II. IMPULSO COMERCIAL
Es bastante valiosa una visión del siglo XVII comercial, por ser la época en que se consolidan y aumentan las conquistas territoriales de mundos hasta entonces desconocidos, provocando con ello un trascendental cambio en el mundo de las relaciones económicas. Para una más clara visión panorámica vamos a dar por sentado que la expansión comercial es una expansión establecida desde Europa y llevada por europeos —para su provecho— a todos los países recientemente descubiertos y a los que se irán descubriendo conforme vayan avanzando las técnicas e inventos. Esta expansión se apoya en tres pilares fundamentales: desarrollo de la producción, desarrollo financiero, que implicará una política comercial a escala nacionalista y desarrollo de las técnicas de navegación, elemento imprescindible para la expansión.
Estos tres pilares están estudiados por F. Mauro en dos libros, de los que voy a extractar las ideas principales. En primer lugar vamos a distinguir la producción agrícola de la industrial. Hablemos de la agrícola. En la Europa mediterránea podemos constatar grandes zonas de bosques y prados en las zonas montañosas, las cuales, además de madera y pastos, proporcionan emigrantes debido a una abundantísima natalidad. En las laderas se observa el cultivo mixto: viña, olivo y trigo, convirtiéndose las mesetas en auténticos graneros de trigo. De la colaboración entre montaña y meseta sale la trashumancia. En la Europa atlántica, concretamente en la zona sudoeste, se extendió el cultivo del maíz, que hizo retroceder muchísimo la zona de barbecho. El nogal sustituye aquí al mediterráneo olivo, y se hacen las rotaciones de cultivos de forma bienal. Para disminuir los riesgos de una mala recolección a causa de la incertidumbre y variabilidad del tiempo, se practica mucho el cultivo de clases variadas (policultivo).
La producción agrícola varía en el espacio y el tiempo, al depender de dos factores evidentes: los cambios de índices de crecimiento debidos a las variaciones de clima, progresos técnico-agronómicos e inversiones agrícolas y también a la extensión de las superficies cultivadas, roturaciones, mejora de tierras, gracias al abono animal y mineral, dedicación de más espacio al cultivo… Veamos cómo A. Feillet ve a la agricultura francesa y su rentabilidad aproximada: en 1550 cada hectárea producía por término medio 37 francos; en 1650 (en plena Fronda), 13 francos; en 1660 baja a 10 francos, y no subirá hasta 1750, en que produce 14 francos, pasando en 1857 a conseguir la cifra más alta, 49 francos.
Más adelante hablaremos extensamente del campesino como individuo en relación con la sociedad. Ahora pasamos al sector industrial, bastante desconocido —a mi parecer–. Esta producción industrial la vamos a estructurar en tres aspectos:
- Industrias ligadas a los productos del suelo.
- Industrias ligadas a los productos del subsuelo.
- Industrias relacionadas con el mar.
a) Industrias ligadas a los productos del suelo.
1. Madera. Hasta la utilización y comercialización de la hulla –de la que los ingleses fueron los pioneros—, y que incrementará la metalurgia, la madera es un elemento indispensable y vital para el hombre. Con ella se calienta, construye sus casas y fabrica la gran mayoría de sus utensilios. En los bosques franceses, siguiendo un orden, existían los leñadores, que derriban los árboles y los dejan listos para que los hendidores trabajen la madera. Del bosque también vive el carbonero, que abastece de carbón de madera a pueblos y ciudades, y el encinerador, que transforma en cenizas la madera, a veces la de mucho valor, ceniza que luego se utilizará para la fabricación del vidrio, de potasa (para las coladas) y de la pólvora. Finalmente, podemos notar la existencia de toneleros, carpinteros, ebanistas y comerciantes de la madera, que, en este siglo de abundantes navegaciones e impulso de la construcción naval, es una profesión muy lucrativa.
2. Industrias textiles. Podemos advertir las siguientes clases:
- Lana. En este siglo la explotación europea de la lana está copada por dos potencias, España (ovejas merinas) e Inglaterra. Esto en lo que se refiere a la materia prima. En el proceso de elaboración, los dos colosos de la industria textil del siglo anterior, las repúblicas italianas —Florencia, Venecia, Bolonia— y Flandes dejan su puesto a holandeses, ingleses y franceses (Montpellier).
- Lino. Propio de las zonas húmedas. En Francia se da, sobre todo, en los valles de Saona, Ródano, Borgoña, La Bresse y El Bugey.
- Seda. Industria de origen china que en Francia adquiere su mayoría de edad con los imponentes telares de Tours y Lyon. Estos telares eran curiosos por ser construcciones de cinco a seis pisos, cuando la casa de vecinos más alta no poseía más de tres.
3. Industrias químicas del tinte. Procedían del tratamiento de ciertas plantas como la granza, la gualda, el azafrán y el pastel. El pastel nos interesa, sobre todo, por centrarse su comercialización en la zona de Toulouse. Era una planta bianual, muy trabajosa y que con el indigo produce un azul indeleble. Digno de mención especial es también el alumbre, que mezclado con otros tintes da mordiente al tejido, pero no tanto por eso es importante como por la interesante cuestión de su comercialización a cargo de los Romanos Pontífices desde el descubrimiento de los yacimientos de Tolfa, localidad cercana a Roma y, por tanto, propiedad de los Estados Pontificios. Se pretendió hacer una explotación comercial apoyándose en la creencia religiosa de la Europa de aquel momento.
4. Otras industrias ligadas a los productos del suelo:
- Los molinos: de viento y de agua, con muy pocas variaciones desde la Edad Media, salvo algunas pequeñas mejoras técnicas. Solían ser particulares, puesto que se necesitaba muy poca mano de obra.
- Industrias del cuero y del papel: la del cuero estaba muy ligada a la importación de la materia prima de las colonias americanas, y la del papel, ya más necesitada de obreros por la difícil tarea de espadillado, remojo y prensado de la materia prima (lino, algodón, paja o madera).
b) Industrias ligadas a los productos del subsuelo.
1. Las minas de hulla. Comienza Lieja siendo la primera productora europea del ramo, pero pronto Inglaterra la supera. Francia quedará en una posición intermedia.
2. La siderurgia. Comienza a tomar auge con el capitalismo, pues las instalaciones cada vez más costosas, adelantadas y complicadas, exigen sumas para su puesta en marcha que está fuera del alcance de las posibilidades artesanales.
3. Otras metalurgias:
- Ø Cobre: Suecia tiene la primacía europea.
- Ø Estaño, bronce, plomo y mercurio van cobrando sucesiva importancia —sobre todo el bronce, para campanas y cañones— según las exigencias y demandas del tiempo.
c) Industrias relacionadas con el mar.
1. Pesca: hoy resulta imposible describir las técnicas y métodos empleados en aquella época, lo mismo que su comercialización, debido a la escasa literatura al respecto. Sólo se sabe que el pescado era consumido casi exclusivamente en las zonas del litoral y en las casas de los ricos del interior. También se sabe que los nórdicos se aventuraban a grandes distancias en sus pequeños barcos, pero sus métodos no los poseemos.
2. Sal. Elemento importantísimo. La salinas eran propiedad real y había un impuesto especial sobre la sal que se irá eliminando con los sucesivos descubrimientos de los yacimientos de tierra y con el aumento masivo de salinas, sobre todo en los países bañados por el Mediterráneo. Su importancia en aquello época es comparada con la del acero en la época actual.
Pasemos ahora a nuestro segundo pilar fundamental, al desarrollo financiero, que, con la expansión colonial, se incrementa en gran manera y se perfecciona.
Las grandes empresas familiares del tipo de los Fugger, Médicis, Weber… se ven desbordadas por esta expansión. También queda patente el fracaso de asociaciones de comerciantes semigremiales como la Hansa del Norte de Europa, por ser insuficientes para un comercio regular que estimule la vida de una colonia, y así Hamburgo, punto neurálgico de la Hansa, tendrá que cifrar su progreso de ahora en adelante como distribuidor para la Europa Central de los producto coloniales de Holanda e Inglaterra.
El gran éxito del siglo XVII son las sociedades por acciones. Estas sociedades existían ya desde la Edad Media, pero a partir del 1600 toman forma y son el fundamento del capitalismo naciente. Jurídicamente son sociedades de capitales cuyas acciones son negociables con características análogas a nuestras sociedades anónimas. Estas sociedades reciben títulos que les garantizan determinados privilegios: monopolios más o menos amplios, derecho a distribuir tierras entre los colonos y exenciones de impuestos. De 1626 a 1725 se pueden contabilizar hasta setenta y ocho compañías anónimas en Europa. Pero ante los resultados financieros obtenidos (ninguna pagaba los dividendos con regularidad, y bastantes acababan en bancarrota), y al desaparecer los motivos que las ocasionaron (promover la inversión del dinero y asegurar la vida de los colonizadores), la gran mayoría de ellas desaparecieron. De 1715 a 1785 sólo funcionaron doce.
Estas empresas se apoyaban en poderosos auxiliares. Veamos los más significativos:
- Crédito a corto y largo plazo que, en Francia, a partir del 1646, se divide en sociedades a título colectivo (salen todos responsables del dinero empleado; hoy correspondería a una sociedad anónima) y sociedades en comandita (lo que hoy llamamos sociedad limitada).
- Bancos y plazas financieras. Los bancos pueden ser de depósitos y transferencia de créditos (los de Amsterdan, 1609, y Hamburgo, 1619), bancos de negocios (comerciantes banqueros de Lyón y de Ginebra) o bancos omnivalentes (el de Inglaterra, de 1694). Se consideraban banqueros también los aseguradores marítimos. Las pólizas de seguros no eran «a todo riesgo», pero presentaban sus ventajas, sobre todo debido a la abundancia de piratas, que si en el Mediterráneo eran los berberiscos en el Atlántico se distinguieron los de Dunquerque. La ciudad bancaria francesa más importante es Lyón, por estar situadas en ella las centrales de 169 bancos de un total de 209 establecidos en Francia por esta época.
- Ferias. Está ya tan desarrollado el comercio, que sólo se llevan a las ferias las muestras y se paga en letras. Es tal la energía financiera de las ferias, que en ellas incluso se toman, a cambio de bonos del Estado, las sumas necesarias para las guerras y expediciones aventureras patrocinadas por el Estado, ansioso de descubrir nuevos mercados. Esto se daba sobre todo en las grandes plazas mercantiles internacionales como lo eran Medina, Lyón, Gónova, Leipzig, pero también las ferias locales tenían gran movilidad monetaria, por ser casi la única ocasión de intercambio.
- Puertos. Son la base de la expansión colonial y primer factor de importancia para los banqueros. En el siglo XVII, además de Sevilla, Génova, Venecia y Hamburgo, cobran máxima importancia Londres, Amsterdam, Saint Malo y, sobre todo, Marsella, que arrebata a Barcelona gran parte del tráfico mediterráneo y canaliza hasta un 30 por 100 del tráfico colonial francés.
Valor importante para el desarrollo financiero tiene la circulación de la moneda. Sin meternos en mayores complicaciones vamos a ver un pequeño panorama de la situación monetaria del siglo XVII francés.
En este siglo se usan monedas de oro, plata y cobre. Las monedas de oro que estaban en circulación eran: el enrique de oro, por valor de 3,6 y 12 libras, usándose sólo bajo Enrique IV; el escudo de oro, cuyo valor era de 24 libras, usándose hasta el fin del reinado de Luis XIII; finalmente comenzó a circular el luis de oro, que vino a sustituir al escudo y cuyo valor era el mismo, es decir 24 libras.
En plata hay que notar la existencia del enrique de plata, usándose sólo bajo el reinado de Enrique IV y cuyo valor era de 5,6 y 20 sueldos; el escudo de plata, equivalente a 3 libras, teniendo este escudo varios múltiplos y submúltiplos; finalmente tenemos el testón, cuyo valor equivalía a 10 libras.
Finalmente tenemos las monedas de vellón: el sueldo, que equivale a doce denarios y es la vigésima parte de la libra; tenemos también el ochavo, que equivale a 3 denarios, y finalmente el denario como moneda de inicio de contabilidad. Entre las monedas de poco uso podemos observar el óbolo, que equivale a medio denario, y la pita, equivalente a medio óbolo, es decir, a una cuarta parte de un denario.
A partir de 1667 sólo se reconoce en Francia oficialmente las divisiones y subdivisiones de valores con respecto a libra turnesa, abandonando definitivamente el valor de la libra parisina, un cuarto más fuerte que la turnesa, es decir, si la turnesa valía 20 sueldos, la parisina vale.
Resumiendo, diremos que hay tres monedas base:
- La libra, equivalente al franco y usada como moneda de referencia, puramente nominal, equivalente a 20 sueldos y 240 denarios.
- El sueldo, moneda de cobre, equivalente a 12 denarios.
- El denario, moneda más baja, usada generalmente en cobre.
Una pequeña observación es que la equivalencia entre la libra y el franco viene dada por el uso: la libra se usa más como declaración de renta en moneda nominal, y el franco se usa más cuando se habla de dinero en efectivo.
La acuñación de la moneda es reconocida como función de Estado en Francia a partir de 1685. Hasta entonces existen usos locales que adquieren el derecho a acuñar monedas, pagando un impuesto al rey: cabildos de Angers y Burdeos, Provenza, Delfinado y Bretaña. La distribución de las cecas —casas de acuñación de moneda— se organizará a partir de
1557, instalándolas en las ciudades en que residían los tesoreros e inspectores de las finanzas, lo que significa qu ese reducen a 16 ó 17 en toda Francia.
Veamos ahora un balance del siglo, en lo que a metal precioso se refiere, y también las demandas o abundancia de monedas que hay:
1590-1620, negativo. Baja de la producción de la plata americana. Tregua de Doce Años en 1609. Creación de las grandes compañías holandesas.
1620-1640, positivo. Guerra de los Treinta Años. Desarrollo de las monedas de vellón. Desarrollo del Brasil azucarero. La pre-revolución industrial vuelve a tomar impulso en Inglaterra.
1640-1660, negativo. Fin de la guerra de los Treinta Años. Paz de Westfalia y de los Pirineos. Revoluciones. Fracaso de los holandeses en el Japón.
1660-1670, positivo. Reconstrucción después de la guerra. Política Colbertiana. Desarrollo de las Antillas.
1670-1690, negativo. Insuficiencia de metal precioso. Sistema bancario insuficiente. Guerras limitadas.
Otro factor a tener en cuenta es el estado de la contabilidad y los medios de pago en esta época. La contabilidad, que cobra gran auge debido al impulso de los reformadores, se extiende con gran rapidez y se perfecciona en las sociedades mercantiles de este siglo. Aunque distaban mucho de la perfección de hoy día, se va perfeccionando, sobre todo a partir del «Code de Comerce» de Savary, al imponer la contabilidad regular con establecimiento de inventario en todas las compañías.
Los medios de pago entre las grandes compañías era variado: monetario, crediticio, en bienes… Si nos metemos en terreno de productores y campesinos, podemos ver también varios: el monetario, que solía ser el menos frecuente; el de trueque o intercambio de mercancías de parecido o del mismo valor, o el autoconsumo, en el que el adeudado pagaba con su trabajo la deuda contraída.
Esta pequeña aclaración financiera nos da paso para entrar en las principales políticas económicas europeas, característica elemental de este siglo. Comenzando por Holanda, se puede ver la razón de su prioridad en la lucha tanto política como económica. Las victorias de los holandesas, al frente de los cuales estaba el «stadhouter» Guillermo de Nasau, llevan a Holanda a miles de refugiados belgas, judíos, moriscos y hasta franceses. La victoria económica llegó al crearse en 1602 la Compañía General de las Indias Orientales (V. O. C.), con un capital de 6,5 millones de florines. Luego viene la creación del Banco de Amsterdam, en 1609, que financia las expediciones y se encarga de los beneficios. La victoria económica contra el imperio español consiste en organizar el contrabando con las colonias y el comercio de esclavos, muy rentable en estos momentos. Además, los ataques piratas a la flota comercial española no estaban descartados, aunque serán los ingleses los que en este campo lleven la palma. Pero no sólo la lucha contra el imperio español fue la clave del éxito holandés: de máxima importancia es la planificación de la política comercial a seguir llevada a cabo por la oligarquía mercantilista de Amsterdam. Esto será lo que principalmente convierte a Holanda en la primera potencia colonial del siglo, dejando luego ese puesto a los ingleses.
En Inglaterra, el potencial económico se forja en los siguientes principios: Abolición de monopolios, sustitución de militarismo vigente en todos los países, excepto en Holanda—, se asocia la prosperidad de los armadores a la prosperidad del Estado, consiguiendo así ser la primera potencia naval, cosa que retuvo hasta el siglo XX. Unido a esto la ausencia total del escrúpulo para hundir a quien sea y como sea para abrir nuevos mercados a sus productos, que acarrea una lluvia de fortunas sobre la nación. Por no citar más que dos casos, recordemos el comercio de esclavos y la organización y aliento de los ataques piratas contra las naves españolas que traían metal precioso a España. Otro de los pilares de su progreso es la creación del mercado de capitales —Bolsa–, que comienza a funcionar en Londres desde 1571. Consecuencia del parlamentarismo es la política financiera del Estado al pedir préstamos a la Banca nacional para sus empresas comerciales y militares —Felipe II y Carlos I lo piden a los banqueros flamencos— y, cerrando el ciclo, la banca favorece los intereses comerciales y el bienestar de la nación proporcionando una moneda estable.
En Francia comienza el despertar del desarrollo económico con Sully, bajo Enrique IV. Este ministro impulsa la vida comercial atendiendo a los dos factores básicos: agricultura e industria. Comienza la supresión de barreras aduaneras entre las provincias, favorece y promueve el comercio y mejora de granos de siembra y planifica canalizaciones y carreteras. En la industria crea la comisión de comercio, que se encargará de promover la producción de las sederías de Lyon y Tours y los telares de París. También intenta la promoción de la marina, pero será su sucesor, Richelieu, quien le dé a la marina el impulso definitivo. Sin embargo, Sully nunca se decidió por una de las teorías que se discutían en aquel tiempo: una, que se consideraba a la agricultura como el fundamento básico de cualquier despegue económico nacional (Loyseau), y la otra, para quien ese fundamento estaba en la balanza comercial con el exterior (Laffemas). Este será el sueño de Colbert en plena época mercantilista.
Con Richelieu toma forma el impulso expansionista. Su idea obsesiva es hacer de Francia un solo pueblo (centralismo) y la mayor potencia de Europa (hegemonía), no importándole qué medios usar para conseguirlo. En el aspecto social veremos algunos de los efectos de esta política. Ahora nos limitaremos a su política económica. Primer dato: en el período 1610-1642 se pasa de una recaudación de 17 millones de libras a 44 millones, y el Estado está empeñado. ¿Causas? Las guerras y las inversiones numerosas, tanto terrestres como marítimas: comienza la elaboración de industrias de lujo en París, continúan incrementándose los telares de Lyon y Tours, y Marsella con sus alrededores se convierte en el centro neurálgico del Mediterráneo al elaborarse allí los cueros de Cerdeña, Oriente y Magreb, el aceite de Nápoles y Estados pontificios, y las melazas de Siria y las Antillas. Montpellier cobra auges de ciudad industrial y –comienzan a hacerse sonar los puertos de la Ciotat, La Seyne, Toulon, Saint Tropez… La Provence acoge a gran cantidad de inmigrantes italianos que desarrollan la cerámica y la vidriería.
En su política comercial con respecto a las empresas que crea, quiere hacer un conglomeradka, tomando lo que él juzga bueno de las experiencias de las otras naciones europeas. De la experiencia comercial española toma el que el Estado lleve la iniciativa – -creación y limitación de fines y privilegios—. De la experiencia holandesa e inglesa intenta aprender el dejar libertad de acción a estas compañías, no ligándolas a la pesadez de la máquina burocrática estatal. Siguiendo la línea de Sully, quiere construir la grandeza de Francia mediante la colaboración del Estado y la iniciativa privada, pero fracasa al programar las cosas tan a largo plazo, que los comerciantes de Marsella, La Rochelle, Nantes o Rouen, preferían invertir sus capitales en las compañías holandeses que aportaban beneficios inmediatos. Fracasó, pues, porque no se le secundó en sus proyectos, que era lo que él buscaba, y que, en parte, daba por supuesto.
Durante su mandato, la situación colonial está así: En 1627 se funda la Compañía de los Cien Asociados, para la explotación del Canadá. En 1633 nace la compañía del Cabo Verde, que comienza asentándose en el Senegal, donde comercia con la trata de negros y, más tarde, en 1642 comienza la colonización de Madagascar. En 1635 surge la compañía de las islas de América, orientándose hacia las islas Martinica, Guadalupe y Dominica. Además hay consulados comerciales en Argel y Marruecos.
Y, sin más, llegamos a Colbert, pues Mazarino no hace sino seguir la línea de Richelieu, más en línea descendente que ascendente. Podemos resumir la idea colbertiana en breves frases. Su lema: «Todo para el Estado y por el Estado». Su política: Proteccionismo —fuertes subvenciones y privilegios a las manufacturas nacionales y cargas pesadas a las extranjeras— y balanza comercial —prohibición sumarísima de invertir en el extranjero, con balance anual de las entradas y salidas—. El pueblo, tanto más rico es, cuanto mayor es el número de moneda de que dispone, de cantidad de oro. Y para tener moneda hace falta producir y vender, y para vender al extranjero hay que vender barato para adquirir mercados y asegurar la producción. Todas estas consideraciones en la mente de Colbert le llevan a desencadenar una política económica revolucionaria, desusada en Francia, aunque ya en vigor en Holanda e Inglaterra.
Surgen factorías por todas partes, con obligación de los ciudadanos de atender toda demanda de mano de obra necesaria, bajo pena de galeras. Se suprimen las barreras aduaneras mediante la creación de puertos francos (Marsella, Dunkerque, Bayona). Se arreglan caminos, se impulsa la marina y se organiza el servicio regular de correspondencia con veinte ciudades de Francia. Riquet pone en marcha su proyecto de unir el Mediterráneo con el Atlántico, mediante el canal de Languedoc, proyecto que se terminará en 1684. Se crea un organismo rector para coordinar todo este movimiento productivo el cual se llamará Consejo de Comercio, del que Colbert es el primer presidente.
A la hora de valorar todo este empuje hay que decir también que Colbert fracasa en sus líneas esenciales. Siguiendo las iniciativas de Laffemas, planea todo el desarrollo nacional de espaldas a la agricultura y esto, a la larga, origina su fracaso. Otro fallo de planificación es que lo planifica todo desde arriba, siguiendo los intereses estatales, y esto lo acusarán las compañías comerciales, limitándose a vegetar con la protección estatal, mientras las compañías holandesas aportan dividendos del 25 al 75 por 100. Otro fallo más, y éste quizá sea el más estrepitoso, es que más que una política económica, lo que se observa en el mercantilismo de Colbert es una filosofía inconsciente e inconexa de la economía, al medir el valor real de los productos por su calidad sin tener en cuenta la demanda.
Resumiendo la situación francesa en esta última época del siglo diremos que Francia es una factoría cuya maquinaria era puesta en marcha por una sola mano y donde sólo se valoraba la capacidad de producción de toda persona o institución. «Maldita sea, en Holanda no existen monjes» (Colbert).
Pasamos ahora al tercer y último factor: la navegación. Podremos ver cómo han cambiado y seguirán cambiando en todo el siglo XVII las perspectivas y técnicas de las respectivas marinas nacionales. En una etapa de continuos descubrimientos como es la que nos ocupa, la construcción de navíos se hace conforme a las exigencias que se va imponiendo la humanidad en expansión: rapidez, seguridad, capacidad. Decae la marina española, la portuguesa y la de las diversas repúblicas italianas, y se despegan de manera increíble la holandesa, la inglesa, y algo más tardíamente –será en la segunda mitad del siglo con el Colbertismo— se hace notar también la francesa.
Los viajes eran bastante lentos en relación con los actuales: en 1600 se tardaba cuatro meses en hacer la ruta Cabo de Buena Esperanza-Lisboa. En 1639 se tardaba desde las Azores a Bahía dos meses catorce días, y ya en 1650 se empleaba mes y medio para ir desde Lisboa a la línea ecuatorial. La vida a bordo era bastante incómoda y monótona, ya que sólo las personalidades podían disponer de espacio en el castillo de proa. La alimentación era bastante abundante (se consumían 3.500 calorías diarias, equivalente a lo que consumo un obrero en nuestros días), pero tenían el inconveniente de carecer de vitamina C por falta de alimentos frescos, con lo que se declaraba frecuentemente el escorbuto.
Las posibilidades de desorientación se hacen cada vez menores al perfeccionarse los instrumentos de navegación (doble brújula, cuadrante de Davis, reloj marino de Huyghens). Para conocer la velocidad del navío en alta mar se generalizó el uso del aparato llamado corredera y el de la ampolleta o reloj de arena de 30 segundos de duración.
Es importante también observar el fenómeno de las exploraciones, que surgen desde el 1600 y no se cierran hasta 1800 aproximadamente. Pero no las vamos a considerar desde el punto de vista de ventura, que a mi parecer ya está bastante explotado, sino desde sus motivaciones políticas y económicas. Entre las motivaciones políticas podemos observar cómo franceses e ingleses se esfuerzan por buscar un paso por el noroeste
para evitar así la vigilancia de holandeses y portugueses en el Cabo de Buena Esperanza y de los españoles en el Estrecho de Magallanes. Otra motivación política no menos importante es el reconocido derecho de posesión al primer ocupante que impulsará a las potencias occidentales a dedicar grandes sumas para descubrir el legendario continente austral. Tampoco la economía es ajena a estas exploraciones: la exploración al Canadá está estrechamente ligada a la comercialización de pieles. Las expediciones al interior del continente asiático tienen como finalidad, entre otras, el establecimiento de relaciones comerciales (los ingleses, en Persia e Indostán, y los franceses, en la India y sudeste asiático).
Las posibilidades marítimas de la Francia del siglo XVII nos las dan Braudel-Labrouse (6) en estos términos: a la llegada de Richelieu al poder se disponía de una flota escasísima, eminentemente de guerra. En 1664 ya cuentan con 350 barcos de gran tonelaje. En 1683 alcanzan ya los 500 y hacia la caída del siglo, 1704, se dipone ya de 700 buques de altura que en 1791, en plena euforia colonial, asciende a 2.341. El período colonial comienza en Francia después de la guerra de los Treinta Años. Se pueden establecer esquemas del movimiento colonial por épocas: antes de 1650 será Canadá el lugar más frecuentado por los franceses, seguido de las Antillas. En el reinado de Luis XIV se prefieren las rutas asiáticas. Entre 1713 y 1763 se exploran continentes —exploración interior— y se dedican a la circumnavegación. Después se vuelve de nuevo al Canadá y al Gran Norte, para terminar finalmente en Africa y Oriente, entre 1788 y 1800.
Los puertos que acogían las mercancías de las colonias eran Marsella, que asume en esta época el 30 por 100 del comercio total francés, como ya queda dicho en otro lugar. Tienen también importancia Burdeos, La Rochela, El Havre, Saint Malo… Aunque no sea más que de paso, conviene resaltar la importancia de los mercados intereuropeos, así como la de los países musulmanes del Mediterráneo y los de Europa del Norte, pero todo este movimiento queda un poco al margen —sólo ingleses y holandeses lo cuidarán para dar salida a sus productos tanto coloniales como manufacturados, pues las miras están puestas en ultramar.
Veamos ahora las diversas zonas en que se observa el movimiento de navíos comerciales. Podemos distinguir esencialmente tres zonas: El océano Indico, hacia el que se canalizan los esfuerzos coloniales franceses (Madagascar, India, islas Polinesias…). En 1643, el recién llegado Mazarino impulsa la creación de la Compañía de Oriente para la colonización de Madagascar, y sus pioneros construirán la fortaleza de Fort Dauphin, fortaleza que ya está en la mente de San Vicente y allí mandará sus misioneros. La segunda zona será el océano Atlántico, que abarcaba las actividades de la zona no mediterránea de Marruecos, las Antillas, la costa africana hasta el Cabo y el inmenso Canadá. La última zona es el Mediterráneo, con las explotaciones en los países árabes y las colonias semi-independientes de Turquía, Argel y Túnez.
Como colofón a este apartado, no puedo menos de hacer una comparación con la época actual, en lo que al aspecto económico se refiere, Para ello me voy a servir de un cuadro recopilado por Albertini y con él nos daremos perfecta cuenta de las implicaciones que un tiempo de crisis podía tener en aquel tiempo mediante la comparación con las de la época actual:
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Época antigua (1709) |
Conceptos |
Época moderna (1929) |
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Se hunde |
La producción |
Disminuye |
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Doblan o triplican |
Precios |
Se hunden |
|
Doblan o triplican |
Beneficios |
Se hunden |
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Permanecen constantes |
Salarios |
Disminuyen |
|
Decrece |
Paro |
Crece |
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Hundimiento |
Nivel de vida medio |
Disminuye un 5% |
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10-30% de hambre |
Mortalidad |
Sin efecto |
Creo que los conceptos están lo suficientemente claros y se manejan en la actualidad lo bastante como para intentar cualquiera explicación que no estuviera de más.






