Lejos todavía de Barcelona, a fines del próximo pasado mes de Marzo, sorprendiónos dolorosamente un recorte periodístico, al que acompañaban como orla de luto estas breves líneas sentida y bellamente escritas por uno de los misioneros de nuestra Comunidad de Provenza: «No sin honda nostalgia los ojos de los hijos de San Vicente que viven en Barcelona se vuelven estos días hacia el magno derribo que a toda prisa está realizando el Ayuntamiento de la Ciudad en el que hasta hace poco fue Hospital Militar y primitivamente y Casa Matriz de la Congregación de la Misión en España.
«Laudable es la determinación del Ayuntamiento en orden al embellecimiento de la Ciudad. Al fin, no hace más que usar de un bien que es legítimamente suyo. Esto no quita, sin embargo, que en lo más sensible del alma se sientan los golpes con que una a una se van demoliendo las piedras de aquellos vastísimos muros levantados y ungidos con !os sacrificios y santidad de nuestros Padres en la Vocación. Allí descansan los restos venerables del fundador de la Casa, Rdo. P. Francisco Senjust y de Pagés, del primer Visitador de España. P. Vicente Ferrer, y de tantos otros.
«Menos mal si, como parece ser acuerdo del Excmo. Ayuntamiento se deja en pie, como monumento digno de la posteridad, la capilla o templo que para nosotros y para toda la doble familia de San Vicente, sería siempre venerado corno la Cuna de la Congregación y el Santuario de las virtudes y del espíritu de San Vicente en nuestra Patria. Para que así sea nos atrevemos a implorar las oraciones de los lectores de los ANALES.»
El aludido artículo, que nos remitía el señor Bartolomé y que el reputado «Diario de Barcelona», Decano de la prensa de España, dedicó el 18 de Marzo a nuestra antigua Casa de Tallers, decía:
«Edificios que desaparecen. El Hospital Militar.
Uno de los beneficios que habrá logrado Barcelona con la obra que en día fue confiada a la Junta de Acuartelamiento, es el del embellecimiento de la descaracterizada calle de Tallers con la desaparición del vetusto edificio del Hospital Militar. El solar que ha ocupado hasta hoy servirá, en parte, para ensanchar una vía que ya resultaba harto angosta para el tráfico actual, y se destinará, en lo restante, a jardines públicos, que enriquecerán aquel lugar; servirán de esparcimiento a su barriada, densamente poblada y, sobre todo, pondrán en valor la bellísima capilla que se hallaba oculta a la vista de los transeúntes dentro de las paredes del viejo caserón y que es, en realidad, una apreciable joya de arte.
Esta capilla está dedicada a San Severo y San Carlos Borromeo. Es de equilibradas proporciones y su ornamentación barroca, tan propia del siglo XVIII que la vio nacer, se ciñe muy discretamente a un sentido de sobriedad que la libra de todas las excesivas ampulosidades del estilo.
Lo más importante de ella es la pintura que decora la cúpula. Fue ejecutada a principios del siglo pasado por el notable pintor (francés de nacimiento) José Flaugier. Representa la Glorificación de la Virgen; acusa un estudio de las figuras y un conocimiento de la perspectiva verdaderamente notables. El historiador y crítico de arte, Raimundo Casellas, que estudió muy detenidamente la personalidad del pintor, cree que es ésta una de las mejores obras que brotaron de su pincel. El ilustre académico don Manuel Rodríguez Codolá, posee abundantes datos sobre las incidencias ocurridas con motivo del encargo y la ejecución de esta pintura, que sería conveniente se dieran a conocer a través de su claro juicio y de su pulcra pluma».
Añadía después el articulista unas breves notas históricas, ya conocidas y no del todo exactas algunas de ellas, acerca del origen y vicisitudes del edificio desde que lo levantaron nuestros Padres Lara Casa Misión (empezando por acondicionar la casa del fundador), hasta que se lo expropió definitivamente el Gobierno para Hospital Militar (1704-1823), destino que ha seguido teniendo Fasta hace pocos meses.
Estas noticias acrecieron nuestro natural interés por el infortunado inmueble. Venidos más tarde a la Ciudad Condal, hemos acudido presurosos a la calle de Tallers por si alcanzábamos todavía a ver las reliquias del venerado edificio y nos era dado por lo menos rendirles, al igual de tantos otros, el tributo de nuestra presencia condolida. Desde la Plaza Universidad descubrimos ya tina nube de polvo que nos advierte que los trabajos prosiguen. Unos pasos más y henos ya ante el extenso solar donde se ha consumado —se consuma aún— el incruento sacrificio: muros derribados, techos hundidos, piedras rotas, hierros y tablones, montones de escombros informes, carros y carretas que van y vienen.., y, allá lejos, en la esquina Tallers-Valldoncella, los últimos restos en pie de la centenaria mansión y unos grupos de obreros que con sus duras herramientas, insensibles ellas y ellos al dolor de aquellas mudas paredes, que nada pueden decir de su glorioso pasado, las van abatiendo sin piedad.
«Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora, campos de soledad…» ruinas desoladas, fueron un día el «Seminario» famoso de los «Mi- sionistas» barceloneses… Pese a todos los justificantes que abonan el derribo, siento yo también muy adentro del alma una extraña opresión y unos como impulsos íntimos a impedir ¡pobre de mí!, lo irremediable. Y es que a los golpes secos de las piquetas demoledoras, paréceme oír que responden unas como voces de suprema angustia de todos aquellos elementos dispersos, condenados inhumanamente a la destrucción y a la muerte para servir a las exigencias comodonas y utilitaristas del urbanismo moderno.
¡Noble y amado caserón de mi familia vicenciana! Dicen que no tenías ningún mérito artístico! Trasciende demasiado el mérito de «tu arte», suprasensible y divino y les habrá pasado por alto. Por esto han abatido tus viejos muros .y han hecho desaparecer de la alegre geometría ciudadana tu austero perfil. No podremos ya deambular por tus severas estancias ni evocar pretéritas glorias envueltos en la amable penumbra de aquellos tus larguísimos corredores… Pero, tu recuerdo no podrán borrarlo jamás de la memoria de los hijos de aquellas primeras generaciones de paúles españoles cuya cuna misionera tú amorosamente meciste. ‘Que a tu sombra, durante más de un siglo, se formaron en la escuela de San Vicente, se adiestraron en los ministerios de la Misión y se santificaron en la práctica de nuestras virtudes y Reglas. Que aquí hicieron un bien inmenso al clero y pueblo barcelonés por la implantación de los Ejercicios Espirituales en ser vicio permanente, llegando a ver desfilar anualmente bajo tu claustros más de 1.600 ejercitantes de todas las clases sociales, a la totalidad de los Ordenandos y a centenares de sacerdotes, cuyos cuadros más selectos formaban en la Conferencia Eclesiástica, organizada a imitación de las de San Lázaro y Montecitorio. Que de aquí partían y aquí volvían, cargados de trofeos espirituales, después de haber cruzado en todas direcciones las tierras catalanas, saturándolas de verdad evangélica y abonándolas ,con el riego fertilizante de su acendrada piedad, de su caridad ferviente, de su humilde sencillez y de sus ocultos sacrificios. Suman casi un millar, estas misiones verdad, predicadas en el más genuino estilo vicenciano, según atestiguan las crónicas coetáneas del «Libro de Misiones».
En la historia y en el corazón de los Paúles españoles tú serás siempre la Casa Madre, la que en tus entrañas, grávidas de purísimos amores y ungidas de santas ilusiones. concebiste y alumbraste a aquellas primeras hijas de la Misión que más adelante, en la patria isleña de Ramón Lull y en los campos de Tarragona y Guisona y sobre las llanuras aragonesas y junto a la huerta valenciana de Monteolivete y cabe las márgenes lejanas del Tajo y del Guadiana y por último dentro de la misma Corte y Villa de Madrid, habían de ser los núcleos vitales, las raíces profundas de la futura expansión de la doble familia de San Vicente por toda España y Portugal y más allá hacia los dominios imperiales de la Hispanidad. Estos son tus méritos. Este, «tu arte», que porque lo proyectaste al infinito y lo depositaste en valores inmortales no puede morir ni podrá ser enterrado bajo estos montones inertes de polvo y escombros.
«En esta Casa decía en una de sus Conferencias a la Comunidad de Tallers el santo P. Ferrer— siempre ha habido buenos ejemplos desde los principios que se fundó, que fue el año cuatro (1704)… Al principio, aquellos fundadores que vinieron eran tan ejemplares que no ‘había más que pedir; pero también los ha habido después. Superiores he visto ejemplarísimos en todo, delicados de conciencia como si fueran novicios… era una cosa que mi hay igual». (Citado por el P. Paradela).
Sobran motivos para que se levanten y salten jubilosos y exultantes estos huesos humillados. Y entonen en coro triunfal el «non omnis moriar» horaciano.
Ciertamente, lenitivo a nuestro sentimiento por la desaparición de la casona ancestral, habrán de ser siempre estos recuerdos, y la hermosa iglesita que allá queda, al fondo y centro del desnudo solar, como monumento perenne de la fe de nuestros Padres, materialización de sus amores y esperanzas, recuerdo estimulante de sus virtudes, mudo cantor de sus apostólicas gestas, mausoleo sagrado que guarda sus cenizas, cenáculo íntimo de familia, archivo en piedra de nuestra vieja historia, cuna y custodio del espíritu de San Vicente en España…
Si algún día la suerte lo devolviera a nuestras manos habría que pensar en declararlo y honrarlo oficialmente como Santuario Nacional de la Congregación de la Misión en España.
Mientras me voy alejando revolviendo estos pensamientos, me doy cuenta de que no estoy solo en el duelo. Las gentes continúan transitando distraídas e indiferentes. Pero, el cielo ha velado el azul radiante de su faz, óyese como un gimoteo lejano, tenue, casi imperceptible y las lágrimas de una llovizna mansa, fina, tristona, humedecen y velan a su vez el rostro de esta urbe magnífica que parece querer envolver en condolencias y compasiones tardías el solar yermo y triste de la que fue en su día la primera Casa Misión de la Congregación en Barcelona, en Cataluña y en toda España.
NICOLÁS PASCUAL, C. M.
Barcelona y Junio de 1943.






