Antoine Jacquier (Noveno Superior General) (1706-1787)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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La noticia que se va a leer sobre del Sr. Jacquier está tomada de una circular del Sr. Pertuisot, vicario general, del 1º de enero de 1788: «El Sr. Antoine Jacquier había nacido  en Saint-Héan, en Florez, diócesis de Lyon, el 1º de noviembre de 1706. Después de acabar sus primeros estudios en el colegio de los Jesuitas de Lyon, donde había acaparado constantemente los primeros premios, estuvo a punto de entrar en la Sociedad; pero razones particulares, y un retiro que hizo en nuestra casa de Lyon, le indujeron a cambiar de plan; fue admitido y entró en la Congregación el 8 de agosto de 1795.

Durante su seminario y sus estudios, dio el espectáculo continuo de un fervor que le acompañó siempre. Dotado de un carácter acomodado, poseyendo su alma, y dominando todos sus movimientos en la edad de la vivacidad y de la agitación; accesible, comunicativo, abierto sin familiaridad, conservando la unción de la piedad más tierna en medio de las discusiones más secas: el conjunto de todas estas preciosas cualidades que, en la mayor parte de los hombres,  no es sino el fruto del trabajo y de los años, y que en él parecía tan natural, difundía yo no sé qué encanto sobre sus virtudes nacientes. Apenas diácono, fue enviado a Alet para enseñar la teología. Enseguida fue llamado a Lyon para dedicar a la formación de nuestros jóvenes alumnos talentos y luces que habían arrojado ya gran esplendor: desempeñó allí sucesivamente los empleos  importantes de profesor y de director del seminario interno. En 1739, fue enviado a Manosque en calidad de superior; su memoria y su nombre todavía son recordados en esta ciudad y en la diócesis de Sisteron. En 1747, el Sr. Brossy, visitador de Lyon, fie elegido asistente: esta pérdida fue sensible para todas las casas de la provincia. Para repararla y para consolar a las casas afligidas, el Sr. Debras les escribió que acababa de escoger al Sr. Jacquier como el sujeto  más digno y más capaz de ocupar esta plaza importante. Razones particulares muy honorables para él le hicieron transferir al año siguiente a Cahors. » l traslado del Sr. Jacquier, vuestro digno visitador  (Circular a la provincia de Lyon), a la provincia de Aquitania, os habrá sorprendido y afligido sin duda, ya que tenía vuestra estima, vuestra confianza y vuestro amor, etc.». (Y en la de las casas de Aquitania, después de anunciar al nuevo visitador): Esta elección, continúa él, debe haceros comprender qué queridos deben sernos vuestros intereses, y cuánto nos importan que estéis bien gobernados. El Sr. Jacquier, digno sujeto cuya conducta  Dios ha bendecido ya, tiene lo necesario para consolaros y mantener entre ustedes el espíritu de nuestro santo estado. Capaz, regular, bueno, lleno de prudencia, encontraréis en él a un padre tierno quien se afanará por proveer a todas sus necesidades, a un amigo que se prestará a todo sus justos deseos, y a un superior que los llevará suavemente a Dios por la eficacia de su buenos ejemplos». El Sr. Jacquier respondió plenamente al juicio de su superior y a la esperanza de la provincia. Encargado del cuidado de una casa en la que se encuentran reunidas todas las funciones de la Congregación se entregó a un trabajo constante para no descuidar ninguna: instrucciones comunes y particulares, inspección de todos los seminarios, dirección de varias comunidades numerosas, retiro de los párrocos, consultas de una vasta diócesis, abrazó todos los objetivos con el mayor éxito. El Sr. Duguesclin respetaba sus virtudes, e invocaba con frecuencia la ayuda de sus luces; sin embargo en medio de tantas ocupaciones, estaba en todas las casas de su provincia como si no hubiera tenido más que una sola casa que gobernar; en las visitas que hacía con exactitud se ganaba todos los corazones y fortalecía la regularidad por medio de las ordenanzas y los reglamentos más sabios.

Talentos tan señalados para el gobierno no pedían más que un teatro más dilatado para ser universalmente útiles. En 1753 la Asamblea sexenal eligió unánimemente al Sr. Jacquier para suceder al Sr. Richon en calidad de primer asistente y de admonitor: (Tenemos el consuelo de encontrar en él, dice también el Sr Debras, que le conocemos, conciliándose, por su regularidad, y su buen corazón, la estima y la confianza de todo el mundo. La experiencia que ha adquirido en las provincias de Lyon y de Aquitania le ha hecho apto para entrar en el consejo de la Congregación; ella tiene motivo para esperar que la servirá con tanta luz como celo, y la Compañía de las Hijas de la Caridad, de la que le hemos nombrado director, continuará experimentando la prudencia y la caridad con las que ya las ha conducido y dirigido en las provincias «. En el mes de agosto de 1755, dejó este último empleo para tomar la asistencia en la casa de San Lázaro. Todo el mundo sabe con qué celo y con qué dulzura se condujo en este empleo penoso.  Punto estuvo de ser víctima de su asiduidad, de su vigilancia, y de la vida sedentaria inseparable de esta función. Encargado de todo el peso del gobierno durante los últimos años del Sr. Debras, cuando este murió, todos creyeron que el Sr. Jacquier en seguirle a la tumba. Su temperamento parecía ruinoso, una fiebre ardiente le minaba desde hacía tiempos ; no obstante la Asamblea general de 1762 le eligió como cabeza de la Congregación, por la mayoría de treinta y un votos contra tres, y la Providencia quiso que este hombre, casi muriéndose, proporcionara una carrera más larga que ninguno de sus predecesores. Desde el principio de su generalato, sintió todo el peso de las obligaciones que le estaban impuestas, pero él no se hundió en absoluto. Su primera regla en el gobierno fue ser él mismo fiel hasta el escrúpulo en la práctica de todas nuestras costumbres; de esta forma podía presentarse en medio de sus hijos como el modelo a quien debían imitar, como la regla viva que debían seguir. Sencillo en sus costumbres  y en toda su conducta mostraba al exterior no sé qué de majestuoso y de venerable, el respeto que inspiraba se debía más todavía a la dignidad de la persona que a la eminencia de su puesto.

Dulce, afable, solícito, siempre accesible, su autoridad era tanto más absoluta cuanto menos la hacía sentir. Su bondad, su ternura subyugaba todos los corazones; en él se creía ver y oír a un padre: tenía sus sentimientos y su lenguaje. Se sentía el encanto cuando él estaba de acuerdo, se le quería incluso en el rechazo; se veía que le costaba en su interior.  La persuasión manaba de sus labios; los sujetos más dispuestos a la resistencia se veían forzados a ceder a los encantos invencibles de sus representaciones.

Humilde y modesto con todos los hombres, los más pequeños hallaban en él las atenciones que inspira la estima, y los rasgos de una especie de respeto; los débiles se sentían animados, los más tímidos se sentían a sus anchas: poseía el gran ingenio de dejar a todos los que acudían a él siempre contentos de él, siempre contentos de sí mismos.

Mortificado, penitente, bajo el exterior más amable, nunca se le oyó quejarse  ni siquiera en las circunstancias más enojosas: se diría que toda la sensibilidad natural se había apagado en él. Su máxima era que todo abatimiento, lejos de curar, agravaba con frecuencia el mal. » Confiemos en la Providencia, decía, si hay remedio, lo agarraremos fuerte; si no lo hay, Dios nos sostendrá».

Todos los años preparaba el tiempo de Cuaresma con la mayor exactitud: ni su avanzada edad, ni las destrezas que tantas personas le creían necesarias, nada pudo nunca comprometerle a concederse el menor respiro.

Su celo por la gloria de Dios fue igualmente puro y vivo, su piedad tierna y afectuosa;  jamás, ni siquiera en los viajes, se le vio faltar a la oración ni a la lectura de la sagrada Escritura, que hacían sus delicias. Cuando subía al altar, la religión de la que estaba penetrado parecía difundirse en su exterior y comunicarse a los asistentes. En las conferencias espirituales, se veía que su corazón rebosaba. Su estilo era florido y abundante, pero sin rebuscamiento; sus palabras estaban plenas de unción; san Bernardo, de quien se nutría y citaba tan frecuentemente  parecía haberse hecho suyo propio.

Su celo por la salvación de las almas no era ni turbulento ni inquieto, pero no por eso era ni menos ardiente, ni menos dilatado: los éxitos de nuestros cohermanos en las misiones nacionales o extranjeras le impresionaban hasta las lágrimas; la sola idea de que el celo por esta función pudiera irse perdiendo entre nosotros le contristaba y amargaba el corazón. Fiel a las máximas de san Vicente, no dio nunca pasos para nuevas fundaciones; cuando se las ofrecían, su primer movimiento era la negativa y no cedía hasta que la voluntad de Dios se hacía oír por la voz de los poderes superiores. Bajo su gobierno, la Congregación recibió una extensión que, naturalmente, parecía deber agotar sus fuerzas y sus recursos: ocho nuevas fundaciones en Francia, cuatro en Italia; las misiones de Levante, que componen nueve residencias; tres bajo el dominio portugués, tanto en Europa como en la India; dos en Rusia, una en Prusia, una en Polonia; la  misión del Palatinado y la de Pekín. No obstante logró proveerlas todas: la Providencia en la que ponía su confianza, fecundó su celo y derramó las más abundantes bendiciones sobre los trabajos de los operarios apostólicos enviados a estas nuevas colonias.

Distraído con tantos cuidados, y llevado en volandas por el curso de los asuntos generales, los más menudos detalles no escapaban a pesar de ello a su atención. Dotado de una memoria prodigiosa, se hubiera dicho que tenía a todos los miembros de la Congregación presentes a la vista. Desde su entrada en San Lázaro, no los perdía de vista y, cuando era preciso, recordaba las menores anécdotas que podían interesarles,  tan queridos eran en su corazón el interés general y el interés de cada particular.

Este corazón paternal, en el que llevaba a todos sus hijos, este corazón tan semejante  al de san Pablo, que se dilataba para todos los miembros de tres comunidades numerosas de sometidas  a su autoridad, estaba igualmente siempre abierto a los pobres de Jesucristo. Heredero de la caridad de san Vicente, todos los miserables interesaban a su ternura  y tenían derecho a sus ayudas. Hizo gastos considerables para la reconstrucción de la casa del Nombre de Jesús; envió en diferentes tiempos ayudas abundantes a parroquias desoladas por los incendios. Cantidad de familias y una multitud de particulares recibían, por su canal, ayudas anuales, que les impedían conocer la necesidad. Cuántas obras buenas de este género que no han tenido más que a Dios por testigo y de lo que todo nos hace esperar que este gran Dios sea ahora la recompensa. Este digno jefe, ídolo, por decirlo así, de la Congregación, bendecido por los pobres, tenía aún para sí el amor y la estima de todo lo que hay de más grande en la capital y en la corte. La mayor parte de los obispos del reino cultivaban su trato, y le honraban con su amistad. Mons. el arzobispo de París, que reconocía la imagen  de su alma y de su corazón en nuestro buen General, nos declaró los más vivos sentimientos por su pérdida. El Sr. mariscal de Noailles-Mouchy, cuyo nombre es tan querido de la Congregación, vino a verle durante su enfermedad, y le dio las muestras  más sentidas de su afecto. Las Hijas de la Caridad y las Damas de la Casa real de Saint-Louis de Saint-Cyr, de quienes era casi el padre merecen un lugar distinguido en las  órdenes y las personas de toda especie, que se acercaron a ayudarnos a sobrellevar nuestro dolor compartiéndolo y nuestra pérdida.

No puedo omitir aquí un rasgo que parecía faltar en tantas virtudes y cualidades preciosas. La fuerza parece ser extraña a las almas dulces insensibles y los afectos tiernos no acompañan apenas a los esfuerzos de la magnanimidad y del coraje.  La gracia parecía esperar los últimos instantes de nuestro muy honorable Padre para enfrentarse a este interesante espectáculo para nuestra sorpresa y edificación. Desde los primeros días de su enfermedad, este virtuoso sacerdote respondió a los consuelos que se le hacían: » Yo no pido ni la vida ni la muerte, yo no deseo más que el cumplimiento de la voluntad de Dios, y la conformidad perfecta de ms sentimientos con esta voluntad adorable «. Cuando le dijeron que muchas comunidades  rezaban por él » yo soy muy sensible, respondió, pero, por gracia, pedid que la conformidad con mi voluntad con la de Dios sea el único objeto de estas oraciones que tienen a bien concederme «. Para reanimar el juego de los órganos, durante varios días en la inercia, le administraron el álcali combinado con los ácidos: este remedio le quemó el paladar, la lengua y los labios, no podía abrir la boca y tragar sino con dolores increíbles; sin embargo,  no se le escapó nunca ninguna señal de impaciencia ni de disgusto. A la primera aplicación de vejicatorios cuando el aire golpeó a la carne viva, se veía el sudor cubrir la frente: lágrimas brotaban, arrancadas por el dolor, corrían de sus ojos; y cuando, tras la operación, le preguntaron si había sufrido mucho: » Un poco «, dijo, y fue el único signo de dolor que haya dado en seis semanas de torturas; y es que Jesucristo crucificado hacía su fuerza. No hizo falta proponerle la recepción del viático, ni de la unción de los moribundos. Su gran fe se adelantó y ahorró todos nuestros pasos en este sentido; pidió también él mismo la aplicación de la indulgencia in articulo mortis, y las oraciones de los agonizantes. Conservó su presencia de espíritu hasta el último suspiro. Los ojos se apagaron los primeros; no viendo ya los crucifijos que constituía su consuelo y que se acercaba de vez en cuando a los labios, le tomó con una mano y lo tuvo con la otra apretado contra su corazón durante la última media hora de su vida. En esta actitud y en estos sentimientos de unión con el Consumador de la salvación, terminó su sacrificio, el 6 de noviembre, hacia las nueve de la mañana.

 

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