Bárbara Angiboust, una Hija de la Caridad silenciosa (Tercera parte)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Martínez, C.M. · Año publicación original: 1994 · Fuente: Folleto "Las cuatro cumplieron con su misión" (Asociación Feyda, Teruel, 1994).
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La alegría le duró tres años. En la primavera de 1652, la condesa de Brienne, Dama de la reina Ana de Austria y Dama de la Caridad del Gran Hospital, pidió Hijas de la Caridad para atender su ciudad de Brienne-la­Cháteau repleta de pobres hambrientos. Los alrededores eran un desierto arrasado por la guerra con los españoles. Las Hijas de la Caridad que fueran allá debían amar a los pobres entrañablemente y ser sacrificadas pues también ellas pasarían hambre. Los fundadores eligieron a Sor Bár­bara y a Sor Juana, una Hermana sacrificada pero apocada y de pocos alcances, con el inconveniente de no saber leer para poder llevar la es­cuela.

Cuando las dos Hermanas llegaron a Brienne se les cayó el alma a los pies. Sor Bárbara había visto pobrezas pero aquello era miseria desoladora. Pasaron los días y Sor Bárbara se descorazonaba. No tenía nada para dar a los pobres ni para comer ellas mismas. Vivían de limosnas, pocas, que ella empleaba para los pobres. Acudió a la Condesa de Brienne y a Santa Luisa. No pedía nada para ellas, solo pedía para los pobres. Luisa le escribió, sobre todo para que no se desanimara: «Estáis viendo infinidad de miserias que no podéis socorren pues también Dios las ve». A Él le toca socorrerlas. No podía enviarles dinero por miedo a perderlo en el camino. Esperaría que la condesa fuera a su ciudad y entonces les daría dinero, ya que la condesa llevaba buena escolta. Las dos Hermanas, casi sin comer, repartían lo poco que les llegaba.

En octubre llegó la paz a Paris y sus alrededores y, con la paz, los alimentos. Desde Paris tanto la condesa como Santa Luisa les enviaban dinero. La alegría entró en casa de las dos Hijas de la Caridad. Ahora sí podían atender a los pobres. Sin embargo, el trabajo era enorme y Sor Bárbara estaba débil, tenía además 48 años, una anciana para aquella época. Sor Juana, más joven, se deshacía trabajando. Necesitaban una tercera Hija de la Caridad, pero la señorita Le Gras no tenía. Como una excepción les recomendó que cogieran una empleada. La situación se alivió.

En 1639 había ingresado también Hija de la Caridad Cecilia, herma­na de Bárbara. Luisa de Marillac las estimaba y las quería. En aquellos tiempos inseguros de los comienzos las dos hermanas fueron dos pilares que aseguraron y afirmaron la Compañía. Siempre que escribe a una le da noticias de la otra hermana. Siempre noticias buenas que las llenaban de alegría. Sin embargo el 8 de febrero de 1653 Santa Luisa escribió a Sor Bárbara noticias tristes: su padre y su hermano habían muerto. Santa Luisa la consuela y le dice cómo está Sor Cecilia y cómo se porta mejor que nunca. Seguramente Sor Bárbara recordaría los días que pasó en su casa y hacía las veces de madre para sus hermanos, recordaría el día en que salió del pueblo, hacía justo veinte años, sin volver a visitarlo, y lloró y rezó por ellos.

Brienne estaba en paz. Pero por la ciudad se escuchaban noticias preocupantes: Sainte-Ménéhould, a tan solo cien kilómetros al norte, había caído en poder de los españoles en noviembre de 1652. La Guerra de los Treinta años había terminado con la Paz de Westfalia, pero España no la firmó esperando arrancar a Francia una paz más ventajosa.

Cuando terminó la Fronda, el perdedor incondicional fue el Príncipe de Condé que prefirió abandonar su enorme fortuna y sus posesiones y expatriarse a los territorios españoles de los Países Bajos. España le nom­bró generalísimo de los ejércitos del Rey. Al frente de un ejército español invadió el nordeste de Francia y se apoderó de gran número de plazas fuertes, entre ellas Sainte-Ménéhould, puerta valiosa en la guerra.

Francia la necesitaba para impedir el ataque a Paris y para contratacar las posesiones españolas de Luxemburgo. Todo el año 1653 fue una con­tinua batalla sitiando, perdiendo y recuperando plazas fuertes y cuarteles de invierno. El 20 de noviembre de 1653 Sainte-Ménéhould fue recupe­rada por los franceses. El sitio y la batalla final desparramó por el campo infinidad de cadáveres y de heridos que transportaban al hospital de Chálons-sur-Marne, convertido en hospital militar.

Ana de Austria pidió misioneros paúles e Hijas de la Caridad para atender a sus soldados heridos. San Vicente y Santa Luisa quedaron ató­nitos al recibir la petición. Era la primera vez en la historia que unas mujeres cuidarían de los heridos en el mismo campo de batalla. Las Hi­jas de la Caridad temblaron solamente al escuchar que debían cuidar a soldados. La mayoría de ellos eran aventureros, bandidos, revoluciona­rios y borrachos; es decir, mercenarios de cualquier nacionalidad y reli­gión o de ninguna, que se alquilaban al mejor postor y se les pagaba con el pillaje, permitido por los jefes. Violaban, robaban, torturaban y asesi­naban, llevando la desolación y la ruina a las tierras por donde pasaban, acaso el país de alguna Hija de la Caridad.

Para cuidar a esta chusma Santa Luisa escogió a tres de sus hijas. Al frente iba Sor Ana Hardemont. Pero mandó a Sor Bárbara que fuera a Chálons para ayudarlas. En Brienne quedó la pobre Sor Juana continua­mente llorando al verse la responsable de la obra. Al poco tiempo hubo que abrir una especie de dispensario en el mismo cerco de Sainte­Ménéhould y allá fue Sor Ana, a veces sola a veces con otra compañera. En Sainte-Ménéhould hacían las primeras curas y luego los heridos pasa­ban al hospital de Chálons. Aquí quedó como responsable Sor Bárbara haciendo malabarismos para conjugar a las Hermanas entre Brienne y Chálons. San Vicente y Santa Luisa estaban tranquilos. Sabían que Sor Bárbara tenía arranque, firmeza y bondad para dirigir a las Hermanas y a los soldados. Procuraba que todas las Hermanas hicieran oración todos los días y los fieros soldados eran como niños delante de ella. Y lo más emocionante era ver cuánto la querían. El obispo de Chálons no la deja­ba marchar, el deán de Brienne la reclamaba, San Vicente la felicitaba y Santa Luisa depositaba en ella su confianza. El Ayuntamiento de la ciu­dad alabó el servicio de las Hermanas, el obispo quedó admirado del orden que había en el hospital, la reina y el rey que llegaron a Chálons recibieron a las Hermanas en público y ante todos los nobles las agasaja­ron y felicitaron. ¡Toda una Hija de la Caridad, a pesar de estar agotada y enferma y ser casi una anciana para aquel siglo!

En diciembre ya no hay heridos y vuelve a Brienne con el alborozo alegre de Sor Juana, pero por poco tiempo. En febrero de 1654 Luisa la llamó a Paris para ir a fundar una Comunidad en Normandía. La Cofra­día de la Caridad que habían fundado los misioneros paúles después de una misión pidieron Hijas de la Caridad. Hacia setiembre marchó a Bernay con Sor Lorenza, una Hermana joven. La fundación parecía tranquila y la señorita Le Gras la enviaba con idea de que descansara. Lo merecía aquella mujer debilitada por tantos años de servicio en favor de los po­bres.

El viaje fue cómodo y alegre por Mantes-la-Jolie y Evreux, pues el tiempo era agradable, ni frío ni calor. Era primavera. Al llegar a Bernay Sor Bárbara sintió que el corazón se le rompía de emoción. Estaba en una pequeña ciudad tranquila del campo; le daba la sensación de que había mucha gente de bien, muchos ricos venidos a menos y bastantes pobres. No distinguía que hubiera rencor entre unos y otros. Caminando hacia la iglesia cercana, casi sin darse cuenta, Sor Bárbara y su compañe­ra se presentaron a las Damas de la Caridad.

El recibimiento fue simpático por lo espontáneo. La Presidenta les señaló su servicio: una escuelita de niñas, la catequesis a las mujeres y atender a los enfermos pobres. Justamente como en los inicios de la Com­pañía, cuando entró ella, pensó Sor Bárbara; y añadió para sus adentros: especialmente a los pobres vergonzantes (ricos caídos en la pobreza a causa de las guerras) como insistentemente se lo había recalcado la seño­rita Le Gras. El alojamiento de las dos Hermanas era pobre, muy pobre. Y esto le alegró a Sor Bárbara. No obstante una de las señoras precisó que era un alojamiento transitorio.

Desde este día comienza una correspondencia entre Sor Bárbara y Santa Luisa y San Vicente. Es una correspondencia amable de descanso. En las cartas se nota ese cariño que se tienen los tres santos. Las cartas de San Vicente son de dirección espiritual y de dirección de una obra reli­giosa. Las de Santa Luisa son cartas de organización, de animación y de diálogo entre dos amigas. En ellas hablan, como dos amas de casa, de precios, de hilos, de telas, de cacharros y, muy propio de la señorita Le Gras, se dan noticias de los familiares, de las Hermanas y de las obras. Son años de paz para la persona de Sor Bárbara Angiboust.

Hacia 1656, en las cartas entra un elemento transcendental para la mentalidad futura de la Compañía. Sor Bárbara ama a los pobres como pocos son capaces de amarlos. Pide que se mejore la situación de los enfermos, y se piensa hacer un hospital nuevo. Luisa de Marillac los ama tanto o más que ella y es más lista y más realista; por ello anota varias circunstancias:

Vicente de Paúl, el superior, es reacio a hacer hospitales en los pue­blos donde hay Caridades de señoras, por el peligro de desentenderse de la visita personal a los pobres.

No se puede exigir a las familias un gasto tan exorbitante como es la construcción de un hospital nuevo en unos años de graves trastornos eco­nómicos.

Un hospital es un refugio aceptable para muchos pobres, pero hay otros pobres, los vergonzantes, que nunca irán a él por la humillación que supone para unas familias que antes tenían dinero y eran atendidos por los médicos en sus casas. Hay peligro de que nadie les atienda en adelante.

Si, a pesar de todo, se hace el hospital, no debe ser lujoso, con gastos superfluos y escandalosos ante otros pobres.

En cuanto a la vivienda de las Hijas de la Caridad es necesario que sea sencilla y dé la sensación de vivir en la pobreza. Pues la Hija de la Caridad no puede tener «nada más que el vivir y el vestido que Dios hace que se lo den gratuitamente».

Sor Bárbara comprendió y logrará que así se hiciera. La impresión que causaban Sor Bárbara y su joven compañera era arrebatador. Varias jóvenes querían ser Hijas de la Caridad. Sor Bárbara se lo comunicaba entusiasmada a Santa Luisa, pero Santa Luisa y San Vicente temían que las jóvenes sintieran tan solo curiosidad por ver Paris y no una vocación divina. Había necesidad de probarlas seriamente.

Así iban pasando los meses. Así pasaron dos años. Desde finales de 1656 la señorita Le Gras le iba insinuando cómo alejada de las demás comunidades había una casa de Hermanas, por la que ella sentía una compasión y un cariño sin medida. Era la Comunidad de Sainte-Marie­du-Mont, en Normandía, no muy lejos de Cherbourg. La aldea estaba fuera de las líneas de comunicación. A la aldea de Sainte-Marie no llega­ban ni las diligencias ni el correo. Sor Claudia Chanteron y Sor Isabel de Angers sintieron las alegrías de los pobres y el afecto de la duquesa de Ventadour que las había llamado, pero sufrieron la terrible sensación de vivir incomunicadas de sus compañeras. Las cartas iban a Bernay, de aquí a Carentan, y si algún vecino pasaba por allí recogía lo que hubiera para el pueblo. Si nadie pasaba, a esperar a veces meses. La señorita Le Gras, que tembló de soledad, se enteró que había muerto Sor Claudia, y Sor Isabel, en la soledad, pedía una compañera. Santa Luisa rogó y forzó a Sor Bárbara que ella, la más cercana, a unos 150 kilómetros, la visitara, pasara con ella un tiempo y le trajera noticias a Paris, pues en marzo le había enviado a Sor María como compañera, pero no tenía noticias segu­ras de su vida y de sus necesidades.

Y Sor Bárbara Angiboust, enfermiza y cargada de años, se dispuso a hacer los 150 kilómetros en julio de 1657. En una diligencia hasta Caen. Nueva diligencia hasta Carentan. Aquí se acabó la civilización. A pie, en mula o en alguna carreta de quien pasara, por montes, veredas y bosques, la buena Sor Bárbara llegó a Sainte-Marie. Los gritos de alegría y las lágrimas de emoción se mezclaron en el abrazo y en los besos que se dieron. Sor Isabel y Sor María casi no podían creerlo. Sor Bárbara, la amiga de Luisa de Marillac, una de las primeras Hijas de la Caridad venía a visitarlas y a quedarse un tiempo con ellas. Y era la señorita Le Gras quien se la enviaba.

Sor Bárbara llevaba órdenes bien precisas: volver directamente a Paris por el camino más rápido. Y así lo cumplió. Sin detenerse en Bernay llegó a Paris. Largamente en una conversación de amigas Sor Bárbara le contó a Luisa de Marillac dónde estaba el pueblo, cómo era la gente, qué trabajo tenían las Hermanas y qué vida llevaban. Santa Luisa se tranqui­lizó. La duquesa de Ventadour, una devota firme, se preocupaba de ellas. Mientras Bárbara, sentada al lado de Luisa, hablaba y hablaba, a Luisa de Marillac el Espíritu de Dios la iba iluminando: ¡Cháteaudun! El pro­blema de Cháteaudun lo podría solucionar admirablemente esta mujer, Hija de la Caridad de cuerpo entero. Al terminar la conversación tan sólo le dijo:

No vuelvas a Bernay hasta que yo haya hablado con nuestro padre Vicente. Acaso no vuelvas a Bernay.

Pero mis cosas las he dejado allí —le dijo Sor Bárbara.

Ya las mandaremos traer —le aseguró la santa.

De acuerdo con San Vicente, al de unos días salió como Hermana Sirviente para Cháteaudun, no lejos, al suroeste de Paris. Su misión era devolver la observancia a la comunidad. Al llegar a Cháteaudun Sor Bárbara no innovó nada. Eso sí, las Hermanas notaron que observaba el reglamento con toda naturalidad y arrastraba a las compañeras. Aún es­tando enferma acudía a la oración con todas. No dejaba la oración, sa­biendo anteponer el servicio a la oración; los pobres eran los únicos que podían romper, si era necesario, la puntualidad. A la gente le extrañaba esta observancia.

Los años y Santa Luisa la habían hecho más flexible, pero había co­sas que ella, atenta a las directrices de San Vicente en los mínimos deta­lles, no podía tolerar. Al de unos meses comprendió dónde estaba el pro­blema de la comunidad. Era una comunidad entregada a los pobres, el trato mutuo rezumaba caridad, se sacrificaban por atender a la gente de la ciudad. Y éste era su fallo: cualquiera entraba, no sólo en el hospital, sino también en las dependencias de las Hijas de la Caridad. Las habita­ciones de las Hermanas, sagradas para San Vicente de Paúl, eran como locutorios donde cualquiera podía entrar para hablar con ellas. Cierta­mente tan sólo entraban a la sala, a la cocina, a los pasillos, pero alguna vez entraron hombres. Y ésto se propuso atajar radicalmente Sor Bárba­ra.

Un día un señor de la ciudad fue a la puerta de las dependencias de las Hijas de la Caridad en el hospital y la encontró cerrada; llamó, le abrió Sor Bárbara y le llevó a un recibidor. El buen hombre quedó cortado, ¿era desconfianza? y lo contó en la ciudad. La gente se extrañó y lo criticó, pero de una manera suave. Al de unos días un sacerdote intentó entrar en casa de las Hermanas y Sor Bárbara enérgica se puso delante y le dijo: «Pero, padre, ¿va a entrar usted en donde no hay más que muje­res?». Y tomándolo del brazo lo sacó fuera. Aquello era demasiado. La superiora no se fiaba ni de los curas. La ciudad se alborotaba con aquella enérgica superiora. Pero, por otro lado, era amable con la gente, caritati­va con todos y los enfermos la adoraban. Las Hermanas se iban poniendo al lado una Hermana Sirviente que ponía orden en la casa, que las guiaba en la espiritualidad y que no hacía nada más que cumplir lo que tanto les inculcaba Vicente de Paúl.

Pero los eclesiásticos estaban heridos. Una noche, cuando las Herma­nas se habían retirado, enviaron a un mozo conocido por su violencia a encender el candil. Llamó a la puerta, le abrió Sor Bárbara y el mozo, de un empujón, la echó a un lado. Sor Bárbara volvió a interponerse y orde­nó al joven que saliera. Ella le encendería el candil. La respuesta fue una bofetada que le hizo girar la cara y casi caer contra la mesa. El joven se detuvo al comprender lo que había hecho. Momento que aprovechó la superiora para sacarlo dócilmente hasta la puerta, encender el candil y entregárselo con toda calma.

El suceso se conoció en la ciudad y no gustó. La gente empezaba a dar la razón a la superiora: a las mujeres no trataba de aquella manera, era virtuosa y no hacía nada más que cumplir sus reglas. Pasados unos meses toda la ciudad la alababa. Se había ganado aún a los que murmu­raron su primera decisión. En Paris Luisa de Marillac la felicitaba y la animaba a seguir la pequeña «reforma».

Da la impresión, por las cartas que le escribe Santa Luisa, que la ha convertido en una especie de asistente suya para que atienda también a la comunidad de Varize, a la que debe visitar y solucionar sus problemas, a pesar de tener su Hermana Sirviente. Ella debe darle noticias y examinar las necesidades de las Hermanas, y si lo ve apropiado cambiar alguna Hermana entre Cháteaudun y Varize. Las cartas son a veces cartas senci­llas entre dos amigas que se estiman y que se quieren. Luisa se fía de ella cuando se entera que Sor Ana desea hacer una peregrinación. Lo deja todo en sus manos, aconsejándola únicamente que la ponga en buena compañía para el viaje.

Poco tiempo estuvo en Cháteaudun. Unos días antes de Navidad de 1658 cayó enferma. Ella sintió que era el final. Llamó a los niños huérfa­nos del hospital que amaba como a hijos y les recomendó sus deberes. A las Hermanas las animaba a vivir unidas y a servir a los pobres con todo el esfuerzo. Nunca olvidaron una frase que les dijo antes de morir: «Hace ya veinte años que estoy en la Compañía. Gracias a Dios nunca he sen­tido molestia alguna. Trabajad, hermanas mías, tened ánimo y no te­máis». El 27 de diciembre, de madrugada le llevaron la Comunión y se le escapó una frase: «Amor mío». Parece cursi para las personas vulga­res, pero es el grito de amor de un alma santa. A las siete de la mañana expiró.

Cuando se supo la noticia la gente decía que si la muerte se podría comprar con dinero, no la hubieran dejado morir. Toda la ciudad pasó a darle el último adiós. Al verla, comentaban: la han maquillado, parece que está viva. Pero no, era la belleza de la santidad sencilla. Le echaban agua bendita como si fuera una bienaventurada y pasaban los rosarios por su cuerpo como por el de una santa. Dicen que pasó toda la ciudad y que al entierro asistieron los notables de la ciudad y las autoridades.

Santa Luisa ya lo esperaba pero cuando llegó la noticia sintió que se le desgarraba algo en su interior. Era un dolor sereno lo que sintió la santa, pero dolor. La noticia se la trajo una señora de Chñteaudun que la había asistido en sus últimos momentos. Venía de parte de las Hermanas y les traía una carta.

Al recibir la noticia, la señorita Le Gras le escribió a Vicente de Paúl: «¡Por el amor de Dios! Dígase una Misa cantada por nuestra difunta Sor Bárbara, como muy antigua en la Compañía y muy fiel a su voca­ción; llamaremos a todas las Hermanas y creo que será para ellas de gran consuelo y estímulo para obrar bien».

El 27 de abril de 1659, San Vicente de Paúl tuvo una conferencia sobre sus virtudes, y otra el 11 de noviembre. Todas las Hermanas se convencieron de que habían tenido por compañera a una santa.

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