Su figura irá acrecentándose y tal vez agigantándose en el decurso de los años. Y es que el P. Paradela no trabajó para el tiempo, sino para la eternidad.
En el discurso aprobatorio del segundo tomo del «Teatro Crítico» se aplica a su paisano Feijoo y le conviene al. P. Paradela en un todo, este aplauso que con hipérbole daba Tertuliano a Trajano: Omnium curiositatum scrutatorem. El P. Paradela ha sido el primero y gran archivero de la Congregación de la Misión en España. Su concienzuda labor histórica ha dado positivos resultados. En sus obras:
Los Visitadores de la Congregación de la Misión y Directores de las Hijas de la Caridad.
Compendio histórico de la Congregación de la Misión en España.
Un gran pedagogo desconocido.
Colección de documentos para la historia de la Congregación de la Misión.
El santuario de Nuestra Señora de los Milagros.
Notas biográficas de los que han pertenecido a la Congregación de la Misión en España,
dadas por él mismo a luz, con otros artículos interesantes, nos ha revelado noticias curiosas, con puntualidad y erudición expuestas. Tanto que, sorprendidos, nos veíamos impulsados a decirle la petición que hacía Séneca: Ede alía quam primum, quam celerrime, ‘mide et tuo nomini celehritas, et itostris terne porulibus claritas, lestudiosis omtz.ibu.s pariatur
Y hubiera, sí, dado a luz otras obras. En preparación tenía la biografía de uno de los más grandes y preclaros miembros que ha tenido, no ya sólo la provincia española, sino la Congregación entera: el Ilmo. Sr. D. Buenaventura Codina, Obispo que fue de Canarias, y antes celoso Misionero, fecundo escritor de sermones y pláticas de Misión, Visitador de los Padres Paúles y Director de las Hijas de la Caridad.
La meritísima labor del P. Paradela ha consistido principalmente en recoger material de información que estaba distribuido acá y allá, en París, donde trabajó sus primeros años de archivero en la copia de documentos inéditos que obran en el archivo de la Casa Generalicia de la Congregación de la Misión, y en diversas provincias de España, discurriendo por archivos, bibliotecas y hasta husmeando en, arcas viejas de casas particulares, en cuyo fondo, olvidado, tal vez, palidecía un manuscrito de interés.
Por su asiduidad al confesionario de su colegio, las niñas de la Guindalera apodaron al P. Paradela el «Padre Constante». Bien le convenía el remoquete. Porque lo fue, creó el archivo importante de la Congregación en Madrid.
Pero dejemos así este punto capital, ciertamente de su vida, y dibujemos los rasgos generales de la vida entera.
Nació el P. Benito Paradela Nóvoa en Amoeiro (Orense), el 22 de octubre de 1887. Sus padres se llamaron Manuel y Camila.
Pasó los años de su niñez en su pueblo natal y en el Santuario de los Milagros, donde estudió el Latín y Humanidades.
Ingresó en la Congregación, en Madrid, el 29 de agosto de 1907. Hizo la carrera brillantemente, en Hortaleza y Madrid. Siendo estudiante de Teología, escribió varios artículos en el Boletín de la Santa Agonía.
Ordenado de Sacerdote, fue destinado al colegio de Limpias, en 1916, y allí estuvo hasta 1922, en, que fue nombrado archivero de la Congregación, teniendo corno residencia fija la Casa Central de la provincia Matritense, en García de. Paredes.
Su actuación ministerial se redujo en todos estos años, hasta su muerte, a ser capellán del Colegio de Santa Isabel de, las Hijas de la Caridad de la provincia francesa, en la calle de Hortaleza, y a confesar los días festivos en el del Dulce Nombre, de la Guindalera.
Desde 1928 fue Director de Anales de la Congregación la Misión w de las Hijas de la Caridad. Los Anales fueron su impronta de archivero. Lo que ganaron en seriedad y justeza, perdieron en amenidad. Su estilo era árido y falto de imágenes, y cuando se, esfuerza por elevarse, fácilmente se advierte raridad de plumaje en sus alas.
Su retrato moral se condensa así: era un hombre sumamente trabajador, prudente, callado, sin ser taciturno ni menos misántropo, observante fiel de la regla, madrugador, metódico en todos sus actos, buen compañero, serio y formal.
En cuanto al físico, era pequeño de estatura, lleno de cara y de cuerpo sin llegar a la gordura, de agradable aspecto que solía iluminar discreta sonrisa; le faltaba la falange última del dedo pulgar y las falangistas de los dedos índice y de corazón de la mano izquierda, y la historia de su desaparición fue ésta: Cuando él todavía era un niño, un día, sentado con su padre al amor del fuego en el hogar de la cocina de su casa, por la ventana tiraron un tiro, y gracias a Dios sólo interesó el dedo del inocente pequeño. ¿La causa del tiro? Despecho de algún mocetón; tenía él dos hermanos que eran mozos bravos, y entre mozos y mozos, mozadas.
Su martirio se confunde con el del P. Fernández; pero tiene algún detalle característico singularmente en los preliminares. Estos quedan escritos en páginas anteriores. En las declaraciones, siempre decía el P. Paradela que él nada tenía que ver en los asuntos de las Hermanas: que sólo entendía de libros y papeles viejos. Declaración ajustada a la verdad, ciertamente, pero que los milicianos interpretaron como premeditada excusa. «Este pajarraco, decían, no suelta prenda.» Y le cogieron hasta rabia. Nada de extraño e improbable sería pensar que le distinguieron, cuando estaban secuestrados en San Felipe Neri, con peor trato que a los demás. Incluso lo deja entender esta frase que logró deslizar en el oído de Sor Salomé, que, conforme se ha dicho ya, logró alguna vez visitarlos: «Ruegue que me pueda escapar, porque si no, me matan.» Y se sabe que durante un cacheo personal, días antes de su asesinato, dijo a los milicianos: «¡Matadnos, si queréis; que es mejor morir que vivir así.» De ahí también que, como tenía presentimiento de que les iban a matar, aconsejara que no fueran a visitarlos.
Bajo el título «Un mártir más», escribió en. El faro de Vigo D. Juan Domínguez Fontela, Arcipreste de Tuy
«A la serie incontable de obispos, sacerdotes, religiosos, hombres de ciencia, etc., sacrificados bárbara y despiadadamente por la horda marxista que está destrozando y ensangrentando España, hay que sumar una nueva víctima: el sabio religioso Paúl, honor de la provincia de Orense e insigne investigador, Rvdo. P. Benito Paradela y Nóvoa, natural de la parroquia de Santa María de Amoeiro…
«La Comisión de Monumentos de Orense debe al que es hoy mártir de la Religión y de la Patria, una colaboración benemérita y plausible. Escudriñador infatigable del Archivo de la Academia de la Historia y de la Biblioteca Nacional, ha co piado allí innumerables documentos inéditos que generosamente ha ofrecido para nuestro «Boletín».
«El P. Paradela tuvo hace tiempo clara previsión de los sucesos sangrientos de España. Según iba publicando sus libros y monografías, los enviaba al que suscribe para que formasen parte de la biblioteca de nuestra Comisión de Monumentos, diciéndonos repetidas veces en sus cartas: «La ola revolucionaria avanza y llegará a destruir nuestras bibliotecas. Madrid será una de las primeras víctimas. Le mando esos libros para que se salven siquiera con los que remito a otros pueblos apartados y a todas las casas de nuestra Congregación.
«Con la muerte del P. Paradela la Orden de los Paúles, si bien adquirió un nuevo timbre de honor con, el martirio de este benemérito hijo, ha experimentado una pérdida grande, irreparable.»







