Benito de Canfeld: voluntarismo místico-teocéntrico

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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Entre las diversas tendencias llamadas «místicas», que influ­yen en la renovación espiritual en Francia durante el siglo XVII, se encuentra la llamada «escuela abstracta»: esta denominación se debe al predominio que ejerce en ella el espíritu de la mística renano-flamenca de tendencia «abstracta» —en razón de su gusto por la abstracción metafísica— orientada a la «vida sobre-eminente» y centrada en la aspiración hacia la unión directa de la voluntad humana con la esencia divina.

Los adeptos a esta «escuela abstracta» se reúnen en la última década del siglo XVI y al comienzo del siglo XVII en torno a Bárbara Avrillot (1566-1618), esposa de Pedro Acarie, invocada desde su beatificación (24 de mayo de 1791) por su nombre de carmelita «conversa» (1614), María de la Encarnación.

La mansión de esta gran estática y estigmática se convierte lentamente en centro de acción espiritual, en lugar de reuniones y de conversaciones del más alto nivel intelectual y espiritual. El salón de la residencia Acarie es frecuentado tanto por hom­bres de ciencia teológica y de vida interior de la Sorbona, entre otros Andrés Duval, como por grandes maestros espirituales, entre ellos Benito de Canfeld. Junto a éstos se encuentran piado­sos sacerdotes, como Gallement y Juan de Quintanadoine de Brétigny, y laicos pertenecientes al «medio devoto», como Miguel de Marillac y Renato Gaultier. El joven Pedro de Bérulle acude con frecuencia a la residencia de su prima y Francisco de Sales, durante su viaje a París (1602), visita el centro Acarie. Si el cartujo Dom Beaucousin está ausente de estas reuniones de salón, recibe, por el contrario, en el locutorio de la cartuja de Vauvert y desde él ejerce su autoridad y su influencia en todo él grupo.

El círculo Acarie especialmente a través de la autoridad del comentarista de santo Tomás y maestro de la vida espiritual, Andrés Duval, asegura la difusión de la literatura «mística», de los libros que «tratan de la vida sobreeminente». El mismo interés, que le lleva a poner su sentido agudo de rigor teológico al servicio de la precisión en el vocabulario de los espirituales, le conducirá más tarde a reaccionar contra los peligros del iluminis­mo. Influenciado e inspirado por las afirmaciones contenidas en una carta de Gerson al cartujo Dom Barthélemy, referente al libro Ornement des notes spirituelles de Ruysbroeck, el decano de la Facultad de teología de la Sorbona, después de haber sido uno de los iniciadores del movimiento místico, se encuentra en el origen de un movimiento de reacción, cuyas consecuencias son funestas para la supervivencia de la influencia de la mística renano-flamenca en Francia.

El supremo representante de la «escuela abstracta» es el capuchino Benito de Canfeld (1562-1610) y su obra la Régle de perfection conknant un bref et lucide abrégé de toute la vie spirituelle réduite á ce seul point de la volonté de Dieu es la mejor expresión de esta tendencia mística.

Como los humanistas devotos y Francisco de Sales, Benito de Canfeld es fiel partidario del voluntarismo, pero en éste se trata de un voluntarismo «místico». También como Francisco de Sales, Canfeld llega a una visión sintética de la vida cristiana. No obstante esta visión de síntesis, la perspectiva de ambos es dife­rente: a diferencia del obispo de Ginebra, que pone la caridad o el amor en el centro de la vida espiritual, el maestro capuchino sitúa este centro en la voluntad, en el «ejercicio de la voluntad de Dios». Ejercicio que consiste en no tener ninguna otra inten­ción, durante la vida y en todas las acciones, más que cumplir la voluntad de Dios.

La Regla de Benito de Canfeld es una de las manifestaciones más notorias de la renovación mística de finales del siglo XVI y del comienzo del siglo XVII en Francia. El libro, reeditado frecuentemente, ejerce a lo largo del siglo XVII una gran in­fluencia. El éxito de librería (durante el siglo XVII alcanza, al menos, 25 ediciones) y de lectura se debe a la construcción sóli­da del libro, a «la lucidez maravillosa» del autor y, sobre todo, a la intención expresa y continuamente reiterada de resumir la perfección a «este único punto de la voluntad de Dios». Todo el problema se cifra, en consecuencia, en llegar a una per­fecta conformidad de la voluntad humana con la divina. Conformidad que culmina en una verdadera absorción de la voluntad humana en la divina. Por eso, no obstante la distinción de las tres vías o vidas clásicas, que, según los maestros de la vida espiritual, el cristiano debe atravesar para llegar a la perfección, el maestro capuchino insiste en que no hay más que un solo principio para llegar a conseguirla: la conformidad con la volun­tad de Dios es la regla de la perfección, de la vida espiritual, de todas las prácticas o ejercicios que conducen a ella.

Contenido de la Regla de perfección

Para llegar a vivir en conformidad con la voluntad divina, el hombre precisa, con anterioridad, conocerla y realizarla. Para Benito de Canfeld hay tres modos diversos de discernir y de ejecutar esta voluntad de Dios. Cada uno de estos modos per­mite al hombre conocer bajo diversos aspectos la misma y única realidad suprema y, en consecuencia, realizarla y conformarse a ella.

El primer estadio del conocimiento y de la realización de la voluntad de Dios, el de la vida activa, está constituido por la conformidad a la voluntad exterior de Dios, tal y como se mani­fiesta en la revelación, en la disciplina de la iglesia, en las normas establecidas por la autoridad eclesiástica o civil.

El segundo estadio del conocimiento y de la realización de la voluntad de Dios, el de la vida interior o vida contemplativa, está constituido por la conformidad del alma a la voluntad inte­rior de Dios, conocida por las luces y movimientos que él le otorga.

Finalmente, el tercer estadio del conocimiento y de la reali­zación de la voluntad de Dios, el de la vida esencial o vida sobre-eminente, en el que el alma es «absorbida» en la voluntad esen­cial de Dios, así llamada porque es la misma esencia divina.

Esta triple división de la voluntad de Dios permite al autor dividir el libro en tres partes:

Primera parte: «La voluntad exterior de Dios, que compren­de la vida activa». La voluntad de Dios, «en cuanto conocida por la ley y la razón» y ejecutada como única regla y fin de todas las acciones, es para Benito de Canfeld el resumen de toda la vida activa. Vida que se resume, para él, en evitar todo pecado, toda imperfección, practicar todas las virtudes, imitar la vida y pasión de Jesucristo a través de la mortificación de la voluntad propia, raíz y origen en el hombre de todo mal. Por eso afirma con insistencia que su «ejercicio» es un renunciamien­to continuo a toda pasión, a todo afecto desordenado. A través de este renunciamiento, exigido para obrar en todo con el único fin de realizar la voluntad de Dios, el hombre se ejercita en la purificación «activa», propia de la vida activa. Canfeld centra el objetivo de esta purificación en disponer al alma a la vida con­templativa, en permitir al alma hacerse capaz de percibir la pre­sencia de Dios.

Para llegar a percibir la presencia de Dios, no es suficiente que el hombre evite todo pecado, toda imperfección, es menester que practique todas las virtudes y llegue a la verdadera imita­ción de la vida y pasión de Jesucristo. Imitar la vida y pasión de Jesucristo, equivale, para el maestro capuchino, a sufrir y pa­decer en las persecuciones, sufrimientos y padecimientos de la vida los de nuestro Señor. De esta manera el hombre «renueva en él los sufrimientos de Jesucristo y Jesucristo padece en sus miembros» y en razón de padecerlos y de sufrirlos el hombre «con el único fin de realizar la voluntad de Dios», los padeci­mientos «son la voluntad de Dios».

Naturalmente Canfeld no admite que haya realmente en Dios tres voluntades. Por medio de esta triple división de la voluntad de Dios, in­tenta explicar solamente cómo el hombre llega a conocerla distinta y pro­gresivamente a través de las diversas manifestaciones de la misma y única voluntad de Dios.

Segunda parte: «La voluntad interior de Dios, que contiene la vida contemplativa». La voluntad de Dios, en cuanto conocida de manera experimental, pasivo-activa, «por las cosas interiores, como son las inspiraciones, elevaciones y atracciones de Dios» constituye para Canfeld el resumen de la vida contemplativa. Vida que consiste para él en el conocimiento experimental, progresivo, amoroso y gozoso de la voluntad interior de Dios. Este conocimiento hace experimentar al hombre que «todo que­rer y movimiento», que se realizan en su alma, «no provienen ni son de ella» sino de Dios, a quien «únicamente» siente y de quien goza, a quien ve por y en la voluntad de Dios.

El hombre progresa en el conocimiento experimental de la voluntad interior de Dios, en razón de la diversa intensidad con la que Dios se manifiesta al alma y en proporción al crecimiento del amor del hombre, correlativo al mayor o menor grado de la purificación de la pureza de intención.

Este ritmo progresivo del conocimiento de la voluntad inte­rior va desde «el grado de la manifestación», en el que el alma comienza a «sentir», «gustar» y «ver» la voluntad de Dios hasta «el grado de elevación», en el que la voluntad de Dios comunica «una luz tan potente y un resplandor tan brillante que elevan al alma del abismo de las tinieblas hasta la perfecta con­templación de Dios». Para llegar a esta «elevación» o «perfecta contemplación», el alma debe atravesar antes el «grado de la admiración», es decir, la «aversión» a las cosas exteriores y la «adhesión» a la voluntad de Dios, «el grado de la humillación», donde experimenta la «nada» de su ser y el «todo de Dios», y «el grado de exultación», que une al «alma con Dios» hasta llegar a experimentar, a «tener un mismo espíritu con él».

Toda la actividad del alma en el desarrollo progresivo de este conocimiento, se reduce a secundar con docilidad la opera­ción divina, que la conduce a «abismarse» en la voluntad inte­rior de Dios, a «adherirse perfectamente» a ella, a «renun­ciarse a sí misma» hasta llegar a experimentar la «nada» de las criaturas y el «todo de Dios».

Tercera parte: «La voluntad esencial de Dios, que compren­de la vida sobreeminente». La voluntad de Dios, en cuanto que se conoce de manera «pasiva», «inmediata» y «continua» y hace ver que es Dios mismo o la esencia divina, constituye para Canfeld la vida sobreeminente. En ella, el alma no sólo llega a ver a Dios como él es y a descubrir que la voluntad de Dios no se distingue de la esencia divina, sino que es conducida a la «deificación» o «divinización», al ser «transfigurada», «absorbida» en Dios.

La descripción, que Benito de Canfeld hace de la «deifica­ción», plantea más de un problema. De ellos, el principal con­siste en descubrir si Canfeld concibe el sentido de esta deifica­ción en el orden «ontológico» o «experimental-místico». Sentido que depende, en definitiva, tanto de saber si el modo del conoci­miento o de la visión de la voluntad divina, idéntica a su esen­cia, es para él inmediata o mediata, como de admitir si los textos de Canfeld confirman o no la distinción del doble aspecto «ontológico» y «psicológico» de la voluntad de Dios.

Por encima y más allá de las diversas interpretaciones de la doctrina de Canfeld, no se puede olvidar que la Regla de perfección es un tratado, especialmente la tercera parte, de la deificación. Si no se llega a la claridad deseada, cuando se trata de pre­cisar el pensamiento de Canfeld acerca del aspecto «ontológico» «experimental-místico» de la deificación y de la visión mediata inmediata de la voluntad de Dios, es menester admitir que sus «afirmaciones insólitas» van muy lejos. Canfeld repite en varias ocasiones que el alma en la vida sobreeminente «contem­pla… la esencia de Dios… tal y como es en realidad». Los argumentos que utiliza para identificar «voluntad» y «esencia divina» expresan un punto de vista ontológico. Estas afirma­ciones, atrevidas y paradójicas, están en consonancia con otros aspectos claves de la doctrina de Canfeld, especialmente cuando escribe: la criatura no es nada, porque «si fuera algo… el ser de Dios habría terminado allí donde el nuestro comenzaría»: pues «todo lo que hay en la criatura es el mismo Creador». Y lo mismo cuando afirma serena y tenazmente: «la fe viva… no mira la obra como alguna cosa creada, sino como la voluntad increada de Dios». Los diversos pasajes, en los que cita y co­menta con énfasis y profundidad el «intimior intimo meo» de las Confesiones de san Agustín, confirman el encuentro real, la unión verdadera del hombre con Dios, aunque, para que el hom­bre encuentre a Dios en él, debe llegar a la continua «pérdida y al anonadamiento de sí mismo». Como Herp, y después de él, señala que la transformación, condición para llegar a la deifica­ción, debe estar precedida de la anihilación. A la reducción gradual de la criatura al «no ser», corresponde la presencia, la manifestación de Dios que «brillará en el alma» de quien le ha «dado cabida».

Canfeld explica la «suspensión» y la «alienación» de la acti­vidad de las potencias del hombre, cuando habla de los «buenos deseos», que «jamás producen sus efectos, a saber, la unión y transformación, sino cuando están consumidos y adormecidos en Dios», donde su forma, como el grano en la espiga o el hielo en el agua, desaparece, pero «su esencia se conserva en Dios». «Este desvanecimiento de los deseos en Dios… es la realización acabada y perfecta de los deseos en Dios, donde el deseo es absorbido y cambiado en posesión». Por eso «en este desva­necimiento de deseos (el alma) permanece sumergida en el abis­mo de la divinidad». Con mayor claridad, aún, se expresa cuando habla de la «voluntad interior», que el hombre «siente como de Dios, no como de él»; la razón es porque «él… es trans­formado en Dios… todas sus potencias son empleadas por Dios… Por esta deiforme intención y querer, el alma está tan íntima­mente unida a Dios, deificada y de tal manera sumergida en el abismo de la inaccesible luz eterna que no puede sentir ningún querer o movimiento suyo como suyo, sino solamente como de Dios, se ve y se siente totalmente despojada de ella misma y de toda voluntad propia».

La concepción espiritual de Canfeld lleva a una «encarnación espiritual». Encarnación por la que «la voluntad de Dios», que «es incomprensible en sí misma, sin embargo, al habitar en nues­tro espíritu, se vuelve comprensible… unida a la nuestra se ma­nifiesta», de tal manera que la «voluntad del hombre por seme­jante unión puede decir: yo soy la voluntad de Dios».

Objetivo de Canfeld

El esquema muy nítido de la Regla de perfección manifiesta claramente el deseo de Canfeld de presentar la espiritualidad cristiana bajo una forma simplificada y unificada. Por eso insiste desde el comienzo del libro en el carácter sucinto, directo y luminoso de su intención: «Este ejercicio de la voluntad de Dios, es, sin duda, más breve que ningún otro; pues lo que los demás (ejercicios) realizan mediante una variedad de circuns­tancias y una multiplicidad de cambios y grados, lo realiza este (ejercicio) desde el comienzo por la sola aplicación de la inten­ción».

Cuando habla de la «excelencia y utilidad de este ejercicio comparado con los demás» lo califica así: «compendio de la vida espiritual», «breve», «meritorio», «fin», «adaptado a toda perso­na», «sin multiplicidades», «exento de engaños», «medio y fin», «perdurable». El capítulo segundo lo titula: «De la excelencia de este ejercicio en sí mismo», en el que explica cómo «encierra en sí todas las vías que conducen a la perfección». En concreto llega a enumerar: «Renuncia al yo propio», «abandono», «pure­za» o «dominio del corazón», «presencia de Dios», «conocimien­to de sí mismo», «conocimiento de Dios», «anihilación» o «total anonadamiento», «unión con Dios», «perfección de la contempla­ción divina», «amor de Dios y caridad» o «amor perfecto», «ab­sorción en Dios».

Con una finalidad claramente pedagógica, no exenta de origi­nalidad, un grabado de la primera página de la Regla, juntamente con un texto explicativo del mismo, intenta aclarar, condensar el contenido del libro. La parte de abajo del grabado representa a Jesucristo en el huerto de los olivos y en ella está escrito: «no se haga mi voluntad sino la tuya» (Luc 22, 42). En la parte superior se encuentra una figura en forma de sol, que representa la voluntad de Dios. Tres círculos concéntricos, cuyos espacios están adornados con rostros humanos, imágenes representativas de las almas, indican los tres grados de la voluntad de Dios, las tres partes del libro.

El primer grado significa las almas de vida activa, el segundo las de vida contemplativa y el tercero las de vida sobreeminente… Por eso rodean al primer círculo muchas herramientas… que signi­fican la vida activa. En el interior del tercer círculo está escrito el nombre de Yahvé, para figurar la vida sobreeminente en la voluntad esencial, que es Dios mismo. En el círculo del medio no se ha colocado nada, para indicar que en esta forma de vida con­templativa —sin ninguna otra especulación y prácticas— es menester seguir la atracción de la voluntad de Dios, ya experimentada y sabo­reada en la exterior, sin abandonarla jamás…

«El resplandor de la voluntad divina» «ilumina más o menos los rostros según el grado de proximidad en que se encuentran con relación a esta voluntad divina, ya que «las almas del primer círcu­lo… viven mucho en sí mismas y poco en Dios», las del segundo «menos en sí mismas y más en Dios» y las del tercero, «nada en sí mismas y del todo en Dios y absorbidas en la voluntad esen­cial”.

El objetivo final de Canfeld se cifra en hacer acceder al hombre a «un estado continuo y tranquilo donde se goza, sin que sean suspendidas sus actividades, de la visión habitual de Dios». Estado en el que se realiza el sumo de la perfección y donde «el amor práctico se convierte en amor fruitivo y la vida activa en contemplativa y se goza tanto de Dios según la fe desnuda en la operación y actividad, como en el descanso y ociosidad». Esta «reducción» de la vida activa y contemplativa a la «vida sobreeminente», esta unión de vida activa y contem­plativa se realiza a través del «anonadamiento activo y pasivo», por los que el hombre llega a descubrir y experimentar el «To­do» de Dios y la «nada» de la criatura.

Pureza de intención

Benito de Canfeld insiste en que «la única intención» de todo quehacer humano —«pensamientos, palabras, acciones, resisten­cias a las tentaciones, aceptación de las inspiraciones»— «debe ser (realizar) la voluntad de Dios». Esta práctica de hacer todo por la única motivación y con el único fin de ejecutar la voluntad de Dios, es el eje sobre el que gira la doctrina de Canfeld, la clave que ayuda a descifrar el sentido y el contenido de su espiritualidad, el resorte que dinamiza su espíritu. Ella nos revela la única preocupación del autor de la Regla: hacer reinar la voluntad de Dios, que «es Dios», el «todo» en el hombre, que es «nada». Sólo a través de esta pureza de intención el hombre podrá descubrir, experimentar que todas las obras, realizadas únicamente para ejecutar la voluntad de Dios, son esta volun­tad de Dios y deben ser consideradas solamente como esta mis­ma voluntad de Dios.

A través de la práctica de esta doctrina, Canfeld intenta con­ducir al hombre al puro amor, a mirar, buscar, amar solamente la voluntad de Dios, que es Dios, y a excluir todo interés personal «como sería hacer penitencia, darse disciplina, ayunar para evitar el infierno, obtener recompensa o conseguir el cielo y otras cosas semejantes, cuyas intenciones, aunque sean buenas en sí mismas, sin embargo son imperfectas, si se las compara con el ejercicio de (realizar) únicamente la voluntad de Dios, que es mucho me­jor, como se ha demostrado».

No buscar más que a Dios, obrar en todo únicamente por y para realizar la voluntad de Dios, no tiene para Canfeld más que un objetivo: conducir al hombre, a través de la abnegación y del anonadamiento de sí mismo, a la vida contemplativa, donde llega a «gustar la voluntad interior de Dios», a la vida «sobreeminente» o «supereminente», donde experimenta continuamente el «Todo» de Dios y la «nada» de la criatura. Para acceder a este estado contemplativo, el hombre debe consentir a renunciar a todo conocimiento discursivo o conceptual de Dios y a olvidarse totalmente de sí mismo, incluso en el ejercicio de la prác­tica de las virtudes, hasta llegar a perderse en la esencia divina por una «especie de despersonalización mística».

Para expresar la renuncia a toda forma intelectual o con­cepto nocional y el olvido total de sí mismo, requeridos para llegar a la unión con «la voluntad esencial de Dios», Canfeld utiliza los términos de «anonadamiento» y «anihilación». Desde el aviso «al lector» declara que, entre las dos vías que existen para «entrar en Dios», él prefiere elegir la de la «abnegación»: «Amigo lector, hay dos vías para entrar a Dios: una la de la especulación, otra la de la abnegación. La primera es más agrada­ble, la segunda más provechosa; la primera es mucho más com­placiente, la segunda más sólida y segura; la primera no se otorga a todos, aunque se desee, la segunda se ofrece a todos los que tienen buenos deseos. La presente Regla enseña más bien la segunda que la primera. Por eso no te desanimes, si no en­cuentras en ella brillantes discursos, que con frecuencia deleitan más al oído de lo que aprovechan al alma. Trae más bien aquí un buen deseo y encontrarás en ella el camino abierto al cielo».

Canfeld, como otros muchos autores espirituales, busca al­canzar el nivel del alma, donde se opera la unión con Dios. Nivel donde la «fe pura y desnuda» reside «en la parte más alta del alma, por ser el lugar más alejado de los sentidos y el más cer­cano a Dios y el límite supremo del alma».

Su primer intento es cobrar y hacer cobrar conciencia del sentido espiritual y religioso del hombre. Parte del conocimiento introspectivo de sí mismo, haciendo caso omiso de lo sensible, e incluso de lo inteligible, de todo lo que pueda caer con claridad en el entendimiento, para llegar al «límite supremo del alma»

«Referente a las virtudes ¡qué humildad se requiere para anona­darse de esa manera! ¡Qué paciencia para esperar de ese modo! ¡Qué constancia para permanecer de esa forma! ¡Qué longanimidad para desear profundamente y qué pureza de corazón para simplificarse así! Finalmente, ¡qué fe es tan viva, qué esperanza tan firme, qué caridad tan ardiente!, como la que se encierra en esta anihilación u ociosidad, aunque todas las virtudes, al estar absorbidas en la divinidad, se practican en ella esencial­mente, como en su origen o fuente, más bien que en acto, como lo afirma el contemplativo y gran doctor Herp y en él unirse con la voluntad divina, con la esencia divina. Por eso glosa el «conócete a ti mismo», y aún más el «conózcame a mí, conózcate a ti, Dios mío» de san Agustín, llegando a invertir los términos: «conocerte he a ti, Señor, para conocer­me». Por eso pondera, de múltiples modos, el «intimior intimo meo» agustiniano.

Quedándose en la pura desnudez y pobreza de espíritu, dice Canfeld, como había dicho antes san Juan de la Cruz, luego el alma «encuentra la muerte total y la total victoria, y entrega el espíritu a Dios, y finalmente el hombre se hace divino, en cuanto que por esta constancia y muerte, Dios vive y reina en el alma, obrando en ella todas sus operaciones».

En la base de la doctrina de Canfeld se halla el hecho, que en realidad es un acto de fe —de la fe pura y desnuda— de mostrar a los hombres el concepto divino de la manera humana de vivir. Por eso el centro y la unidad de la Regla de perfección, como indica claramente la explicación del grabado o figura, no se encuentra en Jesucristo, sino en la Esencia divina. De ahí el carácter más emanantista y neoplatónico que cristológico, más afectivo que intelectual, más abstracto que encarnado de la espi­ritualidad vivida y enseñada por Canfeld en la Regla de per­fección.

 

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