Anotaciones al decreto conciliar «Perfectae Caritatis» (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Mª Ibáñez Burgos, C.M. · Año publicación original: 1966 · Fuente: Anales españoles.
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I. Introducción

Si es cierto que los religiosos entraban en el Concilio un poco «acom­plejados», a pesar de la presencia de un centenar de superiores gene­rales y de unos 800 Obispos, salidos de institutos religiosos, es mucho más exacto que, al final, el mismo Concilio ha delineado un magnífico cuadro de la vida religiosa. El Concilio ha señalado con precisión y abertura, con un gran espíritu de moderación y de estima, el lugar de la vida consagrada en la Iglesia, y la conducta que deben seguir los ins­titutos religiosos, para permanecer fieles a su vocación.

No es mi intención hacer un comentario al decreto conciliar. Pre­tendo solamente señalar algunas ideas, resaltar la orientación actual e interpretar algunos textos del decreto en un contexto vicenciano.

II. Breve historia del texto

El texto conciliar aprobado ha pasado por varias etapas. En noviem­bre de 1962, el Consejo de la Presidencia del Concilio pide que el es­quema presentado (100 páginas de texto) sea reducido a unos «principios generales» sobre los puntos siguientes: a) los estados de perfección; b) la vocación religiosa; c) la renovación adaptada de la vida religiosa; d) la formación de los candidatos a la vida religiosa, su admisión a la profesión y a las órdenes.

El 22 de abril de 1963 aparece el esquema, compuesto según estas directrices. El número de páginas era reducido a 35. Se observa en este esquema cierto progreso sobre el anterior: evita las referencias dema­siado jurídicas e insiste sobre la necesidad y los principios de una «re­novación acomodada». No se puede negar que este esquema contenía excelentes elementos. Algunos de ellos han pasado al texto aprobado.

En noviembre de 1963, este «recién nacido» era condenado a muerte. Las decisiones de la Comisión Central del 28 de diciembre de 1963 y del 15 de enero de 1964 ordenaban que el texto fuese reducido a simples «proposiciones».

El 27 de abril de 1964 se rehace el texto, siguiendo las directrices re­cibidas. Se debe afirmar que este nuevo texto manifestaba el esfuerzo realizado para resumir los grandes problemas actuales; de la vida reli­giosa. Tengamos en cuenta que se le habían concedido cinco páginas. Enviado a los Padres del Concilio, este texto, excesivamente pobre, no fue bien recibido. Por esta razón fue corregido y ligeramente aumen­tado, antes de ser presentado al Concilio.

14 y 16 de noviembre de 1964: los Padres del Concilio dan su voto sobre este último texto. La votación fue favorable. Se aceptaba el es­quema, pero simplemente como tase para una elaboración ulterior. Se manifestaba con la votación «juxta modum», tanto el deseo de una re­forma sustancial en algunos puntos como el interés por introducir otros, que se juzgaban necesarios. Los votos «juxta modum» afluían con inte­rés y se batió el «record» de 14.000.

La Comisión recibe las sugerencias de los Padres del Concilio, y trata de modificar el esquema según estos deseos. Modificado el texto y enri­quecido por las opiniones de los Padres, es de nuevo presentado al Con­cilio. Se comienzan las votaciones artículo por artículo, y cada vez se obtiene una casi totalidad.

El 11 de octubre de 1965, en sesión «plena», llegaba la aprobación global de 2.126 Padres, sobre 2.142 votantes.

III. Observaciones

El breve decreto «Perfectae Caritatis», o decreto sobre la «renovación adaptada» de la vida religiosa, no pretende ser exhaustivo.

El Concilio, en varias ocasiones y bajo diversos aspectos, se ha pre­ocupado de la vida religiosa. Este decreto es inseparable de otros dos documentos:

Bajo el punto de vista teológico, el capítulo VI de la Constitución «Lumen gentium» es de capital importancia. Es aquí donde se debe bus­car la enseñanza, a la vez tradicional y nueva de la vida religiosa; es aquí donde los principios teológicos de la vida religiosa en la Iglesia pue­den encontrar su claridad y profundidad.

Bajo el punto de vista pastoral.—Si se trata de encuadrar la inserción de la vida religiosa en la vida apostólica de la Iglesia, y par­ticularmente en una pastoral de conjunto diocesano, será necesario tener en cuenta el decreto «De Pastorali Episcoporum munere in Ecclesiam». Ciertamente que el decreto de los religiosos trata los puntos de vida apostólica en varios números, pero los principios generales que deben orientar y regular esta acción apostólica han sido voluntariamente ex­puestos en el esquema que trata, y precisa la responsabilidad y autori­dad de los Obispos en el campo apostólico.

IV. El decreto sobre los religiosos no pretende ser un «tratado» de vida religiosa

Es cierto que el decreto recuerda los fundamentos escriturarias, teoló­gicos, históricos de la vida religiosa, pero lo hace muy brevemente y no llega a un estudio detallado. No se debe buscar en él un «tratado».

Tengamos en cuenta que un texto conciliar, en razón misma de su im­portancia, en el tiempo y en el espacio, debe evitar el consagrar, «cano­nizar» ciertas formas contingentes. Lo que debe hacer, y lo ha hecho, es injertar la vida religiosa en la vida de Cristo, de la Iglesia y del mundo. Por esta razón ha insistido en lo que es esencial.

En este contexto, el Concilio no sólo no ha tenido el cuidado cons­tante de «cerrar las puertas», sino que ha permitido a los maestros es­pirituales, y con preferencia a los mismos institutos religiosos, el progreso en el estudio y en la práctica de la vida religiosa.

V. Los problemas actuales de la vida religiosa

El decreto de los religiosos ofrece un carácter muy positivo. Quiere responder a ciertos problemas generales, que la vida religiosa propone al mundo de hoy. Y en este «mundo» es necesario comprender «no sola­mente los que están fuera de la Iglesia, sino también, y con más razón, a los católicos y a cierto número de los mismos religiosos».

La gran ventaja del texto conciliar es que no ha sido establecido «a priori por una serie de «juristas de gabinete»; ha sido estructurado de acuerdo con las observaciones, sugerencias y cuestiones propuestas por los Obispos y por los superiores religiosos.

Si el texto conciliar sugiere una profunda estima por la vida reli­giosa y habla de su legitimidad en la Iglesia, de su necesidad y de su conservación, también afirma con alegría y exigencia la necesidad de participar en la renovación, que se efectúa hoy en la Iglesia de Cristo.

Se puede observar que en la evolución histórica de la Iglesia hay una ley de renovación incesante, inscrita en la naturaleza misma de la vida cristiana: «Si alguno está en Cris’ o, es una nueva creación» (2 Cor., 5, 17). La vida religiosa es creación siempre nueva en este desarrollo de la vida en Cristo.

VI. Principio general de renovación

Si la vida consagrada, según su naturaleza, es una creación siempre nueva, en la hora actual, este fenómeno se manifiesta con una fuerza irrefrenable. La exigencia de renovación es más urgente y más amplia que en otros tiempos, si se tiene en cuenta la transformación conside­rable de mentalidad que se produce en la Humanidad de hoy. Por esta razón, la vida consagrada «debe impregnarse de un espíritu nuevo y presentarse con un aspecto rejuvenecido». Los institutos religiosos deben enriquecer el Cuerpo Místico de Cristo, la vida de la Iglesia en el mundo de hoy. Pero esto no se puede realizar, según el decreto, sin una doble fidelidad:

  • Fidelidad a la Iglesia.
  • Fidelidad a la intuición y orientación fundamental del fundador.

La Superiora General de las Hijas de la Caridad había señalado, en su conferencia a los Obispos franceses y franco-africanos, estos dos polos de conversión, necesarios para la adaptación. «Me parece—dice—que si la reflexión se hace olvidando uno u otro de estos dos polos, la adaptación correría el riesgo del error.» «No creo en la renovación que atiende a uno sólo de estos dos polos. Es necesario esclarecer el uno por el otro, si se quiere ser fiel al mundo, a Cristo, a la Iglesia y a sus funda­dores.»

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