
Celebramos en este domingo la Fiesta del Bautismo del Señor, presentado en los evangelios como la teofanía de la presentación del Enviado del Padre a los hombres. Queda así completada la epifanía (manifestación) de quien viene a salvar a la humanidad del poder del pecado. La figura de un “Elegido” nunca ha sido tan ajena a la realidad de nuestras culturas ni mucho menos ha quedado restringida a una idea meramente política o de índole social. La base religiosa está más que latente en esta promesa mesiánica. Quizá el entorno del pueblo de Israel haya sido una buena tierra para aferrarse a esta pasión y, por tanto, a esta esperanza por el “Elegido” y que no solamente ha surgido en tiempos de crisis sino también ante cada ascenso al trono de un nuevo rey, buscando en él, el cumplimiento de las promesas de Dios: un tiempo de paz y prosperidad. Lo cierto es, que siempre en la historia de Israel lo religioso no podía estar desligado de lo social o lo político. Y la esperanza en este elegido tenía mucho que ver en un cambio de vida en todos los aspectos. Se ponía en juego, en definitiva, inclinarse entre la voluntad de cada cual y la voluntad de Dios.
El profeta Isaías, en medio de esta realidad de fracaso en la fidelidad de Israel a su Dios, presenta un modelo a seguir expresado en estos cánticos del Siervo de Yahvé. Es inevitable que más que fijar la mirada en la identidad de este “Siervo”, hay una denotada intención de que todo el pueblo asuma este estilo de vida fiel a la voluntad de Dios. “Mesías”, “Siervo”, “Elegido”; tantos títulos que no solo hablarían de una sola persona sino que simbolizaría el urgente llamado a que todo el pueblo lo sea. Pero era inevitable, que aquellas expresiones de esperanza tomasen rostro humano. Es aquí, donde cobra sentido la teofanía o manifestación divina de la elección de Jesús. Es interesante al escuchar el testimonio de Pedro referido por el autor de los Hechos de los apóstoles en el contexto de la visita a la casa del romano Cornelio, recordando que Jesús vino a salvar no solo a los judíos sino a todo hombre que busca en su corazón a Dios. Dios no hace distinciones en participar de esta condición: ser salvados, ser sus hijos. Y todo aquello, recuerda la intervención de Pedro, se inició cuando Jesús fue ungido por el Espíritu Santo.
Siempre es el deseo de los analistas el encontrar el punto de partida de algún fenómeno social o histórico, y los evangelistas no escaparon de este interés en torno al ministerio de Jesús. Marcos, el primero de ellos, lo refiere en el bautismo de Jesús. Quiere presentar al Mesías como el cumplimiento de las promesas en la tradición profética (figura de Juan – Mc 1,2-8) y en la apertura de un tiempo donde se hace necesario asentar el poder y la soberanía de Dios (el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se ha acercado – Mc 1,15), sobre el poder de los espíritus impuros, opuestos al plan de salvación de Dios. De esta forma, el agua bautismal de Juan, un signo de preparación para este tiempo oportuno (kairos) se convierte en medio para descubrir al “que es más fuerte que yo (Juan)”, al que emerge de las aguas para ser presentado con la fuerza del Espíritu que baja sobre él, como el Elegido, pero aún más, revestido con la dignidad de Hijo por la voz del Padre. Los cielos desde entonces han quedado desgarrados, abiertos, y es en este elegido donde todos necesitamos emerger también de las aguas purificadoras del pecado y ser revestidos también de la fuerza del espíritu y poder comportarnos como verdaderos hijos de Dios. Con esta inmensa alegría, hagamos del templo de nuestra vida un himno de alabanza a nuestro Padre Bueno y gritemos: “¡Gloria!”
No olvidemos que en medio de nuestras debilidades y pecados hay alguien especial que siempre será “el más fuerte”, en quien podremos siempre apoyarnos para reconocer la dignidad a la que hemos sido llamados y de esta manera abrir nuestro corazón a la soberanía de Dios. Y yo añadiría algo más: ¿es que yo mismo no puedo complacer también a Dios? ¿Acaso no soy su hijo amado? ¿Por qué no puedo convencerme de que con mis actos puedo ser reflejo del Hijo amado que es Jesús? Hemos sido ungidos en el Ungido; hemos sido consagrados en el Elegido; hemos sido salvados en el Salvador. Dios no hace distinción de personas, Dios llama, Dios elige, Dios otorga una misión. ¡Atrévete a aceptarlo en tu corazón!
Tiene razón, pues, el salmo 28 en su invitación, pues solo los hijos de Dios pueden aclamar el nombre del Señor, el “más fuerte”: “La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica. El Dios de la gloria ha tronado, en su templo un grito unánime: ¡Gloria!”.







