Aspectos del siglo XVII francés (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juan Carlos Peleteiro .
Tiempo de lectura estimado:

A la hora de presentar este trabajo quiero dejar constancia de los móviles que me han guiado a llevarlo a cabo: un deseo de aportar conoci­mientos fuera del alcance de muchos miembros de la familia vicenciana, y sobre todo estimular a estos miembros a que la lectura de estas líneas les lleve a una mejor planificación de su realidad vicenciana.

Para quienes desean profundizar más en alguno de los puntos tratados, o no hayan visto del todo claro lo que queda en ellos expresado, éstos son los libros que me han servido de base:

  • Chaunu, P.: «La civilisatión de l’Europe clasique». París.
  • Mousnier, R.: «Los siglos XVI y XVII». Barcelona.
  • Braudel-Labrouse: «Histoire economique et social de la France». París.
  • Mairon, M.: «Dictionaire des instituctions de la France». París.
  • Pirenne, I.: «Les grands courants de la histoire universelle». París.

Una pequeña aclaración para leer estas líneas es que he pretendido en todo lo posible a mis fuerzas, plasmar una realidad basándome en autores de reconocidos méritos científicos, hasta tal punto que quizá resulte esto demasiado árido. Pero pienso —y creo que el derecho a pensar todavía lo tenemos— que ya ha pasado la hora de los «cuentos» más o menos apologéticos y estereotipados, aunque todavía para algunos no resulte fácil prescindir de ellos. Por tanto, no se busque en todo lo que voy a exponer a continuación una inmediata aplicación a tal o cual caso concreto, aunque, confieso, que en algunos casos no he podido prescindir de las coincidencias.

Con estas aclaraciones, en parte obligadas, en parte debidas a mi inexperiencia en estas lides, pasamos al tema que nos hemos propuesto.

 

I. DATOS DEMOGRAFICOS

Hacia finales del siglo XVII Francia cuenta con 19 millones de ha­bitantes, según una estadística que publicó Vauban, a la que para hacernos una idea algo más exacta y científica podemos aplicar un error de un 10 por 100. En los albores del siglo XVII, y según los censos parroquiales y diocesanos, se contaba con 3.500.000 familias. Fromenteau deduce que aplicando a cada familia un número aproximado de cinco hijos —aunque las concepciones sean numerosísimas, la mortalidad infantil es devasta­dora— tendremos una población de 17 millones de franceses. Se ve cla­ramente que a pesar de las guerras civiles y de la política poco pacifista de Richelieu y MazarUno los franceses no han disminuido, siendo precisamente en este siglo cuando arrebatan a los españoles la soberanía con­tinental.

Si pasamos ahora a una visión comparativa de la población en Europa, observamos que Francia es, sin duda, la nación más poblada de Europa, con sus 17 millones de habitantes. Los territorios de la actual Italia agru­paban a 13 millones. Los países que ocupa el actual o los actuales estados alemanes, diez millones. Rusia europea contaba con ocho; Turquía, otros ocho; España, ocho; Inglaterra, cinco; Países Bajos, tres; Portugal, uno. La zona más densamente poblada de Europa es la franja que va desde Mesina a los Países Bajos, con una densidad de 34 habitantes por kiló­metro cuadrado. Esta franja pasa enteramente por Francia. Es lógico que estos millones de habitantes, aunque no estén militarmente explotados —el servicio militar obligatorio vendrá con la Revolución— contribuyan con su trabajo, ingenio e impuesto fiscal al encumbramiento de su nación como soberana de Europa.

Si nos centramos ya en Francia, podemos observar el proceso de na­cimiento, conservación y extinción de ese factor tan capital como es el humano. El movimiento demográfico está influido por la profesión de la virginidad femenina —casi nula entre las familias humildes (5 por 100), bastante más elevado entre las familias pudientes (10 por 100)—, la edad de la mujer al casarse y la falta de asistencia médica en los partos; gran número de mujeres mueren en el primer parto a causa de la escasez de conocimientos y asistencias. Observemos otro factor bastante condicionan- te: el modo de celebrar los matrimonios. Salvo permisión especial, los matrimonios se celebran fuera del Adviento y Cuaresma. Por el registro de bautismos se deduce que la primavera era la época ideal de concep­ciones. Es curioso observar las estadísticas y ver cómo la gente se casaba en masa, «por temporadas», cuando los usos religiosos, locales o laborales se lo permiten. La fiesta se celebra casi siempre en casa de la novia y, en general, hay más racismo social en las clases urbanas que en las cam­pesinas, cosa chocante por ser el campesino más reacio al cambio de instituciones y estructuras que el habitante de la ciudad.

La edad media al casarse es de veinticuatro años en la mujer y de veintiocho en el hombre. Sobrepasa los límites de este trabajo el pre­guntarse el porqué de esta tardanza. La media tiende a bajar cuanto más alto se sube en la escala social, pero el término medio general está ahí, propugnado por historiadores de la talla de Braudel y Chaunu.

Los dos miembros de la pareja solían permanecer poco juntos. Vea­mos las causas: las frecuentes guerras y el progresivo incremento de las aventuras ultramarinas no daban descanso al hombre, y los partos difí­ciles y usura del cuerpo —se entiende por usura del cuerpo el poco cui­dado que la mujer tiene de su cuerpo, bastante maltratado por los abortos deliberados, por el fuerte puritanismo religioso, por el trabajo excesivo (Chaunu)— todo esto en las mujeres se encargaban de tener a la pareja separada por más tiempo de la por ella deseada. No obstante hay que asegurar que las concepciones eran numerosísimas, pues la tremenda mortalidad infantil (hasta un 50 por 100 calcula Braudel) causadas por incapacidad y falta de comadronas, contagios y epidemias por falta de higiene, y el aumento de población que ya hemos visto, no dejan lugar a dudas.

Digno de admirar es también el escaso nivel de hijos ilegítimos. En el campo no llega a un 2 por 100 y en la ciudad este nivel sube hasta al­canzar en París el 10 por 100. Ante estos datos, tal vez deje de ser aven­turada la suposición de que los niños abandonados en las grandes ciuda­des son más bien víctimas de la pobreza o miseria que de la lascivia de los padres que los han abandonado. Cierto que los nacimientos ilegítimos irán en progresivo aumento con la concentración masiva de proletarios en las factorías.

Sobre la alimentación de las gentes del siglo XVII francés, ya sabemos que los nobles, ricos burgueses y alto clero no eran precisamente los que sufrían de escasez de proteínas. Sobre la gente humilde, tenemos informa­ción en la conferencia del P. Benito Martínez en la primera semana vicen­ciana. Parece ser que a proletarios y campesinos hay que añadir vi­carios de parroquias y abadías pobres y la servidumbre que no tenían inmediato acceso a las cocinas de sus señores. Para completar esta visión veamos lo que nos dice un experto en la materia, F. Mauro: «Se consumía un ligero porcentaje de azúcares –a partir del 1600 el azúcar deja ya de ser un producto puramente farmacéutico—, un porcentaje variable de cereales, que pasa a ser la base de la alimentación si exceptuamos las re­giones ganaderas. Las bebidas —vino, cerveza, sidra, alcoholes diversos— aportaban un estimulante y vitaminas que de otro modo sólo se encon­traban en los frutos y legumbres frescas que sólo consumían las clases ricas. Las especias de Oriente permitieron absorber alimentos menos fres­cos, pero aun así la alimentación era escasa. De ahí la importancia de las fiestas como pretexto para los banquetes.

Lo que más sorprende es la irregularidad en la alimentación, que de­pendía de la estación anual, época —es de notar el impresionante número de días de ayuno y abstinencia, hasta el extremo de no poder comprar carne a no ser con receta médica, clase social, medio geográfico y cir­cunstancias especiales. En conjunto, el hombre recibía una alimentación menos rica y menos equilibrada que actualmente».

Sobre la mortalidad, diremos que tiene sus épocas preferidas: el in­vierno, que con sus rigores acaba con los ancianos, y el verano, verdugo de la población infantil, alcanzando el punto culminante en agosto. Como posibles causas de esta mortalidad infantil, podíamos señalar un mayor número de nacidos, una alimentación materna más floja, un tiempo más propicio para la propagación de epidemias —difterias, sarampión, virue­la-, mayor peligro de contagio e infección a causa de la poca o nula higiene… Recuérdese que el siglo XVII pasará a la Historia como el gran siglo de la suciedad.

Independientemente de las estaciones, podemos anotar también los encargados de disminuir la población:

  • Malaria y fiebres tifoideas.
  •  Lepra, que pasa de enfermedad terrorífica, mediante la higiene y los atentos cuidados médicos, a excusa fácil de hambrientos que no saben cómo saciar su estómago.
  • Peste bubónica, que arrasa a Europa del 1624 a 1640 en colabora­ción con la guerra de los Treinta Años. Para reducir a este mortal ene­migo tendrá influencia decisiva la organización caritativa de la Reforma Católica.
  • Escasez y poca variedad de alimentos. P. Goubert aplica a este as­pecto la mayor responsabilidad de las crisis de población de 1630, de 1648-53 y del 1661-62.

No seríamos justos si no aludiéramos en este apartado, aunque sólo sea a la ligera, a la emigración, tanto interior como exterior, de la Francia del siglo XVII. El balance en general resulta positivo, pues a los soldados y aventureros marinos que Francia pierde en el extranjero le vienen a sustituir judíos y los moriscos expulsados de España por Felipe III y los tejedores y alfareros italianos venidos a menos. Tampoco se pueden pasar por alto los tejedores flamencos huidos de los Países Bajos españoles, ni los holandeses, ingleses y alemanes atraídos por la estabilidad del Edicto de Nantes. En el interior, podemos observar una fuerte emigración en dos sentidos: las zonas montañosas del país proporcionaban abundante mano de obra a las fértiles campiñas de la llanura, y éstas, a su vez, incapaces de proporcionar alimento a tanta gente, desplazaban a sus habitantes hacia las ciudades, coincidiendo con el nacimiento de la re­volución industrial, para formar en ellas un proletariado cada vez más inquietante.

Según Mousnier, los pobres, mal alimentados, eran viejos para el trabajo a la edad de treinta años y solían morir entre los treinta y los cuarenta. Los burgueses y nobles solían vivir hasta los sesenta, siendo muy raro el que pasaba de esa edad. P. Goubert aplica a toda la población francesa del siglo XVII una edad media de veinticinco años.

Terminemos esta visión con una panorámica de la población francesa, descrita por Mousnier: población total, 19 millones; población activa y asalariada, 40 por 100 = 8.300.000. Del 60 por 100 restante podemos dar cuenta así: 1/10, mendicidad; 5/10, situación difícil; 3/10, enfermos y adeudados; 1/10, nobles, clero, burguesía = 1.200.000.

Con este pequeño fundamento demográfico podremos comprender y situar mejor los dos aspectos siguientes, que vamos a estudiar inmediatamente.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *