Bergson y el Padre Pouget (II)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jacques Chevalier .
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P. PougétLas páginas que van a continuación nacieron de una súplica que me formularon unos amigos.

Corno consecuencia de la publicación por Jean Guit­ton de sus Diálogos con el padre Pouget, en los que volvía a la vida a aquel de quien había diseñado en 1941 un inolvidable Retrato, una figura única, como nos dice Mauriac, surgió de repente ante una época, la nuestra, agobiada por demasiadas apariencias fugiti­vas para tener tiempo de pensar de manera duradera en lo eterno y en cuantos se alimentan de su jugo. De hecho, caminamos, sin saberlo, al lado de hombres que, en perspectiva lejana, se convertirán en héroes y en santos. Cuando una luz venida del más allá nos los descubre, se produce un choque con esta brusca reve­lación, las almas aprecian lo que les falta, reconocen a qué aspiraban sin darse cuenta, toman en el interior de sí mismas conciencia de un universo nuevo, que estaba ahí, que no se veía y que, sin embargo, es fácil de contemplar donde son posibles la respiración y la vida.

Este universo, antiguo y nuevo como todo lo que es eterno, se me descubrió, hace más de medio siglo, en la persona del padre Pouget. Lo conocí, lo exploré; gocé de él como gozo todavía ahora, porque se incor­poró a mi sustancia desde el día, lejano y próximo, en que fui puesto a presencia del hombre que, de una vez, me introdujo dentro de sí.

Toda verdad camina lentamente, oscuramente, en nosotros. Pero algunas veces, en el curso de esta an­dadura, sobreviene algún encuentro de circunstancias imprevisibles que nos hace medir el camino recorrido, del mismo modo que en la cima de una montaña al­canzada con esfuerzo, se descubre de repente toda la luz y todo el espacio. Esta ocasión, en el caso presente, no fue tan sólo una conjunción de acontecimientos, fue un encuentro de hombres: ¡y qué clase de hom­bres! Uno, el maestro, llegado ya al cenit de la gloria, que él no había buscado, que no había hecho nada per adquirir, pero que había coronado sesenta años de una vida de entrega absoluta a la búsqueda de la ver­dad : tenía entonces setenta y tres años ; el otro, un hombre humilde e insignificante, desconocido de to­dos, privado de las falsas luces del renombre y, asi­mismo, de la bienhechora luz del día, que a sus ochenta y seis años había pisado ya el umbral de la eter­nidad.

De este memorable encuentro, Jean Guitton, con su habitual talento, nos ha dejado un ligero esbozo en su Retrato y en sus Diálogos. Se me ha pedido, sin embargo, en mi calidad de instigador y testigo prin­cipal, que vuelva a ofrecerlo tal como tuvo lugar, sin añadirle ni quitarle nada. No podría negarme a ello. Me rendí, pues, a este deseo que combinaba tan bien con mi secreto pensamiento. Confié la escena a la voz de las ondas.

Pero esta voz, que alcanza al público más hetero­géneo, hubo de prolongarse en los espíritus afectados por ella. Quienes tuvieron conocimiento de mi relato antes que éste se difundiese—Jeanne Bergson, la hija del filósofo; sus amigos Henry Bordeaux y Léon Bérard, los hermanos de Orden del padre Pouget—, me impusieron el deber de fijar por escrito la escena que yo evocaba, evocando a la vez la figura de dos hombres que fueron, en el sentido pleno de la palabra, sus actores. Lo hago ahora, para ellos y para mí mis­mo, tratando de que nada se interponga entre lo que digo y lo que realmente fue.

Escribe Bossuet profundamente, en su Política sa­cada de la Sagrada Escritura: «Lo que llamamos azar con respecto a los hombres es designio con respecto a Dios.» Los encuentros que consideramos accidentales o fortuitos, por desconocimiento de sus causas, no son sin duda otra cosa que la manera de actuar de Dios en este mundo, sin alterar el orden que El estableció, pero sirviéndose de las series regulares de causas y de efectos para introducir, por su encuentro, un aconte­cimiento que no contaba en su trama. He podido veri­ficarlo en el curso de una existencia cuyos hechos decisivos fueron precisamente de esta naturaleza. El acontecimiento que constituyó el encuentro de Bergson y del padre Pouget es una ilustración de esta ley.

¿Cómo no pude preverlo con anterioridad? Sería incapaz de decirlo. Sin embargo, conocía desde hacía treinta y dos años a estos dos hombres, que fueron los verdaderos maestros de mi espíritu : esto es indudable con relación al padre Pouget, que me formó, aunque no hubiese consentido en ser llamado mi maestro. Y no es menos verdad con respecto a Bergson, aunque éste me reprochase con frecuencia el que me denomi­nase su discípulo, porque sería más exacto decir, aña­día, que «entre usted y yo hay armonía preestablecida». Sus dos acciones se completaban, se conjugaban de tal suerte que era preciso se conociesen algún día, que el padre Pouget tuviese ante sí al hombre cuyos libros había amado y practicado, que Bergson recibiese de él el suplemento decisivo de luz que esperaba y que no podía venirle de otra persona.

Lo que yo no había premeditado se produjo por efecto de un accidente en el que no conté para nada.

Profesor en la Facultad de Letras de Grenoble des­de el año 1919, elegido decano en 1931, había sido propuesto diecisiete veces para la Legión de Honor y otras tantas rechazado, por «reservas políticas» for­muladas por un senador del Isére, ciertamente leal y convencido, que no me perdonaba haber votado en el Consejo de la Universidad contra la devolución de la Cartuja a la Universidad de Grenoble, al uso de los «intelectuales fatigados». Bergson se sentía todavía más afligido que yo por lo que se le aparecía como una injusticia, y, cuando Anatole de Monzie fue nom­brado ministro de Educación Nacional, le escribió una c rta en la que expresaba su indignación. De Monzie le despachó en seguida un ordenanza, portador de estas simples palabras: «Contesto a la llamada del hé­roe.» (Acababa de aparecer el libro Las dos fuentes con hermosas páginas que llevaban este título.) Mon­zie hubo de luchar con todas sus fuerzas para que fuese mantenida mi Cruz. Pero al fin lo fue.

En estas condiciones, era natural, por todos concep­tos, que Bergson me recibiese en la Orden de la Legión de Honor. Se lo pedí y lo aceptó con inmenso bene­plácito. La ceremonia quedó fijada para el domingo 12 de febrero de 1933. Bergson convalecía de una con­gestión pulmonar que le había dejado espasmos ner­viosos consecutivos. El 8 me escribió: «Le espero a usted. Desde el principio sentíamos una gran dicha en poder almorzar con usted, con su padre, el general Chevalier, así como con el reverendo padre Pouget, a quienes usted mismo nos ha enseñado a querer. Si hay alguna posibilidad de que vengan, sin exponerse a una fatiga demasiado grande, le ruego les pida, en nuestro nombre, que se reúnan con nosotros.» Escribí en se­guida a Guitton para que hiciese lo imposible por con­ducir al padre Pouget a casa de Bergson. El 11 por la mañana, no más llegar de Grenoble, pasé a verle a la celda 104 del 95 de la calle de Sevres, en compañía de Maurice Legendre que debía partir aquella misma tar­de para Madrid. Encontramos al padre Pouget ten­dido en el lecho. Estaba muy debilitado: «Me hallo al borde de la tumba. Pero no temo a la muerte. De­jaré aquí, es verdad, hombres a los que estimo y res­peto. Pero los muertos y los vivos no deben ser separados .» Le condujimos a la enfermería, le confiamos al hermano, y el 12 por la mañana vengo a buscarle con mi hijo Andrés. Le apremio para que se acerque esa tarde a casa de Bergson. El conoce al filósofo, e estima. Asistió en otro tiempo a uno de sus cursos en el Colegio de Francia, en el que Bergson desafía a un matemático para que pusiese en ecuación el movi­miento de una hormiga. Esto, realmente, le había agradado mucho. Había leído todos sus libros, que constituían, junto con las tesis de Boutroux y de Pierre Janet, y La Acción, de Maurice Blondel, obra que le seducía grandemente, toda su biblioteca de filósofos contemporáneos. Había dictado para él una extensa carta sobre Las dos fuentes de la moral y de la reli­gión; me había pedido a la vez que le entregase su voluminoso libro sobre El origen sobrenatural o divi­no de la Iglesia católica y los trabajos que lo comple­taban. Bergson, por su parte, me había encargado en repetidas ocasiones que sometiese al padre Pouget las dificultades que experimentaba en su búsqueda de Dios, dificultades que me había confiado frecuente­mente, así como el padre Sertillanges, luego que La evolución creadora le enfrentara de lleno con el pro­blema de la creación. «Bien desearía ir a casa de Berg­son—me dijo el padre Pouget—. Pero no es seguro que pueda hacerlo, ya que no me encuentro muy bien.»

A pesar de todo, fue hasta allí. Y éste es el aconte­cimiento del que se hallará exacta relación un poco más adelante. No pude anotar al momento sus pala­bras, como venía haciendo siempre, desde hacía trein­ta y un años, en el curso de mis conversaciones con el padre Pouget, bien porque me ofreciese la ocasión de escribir lo que él decía (tal es el caso de la maravillo­sa conversación del miércoles de Ceniza de 1938, en que me confió la manera como había «encontrado a Dios»), bien porque, al salir de su casa, me dirigiese a la pequeña estación de Auteuil para anotar inme­diatamente lo que él me había dicho momentos antes. Podría aplicarse a Bergson y al padre Pouget lo que Nicole, Filleau de la Chaise y el secretario de M. de Saci nos dan a conocer de Pascal, a saber, que «todo lo que él decía producía una impresión tan viva en el espíritu que no era posible olvidarlo».

Así, lo que se refiere aquí de la conversación del padre Pouget y de Bergson puede ser garantizado ín­tegramente, porque sus palabras quedaban como tes­timonio permanente y formaban cuerpo de modo tan perfecto con su pensamiento que resultaría imposible expresarlo de manera distinta a como ellos lo hicieron.

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