Bautismo del Señor (reflexión de Javier Balda, C.M.)

Francisco Javier Fernández ChentoHomilías y reflexiones, Año ALeave a Comment

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Author: Alfonso Berrade, C.M. .
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baldaEl bautismo de Jesús, en el río Jordán fue una impresionante manifestación, una maravillosa y misteriosa epifanía de Dios. Ahora no es en el pesebre de Belén, ni en la estrella que brilló en el cielo, sino en el río, donde bautizaba Juan. Ahora se abre el cielo de par en par y no son los cantos jubilosos de los ángeles los que se oyen, sino la voz del Padre que nos presenta a su Hijo Amado. Ahora no son las súplicas de los profetas que piden la pronta llegada del Mesías prometido, sino la presencia del Espíritu Santo que se posa sobre Jesús y señalan que desde ese momento Jesús es el Ungido, el Cristo, el Mesías de Dios.

La experiencia bautismal

Han pasado los tiempos de Navidad y Epifanía. Han pasado los años de la «vida oculta» en Nazaret junto a María y José. Jesús acude a la llamada de Juan que viene del desierto y hace resonar un mensaje que corre de boca en boca y pone en pie a todo un pueblo. Juan asegura que el Reino de Dios está cerca, que el Mesías prometido está llegando y pide que todos se preparen y se conviertan para acertarlo. Por eso, para que todos los corazones estén limpios, invita a bautizarse en el Jordán, a participar y celebrar un bautismo de penitencia y conversión.

Jesús siente que «ha llegado su hora». Se despide de su familia y de sus amigos de Nazaret y se coloca en la fila de los que acudían a Juan. Jesús, como si fuera un pecador más, quiere ser bautizado por Juan.
El bautismo de Jesús supuso algo mucho más profundo y radical que lo que pedía y exigía Juan.

La irrupción de Dios

Cuando Jesús salió del agua, algo maravilloso, sublime, extraordinario y divino sucedió: Sobre Jesús descendió el Espíritu Santo y se escuchó la voz del Padre que decía: «Este es mi Hijo Amado». ¿Quién podrá explicar esta experiencia de Jesús?

La experiencia del Espíritu Santo

Ya lo había anunciado el profeta Isaías: «Reposará sobre Él el Espíritu del Señor»

La presencia y la unción del Espíritu Santo penetrarán plenamente en Jesús y lo colmará de gozo y fortaleza. Jesús, a partir de este momento, siempre se dejará guiar por el Espíritu Santo. Siempre vivirá y se manifestará como el «Ungido», «el Cristo» «el Mesías de Dios».

La voz del Padre

El Padre proclama que Jesús es «su Hijo Amado y predilecto» Esta relación de paternidad y filiación es la que realmente y a ple­nitud definen a Jesús. Era la palabra más grata y sublime que Jesús podía escuchar. ¿Y qué otra cosa manifestará Jesús con gozo? cuando repita constantemente en su oración: «Abba, Padre, soy tu Hijo. Aquí estoy siempre dispuesto para hacer tu voluntad».

En el día de su bautismo, Jesús recibe su tarjeta de identidad y la tarjeta de la misión que debe cumplir. Por eso desde ese momento, Jesús se entregará enteramente a las «cosas del Padre» guiado siem­pre por la luz del Espíritu y acompañado por su fuerza que nunca le abandonará. Jesús ya no volverá a Nazaret para quedarse en su casita sino que comenzará a recorrer los caminos de Palestina, anunciando «la «Buena Nueva de la Salvación» para todos les que crean en Él.

Nuestro bautismo

Nosotros no recibimos el bautismo de Juan sino el bautismo de Jesús, que lo acepta, lo vive y nos lo entrega en la Cruz.

El bautismo de Juan era una llamada a la conversión, el bautis­mo de Jesús es una llamada a la santificación. El bautismo de Juan era una llamada ante la inminente llegada de Jesús, el bautismo de Jesús es una llamada a su aceptación. El bautismo de Juan era un bautismo de agua, el bautismo de Jesús es un bautismo de agua y Espíritu. El bautismo de Juan era una llamada a la penitencia, el bau­tismo de Jesús nos invita a vivir el amor filial y fraterno con Dios y los hermanos.

El bautismo de Jesús perdona el pecado, nos transforma en hijos amados de Dios, en templos del Espíritu Santo y nos convierte en miembros activos y comprometidos dentro de su Iglesia y del mundo.

Conclusión

El Papa Juan Pablo II nos decía en cierta ocasión: «¿Quieres ser bautizado? Piensa que es lo mismo que si te preguntas: ¿Quieres ser santo? Lo que Jesús te ofrece es un camino de santidad, una vida contagiada de divinidad.

Compromiso

Vivir nuestro bautismo para que podamos escuchar la voz de nues­tro Padre que nos dice: «También ustedes son HIJOS AMADOS MÍOS».

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