Aspectos del siglo XVII francés (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Juan Carlos Peleteiro .
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Hijas de la CaridadIII. SITUACION SOCIAL

Para un somero conocimiento de la situación social en Francia en este siglo tenemos que dividirlo en dos partes: hasta la llegada del Colbertis­mo y a partir del Colbertismo. Aunque todo está enmarcado dentro de la llamada sociedad antigua, será a partir de 1664 cuando comienzan a nacer las motivaciones, mejor, a vislumbrarse las ideas y condicionamien­tos que darán lugar al derrocamiento de esta sociedad antigua y caduca por medio de la gran Revolución de 1789.

Charles Loyseau describe en 1610 las clases sociales en su obra «Tra­tado de las Ordenes y dignidades simples»: «En la cumbre, el orden ecle­siástico, como corresponde por derecho, pues los ministros del Señor de­ben conservar la primacía de honor. Después la nobleza, sea vieja o pro­veniente de señoríos y privilegios recientes. Después de la nobleza, y en último lugar, el tercer estado, que acoge al resto del pueblo».

Demos una rápida descripción de estos tres estados, fundamento pri­mario de esta sociedad antigua:

  • Clero: Siguiendo un orden descendiente, tenemos cardenales, pri­mados, patriarcas, arzobispos, obispos, presbíteros (desde abades hasta simples vicarios), diáconos, subdiáconos y órdenes menores, terminando la lista con el tonsurado.
  • Nobleza: Alta nobleza: príncipes de sangre, parientes lejanos del sobera­no, duques, marqueses, condes, barones, caballeros, gentiles hombres dedicados a las armas. Baja nobleza: altos oficiales de justicia y finanzas.
  • Estado llano: Gente honorable: burgueses, hombres de letras, mercaderes. Personas viles: artesanos y toda clase de gentes con oficios me­cánicos, campesinos, mendigos y vagabundos.

El clero vive de los numerosos feudos y beneficios, que le hacen ser unos privilegiados de la sociedad, como el noble. Y, por lo visto, era bas­tante más numeroso que los nobles, pues según una carta de Paumier al rey, en 1650, el clero poseía justamente la mitad del suelo cultivable fran­cés. Barbier le atribuía un tercio, y para Lavoisier y Treilhard sus rique­zas ascendían a tres o cuatro miles de millones de libras. Estos bienes se los repartían casi en su totalidad entre el alto clero y el clero regular (fundaciones, monasterios, abadías), quedando el clero secular muy en último lugar.

Sobre su aportación a la sociedad en los dos últimos siglos de la mo­narquía, veamos lo que nos dice el arzobispo de Sens en 1635: «La tra­dición más antigua es que el clero contribuye a las necesidades del Es­tado con sus oraciones, el pueblo con sus bienes y la nobleza con su san­gre. Y es algo fuera de regla que se nos pida ahora más que oraciones, pues según la Escritura éstas son el único y propio tributo que se debe exigir a los sacerdotes». Pero estas quejas fueron poco oídas, porque tanto Richeleiu como Mazarino, como los reyes, se encargaron de sanear las bien repletas arcas del claro francés, maravillosamente atendido por una diligente organización financiera. Esta organización constaba de tres organismos rectores: el organismo director, que decide las sumas a reco­ger y las sumas a repartir; el organismo administrativo, que se encarga de recoger los diezmos y hacer valer los privilegios exentivos de que go­zan los beneficios de su propiedad; y finalmente el organismo apelativo que se encarga de resolver las dificultades que puedan surgir en el fun­cionamiento del sistema.

El primer secreto de la uniformidad política del clero francés y de su potencial lo aportan las asambleas quinquenales (hasta 1586 se tenían cada diez años) en las que se revisaban puntos y estudiaban posibilidades cada vez más defensivas ante los continuos ataques estatales a su integridad de relacionarse con los otros estados sociales y con el Estado. De este poderío se derivará el florecimiento del estado religioso, fundándose o apareciendo en Francia, de 1602 a 1686, nada menos que veinte comuni­dades religiosas. Las compañías de los Paúles e Hijas de la Caridad for­marán parte de este grupo de nuevas instituciones religiosas.

Con respecto al segundo estado social, la nobleza, hay que decir que era bastante inferior en número que el primero (Vauban calcula que hacia mediados de siglo eran unos 260.000, de los que una mínima parte eran de sangre noble, siendo los demás de nobleza inherente al cargo que desem­peñaban). Los cargos que ennoblecían eran unos cuatro mil, en el parla­mento, consejo real, altos jefes de finanzas, secretarios reales, o por el puesto que desempeñaban en el ejército, o, sencillamente, porque han pa­gado una elevada suma al gobierno. Esta última práctica se generalizó a finales de siglo y perdurará hasta la Revolución.

La nobleza se perdía cuando algún noble era condenado por alguna cosa infamante, o cuando se dedicaba al ejercicio de una profesión con­siderada incompatible con la nobleza. Había oficios que daban nobleza mientras se ejercían, no siendo hereditarios. La mujer noble que se casaba con un plebeyo perdía la nobleza al casarse, pero la recobraba al enviudar. Sin embargo, una plebeya que se casaba con un noble adquiría todos los derechos de la nobleza y continuaba con ellos aun después de la muerte de su marido.

Sobre su comportamiento e influencia veamos lo que nos dice un tes­tigo cualificado que los conocía bien, el cardenal Richelieu: «Los nobles no admiten más libertad que la de cometer impunemente toda clase de acciones ilegales y no toleran que se les señalen los equitativos extremos de la justicia que no deben sobrepasar». Cherin nos describirá cuáles eran esas acciones ilegales: Imponer a sus súbditos costumbres y deberes hu­millantes; imponerles, además de los «justos» impuestos señoriales, con­tribuciones arbitrarias; apropiarse por la fuerza de terrenos pastos dedica­dos a todos, meterse en los asuntos internos de sus súbditos (metiéndose en sus casas sin que nadie les llamase), causando a sus hijas (las de los súb­ditos) a su gusto, sometiéndoles a la servidumbre más vergonzosa y dura… Esto supone en los señores de este tiempo un extraño «olvido» de las le­yes más esenciales del comportamiento humano.

Finalmente tenemos los del tercer estado social, del que saldrá la fuer­za que hará saltar todo lo hasta entonces establecido. Pero este tercer es­tado es muy complejo: al lado una burguesía inquieta y laboriosa se agolpan campesinos, soldados y vagabundos, incapaces de dar un paso más que para someterse a lo mandado y tratar de apaciguar lo mejor posible al señor, al jefe o al que tiene dinero, para así seguir vegetando hasta el día de la muerte.

Vamos a fijarnos ahora en ese sector inmovilista de la sociedad, con­centrándonos en dos campos representativos: el campesinado y el prole­tariado. Con respecto a éste hay que decir que surge un fenómeno desusado, los obreros mixtos, gentes dedicadas a pequeños oficios situados entre el trabajo industrial y el comercial. Un claro ejemplo de esto lo vemos en los domésticos a quienes sus señores los mandan a trabajar a las fac­torías con tiempo parcial o completo y luego los hacen trabajar en su oficio doméstico. También dentro de los campesinos se da este fenómeno en quienes comparten el cultivo de su pequeña finca con actividades de­pendientes de las industrias cercanas, ya sea en la madera, ya en las minas, ya en los telares… Desde la época de Colbert, sobre todo, encon­tramos la actividad textil en los campesinos, pues se encuentran unos 100.000 campesinos trabajando bajo la dependencia de la fábrica de Amiens en la zona de Picardía; 50.000 empleados trabajan en los alre­dedores de San Quintín; 7.000 lo hacen en los campos cercanos a Lille, 8.000 en las cercanías de Arras y 9.000 en la zona de Puy.

Pero al lado de estos obreros mixtos tenemos los obreros industriales, gentes que no tienen otros recursos que el esfuerzo remunerado de sus brazos. Todavía forman parte de la sociedad artesanal al ser admitidos después de un aprendizaje que se va haciendo cada vez más corto a me­dida que se van multiplicando las factorías. Así va surgiendo poco a poco una masa monolítica e impersonal de obreros en la que el trato personal se va abandonando a pasos agigantados y lo único que se mira es el ren­dimiento, sacrificando cuerpos y costumbres en una catastrófica promis­cuidad de edades y sexos

Una visión bastante completa sobre la situación laboral en las grandes ciudades la encontramos en Braudel-Labrouse. De ella tomo dos face­tas: la situación salarial y la jornada de trabajo. El salario de un tejedor oscilaba de 8 a 10 sueldos diarios en la ciudad y de 5 a 6 en el campo. Las mujeres percibían de 3,50 a 4 sueldos diarios y no más. Los especia­listas cobraban de 15 a 20 sueldos diarios y los que más ganaban eran, sin duda, los obreros de arsenales, fábricas de vidrio e impresores, llegando hasta un jornal de 40 sueldos por jornada de trabajo, cantidad ciertamen­te nada despreciable. En cuanto a la jornada de trabajo hay que reseñar que no estaba limitada por ninguna legislación, regulándose por la cos­tumbre, la arbitrariedad de los patronos y la luz del día. En los hospitales En los hospitales se trabajaba 12 horas diarias; los vidrieros, de 12 a 13, en las minas de carbón se trabajan 12 horas, divididas en dos equipos que trabajan a relevo. Los menos favorecidos son, sin duda, los de la industria textil, trabajando 15, 16 y hasta 18 horas, para poder compen­sar mediante el tiempo empleado los mínimos salarios percibidos por estos trabajadores. También se solía premiar la destreza y habilidad mediante horarios especiales que venían a enjugar las acuciantes necesidades que padecían.

Pasamos ahora a dar una sencilla visión del campesinado. En la época en que nos ocupamos, de un 80 a un 90 por 100 de la población activa francesa es campesina. Esta población la podemos encuadrar en cuatro tipos de zonas:

  • Los campos de cereales superpoblados del Norte y Este. Hay que dejarlos de barbecho debido a la escasez de abonos y a esto hay que añadir en la época en que estamos los arrasamientos de las guerras, que sumen a la población en terribles hambres.
  • Las zonas boscosas y de matorrales del Oeste. Abunda el ganado y las verduras debido al clima húmedo. La gente vive más bien en aldeas pequeñas.
  • Los territorios mediterráneos, dedicados eminentemente al cultivo de la trilogía —olivo, trigo, vino—. Aquí la población vive agrupada a causa de los frecuentes ataques de los berberiscos y piratas.
  • Los territorios montañosos del Sur y Suroeste. Su riqueza principal son los bosques y la ganadería. Población muy abundante y abun­dancia de terrenos pantanosos en las altiplanicies.

Las actividades que más impulso experimentan, dentro de la común precariedad, son las recolecciones de cereales y frutas, la ganadería —que no goza ni llegará a gozar de los privilegios que tuvo en España la Me­seta— y la producción y cultivo de la vid (Poitou, Reims y Ay).

Después de este encuadre geográfico podemos pasar ya a considerar al campesino como parte integrante de la sociedad, y para no desentonar con las estructuras jerarquizadas de los estados anteriores, también en­contramos en el campesino francés tres categorías de gentes:

  • Los jornaleros: hombres no especializados en nada que trabajan con­tratados al servicio de otros. Este jornalero, a diferencia del de Castilla, Andalucía o Inglaterra, no se parece al proletario pobre de las ciudades, que no tiene absolutamente nada; éste posee su casa con corral y algunos terrenos que le ayudan a vivir. Esta clase de campesinos representan en Francia el 50 por 100 de la población campesina francesa.
  • Los pequeños propietarios: que trabajan sus tierras y cuidan de sus animales, siendo este trabajo la base de su sustento. En Francia poseen por término medio cuatro hectáreas, repartidas en varias parcelas. Vienen a ser como el campesino medio —no pobre— de Galicia o Vascongadas. En esta misma categoría o rango podemos colocar a los artesanos campesinos que atienden las necesidades de vestido (sastres), laborales (carros, útiles de labranza, toneles…) o de vivienda (carpinteros).
  • Los granjeros ricos: tienen bastantes jornaleros a sus órdenes y los que mejores relaciones tienen con los señores, aun en contra de los intereses de los demás campesinos. Ordinariamente suelen llevar la voz cantante cuando acuden a las asambleas de vecinos —especie de organismo específico de defensa popular, pero generalmente ma­nifestación de la voluntad señorial y meramente administrativo— Poseen más de 10 hectáreas de terreno, y con bastante frecuencia son los encargados por los señores de recoger los impuestos en la zona de su influencia.

El campesino se mueve y vive debido a dos imperativos: su familia (imperativo interior) y el Estado (imperativo externo). Con respecto a su familia ha de alimentar y procurar promocionar sus miembros, tratando que salgan del estado en que él se encuentra (si es jornalero o pequeño propietario, la Iglesia es la única salida; si es rico, procurará comprar un puesto en la Administración). En lo que se refiere al Estado, el campe­sino es la acémila sobre la que recaen los más graves pesos tributarios: impuesto real, la terrorífica talla (taille) del que muy pocos campesinos se libraban, mientras que los influyentes se libraban casi todos, diezmos y derechos señoriales. Para hacernos una idea aproximada de la aporta­ción tributaria, Mousnier nos dice que al principio del reinado de Luis XIV sólo el Estado percibía del campesino unos 80 millones de libras, y si juntamos a éstos lo que el clero y los señores tomaban mediante los diez­mos y derechos señoriales, la cifra sube a unos 150 millones de libras por año, que salen de los sudores del campesino. Vauban, hacia 1700, ase­gura que los cuatro millones de familias francesas aportaban al fisco en­tre 200 y 250 millones de libras por año. No es difícil deducir de dónde proveían la mayor parte de estos millones.

¿Cómo se llevaba a cabo la explotación de «esta rica mina» de recur­sos? Sobre el campesino pesaban cinco instituciones que le obligaban a mantenerse dentro del orden establecido: parroquia (es enorme la auto­ridad de los párrocos), señoríos (ya veremos más adelante cómo el cam­pesino no puede vivir sin señor que le domine), unidad regional de base (las famosas bailliages o sénéchaussées), generalidades u organizaciones es­tatales para la recaudación de impuestos —lo demás, si lo había, era de muy poca importancia–, y Estado u organismo supremo, a cuya sola men­ción el campesino no sabía qué hacer más que someterse a toda costa.

Frente a este conjunto de elementos «estabilizadores», el campesino, además de la resignación —que es lo que hace en la gran mayoría de los casos— -, también utiliza otros medios de defensa, como por ejemplo:

  • La pasividad: el campesino se «olvidaba» con frecuencia a cuánto ascendía la renta señorial, fiscal o el diezmo, o a qué generalidad estaba asignado.
  • La comunidad de habitantes: organismo que aunque la mayoría de las veces se limitaba a formas administrativas, en algunas partes (Provenza. Borgoña) eran poderosas organizaciones de lucha y opo­sición.
  • La lucha armada: ante las hambres provocadas por las guerras, sa­queos y fuertes impuestos, muchas veces los campesinos se lanzan a la lucha armada, y de 1636 a 1639 tiene que acudir el ejército varias veces para aplacar a los campesinos del Limousin, Poitou, Gascuña y Perigod. En Normandía, en el 1638, se llegan a levantar barricadas y matar a todos los recaudadores de impuestos.

Este sector, claramente mayoritario, principal fuente de recursos y agente básica del desarrollo de la nación, sólo ocupa del 35 al 40 por 100 de las tierras aprovechables (Chaunu), cuando en el siglo XVI poseía más del 50 por 100. Del 65 por 100 poseído por el clero, burguesía y nobleza, sólo el 15 por 100 como máximo era explotado por campesinos que tra­bajaban como obreros agrícolas de un propietario no campesino, que­dando el 50 por 100 restante «arrendado» a gentes que ven reducidos a la nada sus esfuerzos y sudores a causa de la «taille» señorial y real, los diezmos y, lo que es peor, la obligación de llevar al propietario de las tierras un porcentaje de la cosecha recogida (Champart), que variaba cada ario.

Sólo del 1 al 2 por 100 del territorio francés cultivable en el siglo XVII estaba realmente en manos del campesino y éste lo explotaba directamen­te, sin que ningún señor le reclamase sus «legítimos» derechos.

Para terminar resaltemos los tres «peores» enemigos del campesino, si es que a lo dicho anteriormente tenemos que llamarlo orden establecido. Estos enemigos que el campesino teme más por estar menos acostumbra­do a ellos y atacarle directamente:

  • Las fieras salvajes: que destrozan la riqueza ganadera.
  • Los mendigos: que destrozan lo que encuentran a su paso de apli­cación comestible inmediata.
  • Los soldados: que cobraban en los saqueos a sangre y fuego lo que sus generales y dirigentes no quieren o no tienen con qué pa­garles, que era lo más frecuente.

Hasta aquí hemos estado culpando a la sociedad de ser una sociedad demasiado estratificada, asfixiante, pero no nos hemos metido a mirar un poco las causas de que esto suceda así. Si echamos un vistazo a esta so­ciedad, lo que primero nos salta a la vista es la excesiva importancia que en ella se da al pasado. Este pasado se advierte a través de varias clases de tradiciones. Tradiciones materiales, todos quieren conservar el lugar donde vivieron sus antepasados y consideran una traición abandonarlos. Tradiciones mentales, cobrando gran influencia los astros y espíritus —que para muchos son los que conducen los pensamientos—, la magia tiene en esta sociedad un papel preponderante. Tradiciones cristianas, aquí todo se bendice; la influencia del clero, la universalidad del diezmo y la faci­lidad y vitalidad con que brotan las cofradías religiosas, así como la re­gularidad y obligatoriedad de las prácticas religiosas, nos permiten hacer­nos una idea del peso que esto lleva consigo. Tradiciones costumbristas, debidas a una amalgama de prescripciones y conveniencias, tanto religio­sas como señoriales, familiares, de sucesión, cambio del status social…, eran temas intocables para la gran mayoría.

Un segundo elemento que advertimos es el de una sola sociedad se­ñorial basada en la disposición jerárquica divina. Unos han nacido para mandar y otros para obedecer, y esto como un postulado natural, como el comer o respirar.

En tercer lugar se observa cómo esta sociedad está estrictamente je­rarquizada: todo el mundo procura un título dentro de los tres estados.

Es curioso observar cómo los campesinos de los alrededores de París eran honrados con el título de Monsieur, siendo en los demás sitios llamados por su nombre, a secas.

Un campesino no se realizaba sin el señor, sin su presencia, ya fuera para ganar su amistad, evitarlo, pelear contra él o pasarlo por alto hasta donde pudiese. La servidumbre está en su apogeo, al estar una décima parte de la población europea al servicio de un 2 por 100 de parásitos.

El dinero va cobrando cada vez más importancia y mediante él la bur­guesía se hace con el poder (nobleza advenediza), comprando feudos y ofi­cios. Pero una vez llegada arriba se estanca y, satisfecha de su promoción, cierra las puertas a los demás para que permanezcan donde están. Esta burguesía va adueñándose poco a poco de los puestos estatales y prin­cipales posesiones campesinas, propugnando unas estructuras aristocráticas que eliminan toda posibilidad de promoción del estado llano y desem­bocará en la explosión revolucionaria del siglo XVIII.

La organización de esta llamada sociedad antigua constituía un pro­digioso conjunto de falsas medidas que no podían cambiar más que cam­biando las bases de la sociedad misma: la constitución del gobierno, el conjunto de leyes que regulaban la propiedad, la producción y el consu­mo, el sistema de impuestos: su modo de recaudación y el empleo que se le daba; la reglamentación de la industria, el estado de las comunica­ciones, mercados, postas (correos) y un ejército de asalariados que des­troza todo a su paso…

Y ahora podemos pasar ya a enunciar una idea fundamental: el si­glo XVII es un siglo de crisis cuyos efectos se verán en los acontecimien­tos del siglo posterior. Esta crisis, no me cabe la menor duda, viene dada y fomentada por el impulso económico y, en último término, por el poder del dinero.

Todo comienza con el cambio efectuado por el Estado. En vez de apo­yarse en la nobleza, cambia de punto de apoyo y se va a quienes pueden proporcionarle los medios de alcanzar ese mundo que comienza a ponér­sele ante los ojos: los comerciantes y los financieros. Estos comienzan a escalar los puestos de confianza del Estado, que antes desempeñaban, sin ninguna oposición, los nobles. En Francia estos comerciantes comienzan a sonar en los nombres de Nicolás Le Camus, Claude Parfait, Eduardo Colbert —tío del futuro ministro mercantilista—.

Esta crisis desemboca en rivalidades entre los diversos estados: los nobles intentan poner freno a la pujante burguesía (buena prueba la te­nemos en las declaraciones de la nobleza en los estados generales de 1614, en la que los nobles de «sangre» desprecian a los nobles de «capa». El objetivo de esta burguesía era la nobleza, y generalmente se sigue este proceso: el abuelo comerciante logra introducir a su hijo como oficial de Estado mediante la compra de un oficio administrativo, y éste coloca a su hijo en el Ejército. Con ello han desbancado definitivamente a la no­bleza «clásica» de sus tareas hasta ahora específicas: la política y las armas.

Con la subida al poder de esta nueva élite, se provoca otro enfrentamiento: esta nueva nobleza invierte sus bienes en el campo, haciéndose dueña de grandes posesiones y explotando lo más posible a sus trabaja­dores campesinos. Esto exaspera a los campesinos, quienes no teniendo ninguna fuerza constitucional irán a las armas para hacer valer sus dere­chos, y serán desbancados.

Esta misma causa, pero en distinta situación, es objeto de una nueva clase de enfrentamiento: los grandes empresarios de las ciudades se enri­quecen más y más favorecidos por las medidas claramente favorables para ellos del Estado mercantilista, mientras los pequeños artesanos y la masa proletaria abundan en trabajo y miseria. La situación es caótica: se eli­mina la competencia, se reducen salarios al mínimo, se disminuyen los días de descanso, las jornadas de trabajo son cada vez más largas…

Esta situación, ya de por sí bastante complicada, se viene a agravar con los antagonismos religiosos. Los católicos queman las casas de los protestantes, el clero les amenaza continuamente, pero los protestantes toman su revancha al dar a los católicos los peores puestos en sus fac­torías, económicamente mucho más fuertes que los católicos.

Esta crisis social pone al Estado en peligro. Campesinos y obreros van a las armas, unos contra los agentes del fisco, otros contra los grandes potentados acogidos a los privilegios estatales. Los grandes nobles y mili­tares, en vertiginoso descenso, quieren mantener sus privilegios y van a las armas contra el rey y sus funcionarios absolutistas, contando para ello con bandas de fanáticos que van a ciegas a donde su caudillo les mande, independientemente del bien de su rey o su nación. También los miembros del Parlamento exigen sus derechos y para ello forman barricadas y re­parten armas a los ciudadanos parisienses. Relacionado con esto, aunque no tan vinculado como lo anterior, es el movimiento llamado de los liber­tinos, que pone en cuestión todo lo que huela a cristianismo, usando como sucedáneo el racionalismo y ateísmo, se dedican a la magia y pro­pugnan un Estado nuevo en el que ni se mencione la religión ni se per­mita ninguna manifestación pública religiosa.

Pero será precisamente en esta época de crisis de la que saldrá el empuje que dará paso de la sociedad antigua a la era industrial. El dinero desencadena la ofensiva que atrae a las naciones a un más efectivo y efi­caz desarrolló. Al barajar grandes cantidades, la ciencia y las finanzas se desarrollan con increíble rapidez. Las ciudades van tomando cuerpo y una organización muy distinta a la hasta ahora vigente.

La mejor prueba de ello es la reconstrucción inmediata y sorpren­dente de Londres y Lisboa, ambas arrasadas en 1666; una, por un incen­dio, y la otra, por un terremoto. Se van tomando medidas para hacer habitables las ciudades mediante el urbanismo, la sanidad pública, preocu­pación por las zonas ajardinadas…

Pero en esta sociedad francesa del siglo XVII, semiabsorbida por el campesinado, todavía pasa desapercibida la masa proletaria que se debate en los suburbios de Lyon. Marsella o Tours. Sin embargo, a medida que la economía obliga a la industria a desarrollar sus efectivos, la situación de estos obreros se va esclareciendo. Sin duda, los siglos pasados tuvieron situaciones conflictivas entre trabajo y capital, pero la evolución general de este período da al conflicto actual un sentido más profundo: mientras las nuevas élites burguesas crecen y crecen sin cesar, el «ejército indus­trial» se va configurando con la clara conciencia de que en ese creci­miento él es indispensable y ya algunos sueñan con imponerse a los grupos dirigentes y reclamar el derecho a la vida en términos más vigo­rosos y precisos que en los siglos pasados. En este lento proceso de la formación del proletariado y de la conciencia de persona humana es in­dudable que este siglo «de las manufacturas» marca una etapa muy im­portante.

Otra nota que se puede observar con facilidad es que se va tomando cada vez más clara conciencia de la realidad social en la que se puede desempeñar un ‘papel más efectivo, independientemente de los órdenes establecidos. Hay un continuo y progresivo afán de salir del estado en que se está, de subir en la escala social, hasta ahora nunca tan claramente expresado. El jornalero trabaja por llegar a ser rico en tierras y ganados; el burgués no ceja en su empeño hasta adquirir un título nobiliario; el banquero logra pasar de simple «tratante de dinero» a desempeñar un papel fundamental en la estructura del Estado.

Es un continuado y constante bullir que camina incontenible hacia la creación de una sociedad nueva: la sociedad apoyada en las clases. Más tarde vendrá el deseo de superar también, mejorándola, esta nuera socie­dad de clases, pero esto ya sale fuera de los ámbitos marcados para nues­tro estudio, dejando de ser un acontecimiento del pasado para insertarse y formar parte del presente, inquietante y esperanzador a la vez.

 

CONCLUSIÓN

No puedo resistir la tentación de formular unas cuantas hipótesis que, como tales, no indican que el que las formula se aferre a ellas como si de dogmas se tratara. El objetivo que con esto persigo es profundizar, un poco a mi manera, en esa realidad que a nosotros tan de cerca nos toca e intentar «vislumbrar», aunque no sea más que eso, la inserción de un pasado más o menos feliz, en un presente que nos urge cada vez con más apremio.

  • En las alejadas y montañosas altiplanicies del Pirineo francés, un labrador medio observa en su hijo buenas cualidades para el estudio y de­cide utilizar el único medio accesible a él: la Iglesia. El chico toma buena nota de la vida que ha dejado y comienza con todas sus fuerzas el as­censo hacia la «fortuna». Pero los duros avatares de la vida a través de sus acontecimientos le hacen recapacitar cuando precisamente ha alcan­zado el objetivo a que aspiraba.
  • Este chico se convierte en un hombre famoso, conocido y apre­ciado en la corte, lo que le obliga, a pesar de sus propósitos y conocimientos, a adoptar ideas y prácticas del tiempo en que vive, aunque le dé su propia significación. Esta significación tendrá ocasión de expresarla en el entorno de vitalidad de la contrarreforma francesa, que aguza la inteligencia de unos, abre las bolsas de caudales de otros y, finalmente, anima a otros a seguir tales o cuales directrices.
  • La originalidad de este hombre y su brillante ascensión hacia cum­bres insospechadas por él mismo —cosa bastante difícil en aquella socie­dad copada de nobles por todas partes— es indiscutible. Algo más dis­cutible sería si no olvidó su condición de hombre del pueblo, al limitarse a una obra de contención —y como toda contención, eminentemente pa­siva— en vez de ayudar a ese sector que él veía tan deprimido y explo­tado. ¿Es imposible en el encuadre sociológico del siglo XVII francés pen­sar, además de una caridad-limosna, una caridad-promoción?
  • Ese hombre, audaz y valiente —nadie lo duda—, ¿hizo todo lo po­sible por romper el «status quo» reinante, o dejó amplitud, rompió el fuego para que sus sucesores siguieran en la brecha y aun avanzaran en un mayor servicio al HOMBRE NECESITADO, con unas exigencias que pueden ser muy distintas a las que él encontró?

En fin, no quiero seguir poniendo interrogantes porque no sé a dónde iría a parar, y ante la incertidumbre de lo desconocido es preferible que cada uno dé su respuesta y luego la confronte —se atreva a confrontar­la— con los miembros de su comunidad, haciendo así realidad de una vez esa frase tan difícil de creer para los que nos observan y esperan algo de nosotros: A EVANGELIZAR A LOS POBRES FUI ENVIADO.

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