Beato Pier Giorgio Frassati

Francisco Javier Fernández ChentoPier Giorgio FrassatiLeave a Comment

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Autor: Desconocido .
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Todo se precipitó con rapidez. Fue cosa de semanas. Estaba ya por hacer su examen profesional para obtener el doctorado en Ingeniería, cuando contrajo una poliomielitis fulminante. Luego de seis días de sufrimientos terribles, falleció el 4 de julio de 1925. Su ciudad natal —Turín— presenció el funeral y miles de paisanos se arrodillaron en las calles ante su cadáver. En menos de un año ya se habían editado cinco ediciones —una de ellas en inglés— de la vida de Pier Giorgio Frassati, italiano de 24 años, de cabellos negros y mirada profunda. Sus restos mortales se veneran en la catedral de esa ciudad y ante su tumba oran muchos peregrinos, sobre todo estudiantes jóvenes.

Escribir vidas de santos es tarea difícil. Pero más, si se trata de niños o jóvenes. Sobre todo en siglos pasados hubo biógrafos que contaron algunas historias, que hoy nos caerían un poco espesas y difíciles de digerir. Eran otras épocas y no debemos juzgarles duramente. Quizá tenían poca información o mal desarrollada imaginación. Posiblemente, con toda su buena voluntad, había en ellos ciertas dosis de ingenuidad o angelismo. El caso es que a veces no fueron buenos reporteros, y tomaron como verídicas ciertas historias o sucesos, que corrían de boca en boca, y el tiempo les dio credibilidad. Sin duda, se quería exaltar tanto su santidad, que nos hicieron retratos de hombres santísimos, pero lejanos, como queriendo decir que sólo ésos sí nacieron para ser santos, y que los demás —como somos todos— son cristianos de segunda o tercera división. Han hecho un flaco servicio a la catequesis esos biógrafos de santos que querían a toda costa, encontrar cosas extraordinarias en los siervos de Dios. Por contraste, la vida de Pier Giorgio Frassati no fue así, de ningún modo. Basta ver una foto suya para decir que, por su aspecto, tenía apuesta presencia, el de una persona muy normal. Si hoy viviera, bien podría anunciar en una revista una marca de ropa casual o una loción after shave. Parece joven de la década de los años noventa, pese a haber vivido en los que llamamos anticuados años veintes, cuando los jóvenes vestían camisas de cuello duro y presumían bigotitos engomados. Cuando en su beatificación bajó el telón que cubría el tapiz con la imagen de Pier Giorgio, los presentes advirtieron sorprendidos que no se trataba de un retrato convencional, sino que representaba a un joven robusto, vestido de alpinista, apoyado sobre un piolet y con un pie firmemente asentado en la roca.

El padre de Pier Giorgio era un hombre sin fe, agnóstico, fundador y director del diario liberal La Stampa, conocido y considerado influyente entre los políticos italianos. Por algunas temporadas fue senador y embajador italiano en Alemania. Su madre, Adelaida, era pintora. Pier Giorgio fue prestigiado alumno del Liceo y del Instituto Social. A los diecisiete años se inscribió en el Politécnico Real de Turín y escogió la especialidad de Ingeniería de Minas dedicando mucho tiempo al estudio. Quería casarse pronto y tener una familia numerosa. Había en él auténtica ilusión profesional. Quería destacar, hacer rendir al máximo las propias capacidades personales, influir en la sociedad. Dice el teólogo Karl Rahner, que lo conoció durante su estancia en Alemania: “Lo que en él más impresionaba era la pureza, su alegría irradiante, su piedad, su libertad de hijo de Dios para admirar cuanto había de bello en el mundo, su sensibilidad social, la conciencia de que debía compartir la vida y suerte de la Iglesia”. Era deportista apasionado. Bueno para el fútbol. Pero sobre todo, le gustaban las excursiones. Le escribía a un amigo, poco antes de morir: “Me siento cada día más apasionado por la montaña. Me atrae su fascinación. Deseo siempre más vivamente escalar las cumbres, llegar a las más elevadas cimas…”. Era socio del “Club Alpino Italiano” y de la “Joven Montaña”. Organizaba muchas de esas excursiones con sus amigos. Eran ocasiones de grato descanso, de conversación interesante y sobre todo de apostolado y de oración. Se estaba muy bien a su lado porque era jovial y movía fácilmente a los demás para contagiarles sus propios ideales. Un mes antes de su muerte, con 24 años de edad, Pier Giorgio hizo con algunos amigos una excursión por el Valle di Lanzo, con algunos pasos difíciles que requerían escalada o cuerda doble. Hay una fotografía, tomada en esa ocasión, en la que aparece agarrado a la roca y con la mirada puesta en la cima. En esa fotografía escribió. “Verso l’alto” (“Hacia las alturas”). Una frase breve que sintetiza su estilo de vida: buscar siempre aquello que eleva, que lleva más allá de nosotros mismos, hacia la cima de la santidad. Era bromista, cantaba desafinado, fumaba puros baratos y también, como todo hijo de vecino, se enamoró. La afortunada fue Laura Hidalgo, una joven compañera de la sociedad fundada por él. Era una chica huérfana, de condición social sencilla, un poco mayor que él, con una gran fe y un gran coraje para afrontar la vida. Pier Giorgio mantuvo el secreto de su amor en el corazón, ni siquiera se lo dijo a ella, porque como veía que su familia se iba a oponer no quería crearle falsas expectativas. Muchos amigos giraban alrededor de su vida. A algunos de ellos se les conocía —una versión tipo de “Los Poetas Muertos”— como “Los tipos de la mala sombra”. Escribía a uno de ellos: “después del afecto de los padres y hermanos, uno de los afectos más hermosos es el de la amistad; y cada día debería dar gracias a Dios porque me ha dado tan buenos amigos y amigas….”. Solía ir al teatro, a la ópera y a los museos aunque compraba entradas baratas a fin de tener dinero que dar a los pobres. Por el mismo motivo, viajaba en tercera clase en los trenes. Amaba la música y a veces citaba con soltura trozos de Dante. No iba a la universidad para pasar el rato o sólo para estar con los amigos. Se gastaba los codos estudiando y no a última hora, para salir del paso en los exámenes. Exprimía bien las horas de estudio, que no eran muchas. Su fuerza venía de la oración y de la Eucaristía cotidiana. Desde su más tierna infancia sigue siendo fiel tanto a las oraciones de la mañana y de la tarde como al Rosario. No le daba vergüenza ir desgranando las decenas en el tren, junto a la cabecera de un enfermo, durante un paseo, en la ciudad o en la montaña. El 14 de mayo de 1922, Pier Giorgio se inscribió en el círculo “Milites Mariae” de los Jóvenes de Acción Católica, en su parroquia de Turín. En estos grupos juveniles Pier Giorgio encontraba el espejo de su modo de ser, un auténtico programa de vida, unido a sus compañeros por los mismos ideales, los mismos sueños, el mismo compromiso. Era para él una forma de ayudarse mutuamente a ser fieles, a crecer.

En contra de las ideas políticas de su familia, Pier Giorgio llegó a ser miembro activo del Partido del Pueblo, que promovió en esa época las originalísimas ideas sociales de León XIII. Era aguerrido, con facilidad de palabra, hablaba con calor y convencimiento. Se las ingeniaba para visitar los barrios más pobres y frecuentaba los círculos de obreros y estudiantes. Alguna vez, por defender sus ideas, en un país donde el fascismo iba tomando cuerpo, tuvo que sufrir la violencia de la policía anti-motines, enarbolando una bandera. En 1921, en el primer Congreso de la Paz Romana, celebrado en Rávena, lanzó la idea de unir la Federación de los Universitarios Católicos con la de los obreros. Cuando se trataba de defen­der la dignidad humana, Pier Giorgio se encontraba siempre en primera fila. Reconoció desde el principio el verdadero rostro de las ideas políticas dominantes y se opuso a ellas, como lo hizo también ante la violencia y vejaciones de los comunistas.

Frassati en una fiesta con sus amigos

Una de sus virtudes más destacadas era el modo como, en sus circunstancias de estudiante, vivía la caridad. Pero no sólo la de dar unas moneditas a un pobre de la calle, o del que regala el tiempo que le sobra. Dedicaba mucho tiempo a la semana a sostener material y espiritualmente a los más necesitados y enfermos: cuidaba a los huérfanos, enfermos y soldados que volvían de la Primera Guerra Mundial. Recibía a diario la Sagrada Comunión y entendía la necesidad de agradecer ese don invaluable también con sus propias obras: “Jesús me visita cada mañana al comulgar; yo le devuelvo la visita, visitando a los pobres”. Pier Giorgio llegó a decir: “no basta la caridad, necesitamos una reforma social”. Y se empeñaba en ambas. Ayudaba a los pobres, usando el dinero que tenía para su propio transporte, lo que suponía a veces ir caminando a casa. No se limitaba a dar cosas. Se entregaba él mismo, viviendo esa opción como un privilegio. Algunas veces, por ejemplo, sacrificó sus vacaciones en la confortable casa de verano que tenía su familia en Pollone para continuar algunas labores sociales que había emprendido en la ciudad y así explicaba el cambio de planes: “Si todos se van de Turín, ¿quién se encargará de los pobres?”. Un día antes de morir, con la mano paralizada, escribió un recado para un amigo recordándole que había quedado pendiente conseguir unas inyecciones para un pobre enfermo, un hombre converso, que él mismo atendía. Cuando Pier Giorgio murió, muchos de esos pobres que atendió por siete años, se sorprendieron de que perteneciera a una familia tan rica.

El Papa Juan Pablo II lo llamó “hombre de las Bienventuranzas” y lo ha presentado en muchas ocasiones como modelo para la juventud. Dice de él: “Pier Giorgio Frassati nos muestra al vivo lo que realmente significa, para un joven laico, dar una respuesta concreta al “Ven y sígueme”. Basta echar una ojeada, aunque sea rápida, sobre su vida, que se consumió en el arco de apenas 24 años, para entender cuál fue la respuesta que Pier Giorgio supo dar a Jesucristo: fue la de un joven moderno, abierto a los problemas de la cultura, del deporte, a las cuestiones sociales, a los auténticos valores de la vida; y al mismo tiempo, la de un hombre profundamente creyente, compenetrado con el mensaje evangélico, solidísimo en su carácter, coherente, apasionado en el servicio a los hermanos y consumado en un ardor de caridad que lo llevaba a acercarse, en orden de preferencia absoluta, a los pobres y a los enfermos”. Fue beatificado el 20 de mayo de 1990.

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