Aproximación a san Vicente de Paúl (I)

Mitxel OlabuénagaFormación Vicenciana0 Comments

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¿Cómo aproximamos a Vicente de Paúl en una conferencia? Cosa difícil de hacer, cuando se han publicado miles de biografías y estudios sobre su personal, y cada año aún siguen apareciendo tra­bajos y ensayos sobre aspectos nuevos de su personalidad y de su obra. Dar una visión completa de lo que él fue, en el espacio de esta intervención, me parece algo difícil. Me contentaría con que, al ter­minar la exposición hayáis descubierto inicialmente su figura, o un poco más en profundidad lo que ya sabíais sobre él. Por lo menos, que haya surgido en vosotros el interés por querer conocerle mejor, desde la perspectiva, no sólo de alguien que ocupa un puesto justi­ficado en la historia, sino como una inspiración para vivir en ilusión un presente, el de cada uno de vosotros, en la tarea de la enseñanza, en un ambiente y desde una perspectiva vicenciana.

Son muchas las biografías y los estudios que sobre él tenemos hoy a nuestro alcance, en nuestra lengua. No os voy a contar su vida: cualquier “Biografía de Vicente de Paúl” os la ofrecerá con todo detalle. Tampoco me voy a detener en aspecto concreto alguno de los muchos que su rica personalidad y actuación nos ofrece. Senci­llamente, quiero aproximaros a él, ayudaros a despertar o fomentar el entusiasmo por su persona y su obra, e intentar que él sea un buen compañero de camino en vuestra tarea educativa. Razón por la cual, junto a la evocación de su persona y su obra, me vais a permitir dar unas pinceladas en torno a su actitud pedagógica en relación a los que colaboraron y aún siguen colaborando con él.

VICENTE DE PAÚL, UN INSPIRADOR EN LA HISTORIA

Vicente de Paúl es hoy una inspiración viva que informa el modo de ser y proceder de cientos de miles de hombres y mujeres’. Inten­tar acercarnos a él supone penetrar en esas líneas de inspiración que él nos plantea. Pero para poder comprenderlas es preciso que las respaldemos con el perfil interior del hombre que supo poner en movimiento este vasto complejo de vida y actuación y con la diná­mica de unas instituciones que vienen funcionando desde hace ya casi cuatrocientos años.

Antes de entrar en estos planteamientos, situemos su persona en las coordenadas de la historia. Vicente de Paúl es un sacerdote fran­cés del s. XVII. Salvando sus peculiaridades, corresponde a un tipo de personaje histórico perfectamente definido. Hay que situarlo en el movimiento de renovación que se conoce con el nombre de “la escuela francesa de espiritualidad”, que tuvo como uno de sus obje­tivos principales la renovación del clero francés, en un contexto de honda espiritualidad al servicio de una entrega pastoral.

Nace en las postrimerías del XVI, en la época en que la historia europea prepara el florecimiento de grandes personalidades, con el nacimiento de sus protagonistas. Nada en el suyo hace adivinar al hombre que años después, en frase de uno de sus panegiristas, “hará casi cambiar el rostro de la Iglesia en Francia”5.

1580 ó 1581, que en eso no se acaban de poner de acuerdo sus biógrafos, fue el año que le vio nacer. Lugar de origen una aldeíta de la Chalosse, en el borde de las Landas, en el SO de Francia. Hijo de agricultores, su horizonte infantil será la pequeña aldea, con sus animales, sus pastos y el sencillo modo de ser de los campesinos. No es época en que la gente del campo sea muy bien aceptada en la sociedad, por eso intentará medrar en el medio urbano. Estudios en la villa cercana de Dax, donde descubre una vocación a promocio­narse en la vida dentro del estamento clerical. El afán de situarse le lleva a conseguir su ordenación sacerdotal antes de la edad requeri­da y a una serie de avatares de los que él, después, hará todo lo posi­ble para que queden en el olvido, tratando de que no condicionen los pasos posteriores que dio en la vida.

Se habla de una conversión’ de Vicente de Paúl hacia 1609. Tal vez la expresión es fuerte. Sí que se percibe un cambio en sus plan­teamientos. El contacto con las corrientes espirituales que se desa­rrollan en París, le lleva a profundizar en el papel de Jesucristo en la vida interior. Aunque, sin ser un mal sacerdote, participa de los deseos de promoción y estabilidad económica de la mayor parte de los clérigos contemporáneos. La frase clave utilizada por él es la de conseguir “un honesto retiro’. Son años de búsqueda, en ejercicios espirituales en monasterios, y en contacto con los movimientos espirituales de la época. Vive en un continuo ir y venir”, casi sin saber en qué aterrizar. La Providencia divina le mostrará el camino, y él sabrá escucharla y responderle.

En este tiempo hace dos grandes descubrimientos: en primer lugar, lo feliz que puede ser un sacerdote entre sus parroquianos cuando se entrega de verdad al ministerio; y, en segundo lugar, la urgencia de atender a los pobres que sufren y mueren abandonados en los hospitales. Un acontecimiento marca su vida en estos años: Es acusado injustamente de robo. La calumnia supone difamación, y le obliga a refugiarse en Dios. El consuelo, mientras se restablece la verdad, le llega en la entrega al servicio de los pobres. Dios le reconforta por medio de los pobres. Este hecho fue la ocasión del gran descubrimiento de su vida que marcará ya toda su existencia, y será la base, no sólo de su vivencia, sino del mensaje que trans­mitirá a todos los que se acerquen a él, y después, en la historia, lle­gará hasta nosotros.

1617, cuando tiene 36 años, será un año fundamental para él. La búsqueda del sentido de su vida se concreta en el servicio de los pobres, y le lleva a ver los dos grandes caminos donde los pobres reclaman su presencia y entrega: los pobres del espíritu, los que en el olvido y desidia de un clero cómodo e instalado en las ciudades, se pierden en los campos, y necesitan que se les evan­gelice a Cristo; y los pobres del cuerpo, que mueren de hambre y miseria por doquier, por falta de una atención organizada y generosa. Estas fechas fueron decisivas. Podríamos decir que todo lo que hizo después, en los 43 años que aún vivió, y lo que siguieron y siguen haciendo sus seguidores, tiene inicio en estos dos gran­des descubrimientos. Ha encontrado una inspiración, que es como un gran filón que hay que explotar. Vicente, ávido de realizacio­nes, se deja arrastrar por esta experiencia. No sabe aún a donde le va a llevar, pero poco a poco, va forjando los medios para que los pobres del espíritu y del cuerpo sean debidamente atendidos. Tar­dará unos dieciséis años en perfilarlos. Será hacia 1633 cuando las tres grandes instituciones claves estén ya definidas. Supondrá el compromiso de hombres y mujeres consagrados y también de los laicos. Y a la sombra de ellas, o por lo menos en conexión, irán ‘pareciendo otras obras menores que se desarrollarán con gran rapidez.

Una a una, van surgiendo las grandes instituciones como en una secuencia aún no interrumpida. Nunca serán producto de laborato­rio. Siempre corresponderán a un reto, y tendrán la categoría de res­puesta. Eso sí, cuando se conecta con las necesidades —¡y son tantas!— Vicente de Paúl descubrirá en la “adorable Providencia” el camino a seguir, y una vez definido, nada ni nadie le apartará de él.

Su vida es una continua fidelidad a estas llamadas de los pobres. El primer paso para atender sus necesidades es descubrir que hay muchas mujeres y muchos hombres laicos en su mundo que pueden ayudar a sus hermanos necesitados. Sólo precisan que alguien los motive y organice”. Surge su primera institución: la Cofradía de la Caridad, integrada al principio por mujeres, y posteriormente también por varo­nes, y que, poco a poco, se irá multiplicando por casi toda Francia.

La necesidad de evangelización del pobre pueblo abandonado en el mundo rural, hará surgir la Congregación de la Misión (los Padres Paúles), integrada, al principio, por buenos sacerdotes diocesanos que, unidos a Vicente, recorren las aldeas y alquerías para predicar a Jesucristo y levantar los ánimos de las pobres gentes, en la con­ciencia de un amor infinito y misericordioso por parte de Dios. Poco a poco llegan nuevos miembros, unos del clero secular y otros, hom­bres jóvenes o maduros, que desean, como sacerdotes o como her­manos coadjutores, ayudar en la tarea. La Congregación se va insti­tucionalizando sobre todo en un espíritu que Vicente de Paúl no se cansa de transmitir por medio de sus conferencias, correspondencia y el trato personal.

1633 es el año en que se reúnen las primeras Hijas de la Caridad. El servicio material de los pobres, que teóricamente habían asumido en París las damas de la corte, a través de las Cofradías de Caridad, en la práctica lo iban dejando en manos de sus criadas. Esto le hace pensar a Vicente en la conveniencia de que en las Cofradías de Cari­dad haya jóvenes sencillas, con el espíritu de sirvientas, al servicio del pobre, en el que descubran a Jesucristo. Las primeras se reúnen en la casa de Luisa de Marillac, miembro de la Cofradía de la Caridad, o simplemente Caridad, como se las llama. Luisa, mujer viuda e inquie­ta espiritualmente hablando, hacía poco tiempo que se había puesto bajo la dirección de Vicente, con quien había descubierto la impor­tancia que tiene en la construcción interior el servicio generoso y desinteresado a los pobres. Poco a poco va creciendo el número de las primeras Hijas de la Caridad, y pronto se diferenciarán de las Damas, y Vicente se dedicará con entrega a la formación y consolidación de lo que él llamará la Compañía de las Hijas de la Caridad.

En su vida las tres instituciones llenarán todo su afán por los pobres. Las necesidades de los pobres y de la Iglesia son tantas que sacará fuerzas y horas para acudir allí donde la Iglesia, el Reino, o la sociedad reclamen su presencia y colaboración. Impresiona des­cubrir hasta donde fue capaz de llegar este hombre, y cómo, aún en los años de su ancianidad, las preocupaciones y actividades se mul­tiplicaban para él, como un reto al que había que responder con las energías y entrega de una persona joven. Nunca se echó atrás, a pesar de sus achaques continuos. La muerte le sobrevino el 27 de setiembre de 1660, y lo encontró con las armas en la mano, a pesar de sus 79 años, lleno de inquietudes por el desarrollo de su obra y sobre todo por el bien de los pobres.

En líneas muy generales, he resumido su acontecer. Creo que más importante es que nos detengamos en introducirnos en su caris­ma, sus instituciones y el dinamismo de su vida interior que fue como el denominador común de todo lo suyo.

UN CARISMA

Entendemos por carisma el don recibido para transmitirlo. El mérito de Vicente de Paúl creo que está en haber conseguido descu­brir el que Dios le otorgó y lograr, después, desarrollarlo.

Hay un principio fundamental que está en la base de todo: “Jesu­cristo en los pobres”. Es el fruto de una experiencia circular, muy personal, vivida por Vicente de Paúl: su encuentro con los pobres le lleva a Jesucristo. Y éste afianza firmemente el encuentro, en la con­vicción de que todo ha de estar al servicio de los pobres y en el espí­ritu y sentimientos con que Él, Cristo, actuó. San Vicente se dirige a las mujeres laicas de su tiempo, y les dice: “El… motivo que tenéis para proseguir estas obras tan santas es el honor que Nuestro Señor saca de ellas. ¿Cómo así? Porque es para él un honor entrar en sus sen­timientos, seguirlos, hacer lo que él hizo y realizar lo que él ha orde­nado. Pues bien, sus sentimientos más íntimos han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres? ¿Y qué amor podemos nosotros tenerle a él si no amamos lo que él amó? No hay ninguna diferencia… entre amar a él y amar a los pobres de ese modo; servir bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es debido e imitarle en nuestra conducta. Si esto es así, ¡cuántos motivos tenemos para animarnos a proseguir estas buenas obras, diciendo ya desde ahora desde lo más profundo de nuestros corazones: «Sí, me entrego a Dios para cuidar de los pobres y para practicar con ellos las obras de caridad; les atenderé, les querré, les cuidaré; y, a ejemplo de Nuestro Señor, amaré a quienes les consuelan y respetaré a todos los que les visiten y atiendan»! “Pues bien, si nuestro bondadosísimo Salvador se considera honrado con esta imitación, ¡cómo hemos de sentirnos tam­bién nosotros honrados en poder hacernos semejantes a él! ¿No os parece, señoras, —está hablando a las seglares de la Cofradía de Cari­dad— que es éste un motivo muy poderoso para renovar en ustedes el primer fervor? En cuanto a mí, creo que debemos ofrecernos hoy a su divina Majestad, para que nos anime de su misma caridad, de forma que en adelante se pueda decir de todas ustedes que es la caridad de Cristo la que les impulsa”’.

Vicente de Paúl tiene conciencia de que su “descubrimiento” es un don de Dios para que él lo transmita a otros, en beneficio de los pobres, que, en su necesidad, reclaman una atención urgente y dedicada.

La lectura del evangelio le hace tomar conciencia de que Jesús ha venido prioritariamente para anunciar la liberación a este mundo de los pobres. Desde la perspectiva de este mundo de pobreza es desde donde se debe hacer la lectura del Evangelio, no en un ambiente confortable como puede ser el de los templos, en el olor del incienso, sino en el de los barrios infectos, en la pestilencia de los tugurios y buhardillas. Es la lógica de Vicente de Paúl que no le abandonará a lo largo de toda la vida”.

Los pobres le impactan desde una doble perspectiva: material y espiritual.

Ninguna de las dos queda excluida por la aparente opción de una de ellas. En nuestros tiempos mucha gente está acostumbrada a delimitar los campos caritativos y de evangelización en su actua­ción en la Iglesia. La urgencia con que Vicente descubre las nece­sidades de los pobres le lleva a plantear a los misioneros a que también atiendan materialmente a los pobres, y a que las Hijas de la Caridad y las Damas sean también evangelizadoras de los pobres. Es continuar la línea de Jesús que realizaba simultáneamente esa tarea. Por supuesto, que él no se reconocería a sí mismo encuadrado en una sola de estas facetas. La caridad es siempre la consecuencia de lo que se cree, y su misma medida.

Tal vez en nuestros días tenemos una imagen más bien estereotipa­da de un tipo de caridad: la asistencial, como forma que se dio en la Iglesia y en la sociedad a lo largo de muchos años. ¿Era así como la entendía Vicente? Creo que nada más lejos de su forma de ver las cosas. Su apertura sincera a las necesidades de los pobres le hace ver que hay que acudir con urgencia a remediar las necesidades perentorias, pero es más importante conseguir que ellos puedan remediar sus propios pro­blemas. Tarea ardua en un mundo tan conflictivo, donde aún no se ha creado una auténtica conciencia social, y hablar de la justicia en este mismo sentido, casi resulta ininteligible. No obstante, descubre que lo importante para evitar la pobreza es dar trabajo: “Se querría igualmen­te que todos los pobres que carecen de tierras se ganasen la vida, tanto hombres como mujeres, dándoles a los hombres algún instrumento para trabajar, y a las muchachas y mujeres ruecas y estopa y lana para hilar”. Y lo plantea hasta en términos de justicia: “Dios nos hará la gracia de enternecer nuestros corazones hacia los miserables y de esti­mar que al socorrerlos hacemos justicia y no misericordia”.

En la perspectiva de Vicente, no somos nosotros los que vamos a atender a los pobres. Son ellos, los que surgen en nuestra vida, en cualquier lugar y circunstancia, y nos piden que este­mos disponibles para servirles. Este modo de entender las cosas explica su creatividad y plena apertura a todas las llamadas de los pobres, en las que él siempre escuchará la voz de la Providencia divina, y que le harán tan fecundo, no sólo en su tiempo, sino a través de la historia, en todos los que bebieron de su espíritu. Es más, junto a ellos, y de ellos, como “nuestros maestros”, hay que dejarse evangelizar, porque “los pobres campesinos nos dis­putarán un día el paraíso y nos lo arrebatarán, porque hay una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nuestra. Su amor se ejercita, como el de Nuestro Señor, en el sufrimiento, en la humillación, en el trabajo, y en la conformidad con la volun­tad de Dios”.

San Vicente quiere invertir la jerarquía y alista a los ricos para que sirvan a los pobres y marginados. Un plan orgánico de subver­sión social cae, por cierto, fuera del pensamiento de san Vicente, pero su experiencia le ha impulsado hacia la clase pobre, y le ha inducido a consagrar a ella, de por vida, todos sus servicios; pone así en marcha una antropología nueva. Es una manera de ver al hombre que le hace poner su ideal, no en la riqueza o el poder, sino en la pobreza y humildad, lo que le puso muy por delante de su tiempo.

El despojo, el amor propio reducido a la nada, que se convierten en condiciones para la perfección de la caridad, envuelven la plena aceptación del otro.

Enrique Rivas. CEME.

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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