Aurelio Ircio

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Author: Sabino Pérez · Year of first publication: 1973 · Source: Anales españoles.
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Hacia las doce y cuarto de la mañana del 11 de octubre de 1973 falleció en esta Casa Central de la Provincia de Madrid nuestro querido P. Aurelio Ircio. Un proceso de riguroso adel­gazamiento debió de ir minando su organismo, por la pérdida excesiva de peso. Al volver de vacaciones, un ataque fuerte de reúma le afectó al corazón y acabó con él. Hubo tiempo, sin embargo, para que recibiera los Auxilios Espirituales, pues los primeros síntomas agudos aparecieron a las cuatro de la mañana. Murió rodeado de los PP. y de las Hermanas del Sanatorio. Los médicos nada pudieron hacer.

Durante toda la tarde fue visitado por los familiares y Padres de la Comunidad, quienes, por cierto, se hallaban más impresio­nados que otras veces, por lo repentino del caso y por tratarse de persona de tanto relieve. Las Hermanas del Noviciado de San Vicente, San Diego y Sanatorio rezaron mucho y bien por nues­tro P. Ircio.

Al día siguiente también fueron extraordinarios los funerales: por la numerosa asistencia que llenaba la capilla, por el canto de las piezas literarias del oficio, compuesto con tanto espíritu de piedad por el P. José María Alcacer, por la homilía tan razonada y sentida de nuestro Superior, P. Cortázar. Fue muy acompañado al cementerio de San Isidro. ¡Descanse en paz!

¿Quién era el P. Ircio?

Escribo según los datos que poseo y con premura de tiempo para que este artículo salga en los ANALES de octubre, cuyos artículos ordenó el P. Ircio y cuyo índice dictó para mandar todo a la imprenta veinticuatro horas antes de morir. Este fue el úl­timo servicio que hizo en este mundo. Vamos a completar el nú­mero con algunas notas sobre el P. Ircio.

Nació en Sarria (Alava), pueblecito del valle del Zuya. Estoy por asegurar que en esa región se da una influencia cósmica muy marcada entre la tierra y las personas, dándoles ese tono apacible y equilibrado, tal como lo creí observar en aquellas gentes, en unos meses de residencia en nuestra casa de Murguía. Recuerdo que por los años 30 asistí a la fiesta parroquial de Sarria en la fiesta de la Asunción. En el ágape celebrado precisamente en la familia del P. Ircio tuve esa impresión de serenidad, que no se me ha borrado con el tiempo.

El 2 de diciembre de 1904 vio la luz. Fue bautizado a los pocos días. Su familia, cristiana a carta cabal. La llamada hacia la vida de misionero surgió ante la cercanía del Colegio de los PP. Paúles de Murguía, centro espiritual de aquellos pueblecitos que lo rodean. Siguiendo las cláusulas de la fundación de los señores de Santu, el Colegio tenía Bachillerato y era a la vez Es­cuela Apostólica. A la memoria le vienen a uno los nombres de aquellos venerables Padres que impartían la formación y ense­ñanza: los PP. Quintín, Cidad, Alberto, etc.

Aurelio Ircio adquirió en esa casa una formación humanística muy completa, que se le notaba en seguida, sobre todo en sus clases y escritos.

Cuando le conocí ya en el Seminario Interno, en septiembre de 1921, era un muchacho modelo de piedad, talento y carácter muy sereno y pacífico. Se le veía una preparación muy notable en ciencias, música, lenguas y literatura. No se daba importancia y no se la dio nunca.

Al mediar el año segundo de noviciado se puso enfermo, y los Superiores, viendo la dificultad de mejorar en este ambiente de Madrid, le aconsejaron que interrumpiera el noviciado. Debió de pasar en su familia como un año y meses; se repuso totalmente y regresó a Madrid hacia mediados de enero de 1923. Tiene la vocación el 24 de este mes.

Al comenzar el curso de 1924 a 1925 también el H. Ircio se incorporó a los estudios de Filosofía, en Hortaleza. Hubo alguna dispensa de meses en el Seminario Interno. Para aquellos compa­ñeros, los Santamaría, Iribarren, Pampliega, etc., fue ejemplar siempre el P. Ircio. Su regularidad, aprovechamiento en los estu­dios y su vida interior muy concentrada y rica creció de manera uniforme y progresiva. Nunca fue expresivo en sus maneras de manifestarse, excepto cuando escribía.

Los estudios los realizó: un año en Hortaleza, dos en Villafranca y tres en Cuenca. Su adelanto en Filosofía y Teología fue tal que figurará en las calificaciones de todas las asignaturas como sobresaliente. Y con toda razón. De un famoso profesor en Villa- franca oíamos en las ciases esta frase: «Esto no lo entendemos más que yo e Ircio».

El último año de la carrera lo cursó en Londres.

Los alumnos que pasamos el Curso Teológico en San Pablo, de Cuenca, tenemos los recuerdos más gratos. La marcha unifor­me y muy familiar que había imprimido el P. Adolfo Tobar en la casa persistía en los años del P. Ojea con los PP. Tobar, Sedano, etcétera. Quedaban muchas obras por hacer en la renovación material de la casa de San Pablo. El H. Ircio no rehusó su esfuerzo en los trabajos, aunque no gozaba de gran fortaleza. Las clases, la música y los estudios literarios le tenían siempre muy ocupado. No conozco su vida en Londres. Allí había ido ya recibidas las Órdenes en 1931. La ordenación sacerdotal la recibió el 30 de mayo de este año, en su cuarto curso de Teología.

A su regreso a España fue destinado a nuestra casa de Villa- franca del Bierzo, donde entonces cursaban la Filosofía nuestros estudiantes. Allí se estrenó el P. Ircio en las lides de profesor, con la competencia y preparación exquisita que traía. Había en él gran claridad de pensamiento, seriedad de exposición en los temas de sus clases, que se impusieron a nuestros jóvenes. No fue un pro­fesor brillante por su imaginación creadora; le faltaba el poder de comunicar su ciencia con facilidad. Por ello, cuando los alum­nos decían respuestas inexactas su exclamación favorita era decir: «¡qué horror!»… O también «¡horror, horror!». Cuando escribía, era otra cosa; se deslizaba su pensamiento con fluidez y transparencia. El hablar en la Cátedra Sagrada y en actos parecidos siempre le impuso una cortedad invencible.

En Villafranca estuvo los años de la República y de la Cruzada, siempre dedicado a la misma tarea. Al venir la paz, y con el Estudiantado de Filósofos en Hortaleza, allí estuvo también el P. Ircio hasta 1942, en que fue destinado a esta Casa Central.

Aquí comienza su trabajo de Archivero, algo en la Secretaría del P. Visitador, capellán del Noviciado de las Hijas de la Cari­dad, profesor del Colegio de San Diego y de algunos otros.

En todos estos oficios su labor es siempre muy callada; no hay salidas al exterior, fuera de sus vacaciones a su Colegio de Murguía; va a algunas visitas canónicas con el P. Ojea; apenas se le nota que haga algo llamativo. Y sin embargo va sembrando su verdad misionera en cuantas personas le tratan.

Durante treinta y un años ha sido Archivero Provincial. El Archivo de la Provincia de Madrid debe tanto al P. Ircio como al P. Benito Paradela. Tuvo que recoger los documentos, libros y de­más que andaban dispersos en otros domicilios durante la Cruzada; tuvo que rehacer y reorganizar todo lo que se pudo salvar.

Numera y cataloga la correspondencia de los Visitadores y Vi­sitadoras y la correspondencia que envían al P. Provincial y Di­rector los miembros de ambas familias.

Guarda en la sección correspondiente los escritos y recuer­dos gráficos de los Padres y Hermanas fallecidos. Pone en las viejas estanterías los libros y publicaciones que han impreso tan­to los Paúles españoles como los extranjeros. Manda encuader­nar las revistas oficiales de la Santa Sede, de la Diócesis, de la Congregación o que se publican en nuestra Provincia.

Como todo lo tiene que ir haciendo alternativamente, va amon­tonando cada día en las grandes mesas de la sala los documentos, la correspondencia, las revistas, en un bello desorden, que no es impedimento para entregar en seguida cualquier papel que se le solicita. En tres mesas tiene otras tantas viejas máquinas de es­cribir que él se ha ingeniado, con ciertos trucos, que lo hagan y que dedica a escribir tres materias diferentes.

Desde que vino a esta Casa trabajó con una imprenta «Roneo», ya inservible últimamente, y que quizás la casa que la fabricó nos la compre como pieza de museo. En ella va imprimiendo la lista periódica de los difuntos de la Congregación, las cartas circulares de los Superiores, el Catálogo de las casas y personal de la Pro­vincia de Madrid y sus Viceprovincias y Provincias filiales; con ella editó unas Gramáticas española y latina, muy completas, he­chas por varios profesores de la Congregación.

Enemigo de la «sociedad de consumo» y muy aferrado al ahorro, guardaba las cintas de máquina, cajas, envoltorios, pape­les, aunque estuvieran descoloridos de puro viejos, y que metidos en las máquinas cuyas cintas apuraba hasta que no se distinguía apenas lo escrito, hacen que escritos recientes aparezcan como es­critos a principios de siglo. No deja de ser significativo que mu­riera teniendo en el bolso de la dulleta «El Buscón», de Quevedo, para entretenerse en su lectura durante los ratos libres, y última­mente durante las obligadas esperas.

Además de Archivero Provincial, el buen P. Ircio fue Secre­tario del Consejo Provincial y copió las actas de los Consejos que otro dejó en borrador, y lo fue oficialmente de 1962 a 1970, como lo atestigua su menudita y desigual letra que se lee bien.

La revista ANALES, de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, la dirigió en varias etapas antes de 1964, después de 1967 hasta 1971, y desde 1972 hasta su muerte. Escribe el P. Ircio al recogerlos en el número de enero-febrero de 1967: «… de nuevo ha caído la bola sobre el… abajo firmante. Cierto que su edad, ya entrada de lleno oficialmente en la vejez, no parece muy a propósito para estos tiempos de predominio juvenil en todos los campos, y tal vez por eso le han señalado como colabo­rador un pequeño equipo verdaderamente juvenil: así podrá haber contrapeso que mantenga la revista en el fiel. El, por su parte, hará un esfuerzo para adaptarse al ambiente, al menos al que no esté en contradicción con el de la tradición que él respira conti­nuamente en el archivo, y sobre todo para seguir las disposiciones de las autoridades competentes».

Desde luego, en cuanto de él dependió, nunca publicó cosa que fuera contra la sana y perenne tradición y las disposiciones de las autoridades eclesiásticas, aunque con ello alguien que no las te­nía muy en cuenta se llevase un berrinche.

En esto, como en Liturgia, tenía alergia a «las novedades», y caso de poder aferrarse a las formas tradicionales, v. gr., el pri­mer Canon o Plegaria Eucarística en la Santa Misa, no utilizaba el segundo, tercero o cuarto, también autorizados.

Cuando el local de la Biblioteca se traslada de la tercera planta al piso bajo, y aquí se acomoda un nuevo espacioso local para Bi­blioteca, pide al P. Bibliotecario que le deje trabajar en acomodar la Biblioteca, porque este trabajo le gusta mucho. Bajo las direc­trices de un técnico, trabaja desde agosto de 1971, día tras día, durante seis meses, hasta que ya adiestrado, sigue él dedicando unas cuatro horas diarias hasta enero de 1973 que es inaugurada. Desde entonces reduce el trabajo a dos horas diarias, hasta su última enfermedad. Tenía registrados 11.588 libros el día que mu­rió; de todos ellos hizo la ficha por autores y por materias y con la signatura completa, para poder saber con rapidez qué lugar ocupa cada libro en los 635 anaqueles.

Así es como pausadamente, sin estridencias y sin prisas, como él andaba; vestido su sufrido balandrán que tantos sudores y polvo recogió, y casi imperceptiblemente, como él solía hablar, es como se nos fue el R. P. Aurelio Ircio Larrinaga, a sus sesenta y ocho años bien cumplidos, dejándonos muy profundamente impresiona­dos por lo inesperado del desenlace. ¡Descanse en Paz!

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