Ante la infancia abandonada (I)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Margaret Flinton, H.C. · Year of first publication: 1974 · Source: CEME.
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Han existido siempre, y sin duda seguirán existiendo niños abandonados. Mientras la sociedad está gobernada por las mismas pasiones y agitada por los mismos vicios que en los siglos pasados, tendremos que deplorar el abandono de estos pobres pequeños. Es una verdad de hoy y de ayer… También, la fundación de hospitales de niños expósitos por san Vicente de Paúl y por su fiel colaboradora fue una nece­sidad en su siglo. Sin embargo marcó un progreso social.

En la época feudal

En tal época de la historia, los niños abandonados eran considerados «un deshecho oneroso» por los señores a quie­nes incumbían lógicamente la obligación de mirar por su sostenimiento como obligación de justicia.

Poco protegida, según puede apreciarse en las cartas de los siglos siguientes, la condición de los bastardos era pre­caria y extremadamente deplorable. Estos pequeños estaban excluidos de la asistencia que se daba en los hospitales a los recién nacidos legítimos, huérfanos o pobres, bajo el pre­texto de que su número aumentaba demasiado aprisa. Las cartas de Carlos VII del 7 de agosto de 1445 ponen como motivo:

«…que podría ocurrir que hubiera tan gran cantidad, porque los abandonen y no tengan inconveniente en abando­narlos al ver que tales hijos bastardos están muy bien alimen­tados y al verse libres de esta carga y cuidado, de tal forma que los veinte hospitales no saben ni pueden albergarlos ni alimentarlos» .

Los canónigos y el cabildo de Notre-Dame tuvieron que ocuparse de los niños abandonados» a los que se han acostumbrado a recibir y a alimentar para honrar a Dios». Cartas de 1536 que hacían inventario del hospital de los Enfants-Rouges señalan el hecho.

En el siglo XVI

Al acrecentarse la mortalidad de los pequeños, el parla­mento de París juzgó necesario, por decisión común (el 11 de agosto de 1552) a los señores de alta justicia de la capital, que contribuyeran, en toda la ciudad y en los barrios de la misma, a «alimentar, mantener y nutrir» a los niños expó­sitos. Además del arzobispo de París y el cabildo de Notre­Dame, se encontraban entre los señores de alta justicia de la ciudad: el abad de Saint-Germain-des-Prés, el abad de Saint-Victor, el abad de Sainte-Geneviéve, el gran prior de Francia, el prior de Saint-Martin-des-Champs, el prior de Saint-Denis-de-la-Charte, la abadesa de Montmatre, los Cabildos de Saint-Marcel, de Saint-Merry y de Saint-Benoit.

Al recomendarles esta tarea, los señores de alta justicia hicieron proyectos sobre una fundación expresamente des­tinada a los niños abandonados. Procedieron a la hospita­lización de los pequeños de las casas del puerto de Saint­Landry, «cerca de la casa episcopal» y que estaba «en la parte baja de una callejuela que bajaba al río».

La Cuna

El parlamento ordenó la visita al asilo que el público dará el nombre de «La Cuna». Dio a los «señores de Notre­Dame» algunas sugerencias de reformas que había que hacer y aprobó su proyecto en 1570, recomendando reuniones de vez en cuando para que los señores de alta justicia de la ciu­dad pudieran «hacer y redactar memorias y artículos de po­licía… para el gobierno y la administración» de la obra. Tres mujeres y un burgués fueron designados para ocuparse del cuidado, la alimentación y el sostenimiento de estos niños y un cajero para encargarse de ellos.

Las circunstancias políticas no favorecieron las sabias disposiciones y la buena voluntad del parlamento y del ca­bildo. Lo de Saint-Barthélemy es de 1572; los asedios a Paris por Enrique III y Enrique IV, respectivamente, pararon el desarrollo de esta obra cristiana, o al menos su funciona­miento según la organización establecida al principio.

…En el siglo XVII

Los historiadores están de acuerdo al pintar la situación de estos niños abandonados como muy triste en el siglo xvii, y el mal que en la misma capital se trataba de remediar era particularmente profundo.

Su sostenimiento dependía aún demasiado de las ayudas insuficientes y precarias, obtenidas por ellos de la conmisera­ción pública. Bouchel, que vivió a comienzos del siglo, ha­bla así de la ingeniosa originalidad con que se suscitaba en­tre la gente la preocupación por la caridad pública:

«Dentro de la catedral de Notre-Dame, a mano izquierda, hay un catre de madera sobre el pavimento, sobre el cual, en los días solemnes, se pone a dichos niños abandonados, a fin de mover el corazón del público. Cerca de éste hay dos o tres nodrizas y un barreño para recoger las limosnas de las gentes de bien. Los niños encuentran a veces quien los solicite y los adopte por personas que no tienen hijos, que se comprometen a alimentarlos y educarlos como a sus propios hijos».

En el seno de una sociedad distinguida por la exquisita educación de sus costumbres, se encontraban casi a diario sobre el pavimento o sobre el rellano de las iglesias, recién nacidos muertos o muriéndose de miseria y de hambre a la vista de los que pasaban; otros eran recogidos por el comi­sario del barrio y llevados a la «Cuna». Según el relato del lugarteniente de la policía, 300 ó 400 niños eran abandonados cada año, y Vicente de Paúl podía decir en 1649, que no se encontraba «ni uno solo en vida desde hacía cincuenta años».

Se seguían llevando los niños abandonados a la «Cuna», pero, por falta de recursos, la viuda que había sucedido a las primeras mujeres propuestas para la obra, se veía en la imposibilidad de continuar eficazmente «el cuidado y la ali­mentación de dichos niños». Por otra parte, las dos sirvien­tas que la ayudaban en esta tarea cuidaban muy mal a los niños y los dejaban sin escrúpulos a cualquier gente que ne­cesitaba la vida de un recién nacido para un uso cualquiera. Esto suscitó rumores muy siniestros entre el pueblo sobre la suerte que esperaba a estos desdichados en el asilo en que eran recogidos. San Vicente de Paúl da una de las mejores descripciones:

«Estas pobres criaturitas estaban mal asistidas: ¡una no­driza para cuatro o cinco niños…¡ Se les vendía por ocho sueldos cabeza a los mendigos, que le rompían brazos y piernas para mover a la gente a compasión y que les diera limosna, y los dejaban morir de hambre… Les daban pastillas de láudano para dormirlos…».

Lo que le desolaba como aún más deplorable, era que mo­rían sin esperanza de ser salvados ya que la viuda afirmaba no haber bautizado nunca ni hecho bautizar a ninguno.

Santa Luisa se conmueve ante la triste suerte de los pequeños abandonados

Luisa de Marillac, superiora de las hijas de la caridad, que ayudaban a las damas en el hospital desde 1634, se con­movió profundamente al saber lo que ocurría en la casa de la «Cuna». Su primer biógrafo afirma que fue la primera que informó a Vicente del desorden que allí existía. La res­puesta de éste no se hizo esperar.

«He pensado hablar profundamente con el señor procura­dor general sobre el medio de socorrer a estas pobres criatu­ras, a estos niños abandonados. La señora Gousault le habrá dicho quizá las propuestas que se me han hecho para ello. Hablaremos con usted de aquí a tres o cuatro días…».

Colaboración de las damas de la caridad

Luisa y Vicente constataron que «socorrer a estas pobres criaturas» era imposible sin la colaboración de las damas de la caridad. Estas, de las que Luisa era una «de las más con­siderables», habían ya mejorado la situación de los niños en el hospital. En 1634, por falta de nodrizas, estuvieron obligadas a recurrir a la lactancia artificial y ofrecieron «al hospital cabras, los niños las ordeñaban muy fácilmen­te». Habiendo aumentado los recursos a lo largo de los meses siguientes, se alegraron de poder hacer aún más y ofrecer al hospital tres nodrizas cuyos gastos pagaban ellas.

¿Por qué no harían otro tanto con los pequeños abando­nados de la «Cuna»? Proponerles una cosa así a las damas de la nobleza y de la burguesía del siglo xvii era una cuestión bastante delicada. Vicente y Luisa comprendían muy bien la fuerza de los prejuicios de su tiempo que excluían a los bastardos. Hacía falta entonces desarraigar de las damas esta concepción poco cristiana, esta incomprensión hacia el hijo natural que, a pesar de su inocencia personal, lo con­denaba desde el principio de su vida y lo marcaba como fruto de pecado.

Vicente de Paúl se dirige entonces a algunas de las damas solamente y las invita a visitar la «Cuna» para hacerles co­nocer a fondo los abusos de la casa. Una vez que vieron a estos pobres pequeños abandonados, se sentirían movidas a venir en su ayuda. Vicente tenía razón; y monseñor Calvet ha expresado muy bien el hecho.

«Esta sociedad aristocrática, escribe, tenía corazón; pero estaba lejos de la miseria cuyo horror no imaginaba; había que ponerla ante sus ojos en términos concretos y humanos… Cuando llega a comprender y a conmoverse es capaz de cual­quier tipo de generosidad».

Así sucedió con los niños abandonados, por los que el santo sacerdote suscitó, a fuerza de tenacidad, un amor ca­ritativo entre la burguesía y la aristocracia parisina.

Después de haber ganado la confianza de un pequeño número, Vicente convoca a todas las damas de la caridad del hospital; combate la repugnancia visible de la mayor parte de ellas; se levanta por encima de los prejuicios; de­fiende la causa de estas pequeñas criaturas de Dios con un entusiasmo contagioso; la asamblea toma una resolución: se hará «una prueba con los niños abandonados».

Se comienza por poco…

Metidas ya en el terreno de lo concreto, las damas se dan cuenta de que nadie está mejor preparado para organizar el servicio a los niños abandonados que la señorita Le Gras y sus hijas de la caridad. Debido a la falta de nodrizas, se pre­guntan si se podrá, tomando sólo a dos o tres niños para comenzar, «alimentarlos con leche de vaca». Vicente confía a su colaboradora la consolación que él ha tenido de «que la providencia la ha escogido a usted para este fin».

Luisa, por su parte, esperaba sólo que se lo ordenaran para ponerse manos a la obra y acoger en su casa a los pri­meros de esos millares de niños que vendrán a continuación, en todos los países, durante todos los siglos, a buscar «el cariño que las buenas madres tienen con sus niños» bajo las alas blancas de una sierva de los pobres. Si a veces Luisa sufre momentos de desánimo o de repugnancia ante el pensamiento de servir a «esos recién nacidos tan llorones, tan sucios… nacidos de malas madres que los han traído al mundo ofendiendo a Dios, y luego los han abandonado», tiene el consuelo de recobrar ánimos volviendo a leer las palabras de san Vicente.

«Ustedes repararán, dice él, la ofensa que estas malas ma­dres han hecho al abandonar así a sus hijos, cuando se preo­cupen por servirlos por amor de Dios y porque a él le per­tenecen».

Y el santo, que comprende perfectamente la repugnancia que puede causar una obra de este tipo, no duda en añadir «lo único que nos mueve (conduce) a ello es el amor de Dios». En consecuencia, impulsa a sus hijas a llegar más lejos y les precisa incluso la manera de realizar este servicio.

«Hijas mías, entregaos a Dios para servirlos con gran ca­ridad y dulzura, y acostumbraos a ver a Dios en ellos y a ser­virlos en Dios y por su amor».

Luisa mejor que nadie podía comprender su desgracia

La providencia, que confiaba a Luisa la maternidad de tantos hijos adoptivos, la había preparado para esta misión. Había nacido en 1591, en el seno de la familia Marillac, de gran renombre en el reinado de Luis XIII, pero fue débil y enfermiza desde su niñez.

…Enclenque

Niña desafortunada, conoció el efecto de las maldiciones del Señor sobre Jerusalén: «¡Ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días!» (Mt 24, 19). Francia acababa de salir de los disturbios de las guerras civiles sus­citadas por la sucesión al trono de Francia. Luisa arrastrará así, durante toda su vida, un cuerpo condenado de antemano a una gran debilidad que hará más tarde decir a san Vi­cente —desde el año 1647— que la «consideraba muerta na­turalmente desde hacía 10 años, sin tener más vida que la que le provenía de la gracia». La debilidad del cuerpo con­tribuirá únicamente a aumentar su energía moral. En medio de continuas alternativas de postración y de enfermedad, que la atormentan, poniéndola continuamente en peligro de muerte, parece levantarse de su lecho de dolor más fuerte moralmente y más dispuesta aún al sufrimiento y al trabajo.

Huérfana desde muy temprano

Además de la debilidad de su cuerpo, Luisa conoció la triste miseria de no haber conocido a su madre. De ahí ese fondo de melancolía contra el que tuvo que luchar constan­temente, y una inmensa necesidad de ternura que sólo fue satisfecha raras veces. Su carácter tiene ese tinte de semitristeza que no es raro encontrar en los huérfanos, y que en ella fácilmente «hubiese degenerado en humor sombrío, si la religión no se hubiera apoderado de este corazón y no le hubiese hecho encontrar en sus propios sufrimientos una fuente de compasión por las penas de los otros».

Cuando apenas tenía cuatro años, Luisa veía a su padre volverse a casar con Antoinette Camus, el 12 de enero de 1595. Para la pequeña no hubo ningún abandono ingenuo sobre las rodillas maternas porque su madrastra parecía haber reservado toda su ternura y solicitud para los hijos de su primer matrimonio. La paz no se restableció en el nuevo hogar de M. de Marillac que se instaló en siete domi­cilios sucesivos entre los años 1595 y 1602.

No sabemos dónde pasó Luisa los primeros años de su vida, sobre todo después de la instalación del nuevo matri­monio. Es muy probable que su padre quisiera alejarla de un medio en el que estaba de más. Cuando ya era algo mayor fue enviada como pensionista a Poissy, al monasterio real de San Luis, donde se encontraba entre las religiosas dominicas una prima hermana, Luisa de Marillac, mujer de elevada virtud y de una especial cultura literaria.

Sin precisar la fecha ni la razón del traslado, el primer biógrafo de la santa dice que su padre la hizo abandonar el monasterio —lugar demasiado suntuoso en relación sin duda con su condición más modesta— y la envió en París ponién­dola en manos de una «maestra hábil y virtuosa para que aprendiera todo lo que una joven de su condición debía saber».

La incertidumbre en que nos hallamos con respecto a este período de su vida no nos permite saber dónde se encontraba el 25 de julio de 1604 cuando, siendo una chiquilla formal de trece años, recibió la noticia de la muerte de su padre. Este atestiguaba en su testamento que ella había sido su mayor consuelo en el mundo y que le había «sido dada por Dios para reposo de su espíritu en las aflicciones de la vida».

Una cosa es cierta: en 1604 Luisa gustaba por segunda vez de los sufrimientos de los huérfanos. Hablando más tarde de su infancia dirá:

«Dios me hizo conocer desde muy temprano que yo debía de ir a él por la cruz. Desde mi nacimiento y durante toda mi vida, casi nunca me ha dejado sin ocasión de sufrimientos».

Estas melancólicas impresiones de juventud le hacían comprender mejor sin duda, en 1638 todo el amor que era preciso dar a todos estos pequeños seres sin madre que per­tenecían en adelante a ella y a sus hijas.

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