Asociaciones eclesiales relativas a la Medalla Milagrosa

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Dios, C.M. · Año publicación original: 1986.
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Dos son las Asociaciones eclesiales relativas a la Medalla Milagrosa: las Hijas e Hijos de María y la Asociación de la Inmaculada Concepción de la Sagrada Medalla.

Hijas e Hijos de María

Las Hijas e Hijos de María han dado origen u ocasión a las Juventudes Marianas o Juventudes Marianas Vicencianas, se­gún los lugares, que vienen a ser una sección de las Hijas e Hijos de María. La adopción de nuevos nombres responde principalmente a presiones sociológicas. Pero hay una razón suprema por la cual nadie debiera “arredrarse” de llamarse y ser llamado hijo o hija de María: y es que todo cristiano debe aspirar a ser como Jesucristo y Jesucristo fue “hijo de María”. De hecho la expresión que la Virgen Milagrosa empleó al comunicar a Catalina Labouré su voluntad de que se fundara esta Asociación fue la de “enfants de Marie”, que, traducida, dice “hijas e hijos de María”. Cierto, claro está, que los tiempos cambian y son legítimas muchas renovaciones.

Esta Asociación nació por voluntad expresa de la Virgen. Desde el principio su insignia fue la Medalla Milagrosa; su fin el culto mariano, la santificación personal dentro del mundo a imitación de la Santísima Virgen, y el apostolado jerárquico canalizado la mayor parte de las veces a la catequesis y a las obras de caridad; y el alma de su espiritualidad se fue concretando progresivamente en la consagración mariana, definida así por un Manual de las Hijas de María: “Es un acto explícito por el cual un cristiano, renovando las promesas del bautismo, se entrega incondicionalmente al seguimiento de Cristo, por me­dio y a imitación de su Santísima Madre. La Consagración revela las exigencias espirituales de la Asociación: vivir inten­samente en Cristo y por Cristo, tomar en serio el Evangelio y buscar la perfección del amor. Para realizar este ideal nos entregamos totalmente a Cristo y encontramos en María el camino que conduce más directamente a él”.

En un determinado momento posconciliar de desvaloriza­ción de las asociaciones eclesiales tradicionales, el nombre de Hijos e Hijas de María comenzó a sonar peyorativamente. Quizá sean iluminadores, y no sólo para el lugar en que fueron escritos, los párrafos siguientes del estudio sobre “La Congrega­ción de la Misión en México”, preparado por Juan José Muñoz y Vicente de Dios para la Enciclopedia de la Iglesia Católica en México, dirigida por José Rogelio Alvarez:

“Históricamente, la formación espiritual de las Hijas de María tuvo en México un sentido propio de la mayor parte del tiempo que fueron viviendo: el sentido pesimista del mundo y del momento. Se ve corrupción y elementos corruptores en todas partes. Surge la necesidad de la huida del mundo, y surge la imagen de la virgen o vírgenes cristianas de la primitiva Iglesia. Con la diferencia de que las jóvenes actuales no huyen al desierto ni a los conventos, sino que permanecen en la casa, la escuela, el trabajo: en el mundo. Pero con todos los hábitos y virtudes de las vírgenes cristianas, particularmente la opción por la virginidad en el sentido ascético y como todo un símbolo de oposición y testimonio. Una doctrina con riesgos tremendos, que, en momentos de equilibrio y de buena dirección, creó generaciones de Hijas de María de mucho temple y que, real­mente, tanto en su vida personal y comunitaria como en los múltiples elementos con que se adornaron, fueron santo y seña de una vida cristiana pujante; pero que, en otros momentos de no tan acertada dirección y de envejecimiento de personas y símbolos, derivó a posturas excéntricas.

“La formación de las Hijas de María tuvo y tiene otra vertiente muy enriquecedora: lo vicenciano. Los misioneros escribieron en el Boletín y predicaron para las Hijas de María la doctrina espiritual de su tiempo; pero, sobre todo en las confe­rencias y retiros, aflora la doctrina vicenciana de las Hijas de la Caridad y también el estilo de dirigirse a ellas: las Hijas de María son hijas de Dios, predilectas de Dios; esta predilección gratuita debe crear en ellas una confiada conciencia de filiación; y debe invitar al cultivo de virtudes como la sencillez, la caridad fraterna, la humildad, la mortificación; y entender la perfección como un hacer en todo la voluntad de Dios, más con amor efectivo que afectivo; y estar alertas ante el pecado, la tibieza y las sequedades espirituales…”

El estudio continúa con el apostolado ejercido en esos tiempos por las Hijas de María. Vemos, pues, que lo mariano y lo vicenciano actuaron eficazmente en ellas, en conformidad con los momentos que vivían y… con la formación que recibían cuando la promoción laical ni siquiera se nombraba. Pero aquellas Hijas de María fueron y son admirables y ejemplares por su entrega total, que en muchas llegó hasta el martirio. Las razones de que su nombre alcanzara algún día un significado peyorativo, estoy seguro de que no se debió a ellas, sino, como ya queda apuntado, a desaciertos en sus directores y jerarquías y desde luego a la estampida provocada por un nuevo modo de entender al hombre y a la Iglesia. Su renovación era evidente­mente necesaria como parte o consecuencia de la más necesa­ria renovación de toda la Iglesia.

Ese esfuerzo de renovación, por parte de las Hijas e Hijos de María, es hoy un hecho en casi todas partes, porque donde se las ha dejado morir no ha podido haber renovación. Un hecho significado en parte por la adopción de nuevos nombres y de adecuados talantes. Uno de los esfuerzos más relevantes y eleccionadores lo constituyen las Juventudes Marianas Vicen­cianas de España, con su proyecto de pastoral en línea catecu­menal, sus encuentros locales, sus concentraciones anuales masivas, su Informativo, sus acciones de pastoral vocacional y de pastoral misionera. Es un índice de las posibilidades espirituales y pastorales juveniles y de otras clases que están latentes en el mensaje de la Medalla y en la fuerza perenne de Vicente de Paúl. Por eso las experiencias de renovación pueden ser ade­más otras, y lo son en muchos lugares, vgr. en Latinoamérica, donde por ejemplo una Asociación de Hijas e Hijos de María forma un Equipo misionero entre ellos, para que, en sus tiem­pos libres y de vacaciones, vaya a los pequeños ranchos olvida­dos a dar misiones sencillas al estilo vicenciano. Las necesida­des son muchas y sólo hacen falta ganas de secundar al Espíritu que descendió sobre María y los apóstoles. En todo caso, ojalá no se olviden nunca las referencias explicitas a la Medalla Milagrosa, al espíritu evangelizador de los pobres de Vicente de Paúl, y al alma de la espiritualidad de los Hijos e Hijas de María, la consagrada con todo al servicio de su Hijo y del Reino de su Hijo.

Los Directorios de la Asociación hablan de Secciones Juve­niles (ángeles, mensajeros y aspirantes), de Juventudes Maria­nas (jóvenes de ambos sexos) y de Hijas-Hijos mayores (solteros o casados). Son tradiciones que marcan una gradualidad cre­ciente no sólo en edad, sino en exigencia; que le dan al grupo, a una con otras tradiciones, raíces, historia y motivaciones; y que de suyo cohesionan y fortalecen. El Vaticano II dice que “aquellas asociaciones que la jerarquía ha alabado, o recomen­dado, o declarado urgentes según las necesidades de tiempos y lugares, han de apreciarlas sobremanera los sacerdotes, los religiosos y los seglares y han de promoverlas… entre ellas —termina el Concilio— han de contarse, sobre todo hoy, las asociaciones o grupos internacionales católicos” (AA 21). Qui­zás habría que recordar este texto a muchos sacerdotes que, con un abrumador desconocimiento de causa, dicen que no a la primera y sin pensarlo antes ni después a grupos como el de las Hijas e Hijos de María.

Es necesaria la relación con la jerarquía de la Iglesia local para cumplir las normas en vigor sobre la erección de un Grupo o de un Centro en la Diócesis, para vivir en comunión con los organismos existentes de espiritualidad y apostolado, y para integrarse en la pastoral de conjunto, a fin de vivir así de un modo concreto y bien ubicado el fin apostólico de la Asocia­ción.

Asociación de la Medalla Milagrosa

La Asociación de la Inmaculada Concepción de la Sagrada Meda­lla o, más sencillamente, la Asociación de la Milagrosa, la constituyen dos grupos de personas.

Primero, un grupo no organizado de millones de personas que llevan la Medalla Milagrosa e invocan a María Milagrosa en su oración. Millones de personas que están unidas por el signo de la Medalla, aunque no se conozcan. Millones de personas formando en la Iglesia un grupo cristiano que, en su camino hacia Dios, sintonizan la onda espiritual y apostólica propia del mensaje de la Medalla Milagrosa. Los integrantes de este grupo no inscriben su nombre en ningún registro, no tienen estatutos particulares, no trabajan en cuadros organiza­dos específicos. El único requisito constituyente es llevar consi­go —no necesariamente al cuello— la Medalla Milagrosa debi­damente bendecida e impuesta, y honrar a la Virgen Santísima con oración y confianza.

Pero, dentro de este inmenso grupo no organizado, existe otro con cuerpo orgánico o social: con registro de nombres, con estatutos propios, con una determinada organización en orden a los fines de piedad propios de la Asociación. Es un grado más perfecto de pertenencia, pues supone más ilusión y más com­promiso. Los tres estatutos fundamentales de esta Asociación datan del breve “Dilectus Filius” de San Pio X, 8 de julio de 1909, y rezan así:

  1. La Asociación de la Inmaculada Concepción de la Sagrada Medalla es como un vivo y perenne memorial de la aparición de la Inmaculada Virgen en 1830, cuya fiesta anual se celebra el 27 de noviembre, y en la cual la Santísima Virgen mostró el ejemplar de la Medalla que, difundida luego por todo el mundo, es llamada por el pueblo milagrosa, a causa de los continuos prodigios que se creen divinamente realizados por su mediación.
  2. La Asociación tiene por fin tributar a la Virgen María, concebida sin pecado original, el honor que le es debido, ya procurando la santificación propia, ya ejerciendo el apostolado, cosas ambas a las que exhorta y ayuda la Sagrada Medalla, tanto por los símbolos que ostenta como por el poder de que está revestida.
  3. En cada diócesis los directores diocesanos, designados por sus ordinarios respectivos, dirigen la Asociación, canónica­mente erigida, conforme al espíritu, leyes y costumbres que le son propias, bajo la autoridad de un sólo director general (el Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, principalmente porque la referida Medalla fue revelada por la madre de Dios a una de esas Hijas, Sor Catalina Labouré = artículo 7).

Un apostolado ya tradicional de esta Asociación es la Visita Domiciliaria: una urna o capilla con la imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa visita a 30 familias cada mes, a una de ellas cada día. Es un signo de la presencia de Jesús y de María en la vida cotidiana de los hogares cristianos.

Un antiguo Manual de la Medalla Milagrosa enumera estos cuatro fines particulares de la Visita Domiciliaria:

  1. Honrar a la Santísima Virgen con toda clase de obse­quios, a imitación de santa Isabel.
  2. Pedirle su auxilio y protección en todas las necesida­des, especialmente en las de la familia.
  3. Fomentar y desarrollar en el hogar doméstico las prácticas de devoción para con la Santísima Virgen, en especial la del Santo Rosario.
  4. Propagar por este medio la verdadera y sólida devo­ción a la Madre de Jesús y a su Medalla Milagrosa.

La práctica de la Visita Domiciliaria facilita la comprensión de un estilo de vida humano y cristiano: la visista, la acogida, el obsequio mutuo. Es una oportunidad para la oración y un impulso para la unión familiar. Ella hace posible aquel slogan casi olvidado: “la familia que reza unida permanece unida”.

Es una invitación que hace María a ir a Jesús: la visita de la Virgen mueve los corazones a devolverle la visita en la casa de su Hijo, donde ella, como a Santa Catalina, mostrará el sagrario y el altar y evocará en el espíritu las exigencias del Bautis­mo, la necesidad de la Reconciliación y la comunión con Cristo en la Eucaristía.

Es también un fortalecimiento de la fe, que, ante la imagen itinerante de María, puede encontrar el sentido para superar la propaganda, muchas veces domiciliaria, de determinadas sec­tas protestantes, así como puede encontrar también un camino de oración y de vida muy distinto de las prácticas infantiles o fanáticas de un catolicismo crédulo o desviado. Para esto, sin embargo, se necesita comprender y vivir el mensaje auténtico de la Medalla Milagrosa, arraigado en la sagrada escritura, en la tradición y en la vida de la Iglesia.

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