Ayer y hoy de las Misiones Vicencianas en España. Visión histórica: 1965-1978

Francisco Javier Fernández ChentoMisiones «Ad gentes»Leave a Comment

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Autor: Florentino Meneses, C.M. · Año publicación original: 1987 · Fuente: XIV Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca.
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El contenido de la presente «comunicación» se circunscribe tan sólo a los años que se indican en el epígrafe. Por consi­guiente, todos los hechos misioneros que en ella se describan no se remontarán, ni por detrás ni por delante, a ninguna otra época histórica que no sea la enunciada en el título. En cualquier caso, las alusiones que hagamos a hechos acaecidos fuera de este período, se introducen aquí solamente por cuanto las consideramos pertinentes para aclarar lo que afirmamos en nuestro estudio.

¿Años de «crisis» o años «puente»?

No es cosa fácil, y a veces hasta resulta incómodo, hurgar en la «memoria histórica». Sin embargo hay que hacerlo, porque sólo conociendo el pasado se puede analizar el presente y aún intuir el futuro. La historia jamás podrá ser borrada. Al contrario, se levanta ante nosotros como una interpelación constante, que nos relanza hacia un futuro esperanzador. Lo que aquí se dice de la «memoria histórica» en general puede aplicarse, con las matizaciones del caso, a la historia misionera y, más concretamente aún, a la historia reciente de las Misio­nes Populares Vicencianas en España.

El propósito de este estudio consiste en hacer la descripción de una pequeña parte de esa historia, a saber, la del período comprendido entre los años 1965-1978. Los hemos llamado «años-puente», porque en ellos se realizó la transición de los viejos, a los nuevos métodos de predicación misionera.

a) «Crisis» de las misiones populares

A diferencia de las anteriores, las décadas que siguen inmediatamente al Concilio Vaticano II, se caracterizan por la «decadencia de las misiones»1. En esto están de acuerdo todos los cronistas y escritores de la época: «La atonía de las nuevas generaciones en relación con las misiones se debe a la ignoran­cia y falta de ilusión de los jóvenes…»2. Las misiones popula­res, en efecto, estaban atravesando entonces por una crisis profunda, hasta tal punto, que el autor de una interesante síntesis sobre los ministerios pastorales realizados por la pro­vincia de Madrid para ser enviada a la Asamblea General Extraordinaria de la Congregación de la Misión (1968-1969), escribía: «Con ser las misiones el ministerio principal y más propio de la Compañía, ni las preguntas que sobre ellas se hacen en el cuestionario parecen estar a la altura de esta importancia, ni las respuestas parecen tampoco estar escritas con mucho entusiasmo»3. Otro misionero, cronista oficial de una de las provincias de la C. M. en España, añadía: «Sobre las misiones, puesto que al parecer, uno de los factores negativos principales para su buena marcha radica en la crisis de perso­nal: escasez de misioneros jóvenes que reemplacen a los vetera­nos, se deduce la necesidad de crear un equipo misionero más joven y más dedicado a este ministerio, aunque tenga que ser más reducido. Igualmente el intercambio y estrechamiento de filas con las otras provincias en el estudio de la problemática y puesta al día en su realización»4. Los testimonios precedentes son el mejor aval escrito que habla de la existencia de una crisis innegable en nuestras misiones populares.

Por su parte, el Superior General de la C. M. apuntaba algunas posibles causas de dicha crisis misionera: «Nos debe­mos preguntar a nosotros mismos: el descenso gradual de las misiones populares será debido

  • ¿solamente a razones sociológicas y religiosas que han hecho que este ministerio sea menos útil que en tiempos pasados?
  • ¿a una demasiado fácil selección por nuestra parte de otros ministerios más genéricos?
  • ¿a un cierto debilitamiento de nuestro celo para la salvación de los pobres, o a una cierta falta de confianza en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo?
  • ¿al fallo, por nuestra parte, de no haber inventado nuevos caminos o maneras nuevas de llegar a la mente y al corazón del hombre moderno?» (cf. Anales, 1983, pp. 485­486).

b) Los años «puente»

Pero los arios a que se refieren estas páginas, además de «críticos», fueron también «años-puente», lo que indica que no todo en ellos fue negativo, sino que hubo mucho de positivo y aprovechable. Fueron años de búsqueda. Durante esta época, en efecto, se fue gestando paulatinamente el paso de la «misión tradicional» a la «misión renovada». Los observadores inter­nos de la vida y ministerios de la Congregación no dejaban de reconocer que las provincias españolas, unas más y otras menos, seguían conservando una fidelidad, aunque mínima, al «gran ministerio de las misiones parroquiales». Sin embargo, matizaba a continuación: «En España hay todavía muchos ambientes donde la disponibilidad del pueblo de Dios es espléndida, lo cual plantea al mismo tiempo un serio problema sobre la orientación adecuada de la evangelización en profun­didad». Y reconocían que «un equipo de misioneros organiza misiones y hace experiencias en este campo para ponerlas al día»5.

La decantación de todas estas experiencias se vería más tarde: a finales de la década de los 70. Mientras tanto iban apareciendo en el campo de la pastoral de misiones populares no pocos factores clave que hablaban ya, cierto que muy «subterráneamente», de renovación misional.

Por las sendas de la renovación misionera

La experimentación y la búsqueda son categorías innatas en la Congregación de la Misión. Ella nace precisamente buscando y experimentando. Por eso, cuando el Fundador estima que ha llegado el momento de que la Comunidad por él fundada disponga de un proyecto de vida y apostolado escrito, recordará a sus primeros compañeros cómo comenzaron a vivirlo primero experimentalmente6. San Vicente de Paúl era, como se ve por la carta-prólogo de las Reglas Comunes, un hombre pragmático. Y ese mismo talante lo heredó su Congre­gación.

Siguiendo esa misma línea experiencial, coloquémonos ahora en unos años más cercanos a nosotros. Veremos cómo la Hermandad Misionera de San Vicente de Paúl surgió precisa­mente como resultado de unas experiencias apostólicas realiza­das al alimón entre padres paúles y sacerdotes diocesanos. En 1945, una memorable conferencia de Pedro Langarica, C. M. al clero de la ciudad de Pamplona, fue el motivo determinante que movió a Mons. Olaechea a encomendarnos la dirección de la misión a aquella ciudad7. He aquí dos hechos-clave que han sido considerados por todos como el embrión germinal de lo que más tarde sería la Hermandad Misionera, dada a luz pública y oficialmente en la misión de Valencia (1949). Aunque estos hechos no pertenecen a la época que historiamos, deja­mos constancia de ellos para que se vea cómo nuestras misio­nes fueron evolucionando y enriqueciéndose al paso de la experiencia pastoral y según lo imponían las necesidades reales de la evangelización.

Adentrándonos ya en nuestro tema, nos colocamos en los años 60. En 1965, para ser más exactos. A partir de esta fecha, van a ir apareciendo una serie de factores que serán decisivos en la renovación de nuestras misiones.

Estos factores son, a mi juicio, de tres clases: personales, estructurales y temáticos. Como siempre que se trata de la historia salvífica, y las misiones tienen mucho que ver con ella, el «acontecimiento» es el que contribuye al cambio, o lo provoca. Pero…, citemos ya, uno por uno, esos «factores».

a) El factor personal

Digamos algo, en primer lugar, de las personas que son los agentes imprescindibles en toda evangelización.

Cuando está declinando la llamada «edad de oro» de las misiones populares vicencianas, se predica la gran misión a la ciudad de Sevilla8, que había sido precedida por otra de no menos importancia en Jerez de la Frontera, en el otoño ante­rior.

  • Pues bien; es precisamente en Sevilla donde, por vez primera, irrumpen con entusiasmo y eficacia en nuestras mi­siones los laicos vicencianos femeninos. Aquellos seglares eran las Voluntarias de la Caridad, entonces conocidas con el nom­bre de Damas9. Conviene que retengamos este dato que nos permitirá valorar el talante renovador por el que caminaban nuestras misiones en aquellas calendas10.
  • Todavía más. Hablando de personas y de su decisiva presencia en el apostolado de la Iglesia, ¿cómo olvidar a las Hijas de la Caridad? Ellas fueron, juntamente con las Damas, la novedad más brillante y eficaz en este despegue renovador de las misiones populares vicencianas por aquellos días11.

Me limito, por el momento, a consignar la aparición de unas y otras en el campo de las misiones populares. Más adelante especificaré sus tareas y lo valioso de la aportación de entrambas.

b) La temática misionera

En la tarea renovadora de las misiones subyace siempre, como elemento importantísimo, el asunto de los temarios. Ya el cardenal Tarancón, entonces arzobispo de Oviedo, lo reco­nocía sin ambages: «Las misiones están en crisis; no damos con un temario adecuado»12.

  • Hay que reconocer que nuestros misioneros, para ser más concretos, los que habían ido a la misión de Buenos Aires (1960), se habían familiarizado un tanto con otra clase de contenidos temáticos mucho más positivos que los utilizados por nosotros habitualmente. Aquel temario estaba inspirado en el de la misión de Milán (Italia). Sin embargo, fue con ocasión de la misión de Sevilla cuando, entre nosotros, se pensó, y se puso en práctica, una formulación temática mucho más positiva y actualizada de nuestras «funciones»13.
  • En 1968, Rafael Ortega, C. M., pronunciaba en Maja­dahonda (Madrid) una conferencia sobre teología pastoral titulada «nuevos métodos de evangelización», que abrió unas pistas ricas «y profundas para la renovación del temario de nuestra predicación misionera14.
  • Otro de los grandes hitos renovadores de nuestras misiones, surgido a raíz del Concilio, fue la 1.a Asamblea Nacional de la Hermandad Misionera. En ella se creó, entre otras, una importante comisión encargada de sugerir princi­pios doctrinales para la elaboración del temario misional. Con razón decían las crónicas que la Hermandad «proseguía su meritoria labor de revisión de los problemas de la pastoral misionera»15.
  • Con toda probabilidad, uno de los acontecimientos más relevantes dé estos años, relacionado con la actualización de las misiones parroquiales vicencianas, fue la Semana de Estudios sobre Misiones Parroquiales, celebrada en Madrid durante la segunda quincena del mes de septiembre del año 1972. El libro «Las misiones populares, hoy», de la Editorial «La Milagrosa», recoge las ponencias y conclusiones de aque­llas intensas jornadas de estudio16.

c) Procedimientos y métodos

Habrían de pasar todavía algunos años para que los méto­dos misioneros cambiasen en profundidad. Mientras tanto, en nuestras misiones continuaba mandando el método tradicio­nal en el que, justo es decirlo, se iban introduciendo poco a poco algunos elementos renovadores.

  • Tal ocurría, por ejemplo, con la llamada «misión infan­til». Precisamente en las misiones de Asturias, año 1970, se ensayó, con provecho, un nuevo ordenamiento celebrativo, mucho más litúrgico, en el que prevalecían los «signos» sacra­mentales, llenos de gran pedagogía, sobre aquellas clásicas «poesías», que los niños solían recitar como colofón de su misioncita en la llamada «fiesta infantil».
  • Otro tanto ocurría con la misión a la juventud, que también comenzó a evolucionar. Lenta, pero progresivamente, se fue habituando a los jóvenes a entrar en un ambiente particip’ ativo. Se comenzaba a dialogar sencilla y confiada­mente en clima de familia y de cercanía, utilizando la metodo­logía de las «ejercitaciones por un mundo mejor»: ver, juzgar y actuar.
  • En cuanto a los métodos masivos y un tanto ruidosos: rosarios de aurora, procesiones… etc., fueron recortándose poco a poco, sin eliminarlos del todo. Había que ponerse a tono con un estilo conciliar respetuoso con la libertad de las personas. Sin embargo, nada de esto significó para nuestras misiones un «encerrarse en la sacristía». La misión popular vicenciana se caracterizó siempre por su peculiar «populari­dad», fruto precisamente del carácter «secular» de la Congre­gación de la Misión. El misionero vicenciano de todos los tiempos ha sido un hombre cristiano que, con este o aquel método, se distinguió por su saber estar en medio del pueblo, acercándose, de manera especial, a los alejados (cf. Anales, 1945, pp. 124-125).

En resumen, estábamos todavía bastante lejos de la verda­dera «misión renovada»; pero todos estos factores eran ya, aunque tímidos, unos significativos avances.

d) Influencia de otros factores

Hay todavía otros dos factores, que creo conveniente des­tacar.

El primero proviene de las instancias supremas de la Con­gregación; del Superior General, P. Slattery, concretamente, quien instaba con apremio a una diligente promoción de las misiones populares por medio de una carta circular que él mismo titulaba «de missionibus sedulo promovendis»17.

En la historia contemporánea de las misiones populares vicencianas hay, sin embargo, un acontecimiento de especial relevancia. Me refiero al Encuentro de la Hermandad Misionera con el Episcopado español. Tuvo lugar en Roma en el otoño de 1965, en vísperas de la conclusión del Vaticano II. Don José María Eguaras, vicesecretario del episcopado y miembro exi­mio de la Hermandad, tuvo la feliz ocurrencia de preparar un encuentro del padre Langarica con los obispos de España sobre el tema «La Hermandad Misionera: naturaleza, objeti­vos, fines y miembros». A esta conferencia asistieron también algunos Prelados paúles de Hispanoamérica y no pocos sacer­dotes del Colegio Español en la «ciudad eterna»18.

Hasta aquí, los que me parecen jalones más destacados de aquellos años «puente» de 1965-1978.

Concilio Vaticano II y misiones

Una de las dimensiones más importantes del Vaticano II fue la misionera. El 6 de agosto de 1964, Pablo VI publicaba su carta encíclica programática «Ecclesiam suam», sobre los ca­minos que la Iglesia católica debe seguir en la actualidad para cumplir su misión. Era una encíclica abiertamente misionera; de acercamiento al mundo contemporáneo «con el que la Iglesia debe entablar diálogo»19.

A los paúles españoles, este talante misionero de la Iglesia del Concilio no les era extraña ni desconocido. Ellos habían tenido siempre plena conciencia misionera. Y la habían ejerci­tado y la seguían ejercitando. Piénsese en las misiones de Sevilla, Avila, Melilla, Chiclana, Ayamonte, Vejer de la Fron­tera, etc.20; o en las misiones colectivas en algunos arcipres­trazgos de las diócesis de Coria-Cáceres y de Ciudad Rodrigo, todas ellas predicadas en el año 1965. Al año siguiente, se inician los compromisos misioneros en gran escala con la diócesis de Oviedo, que será evangelizada por zonas pastorales durante cinco años. En estas misiones colaboraron brillante y eficazmente las Damas y las Hijas de la Caridad (cf. Anales, 1983, pp. 661-669). En 1970, se asume el compromiso de misionar toda la extensa diócesis alcarreña. Esta nos ocupará ocho años, es decir, hasta 1978. Se misionan también en su totalidad las de Coria-Cáceres y Ciudad Rodrigo. El carisma misionero vicenciano seguía estando vivo, al menos en un «pequeño resto», y ello a pesar de las voces de descontento que surgían dentro de la propia comunidad21.

El salto definitivo de la «misión tradicional» a la «renova­da» ocurrió en el mes de febrero de 1978, en Hinojosa de Duero, diócesis de Ciudad Rodrigo22. Este pueblo había sido misionado diez años antes por una bina de misioneros paúles y el párroco actual, el mismo de ayer, quería una nueva evangeli­zación de su parroquia, distinta a la anterior, es decir, una misión por «pequeños grupos» o «pequeñas comunidades cristianas» (nosotros las denominamos entonces «comunidades cristianas de caridad»). Los agentes de esta nueva experiencia misionera fuimos dos paúles y dos Hijas de la Caridad. Aque­lla experiencia resultó enriquecedora. Todo era nuevo y joven para nosotros: el método, los procedimientos, el sentido de equipo, las catequesis, la planificación en común, la revisión del proyecto misionero, la vida profundamente fraternal, las celebraciones litúrgicas tan vivas, y aquel «ágape» cristiano con que cerramos la misión… etc. Recuerdo que a falta de temario propio para utilizar en las catequesis de los «pequeños grupos», tuvimos que echar mano del material didáctico del equipo CESPLAM, de los PP. Redentoristas. «El grupo cris­tiano dialoga», o algo así, era el título del folleto que nos sirvió de base para las catequesis. Entre nosotros estaba comenzando (mejor: había comenzado ya), un nuevo tipo de misión.

Aquel ensayo de «misión nueva» quedó algo dormido durante un par de años, poco más o menos. Pero enseguida, al comenzar la década de los años 80 se puso nuevamente en marcha: la diócesis de Granada (1981), los pueblos de Baena y Punta Umbría (1982), otra vez la diócesis de Granada y Almería (1984), la ciudad de Segovia (1984), las diócesis de Navarra (1985), Avila (1985), Granada (1985), Huelva (1986), Toledo (1986), Cuenca (1986), Albacete (1986)…, etc., han sido testigos de este nuevo proyecto misionero que está dando mucho fruto. Hasta en el lejano Vicariato Apostólico de El Petén (Guatemala) cuajó con provecho este nuevo tipo de evangelización en línea neocatecumenal. Nuestro cohermano el obispo Mons. Jorge Mario se convirtió en el mejor propa­gandista que hasta ahora haya tenido la «misión renovada»: «Para mí, esta promoción de las comunidades es el fruto más valioso para Flores, y creo que también para Santa Elena y San Benito. Las reuniones de las comunidades de caridad continúan cada semana con marcado entusiasmo e interés»23.

Estadística misionera

En la década de los años 70 era frecuente leer en los boletines de las provincias de la C. M. de España frases como estas: «Hoy apenas si se dan misiones colectivas», o, «dentro de la precariedad general, se han dado algunas aisladas», o, «se habla mucho de la decadencia de las misiones»24. Esas expre­siones no eran exageradas ni pesimistas. Reflejaban la pura verdad. Sin embargo, y pese a todo, también era cierto que permanecía un «resto» que misionaba con regularidad, sin dejarse abatir por el desaliento. Hubo diócesis que fueron misionadas totalmente, por ejemplo: Sigüenza-Guadalajara, Coria-Cáceres, Ciudad Rodrigo. Otras lo fueron en grandes zonas de su población: Oviedo, Burgos,. Cuenca. Y, finalmen­te, muchas más lo fueron sólo ocasionalmente.

Resulta dificil hacer estadística de la época que nos ocupa, porque los cronistas no siempre fueron fieles en consignar por escrito los pueblos que misionaban. Aún en este tiempo se daban «misiones colectivas», sobre todo en las diócesis más rurales y humildes. A modo de comprobación numérica de lo que afirmo, ofrezco los datos que he podido investigar en Anales al respecto. La estadística se refiere solamente a los años 1966-1978:

  • Diócesis de Coria-Cáceres, arciprestrazgos misionados: 15
  • Diócesis de Ciudad Rodrigo, arciprestazgos misionados: 9
  • Diócesis de Oviedo, arciprestazgos misionados: 18
  • Diócesis de Sigüenza-Guadalajara, arciprestazgos misionados: 14
  • Diócesis de Cuenca, arciprestazgos misionados: 3
  • Diócesis de Burgos, arciprestazgos misionados: 3
  • Total arciprestazgos: 62

Calculando un promedio de 10 parroquias por arciprestaz­go, tenemos un total de 620 parroquias misionadas en estos trece años.

Hay todavía algo más. Durante este mismo período se misionaron, además, algunas zonas urbanas de importancia. Entre las ciudades evangelizadas hay que recordar: Avila, Ubeda, Granada (en colaboración con la FEDAP), Cáceres, Teruel, Badajoz (con los PP. Redentoristas), Vitoria (con las «Jornadas de Renovación en Cristo»), Guadalajara, Cuenca, Burgos (con las «Jornadas de Renovación en Cristo»). Aña­diendo al número de parroquias citadas más arriba los 120 «centros misionales» correspondientes a la totalidad de las ciudades que acabamos de enumerar, tenemos un total de 740 misiones predicadas en el período que abarca nuestro estudio. Y no contabilizo, por su complejidad, otras muchas misiones ocasionales y aisladas. Con toda seguridad se acercan mucho a las mil, si no rebasan este número, las misiones predicadas en los años 1966-1978.

En cuanto a los Padres Paúles que misionaron, contamos un total de 172. De estos, una gran mayoría, 69 exactamente, predicaron misiones muy rara y ocasionalmente: una sola vez, para ser más exactos. De aquel total de misioneros, sólo 25 superan (y algunos con creces) las diez misiones predicadas; y 78 están por debajo de esa última cifra.

Si queremos contabilizar los sacerdotes de la Hermandad, los cálculos resultan mucho más difíciles todavía, pues sus nombres casi nunca aparecen. Las crónicas solamente citan el número global de los que asistieron. Aún así, se sabe con certeza que, durante las fechas de nuestro estudio, los sacerdo­tes de la Hermanad misionaron en 24 ocasiones, principalmen­te en ciudades y arciprestazgos extensos. En diez de esas misiones, el número de sacerdotes de la Hermandad misione­ros oscilaba entre los 15 y 20, por misión. En el resto, el número era bastante inferior a los 10.

Dimensión misonera de la «familia vicenciana»

En la familia vicenciana todos somos misioneros. Nuestro carisma consiste en anunciar el evangelio de Jesucristo a los pobres. En la Congregación este carisma se manifiesta, aunque no exclusivamente, a través del ejercicio de las misiones popu­lares, de cuya importancia escribe el Fundador: «El nombre de misioneros o sacerdotes de la Misión, nombre que no nos hemos apropiado indebidamente, sino que por beneplácito de Dios nos ha impuesto la voz común del pueblo, muestra con claridad que el ministerio de las misiones debe ser para noso­tros el primero y principal de entre los trabajos por el próji­mo…»25.

El encuentro de Bogotá (1983), por su parte, reconocía: «Se ve ya en tiempos de San Vicente, como ahora a través de la experiencia de varias provincias, que para realizar la misión, obra común de la comunidad cristiana, debemos contar con la colaboración de las Hijas de la Caridad, especialmente para ciertas tareas misioneras». Y hablando de los laicos, los consi­deraba de gran importancia por la aportación que ellos podían brindar en la edificación del reino de Dios26.

La incorporación a la obra de las misiones populares de las distintas ramas de la Familia Vicenciana, constituye uno de los hechos más relevantes de nuestra rica y secular experiencia misionera. Es, además, la verificación más patente de aquella evolución renovadora que estaban experimentando nuestras misiones en ese periodo postconciliar que hemos denominado «añospuente».

Veamos, en concreto, cómo se realiza.

a) El laicado vicenciano: Voluntarias de la Caridad

La década de los años 40 y la de los 50, ha pasado a la historia gloriosa de las misiones populares vicencianas como la época de la incorporación multitudinaria de los sacerdotes diocesanos a las tareas de la evangelización popular. La de los 60 contempló con gozo la llegada del laicado vicenciano y de las Hijas de la Caridad.

A mediados de los años 60 y antes de que fuera aprobado en el Concilio Vaticano II el decreto sobre el apostolado de los laicos (9 de noviembre de 1965), los Paúles españoles habían incorporado ya a los seglares al ejercicio del ministerio proféti­co en la Iglesia. Fue en la misión de Sevilla, predicada desde el 31 de enero al 14 de febrero de 1965. Aquellos seglares vicen­cianos eran las Voluntarias de la Caridad, entonces llamadas Damas. Participaron en aquella misión 150, 70 de las cuales provenían de otras diócesis y provincias españolas. «En Sevi­lla, escribía el cronista, se está ensayando con óptimos resulta­dos la integración de los seglares en esta forma de apostolado, las misiones parroquiales»27. El total de Voluntarias de la Caridad misioneras se eleva a 286, y su colaboración en las misiones duró diez años, es decir, hasta 1975.

En cuanto al trabajo misionero, he aquí cómo lo describen ellas mismas: «Hicimos todo lo que muchas de nosotras no hacemos en nuestras casas, a saber, barrer, limpiar, llevar piedras y espuertas de escombros con la juventud del barrio para rellenar y endurecer las humedades del suelo; organizar guarderías infantiles provisionales para quedarse con los niños mientras sus madres van a la misión; escribir a máquina, fregar, arreglar las iglesias, hacer de carpinteros y albañiles en la instalación de los centros y sus altares; visitar enfermos y prepararlos; instruir a niños y adultos para el bautismo y la primera comunión; arreglar la documentación y trámites para ingreso en centros benéficos, etc. Poco más o menos lo que hacemos en el suburbio en nuestra visita semanal, pero ahora con más intensidad y diariamente, mañana y tarde, desde el rosario de aurora hasta el último acto de misión»28.

En la misión de Ciudad Rodrigo (Salamanca), del 12-26 febrero 1967 «una voluntaria, no encontrando momento más propicio para preparar a la confesión a una mujer, que tenía que ir a lavar, se fue con ella al río, y al llegar, se puso a lavar con ella, mientras la iba instruyendo. Cuando terminaron la faena y se pusieron de pie, la mujer estaba llorando: ¡Ay, señorita, le dijo, yo creía que ustedes no sabían lavar!». Y conforme apunta la cronista, en aquella misión se hicieron también gestiones para colegios, colocaciones laborales, clíni­cas, aparatos ortopédicos… etc.29.

b) Las Hijas de la Caridad

Se incorporan un año más tarde que las Voluntarias, pero después su cooperación fue más numerosa y constante. Desde el año 1966 hasta hoy no han dejado de colaborar activamente en las misiones, hasta tal punto que las crónicas las consideran casi como imprescindibles. El número de Hijas de la Caridad presentes en la evangelización popular asciende a 494; y las diócesis que han recorrido, juntamente con nosotros, pasan de las veinte.

La tarea de las Hermanas fue variadísima. Trabajaron de manera activa en los campos de la catequesis, la liturgia, la juventud y, sobre todo, en el de la promoción humana y el servicio asistencial a los pobres, aspectos estos últimos particu­larmente esenciales y propios de su vocación. Con razón se decía que «su trabajo es insustituible, eficacísimo; hicieron todo menos decir misa y confesar»30.

Los primeros en valorar el trabajo misionero de las Herma­nas fueron los mismos sacerdotes diocesanos que las llamaron. Las Hijas de la Caridad, decían, son, entre las otras religiosas, las más sencillas; las que mejor se adaptan al pueblo, por su espíritu y ministerios; las que realizan los mayores sacrificios, y con la mayor naturalidad. Por eso las hemos elegido. Y aña­dían: «No nos arrepentimos de haberlas llamado. Lejos de defraudar nuestras esperanzas las han superado. Han salvado la misión en muchos casos. Han hecho cosas que no podíamos ni soñar»31. Por su parte, un sacerdote de la Congregación, testigo muchas veces de la actividad apostólica de las Herma­nas, concluía: «la colaboración de las Hijas de la Caridad cada día es más de agradecer y es más eficaz no sólo en la prepara­ción sino en el desarrollo de la misión. Dan un rostro de la Iglesia muy amable y acogedor. La juventud se reúne en torno a ellas de modo espontáneo, y les hablan con un tono distinto y muy femenino»32.

La formación misionera

Probablemente nunca como en esta época se ha sentido la necesidad de una puesta al día de los evangelizadores para el ejercicio de la misión. De aquí el interés por la formación de agentes pastorales competentes. Al decir «formación misione­ra», no intento referirme a la formación académica o sistemáti­ca que se recibe en los seminarios y universidades de estudios, sino a aquella otra más ocasional y práctica que se imparte a modo de preparación inmediata a aquellos agentes que están a punto de salir a la misión.

Desde mucho antes del Concilio, los Padres Paules habían comprendido que era necesario formar misioneramente a aquella multitud de sacerdotes diocesanos que se iban incorpo­rando a las misiones populares a través de nuestra Herman­dad. Eran los años fecundos de las frecuentes convocatorias para cursillos misioneros33. Al igual que entonces, también durante estos «añospuente» se programaron cursillos y en­cuentros de pastoral misionera. Unas veces eran cerrados, es decir, pensando solamente en nosotros los paules, que necesi­tábamos no menos que los demás de un estudio sereno y reflexivo sobre las misiones. Y otras, abiertos a todos aquellos miembros del pueblo de Dios comprometidos, juntamente con nosotros, en la común tarea misionera. He aquí los más no­tables:

  • La 1ª Asamblea Nacional de la Hermandad Misionera de San Vicente de Paúl. Se celebró en Madrid del 27 al 30 de septiembre de 1966. A la clausura asistió el arzobispo de Valencia Monseñor Olaechea, gran amigo de la Congregación e impulsor entusiasta de la Hermandad34.
  • La Semana de Estudios sobre Misiones Populares, cele­brada también en Madrid del 11 al 15 de septiembre de 1972. Se matricularon 280 semanistas (clérigos, religiosos, laicos e Hijas de la Caridad)35.
  • Las Convivencias de HortalezaMadrid del verano de 1970. Asistieron a ellas 68 misioneros de la provincia matriten­se de la C. M., y en ellas ocupó un lugar destacado el estudio sobre misiones populares36.
  • En otoño del año 1976, de nuevo la provincia de Madrid convocaba una reunión de misioneros para estudiar la problemática de nuestras misiones a la luz de la exhortación apostólica de Pablo VI «Evangelii nuntiandi». Entonces se hizo hincapié en la necesidad de que el mensaje de salvación que anuncian nuestras misiones fuera siempre integral, es decir, que partiendo de Cristo, descienda hasta la problemática temporal del hombre, pero sin caer en una simple liberación económico-político-social. Y se recomendaba también viva­mente la utilización de los medios audiovisuales… etc.37.
  • Convivencias en Casablanca-Zaragoza. Casi al mismo tiempo que la anterior, pero en distinto lugar y con distinta programación, nuestros cohermanos de Zaragoza se reunían para abordar la problemática de las misiones y su metodo­logía38.

Los esfuerzos que hacíamos los paúles para no perder el tren de la renovación y actualización de las misiones eran verdaderamente notables. No se desperdiciaba ocasión para cultivar con esmero la preparación misionera de nuestros agentes apostólicos. Además de lo que llevamos dicho, los cursillos para sacerdotes en Gijón, Sigüenza, Lugo, Aranda de Duero, Burgos, Oviedo (dos veces) y Corias-Cangas de Narcea (Asturias), son la mejor demostración fáctica.

Publicaciones misioneras

Cierto que el ejercicio de la actividad literaria en general no ha sido virtud frecuentada por los miembros de la Congrega­ción de la Misión. Sin embargo, tampoco han faltado quienes la practicaran. Por lo que hace al campo de la pastoral misio­nera:

  • Con ocasión de las misiones de Jerez de la Frontera y Sevilla, se revisan a fondo los viejos esquemas de «predicación misionera» del padre Eugenio Escribano. Fruto de ese estudio y readaptación será el librito de bolsillo que aparezca en 1964 con el título de «Manual del misionero, t. IV, esquemas misio­nales 3.a serie». Este librito aparecerá notablemente mejorado en relación con su homólogo anterior, precediendo a cada uno de los temas de índole doctrinal una breve introducción de ambientación pastoral.
  • La conferencia ya citada de Rafael Ortega sobre los «nuevos métodos de la evangelización» (cf. Anales, 1968, pp. 473-479) fue más tarde ampliada por el mismo autor en su libro «La gran noticia», que sirvió de texto inspirador de los temas misionales de estos años.
  • Por su parte, la organización de la Semana de Estudios sobre misiones del año 1972 tuvo el acierto de recoger en un volumen bien cuidado de casi doscientas páginas, todas las ponencias de aquellas jornadas. El título del libro es: «Las misiones populares, hoy».
  • No es justo silenciar, hablando de publicaciones y estu­dios sobre misiones populares, la meritoria labor literaria del padre Pardo en Anales desde donde sus frecuentes artículos alertaban sobre la importancia de nuestro primer ministerio o sobre la urgencia de una renovación en profundidad. «Es reconocida, escribía, la utilidad de las misiones parroquiales, pero están siendo criticadas en su forma; será precisa una adaptación»39. Y como fruto de sus años de magisterio en el Instituto de Teología Pastoral de la CONFER, publicó una obra mayor que lleva por título «Pastoral de las Misiones Parroquiales»40.

El reto de las misiones populares, hoy

La visita de Juan Pablo II a España en octubre-noviembre de 1982 fue, ante todo, un acontecimiento misionero de primer orden. Así lo reconoció algún obispo que llegó a hablar de ella como si se tratara de una gran misión general a nuestro país. En junio de 1983, el episcopado español, reunido en una de sus asambleas plenarias habituales, adoptó como objetivo priori­tario de las preocupaciones pastorales de la Conferencia el servicio a la fe del Pueblo de Dios y del pueblo en general. Con ello se iniciaba una época nueva en la vida de la Iglesia española caracterizada por la preocupación dominante en favor de una pastoral evangelizadora y misionera. Uno de los frutos mejor logrados de dicha actitud misionera fue la publi­cación, en junio de 1985, del valioso documento «Testigos del Dios vivo», que es una reflexión sobre la misión o identidad de la Iglesia en nuestra sociedad41.

En septiembre de ese mismo año se celebra en Madrid el «Congreso de evangelización y hombre de hoy», que fue asumido como propio por la Conferencia Episcopal Española y al que asistieron la casi totalidad de sus obispos. La riqueza doctrinal, espiritual y eclesial de aquel congreso ha quedado recogida en un voluminoso libro de 560 páginas que lleva el mismo título del Congreso42.

Por lo que hace a la reflexión y a la actividad misioneras, nuestra Congregación no se ha quedado atrás. Es un hecho que en todas las provincias españolas surgen con pujanza las misiones. Las causas de este vigoroso resurgimiento son, indu­dablemente, múltiples. Quizás la más decisiva haya que poner­la en aquel impulso audaz y valiente que las misiones recibie­ron en Bogotá el año 1983. Aquel encuentro de Visitadores de la C. M. elaboró unas ricas y oportunas «Propuestas»43; y confió después al Superior General con su Consejo el compro­miso de escribir una carta a la Congregación, usando, el mate­rial de la síntesis44. El compromiso fue cumplido fiel y rápida­mente por el Rvdmo. P. McCullen quien, con fecha del 24 de abril de 1983, brindó a la Compañía una Oportunísima carta, densa de contenido y cargada de esperanza. La historia con­temporánea de la «pequeña compañía», tiene mucho que agra­decer a quienes trabajaron esos interesantes documentos que afrontan con fe y valentía la crisis misionera, aportando solu­ciones reales para superarla, en la línea del más genuino espíritu de la Congregación de la Misión. Ahora sólo queda releerlos, reflexionar sobre ellos y, lo que es más importante, hacerlos realidad práctica, poniéndonos todos en «estado de Misión».

El trabajo de aquel «pequeño resto» de misioneros que, aún en tiempo de crisis, deambulaba por pueblos y ciudades evangelizando, y, a la vez, aguardando en esperanza, no fue del todo estéril. ¡Ojalá ahora las generaciones jóvenes asuman el compromiso de las misiones populares con un nuevo e ilusio­nado vigor!

In nomine Domini.

  1. Anales, 1973, pp. 3, 81.
  2. Ibid., 1967, p. 308.
  3. Ibid., 1969, pp. 277-278.
  4. Ibid. , 1977, pp. 833.
  5. Ibid., 1976, pp. 27-28.
  6. Reglas Comunes, carta prólogo de San Vicente de Paúl.
  7. Anales, 1945, pp. 124-125. Consúltese también Eugenio Escribano, «Manual del misionero» t. I., Madrid 1943, p. 7; Cf. Anales, 1941, pp. 169-172.
  8. Anales, 1986, pp. 82, 86.
  9. Justicia y Caridad, mayo-junio, 1965, p. 23.
  10. Ibid., 1986, pp. 45-49.
  11. Anales, 1983, pp. 661-669.
  12. Ibid., 1967, pp. 310-312.
  13. Ibid., 1979, pp. 51-74; Cf. también una separata de Anales, preámbu­lo, pp. 1-4.
  14. Anales, 1968, pp. 466-479. Las ideas expuestas en este artículo fueron después ampliadas y profundizadas por su mismo autor en el libro «La gran noticia», Ediciones Paulinas, Bogotá 1979, 244 páginas.
  15. Anales, 1966, pp. 343-344; 443.
  16. Ibid., 1972, pp. 479-492; 493-494; 557-575; Cf. «Las misiones popula­res, hoy», Editorial La Milagrosa, 1973.
  17. Vincentiana, n. 2, año 1965; cf. Anales, 1965, pp. 480-483.
  18. Anales, 1965, pp. 733-749.
  19. Pablo VI en «Eclesiam suam», n. 60.
  20. Anales, 1965, pp. 248-314; 322-329; 330-333; 338-349.
  21. Ibid., 1976, p. 387.
  22. Ibid., 1978, pp. 424-426; cf. Vincentiana, 1978, pp. 219-222.
  23. Ibid., 1985, p. 679.
  24. Ibid., 1969, p. 80; 1973, pp. 3 y 81.
  25. Reglas Comunes XI, 10.
  26. Anales, 1983, p. 661; cf. ‘bid., 1983, p. 490.
  27. Justicia y Caridad, mayo-junio, 1965, p. 23.
  28. Cf. «Sevilla, misión 1965», Editorial La Milagrosa, Madrid 1965, pp. 83-88; cf. también Anales, 1986, p. 86.
  29. Justicia y Caridad, 1986, p. 47.
  30. Anales, 1983, pp. 661-668.
  31. Ibid., 1967, pp. 578-585.
  32. Ibid., 1974, p. 46. En Anales, 1983, pp. 665-667 se describe detallada­mente el trabajo de las Hermanas en las misiones populares de Asturias, dividiéndolo en tres partes: La pre-misión, la misión propiamente dicha y la post-misión. Este mismo esquema de trabajo fue, poco más o menos, el que realizaron en las subsiguientes misiones.
  33. Anales, 1953, pp. 33-41; 329-338; cf. ibid., 1964, pp. 661-673 donde se ofrece un interesantísimo informe.
  34. Anales, 1986, p. 84.
  35. Ibid., 1972, pp. 479-492; 493-494; 557-575.
  36. Ibid., 1970, pp. 455-457.
  37. Ibid., 1976, pp. 833-838.
  38. Ibid., 1976, p. 785.
  39. Ibid., 1970, p. 104 ss.
  40. Ibid., 1966, pp. 61-63; cf. Anales, 1967, pp. 62-64; 198-202.
  41. «Testigos del Dios vivo», Documento de la Conferencia Episcopal Española, aprobado en la XLII Plenaria, 28 junio de 1985.
  42. «Evangelización y hombre de hoy», La edición, Editorial de la Conferencia Episcopal Española, Madrid 1986.
  43. Anales, 1983, pp. 381-387.
  44. Anales, 1983, pp. 484-492.

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