

¿Cómo? Para comprenderlo, será preciso que re­montemos más alto, a fin de seguir el desenvolvimien­to y, si puedo decirlo así, la maduración de un pensa­miento que, semejante al de Newman, reúne en la duración de una vida humana la evolución de la Hu­manidad en el curso de dos o tres siglos y presagia su conclusión.

Humanista consumado, que había sabido gustar los frutos de una educación clásica, latina y griega, y que la defendió siempre con suma energía ; matemático notable, genial quizá, que había encontrado la «solu­ción plana» de un problema famoso, el de los tres círculos, resuelto por Pascal sin dejarnos su (demos­tración ; aferrado por encima de todo, como sus maes­tros ingleses, a la experiencia, a lo real, a los hechos, y solícito igualmente en esa precisión que él conside­raba como una virtud propiamente mediterránea (así me lo manifestó cuando Paul Valéry me encargó de inaugurar en Niza, el 3 de diciembre de 1934, el Centro universitario mediterráneo con una conferencia sobre el maestro de las Dos fuentes), Bergson, cuando salió de la Escuela Normal en 1881, a la edad de vein­tiún años, soñaba con extender al universo la explicación mecanicista ensayada por Spencer ; pero estaba decidido, al no ser mecanicista más que por amor al rigor, a someter su teoría e incluso sus métodos a lo real, aprehendido en sí mismo, de manera inmediata.

Sin embargo, mientras se aplicó a lo real como ma­temático, como mecanicista, lo real se le resistió. El rigor matemático al que apuntaba hizo saltar su ma­tematismo. La prueba que buscaba del resultado en el que creía hizo desvanecerse el resultado. Entonces, disociando del método la doctrina y sus supuestos, y no conservando de él más que una exigencia de pre­cisión que llevó sobre otros objetos, y en primer lugar sobre el que está más presente a nosotros mismos, nuestro yo, Bergson renunció resueltamente a sus con­cepciones para seguir la lección de lo real.

La crisis decisiva, que debía conmover su pensa­miento, estalló en 1883, cuando acababa de ser nom­brado profesor de filosofía en el Liceo Blas Pascal de Clermont, en esta tierra de Auvernia donde había surgido el genio de Pascal y donde había nacido tam­bién el padre Pouget. Un sacerdote que fue luego ca­pellán en el Liceo de Monthnon, el abate Gravlo, me contaba que, vecino de mesa de Bergson en la pensión donde efectuaban sus comidas, oyó un día al joven profesor de filosofía, cuyo nombre ignoraba, decir a su colega y comensal que le enunciaba las teorías en­tonces en boga: «Para mí, sólo cuenta una cosa, sólo una cosa me interesa: la verdad. No quiero conocer nada más.»

La verdad, como lo ha descrito uno de sus alumnos de entonces, Joseph Desaymard, y como Bergson me lo ha precisado después, esta verdad, lo real, que él buscaba con todo su espíritu y con toda su alma, se le apareció al final de un curso en el que había expuesto a sus alumnos los argumentos de Zenón de Elea contra el movimiento: la flecha no partirá, está siempre in­móvil en el punto en que se encuentra, Aquiles no alcanzará jamás a la tortuga que salió antes que él…

La matemática se muestra impotente para probar el movimiento; aún más: nos hace ver que el movi­miento es imposible. «Y sin embargo—se dice reco­rriendo a grandes pasos la arcaica plaza de España—, y sin embargo, me muevo. La ciencia lo niega; mi conciencia lo atestigua. ¿Quién tiene razón?» La opción se imponía a su espíritu ávido de lo real y la elección quedó hecha: «Mi conciencia dice verdad  por tanto, la ciencia se equivoca.» Entonces se precisó en él el malestar que ya había experimentado a las orillas del Loira, en Angers, cuando trataba de verificar sus ideas. Malestar que se tradujo en su espíritu por esa «potencia de negación», semejante al demonio de Só­crates, que Bergson definió tan bien en sus páginas de 1911 sobre la intuición filosófica.

Pero faltaba todavía descubrir su fuente; faltaba por ver y por «mostrar», si no por «demostrar», por qué y en qué se equivoca la ciencia. Con más preci­sión: ¿en qué consiste el error de Zenón cuando de­muestra la imposibilidad del movimiento?

La intuición surgió en ese instante, deslumbradora: si Zenón niega el movimiento, es porque reduce el movimiento verdadero, que es duración, a su trayec­toria en el espacio, que es una serie indefinida de detenciones. «La oposición entre el espacio y la duración, o, mejor, el sentimiento de la contradicción in­manente a una duración representable en espacio, fue lo que me manifestó—me dijo Bergson—la impotencia del mecanicismo.» Entonces, tras el mundo del espa­cio, de la cantidad, de la materia, que conoce sola­mente el matemático, tras este mundo, y más alto o más profundo que él, altius, sé le descubrió el mundo de la duración, de la cualidad, del espíritu, ese mundo en el que vive nuestra alma, el que ella encuentra cuando alcanza a liberarse de las representaciones es­paciales en que nuestra inteligencia trata de ence­rrarla. «Es un zahorí—decía de él Péguy–. Quiere que se piense a medida y que no se piense todo he­cho.» Y una gran monja—que, según manifestaba Berg­son al abate Magnin, le había elevado al Dios de la sobrenaturaleza luego de haber descubierto, ya dire­mos cómo, el Dios de la naturaleza—, una carmelita, hija de Santa Teresa, me escribía de él: «Lo que yo hallé profundamente hermoso en Bergson es la pu­reza intelectual de su doctrina y de toda su obra. ¿No hay acaso una rectitud simple y soberana en el orden de las ideas, lo mismo que existe una pureza superior en el orden de los sentimientos y de los actos? Me siento muy afectada por este deseo tan recto y tan apa­sionado de lo verdadero, por esta pureza de medios en su búsqueda… No podemos acercarnos a tales al­mas sin recibir algún don de ellas».

Bergson no tuvo más que seguir, con esa pureza de alma y esa pureza de espíritu, el camino en el que forzosamente se había comprometido, para descubrir una a una las verdades que se articulan en el seno de la Verdad total, y esto es lo que constituye el valor de su doctrina y su poder sobre las almas, pues gran ver­dad es, según su propia expresión, que «se mida el alcance de una doctrina filosófica por la variedad de las ideas en las que aflora y por la simplicidad del principio en el que se recoge».

Para sacar utilidad de este principio, para diluci­darlo a sus propios ojos y a los ojos de los demás, para volverlo convincente, Bergson no ahorró esfuerzo al­guno en el cumplimiento de esta tarea, ni dio de lado a los recursos de que dispone la inteligencia; errónea­mente, pues, ha podido presentarse su doctrina como un «intuicionismo» o un «antiintelectualismo», usan­do de estos términos en ismo que él aborrecía. Se en­tregó siempre rigurosamente a las disciplinas de la ciencia, estimando que «un conocimiento científico y preciso de los hechos es la condición previa de la in­tuición metafísica que penetra su principio». No igno­raba ninguna de las investigaciones ni ninguno de los resultados de la psicopatología, de las ciencias bioló­gicas, de la física moderna, ni de los caminos nuevos que abren al espíritu humano la relatividad de Ein­stein y la mecánica ondulatoria de Louis de Broglie. Hizo más: señaló él mismo a las ciencias exactas sus límites y su campo de acción. Para no mencionar más que un ejemplo, hoy, que se le acusa a veces de haber «forzado una puerta abierta» rebelándose contra la teoría de las localizaciones cerebrales, habrá que decir que la puerta sólo fue abierta por él, porque, en su tiempo, se tachó de «pura locura» su tentativa, luego coronada por el éxito, de conmover este dogma cien­tífico y de sustituir los seudohechos, construidos por sabios imbuidos de una falsa metafísica, por los he­chos que impone a nuestra inteligencia un estudio atento e imprevisto de lo real. Digo bien: a nuestra inteligencia. Porque sólo la inteligencia es capaz de la búsqueda, observa Bergson, y de ahí que sea preciso usar de ella para sobrepasar a la inteligencia ; y si hay en nosotros algún otro poder-,–el noits de Platón, el intellectus de Santo Tomás, el coeur de Pascal, al que él denominó, «a falta de un término mejor», la intui­ción—capaz de ir más allá de nuestra inteligencia, tomada, como lo era entonces comúnmente, en el sen­tido estricto de la palabra, procederá, sin duda, de la inteligencia ese impulso que le hará subir hasta donde ella esté, porque «un ser inteligente lleva en sí el po­der de sobrepasarse a sí mismo».

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