Nació en Rialp, provincia de Lérida y Obispado de Seo de Urgel, el 17 de agosto de 1860.
Entró en la Congregación e] 22 de febrero de 1879.
Fue destinado a las Misiones en 1 de junio de 1885. El campo de operaciones que le cupo en suerte fue Mallorca, hasta el 1 de octubre de 1891, en que salió de la Casa de Palma para dirigirse a la de Barcelona.
Durante los seis arios de su permanencia en la Isla tomó parte en veinte misiones, siendo casi siempre sus compañeros de trabajo los PP. Ríu, Cladera y Sabatés.
Posteriormente fue Superior de las casas de Bellpuig, Rialp y Figueras, y últimamente fue nombrado asistente de la Casa Provincial, en la que se dedicó a la predicación de algunas tandas de Ejercicios a los Sacerdotes y Ordenandos, así como también al ministerio de las confesiones en nuestra iglesia.
El P. Carmaníu se encontraba en Barcelona al estallar la revolución de julio. Pudo huir en dirección a la provincia de Lérida, y, después de haber permanecido algún tiempo con los suyos, intentó pasar a la nación vecina. Al pasar por las montañas de Estahón, antes de traspasar la frontera de Francia, fue cogido por dos de la F. A. I. quienes se lo llevaron en dirección a Sort.
Siete kilómetros antes de llegar a Rialp le hicieron subir a un promontorio rocoso, a fin de que, al ser fusilado, su cadáver cayese al río Noguera-Pallaresa; pero, al recibir la descarga, se quedó desplomado en el mismo sitio. Entonces le dieron un empujón y se quedó colgado en un arbusto, y se marcharon sus asesinos, pero alguien le quitó de allí y le enterró.
Poco después fue desenterrado por sus verdugos con el fin de registrarle y robarle, sepultándole acto seguido. Por indagaciones hechas por el P. José Pous, para dar con el cadáver de nuestro buen P. Carmaníu y proporcionarle honrosa sepultura, se da casi por cierto que la crecida del río se ha llevado sus preciosos restos.
Una de las características del P. Carmaníu fue su amor constante y acendrado por el ejercicio de las Misiones. Por eso, seguramente, que en los esplendores de la gloria, nuestro edificante hermano, rodeado de las almas que salvara con BUS predicaciones, exclamará: «… fratres mei .carissimi et desideratissimi, gaudium meum et corona mea…». (Ad Phi( ip.IV, I).







