También han matado al P. Benjamín, «el Sordito». De los dos modos se le llamaba cariñosa y familiarmente, más que por su apellido, como es costumbre general entre los miembros de la Congregación de la Misión.
Sí, señor; han matado al «Sordito». Y la sordera fue la ocasión, ciertamente muy remota, pero ocasión, de su muerte.
Incapacitado por este defecto natural para otros oficios propios del sacerdote y del misionero, en 1926 fue nombrado Administrador de la revista La Inmaculada de la Medalla Milagrosa. Y un talonario de la dicha administración que le sorprendieron los milicianos, al registrar la casa donde estaba refugiado, le acreditó de acaudalado y burgués, no siendo menester más títulos para ser acreedor a la muerte.
Ocurrió esto el 12 de octubre de 1936.
En el número. 6 de la calle de la Magdalena vivía una familia de Ávila, harto conocida del P. Ortega, y en su ceno familiar se refugiaba siempre que había en Madrid alguna revuelta de consideración.
Desde el 22 de julio del corriente año 1936, en que se había acogido nuevamente bajo su amparo, no salió hasta que los asesinos le arrancaron.
Vivía una vida enteramente piadosa, leyendo las obras de Santa Teresa y rezando. Solía decir que estaba en el Retiro. Y de esta frase se servían sus huéspedes, poniendo mayúscula a la palabreja, para, sin mentir, excusar visitas. Siempre estaba en el Retiro. Quien por esta palabra entendía el famoso lugar ameno de Madrid, se iba a buscarlo en el Paseo.
En su retiro, y extremando la prudencia, celebró alguna vez la Santa Misa. Harto sentía él no poderla celebrar cotidianamente. Pero eran tiempos de renunciaciones y acomodos.
No hemos de silenciar un detalle de su vida recoleta. Exponiéndole el P. Fuente, a principios del mes de septiembre, el apurado trance en que se hallaba, por no tener dinero, para atender a Padres y Hermanas, ya que, consumido el remanente que administraba, habíase incautado la policía de una cantidad considerable, que cierto comerciante tenía en depósito, el P. Benjamín, generosamente y sin regateos, se desprendió de 4.000 pesetas que llevaba consigo y se las entregó. Dios le habrá ya premiado dicho acto caritativo, de suma edificación por la espontaneidad con que obró y porque apenas si se reservó lo necesario para pagar, por poco tiempo, su pensión.
Nada se ha podido averiguar relativo a su muerte, después de haber desaparecido, el 12 de octubre de 1936, en manos de los patibularios. En aquellos días menudearon los «paseos», sin muchas averiguaciones, y por menos de nada. No es, pues, de extrañar que habiéndole encontrado el talonario de Banco arriba aludido, le llevaran inmediatamente a la muerte, para no retrasar el cobro, que creyeron posible y seguro.
Había nacido el P. Benjamín Ortega Aranguren el día 30 de marzo de 1885, en Villalta (Burgos). Sus padres se llamaban Andrés y Bernardina. Desde 1898 a 1902 estudió en el Colegio Apostólico de Tardajos. El 28 de junio de 1902 llegó a Madrid, para ingresar en el noviciado de la Misión. El 29 de junio de 1904 hizo los votos. Estudió Filosofía en Hortaleza y Teología en Madrid.
Recibió todas las sagradas Ordenes en el año 1911: el 31 de marzo las Menores, el 1 de abril la de Subdiaconado, el 10 de junio la de Diaconado y el 13 de agosto la de Sacerdocio.
Para atender a su salud dejáronle los Superiores en Madrid hasta mediado el año 1912, en cuyo tiempo fue destinado a la Casa-Misión de Ávila; en ella estuvo hasta 1926, dedicado al servicio de la capilla pública que adherida a la residencia rige la Comunidad. A principios del año 1927 volvió a Madrid, para hacerse cargo de la Administración de la revista La Inmaculada de la Medalla Milagrosa.
Aunque nacido en, pueblo, el P. Benjamín había sido chico de ciudad. En la de Burgos vivió desde pequeñito, por haber ingresado su padre en el Cuerpo de Policía Urbana, con destino en la capital de Castilla. Recibió su primera instrucción en las Escuelas de San José, bajo la sombra de la blanca toca de las Hijas de la Caridad. Ellas fueron las andadoras de I3U vocación religiosa, y su cariño fraterno y aun maternal nunca le abandonó, antes creció de día en día, compasivo de sus desdichas.
Porque el P. Benjamín Ortega, excepto en los últimos años de su vida, siempre fue de complexión enfermiza y raquítica. De filósofo, empeoró de manera su delicada salud que se temió muy mucho por su vida. Lo que se estimó tumor blanco le hizo andar con muletas largos meses, y, mejorando, no pudo prescindir de una muleta, durante sus estudios de Teología.
Destinado a Ávila, más que por otras, en razón de su falta de salud, en 1922 se agravó su dolencia, hinchándosele enormemente las piernas y sufriendo dolores agudos en todo el cuerpo. Mas fue entonces cuando las energías vitales, en supremo esfuerzo, vencieron en toda la línea: se repuso de forma que, fuera de la sordera y haber quedado un poco cojo, gozaba de excelente salud: estaba grueso y rubicundo.
El P. Benjamín era un ser inofensivo, aunque tenía su geniecillo. Tenía un si es no es de socarrón. Gastaba agudezas. Estaba bien impuesto en ciencias eclesiásticas. Era piadoso. El clero de Ávila sabía apreciar su mérito: muchos señores sacerdotes se dirigían, con él. En dicha ciudad era generalmente querido de las gentes, y es que el P. Benjamín, a más de no tener ni un pelo de tonto, era fino, bien portado y amigo de hacer favores. De corazón naturalmente bondadoso, era particularmente servicial para las Hermanas de la Caridad, a las que tanto debía; en beneficio del Colegio de la Purísima lució sus habilidades de ebanista y arreglalotodo.







