Aportación del carisma vicenciano a la Misión de la Iglesia (2)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Corpus Juan Delgado, CM · Año publicación original: 2015 · Fuente: Vincencianismo y Vida Consagrada, (XXXIX Semana de Estudios Vicencianos), Editorial CEME, Santa Marta de Tormes, Salamanca, 2015, p. 405-450..
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2.- La vida cristiana a partir de la Teología de la Misión: continuadores de la Misión del Hijo.

Acabo de hacer referencia a la teología de la Misión como punto de partida para las nuevas formas de vida en la Iglesia de las que la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad han sido pioneras.

Las Constituciones de las Hijas de la Caridad formulan la identidad de la Compañía desde la Misión de Jesucristo:

La Compañía participa en la Misión universal de salvación de la Iglesia, según el carisma de sus Fundadores, san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac (C. 1 a).

La Regla de las Hijas de la Caridad es Cristo, al que se proponen seguir tal como la Escritura lo revela y los Fundadores lo descubren: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor, Evangelizador de los pobres. Para seguirle y continuar su misión, las Hijas de la Caridad eligen vivir total y radicalmente los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, que les hacen estar disponibles para el fin de la Compañía: el servicio a Cristo en los Pobres (C. 8 a, b)

Las Constituciones de la Congregación de la Misión sitúan la vida y actividad apostólica de los misioneros como continuación de la Misión de Jesucristo:

El fin de la Congregación de la Misión es seguir a Cristo evangelizador de los pobres (C. 1).

La Congregación de la Misión, desde los tiempos del Fundador y por inspiración suya, se reconoce llamada por Dios a llevar a cabo la obra de la evangelización de los pobres. Puede afirmar de sí misma, como la Iglesia toda, pero de un modo peculiar, que la misión de evangelizar constituye su gracia y vocación propia y expresa su verdadera naturaleza (cfr. EN 14). Más aún, todos y cada uno de sus miembros se atreven a decir con Jesús: «Tengo que anunciarles el Reino de Dios, para eso me han enviado» (Lc 4,43) (C. 10).

La caridad de Cristo que se compadece de la muchedumbre (cfr. Mc 8,2) es la fuente de toda nuestra actividad apostólica, y nos impulsa, según la expresión de San Vicente, «a hacer efectivo el Evangelio» (SVP XI 391) (C. 11).

Deseando continuar la misión de Cristo, nos entregamos a evangelizar a los pobres en la Congregación todo el tiempo de nuestra vida. Para realizar esta vocación, abrazamos la castidad, la pobreza y la obediencia conforme a las Constituciones y Estatutos. En efecto, «la pequeña Congregación de la Misión… para dedicarse a la salvación de las almas, sobre todo de los pobres del campo, ha pensado que no podía usar de armas más fuertes y más adecuadas, que las que usó la Sabiduría eterna con tanto éxito y tanta eficacia» (RC II, 18) (C. 28).

Entender la vida como prolongación de la vida y de la Misión de Jesucristo, el Misionero del Padre, el Evangelizador de los pobres, constituye una importante aportación del carisma vicenciano a la misión de la Iglesia.

El ideal monástico prevaleció en la Iglesia durante siglos. La consagración a Dios expresada en una  vida de castidad, pobreza y obediencia, introducía al fiel cristiano en un “estado de perfección”. Este ideal impulsó a algunos ministros ordenados a crear Órdenes que unieran el ministerio sacerdotal y la vida monástica, tales como los diversos grupos de Canónigos Regulares y más tarde las Órdenes y Congregaciones de Clérigos Regulares.

Este mismo ideal monástico propició el desarrollo de las Órdenes terceras para que los laicos pudieran participar de la espiritualidad y de muchas de las prácticas de los monjes y de los frailes. Y, cuando San Francisco de Sales escribe “La introducción a la vida devota”, pretende hacer accesible el mismo ideal de perfección a cuantos no pueden vivir en el claustro.

Las instituciones vicencianas, por el contrario, sitúan en el centro la Misión. No significa esto que descuiden la santidad de vida, ni mucho menos. Pero su ideal es la vida apostólica de Jesucristo con sus discípulos.

Vicente de Paúl hizo suyo el programa misionero del mismo Cristo: «Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc. 4, 18). Y no se cansa de repetir que el Hijo de Dios, el Misionero del Padre, vino al mundo para evangelizar a los pobres. Para añadir inmediatamente que los misioneros no hacen más que prolongar la misión de Jesucristo en la tierra:

En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió como principal tarea la de asistir y cuidar a los pobres. Misit me evangelizare pauperibus. Y si se le pregunta a nuestro Señor: ¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra? – A asistir a los pobres. – ¿A algo más? – A asistir a los pobres, etc. En su compañía no tenía más que a pobres y se detenía poco en las ciudades, conversando casi siempre con los aldeanos, e instruyéndolos. ¿No nos sentiremos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre? Y si se le preguntase a un misionero, ¿no sería para él un gran honor decir como nuestro Señor: Misit me evangelizare pauperibus? Yo estoy aquí para catequizar, instruir, confesar, asistir a los pobres»1.

¿Verdad que nos sentimos dichosos, hermanos míos, de expresar al vivo la vocación de Jesucristo? ¿Quién manifiesta mejor la forma de vivir que Jesucristo tuvo en la tierra, sino los misioneros?»2.

La Congregación de la Misión se sitúa así en la Iglesia como un grupo de “obreros3 que siguen a Jesucristo y prolongan su Misión en la tierra.

Vicente de Paúl, que contribuyó tan decididamente a la reforma del clero, propone a todos los sacerdotes (no sólo a los misioneros) alcanzar el ideal apostólico, asegurando que lo que la Iglesia necesita son “hombres apostólicos4. La verdadera renovación del clero pasa, para Vicente de Paúl, por la conversión misionera5.

Santa Luisa de Marillac, por su parte, nos asegura que para ser verdaderamente cristiana tiene que vivir como Cristo, haciendo lo mismo que hizo Cristo:

Por eso, he tomado la resolución de fijarme cuidadosamente en su santa vida para tratar de imitarla; me he detenido con insistencia en el nombre de cristiano que llevamos pensando que requiere conformidad (con Cristo) y he pensado que debía informarme de qué manera había adquirido yo ese santo nombre y de qué palabras se sirve la Iglesia para dárnoslo, y cómo he recibido ese santo nombre, a fin de llegar a ser verdaderamente cristiana6.

… que en todas nuestras acciones podamos honrar a Nuestro Señor por el testimonio que quiere demos de Él haciendo las mismas acciones que Él hizo en la tierra”7.

… es muy razonable que sigamos e imitemos su santísima vida humana; este pensamiento me ha ocupado profundamente el espíritu y en él he resuelto decididamente seguirle, sin distinción alguna, sino llena de consuelo al sentirme tan feliz de ser aceptada por Él para vivir toda mi vida en su seguimiento8.

Esta experiencia, compartida por Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, tomará cuerpo y se perpetuará en la Iglesia en la Compañía de las Hijas de la Caridad y en las Asociaciones del Voluntariado de la Caridad, además de en la formación vicenciana de los sacerdotes y en la Congregación de la Misión, a las que me he referido hace un momento.

A las conferencias y recomendaciones dirigidas a las Hijas de la Caridad pertenecen estos párrafos:

Vosotras vais, como los apóstoles, de un sitio para otro, tal como Nuestro Señor os envía por medio de vuestros superiores. Habéis aceptado hacer lo que Nuestro Señor hacía en la tierra9.

«Practicarán siempre sus ejercicios en unión de los que Nuestro Señor Jesucristo hizo en la tierra». Por ejemplo, yendo a la parroquia a ver a los enfermos, ir para honrar a Nuestro Señor en su persona10.

Por tanto, habéis de pedirle a Nuestro Señor que os dé las disposiciones que es preciso que tengáis, y que él haga bondadosamente en vosotras, por vosotras y con vosotras, todo lo que quiere que hagáis11.

Nuestra manera de vivir requiere que hagáis todos los años un pequeño retiro… Allí aprenderéis a ser verdaderas Hijas de la Caridad; aprenderéis también la manera de servir bien a los pobres. Repasaréis en vuestro espíritu las acciones de nuestro Señor en la tierra, veréis que gastó gran parte de su tiempo sirviendo al prójimo y tomaréis la resolución de imitarlo. ¿Qué creéis que hacía nuestro Señor? No se contentaba con dar la salud a los enfermos; les enseñaba además la manera de portarse bien cuando estaban sanos. Imitadle12.

Los laicos que participan en las Cofradías de la Caridad entienden también su vida desde la Misión de Jesucristo, según expresan los diversos reglamentos redactados por San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac:

La cofradía de la Caridad se establecerá en la iglesia parroquial para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, patrono de la misma, y a su santa Madre, y para asistir a los pobres enfermos espiritual y corporalmente; espiritualmente, procurando que todos los que mueran salgan de este mundo en buen estado y que los que sobrevivan tomen la resolución de no ofender nunca a Dios en el futuro; y corporalmente, administrándoles todo lo que necesiten para su sustento; finalmente, es su objetivo cumplir el ardiente deseo que tiene Nuestro Señor de que nos amemos los unos a los otros13.

La Misión de Jesucristo es igualmente la referencia para la forma de vida cristiana de las señoras que colaboran en las diversas obras vicencianas:

Los sentimientos más íntimos de Nuestro Señor han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres? ¿Y qué amor podemos nosotros tenerle a él si no amamos lo que él amó? No hay ninguna diferencia, señoras, entre amarle a él y amar a los pobres de ese modo; servirles bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es debido e imitarle en nuestra conducta. Si esto es así, ¡cuántos motivos tenemos para animarnos a proseguir estas buenas obras, diciendo ya desde ahora desde lo más profundo de nuestros corazones: «Sí, me entrego a Dios para cuidar de los pobres y para practicar con ellos las obras de caridad; les atenderé, les querré, les cuidaré; y, a ejemplo de Nuestro Señor, amaré a quienes les consuelan y respetaré a todos los que les visiten y atiendan»! Pues bien, si nuestro bondadosísimo Salvador se considera honrado con esta imitación, ¡cómo hemos de sentirnos también nosotros honrados en poder hacernos semejantes a él! ¿No os parece, señoras, que es éste un motivo muy poderoso para renovar en ustedes el primer fervor? En cuanto a mí, creo que debemos ofrecernos hoy a su divina Majestad, para que nos anime de su misma caridad, de forma que en adelante se pueda decir de todas ustedes que es la caridad de Cristo la que les impulsa14.

El carisma vicenciano, expresado y actualizado por las comunidades y asociaciones de la Familia Vicenciana, ha acertado a poner de relieve que ser cristiano es vivir como Cristo y prolongar la Misión que, como Misionero del Padre, inició en la tierra y para la que convocó a los apóstoles y a las mujeres asociadas a los apóstoles15.

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  1. SVP XI 33-34.
  2. SVP XI 55-56.
  3. Cf. SVP XI 121-122.
  4. C.J. Delgado. “Hombres apostólicos”. Ser sacerdote a partir de la experiencia de Vicente de Paúl: VINCENTIANA (2010) 39-61.
  5. La expresión “conversión misionera” es utilizada por el Papa Francisco para explicar el dinamismo en que la Iglesia, cada una de sus comunidades y estructuras y cada uno de los cristianos ha de introducirse para dar respuesta a las urgencias de la Misión hoy. Cf. Francisco. Evangelii Gaudium. Exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. Roma 2013, 30. En el mismo sentido, «pastoral en conversión» (EG 25-33), «estado permanente de misión» (EG 25).
  6. E. 188.
  7. E. 263.
  8. E. 67. Cf. también E. 34.
  9. SVP IX, 764-765.
  10. SVP IX 752.
  11. SVP IX 1095.
  12. SVP 213-214.
  13. SVP X 672.
  14. SVP X 954-955.
  15. VIII 227.

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