San Vicente: Amigo de los pobres: años de organización (1634-1653)

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Author: Martiniano León .
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La caridad organizada

El sufrimiento del pobre es el primer motivo para la caridad. A los ojos del señor Vicente, el pobre es la imagen de Cristo.

«No debo considerar a un pobre según su aspecto exterior dado que con frecuencia no tiene ni la figura ni el espíritu de personas racionales; tan groseros y terrestres son. Pero, dad­le la vuelta a la medalla y veréis, con las luces de la fe, que son esos pobres los que nos representan al Hijo de Dios…»

La consecuencia es obvia: servir a los pobres es servir al pro­pio Jesucristo. «Nunca he sentido más consuelo que cuando he te­nido el honor de servir a los pobres.»

La experiencia de Chatillon le había llevado a la conclusión de que era preciso «organizar la caridad».

El Hospital Central de París

La señora Gousault era la presidenta de las Caridades. Lleva­da de su impulso caritativo, visitó el Hospital Central de París. Se llamaba el «Hotel Dieu», palacio de Dios. Con ese nombre, se co­nocían las casas destinadas a la asistencia de los enfermos. El Ho­tel Dieu de París era el más famoso de Francia. Un promedio de 30.000 enfermos al año. Dependía del cabildo catedralicio y esta­ba regentado por una comunidad religiosa.

Pero, lo que la señora Gousault encontró en aquel «palacio de Dios» fue descuido, falta de higiene, mala alimentación… Comu­nicó su inquietud al señor Vicente. Le propuso crear una Cofradía de la Caridad que se dedicara exclusivamente a atender al hospi­tal. El señor Vicente con suavidad, pero con firmeza, rehusó: «Era meter la hoz en mies ajena.»

La presidenta escuchó la negativa, pero acudió al arzobispo. Este bendijo la empresa y rogó a Vicente que se hiciera cargo de ella. ¿Era ésta la voluntad de Dios?

En una reunión, se constituyó la «Cofradía de Damas de la Caridad de París.». La señora Gousault, presidente; el señor Vi­cente, director espiritual. Fue un éxito, a los pocos meses, había más de cien socias.

En el reglamento, el señor Vicente hacía sus recomendacio­nes. Para acercarse a los pobres, se precisa humildad, dulzura y mansedumbre; vestir con la mayor sencillez posible; hablar len­guaje directo y simple. Para que la ayuda espiritual produzca ma­yor resultado, se acompañará con algún obsequio material como galletas, dulces, merienda, etc.

Los frutos fueron consoladores, pero la Cofradía de las Da­mas de la Caridad de París no funcionó como las otras. No era parroquial, sus miembros procedían de todos los sectores. Econó­micamente, era como el ministerio de hacienda de la caridad vicenciana. El señor Vicente, con frecuencia, acudía a ella solici­tando ayuda para los más variados servicios.

Una vez que la Junta de Damas se organizó, pidió que las Hijas de la Caridad, recién fundadas, fueran sus colaboradoras.

Presos y galeotes

Desde 1619, el Capellán General de las galeras era el señor Vicente. Bajo su responsabilidad, estaban los galeotes, pero solamente los que vivían en las galeras. Los que sufrían condena en las cárceles de París se sometían a la jurisdicción de los párrocos.

De repente, en 1639, ocurrió un acontecimiento de los que el señor Vicente calificaba de «providenciales»: Un rico funcionario entregaba la suma de 6.000 libras para ayudar a los galeotes.

Las rentas se entregarían a una comunidad de Hijas de la Ca­ridad para que se dedicaran, por completo, a la atención de los encarcelados. Gran responsabilidad. El trabajo era pesadísimo. El señor Vicente decía que era «uno de los trabajos más difíciles y peligrosos». Seleccionó Hermanas excelentes, pero se agotaba la paciencia hasta de las más santas:

«Las Hermanas tenían que hacer la compra, preparar diaria­mente la comida de los galeotes, llevarla a los calabozos, la­varles la ropa todas las semanas, cuidar a los enfermos, dar­les el equipo necesario cuando salían para Marsella, fregar las salas, lavar y remendar los jergones… Eran realmente las criadas de aquellos terribles y exigentes amos que se burla­ban de ellas, les decían insolencias, las insultaban… mientras ellas les prestaban los mayores servicios» (J. M. Román).

Las Hermanas soportaron a los pobres con paciencia… ¡Era tan difícil!… A veces, demasiado difícil. Pero el señor Vicente usaba un tono aleccionador:

«… aprended de vuestra Hermana la lección de cómo tenéis que comportaros no solamente con los galeotes, sino en cualquier otro sitio; aprended… cómo hay que soportar a los pobres con paciencia».

Los mendigos

También Vicente tenía su experiencia. De pequeño, entregaba «puñados de harina» y compartía su pan. No pudo comprar una esquila de plata a su oveja preferida porque entregó treinta suel­dos a un necesitado. En Chatillon, había organizado la «caridad». En Macon, resolvió el problema de la mendicidad. Pero, París… Dada la magnitud de París, pensó que aquello no era cosa suya.

Muchas personas practicaban la beneficencia en París. En San Lázaro se daba limosna. Todos los días, en la portería de San Lázaro, se distribuía ropa y comida. El señor Vicente había introducido, en su comunidad, la costumbre de sentar dos mendigos a la mesa. Ellos eran los primeros en servirse. Tenían opción de probar la mejor tajada.

París era un hervidero de pobres. Los mendigos bullían por todas partes. Se plantaban en medio de las calles, salían desde cualquier esquina. De repente, llegaban armados de garrotes. Exi­gían en vez de suplicar. ¡Cuarenta mil mendigos organizados…! La ciudad era suya.

Al llegar la noche, se reunían en sus escondites. Los llamaban «la ciudad de los milagros». Los más valientes contaban sus aventuras; los cojos arrojaban lejos las muletas y saltaban de go­zo; los ciegos guardaban sus parches para otro día; las mujeres se sacaban los bultos que escondían entre las faldas y que les hacían parecer embarazadas; los epilépticos escupían el pedazo de jabón que habían tenido bajo la lengua… Toda una picaresca de mendi­cidad. «La ciudad de los milagros» era un sitio terrible. La policía no osaba entrar.

La duquesa de Aiguillon tuvo la idea de crear un hospicio ge­neral para pobres y mendigos. Grande. Que recibiera a todos; a los cuarenta mil que andaban por las calles. Se rieron de ella; es un sueño, es una locura, es imposible… Solamente oyó una frase optimista. Consulte con el señor Vicente; quizá él pueda ayudar.

Así lo hizo. Pero, el señor Vicente pidió un plazo para la re­flexión. Se necesitan 100.000 libras. Es lo que él exigía. De otra forma, su plan no podía ir adelante.

Alguien le entregó una donación. Exactamente 100.000 li­bras. Pero con dos condiciones: Que no se publicara el nombre; y que fueran utilizadas en alguna obra de caridad. Vicente propuso la fundación del asilo de ancianos. Compró, en las cercanías de San Lázaro, una casa en cuya fachada estaba grabada la insignia del nombre de Jesús. Un hogar para impedidos y ancianos. Veinte mujeres y veinte hombres. A su servicio estaría una comunidad de Hijas de la Caridad.

El nuevo albergue comenzó a funcionar en 1653. Era, de ver­dad, una ciudad de los milagros. Los acogidos disfrutaban de una vejez plácida y sosegada. Una pega: Lo reducido del local. Pare­cía solamente un ensayo.

Los niños abandonados

Regresaba a París después de una misión. Al traspasar las mu­rallas, sintió que «las puertas de la ciudad se le caían encima.» Escuchó como un eco: «Tú regresas a descansar; mientras tanto, los pobres del campo no tienen quien los atienda.»

Dobladas las espaldas; cargados los hombros por el peso; sin levantar la vista del suelo…, caminaba entre dos luces. En San Lázaro, estaban esperando; pero, el llanto de un niño le hizo dete­nerse. Escuchó; cambió el rumbo. El alma se le concentraba en los ojos; era todo ojos. El espectáculo asombraba: Un mendigo estaba desfigurando a un niño. Quería ponerle en lastimoso as­pecto; así conseguiría limosna más fácilmente.

Se irguió el señor Vicente. La indignación le hizo jugarse la vida. El mendigo tenía, a su lado, una gran navaja abierta, prepa­rada. Dispuesto estaba a alargar la mano y defenderse de cual­quiera rapacidad.

Vicente miró fijamente. ¡Es mío!, replicó el hombre. Lo he comprado con mi dinero.

Sacó un puñado de monedas. ¿Treinta? Las tenía reservadas para otra necesidad, pero, ésta era inminente. Se las largó al hom­bre. Bruscamente, el mendigo se apoderó del dinero y entregó el niño.

Lo que hemos referido es una leyenda. Posiblemente, nunca sucedió en la vida de Vicente. No hacía falta llegar a estos extre­mos para encender su corazón. Escenas de este tipo eran frecuen­tes en París. Ha sido muy común reproducir la imagen de San Vi­cente con niños en los brazos. Lo que es real es que el señor Vi­cente se preocupó de la infancia abandonada.

Niños dejados en la calle… los había por montones en París. En las plazas, en las puertas de las iglesias… Había «tantos como días tiene el año». Eran los hijos ilegítimos; el producto del vicio, de la perversidad o de la miseria. Vicente tuvo el coraje de en­frentar esta desgracia.

El primer paso fue visitar la «Cuna.» Invitó a las Damas de la Caridad. La «Cuna» era una institución que dependía del cabildo. Disponía de muy pocos recursos. Una viuda era la encargada. La acompañaban dos sirvientas.

«Una nodriza atendía, a la vez, a cuatro o cinco niños. Pa­ra hacerles dormir, se les daban unas gotas de alcohol o una píldora de láudano. Algunos eran vendidos a mendi­gos que les rompían brazos o piernas para excitar la com­pasión pública… Para colmo de males, ni siquiera se les bautizaba. Como resultado, de los recogidos en los últimos cincuenta años no se sabía que hubiera sobrevivido ningu­no…»

Las Damas vieron. Pero su objetivo era buscar la solución. Oraron, y tuvieron una inspiración: Escoger doce niños por sor­teo. Acababa de nacer la más tierna de las obras vicentinas: La atención a los niños abandonados.

Principió el señor Vicente por colocarlos en la casa de Luisa de Marillac; luego, alquiló un local; después, construyó unas casi­tas al lado de San Lázaro, cerca de él. Las Hijas de la Caridad se encargarían de su cuidado.

Pero, ¿cómo aceptar a los 200 ó 300 niños? El problema más grave era la financiación. Se iban defendiendo, hasta que estalló la guerra de la Fronda. La terrible guerra civil llevó a los frentes de batalla a muchos maridos de las Damas de la Caridad. Empezaban los malos tiempos. Llorando, fueron a decirle al se­ñor Vicente que no podían atender, por más tiempo, a la obra de los niños. Que, también ellas, se veían precisadas a abandonar­los.

El señor Vicente las reunió. En aquel instante, el corazón le pesaba más que las piernas.

Habló con el corazón en la mano:

«Señoras: la compasión y la caridad las movieron a adoptar como hijos a estas criaturas; ustedes han sido sus madres se­gún la gracia desde que sus madres según la naturaleza los abandonaron; ustedes verán si también quieren abandonar­los. Dejen por un momento de ser su madres y eríjanse en sus jueces. La vida y la muerte de estos pequeños están en sus manos. Voy a recoger los votos y los sufragios. Ha llega­do la hora de pronunciar sentencia. Si ustedes continúan en­cargándose caritativamente de ellos, vivirán. Si los abando­nan, morirán, y morirán infaliblemente; la experiencia no nos permite dudarlo.»

Penosamente, porque se le fatigaban las piernas, Vicente de Paúl fue recogiendo los votos. Temblaba cuando comenzó el es­crutinio, pero terminó emocionado: ni una papeleta en contra, ni siquiera la de la cobardía en blanco. Los niños abandonados esta­ban salvados.

«La preocupación por la infancia abandonada parece ser una de las conquistas de nuestra época. En la raíz del cambio de sentido de sensibilidad está la actividad caritativa de Vicente de Paúl, prolongada a lo largo de tres siglos por las Hijas de la Caridad…» (J. M. Román).

Alsacia y Lorena, fronteras de Francia. Zonas de discusión. Allí estaba la guerra. Desde 1629 a 1637 fueron años de miseria. Primero, la sequía y el hambre. Luego, la guerra y la peste. Los ejércitos llegaban, invadían, acampaban y se iban. De nuevo, vol­vían. Poblaciones de 10.000 habitantes quedaron reducidas a nú­cleos de unos centenares.

Las armas de la guerra dejaron sangrando a Alsacia y Lorena y se trasladaron a Champaña y Picardía, otra frontera. Pelea y muerte. Vaivén de tropas. Ocupación, derrota y reconquista. La guerra se institucionalizó. Veinticuatro años de guerra; desde 1635 a 1659.

Un día, aparecieron por caminos y aldeas unos hombres y mujeres que no robaban, ni incendiaban, ni mataban. A la gente le pareció extraño; daban limosna, ayudaban a los necesitados, protegían a los huérfanos, curaban a los enfermos. Eran el reverso de los que habían llegado destruyendo y arrasando. Los enviaba el señor Vicente. Un enamorado de los pobres.

Al ejército de destrucción, Vicente enfrentaba su «ejército de salvación». Con estrategia, atacó a la miseria por cuatro frentes:

Por la recaudación de fondos

Esta operación la coordinaba la tenacidad del señor Vicente y la sostenía el entusiasmo de las señoras de las Cofradías. Las arengas del caudillo mantenían animosa a la retaguardia.

Comprometieron a los grandes capitalistas: Al rey, a la reina, a la nobleza. Implicaron a la Iglesia: El arzobispo de París envió una exhortación a los parisinos. La sociedad del Santísimo Sacra­mento fue generosa en sus donativos. Los misioneros de San Lá­zaro se privaban de los alimentos para entregarlos a los necesita­dos.

Eficiente el cuerpo de retaguardia… A pesar de la duración de la guerra, no desfallecieron.

La distribución de ayudas

La operación de vanguardia estuvo, principalmente, a cargo de los misioneros.

Los enviados de Vicente recorrieron Alsacia y Lorena. Pasa­ban de un pueblo a otro. A la llegada se informaban de las necesi­dades más apremiantes: Visitaban a los vecinos, hacían fichas con los nombres de los que necesitaban ayuda. Según este censo, compraban el alimento necesario para la semana. Llevaban, ade­más, la palabra de Dios, una esperanza, un consuelo.

Hasta 1643, los socorros llegaron normalmente a Alsacia y Lorena. En Champaña y Picardía se comenzó más tarde. Quince años llevaban ya de guerra y nadie, en París, conocía la magnitud del desastre. Cuando las noticias llegaron, el señor Vicente envió misioneros e hijas de la Caridad. Ellos trabajaban a su estilo. Co­mo en Alsacia y Lorena. Ellas empezaban una modalidad: La atención de enfermos de los hospitales.

«La reina os pide que vayáis a Calais a curar a los pobres he­ridos. ¡Qué motivo para humillaros al ver que Dios quiere servirse de vosotras en tan grandes cosas! Salvador mío, los hombres van a la guerra para reparar los daños que allí se hacen…»

La propaganda

¡El señor Vicente siempre reacio a la publicidad…! Parece mentira. Ordena a sus misioneros que informen acerca de lo que hacen. El sacaba buen partido de aquellos relatos: Los leía públi­camente. De esa manera, excitaba la compasión.

Se pensó en recoger y publicar aquellos informes. De ahí, sur­gieron las famosas «relaciones»: Relatos de lo que sucedía en las zonas de desastre. Cada mes, se publicaba nueva información. El folleto era distribuido gratuitamente en las puertas de las iglesias.

El servicio de enlace:

La guerra de la caridad era cosa de Dios; él la dirigía. Sin una comunicación entre retaguardia y vanguardia, la victoria hubiera sido imposible. De París a los campos, de los campos a París.

Transitar era peligroso. Los caminos estaban dañados; abun­daban los ladrones y asaltantes; hacía falta astucia y sangre fría, el Hermano Mateo las tenía. Le llamaban el «zorro». Mateo volaba. Aseguraba que había hecho más de cincuenta viajes entre París y Lorena. El «zorro de Lorena» transportaba comida, dine­ro, telas, medicinas…

Juan Parre era otro Hermano. Digno émulo del Hermano Mateo. Juan Parre fue el transportista oficial para Champaña y Picardía.

El pacificador

Otro conflicto, pero ahora, con nueva variable: La guerra ci­vil. Los franceses peleaban unos contra otros. En 1652, comienza «La Fronda.» París y sus alrededores se convierten en un escena­rio de combate. En nombre del gobierno, Mazarino quiso someter a los rebeldes. Utilizó mano dura. La corte estaba en San Ger­mán. Ordenó poner cerco a París. «No entrará trigo. ¡Que se rin­dan, o se mueran de hambre.»

El señor Vicente que tanto había luchado contra la miseria, tomó la decisión de trasladarse a San Germán y hablar con la rei­na. ¡Había ido tantas veces a palacio! Se lo hizo saber al Parla­mento. «Su único designio era la paz. No iba movido por otras influencias.» Ni realista, ni frondista, amigo de los pobres. Bus­caba la paz.

Su secretario ensilló dos caballos. El del señor Vicente y el suyo. Salieron ya anochecido. Dieron un rodeo. Buscaron cami­nos menos frecuentados. Oyeron, a distancia, las voces de los centinelas. Le venía el recuerdo de la huida de Túnez. La ciudad y sus luces quedaban atrás. En adelante, campo, terreno conoci­do: Clichy. Los mozos custodiaban la entrada al pueblo con ga­rrotes y picos. ¡Hace años fue la despedida de aquellos feligreses! Ni en la oscuridad, confundieron al viajante. Una voz grito: ¡El señor Vicente! Aclamaron a su «párroco más querido». Le pidie­ron que se quedara; pero, no podía detenerse.

Ana de Austria recibió con alegría a su confesor y consejero. Escuchó atentamente la observación:

«Es una injusticia cercar a París. Por castigar a un puñado de culpables, van a matar a un millón de inocentes… Si Mazarino se va, París depone las armas.»

La soberana tardó en reaccionar. Por fin, dijo: «Bien, señor Vicente, el pan entrará libremente en París.» En cuanto a su pro­puesta, convérselo con mi primer ministro.

Caminó el señor Vicente. Estaba nervioso. Aunque le dolían las piernas, se movió de un lado para otro. Con calma y tranquilidad, entró en el despacho ministerial. Expuso en tono humilde, pero con firmeza. Para concluir, lanzó su proposición: «Monse­ñor, ceded, al menos por un tiempo. Arrojaos al mar para que se calme la tempestad.»

Había hablado muy claramente el señor Vicente. Mazarino comprendió: «Eso de echarme al agua, lo consultaré con el señor Le Tellier. Si a él le parece bien vuestra pretensión, esté seguro de que me retiraré.»

Vicente de Paúl tuvo la impresión de que había fracasado. No habría paz. Con Le Tellier, imposible. Salió de la habitación con la conciencia tranquila: «He dicho al señor ministro lo que me hubiera gustado decir a la hora de la muerte.»

Mientras tanto, San Lázaro había sido ocupado por los solda­dos. Buscaban «el trigo, la cebada y la alfalfa» del antiguo priora­to. Llegar, en esa situación, era desagradable. Además, en París, le tendrían por «realista». Acababa de parlamenta con la reina. ¿Quedarse en palacio? ¿Con qué ojos le iba a mirar Mazarino? Para el ministro, Vicente era un «frondista». Pedía su renuncia.

Se resolvió. Decidió el exilio voluntario. Era duro el destie­rro. Se marchaba a ver a los campesinos. A las pobres gentes del campo y a sus misioneros. Pasó revista a las casas de la Misión. En Richelieu, cayó enfermo: ¡La dichosa «fiebrecilla»! Se enteró la duquesa de Aiguillon y envió la carroza. La que le habían com­prado las Damas de la Caridad de París. Una carroza negra y bri­llante; parecía de charol, con dos caballos negros bien pulidos y lustrosos…! Caminaban majestuosamente por el centro de la ca­lle; el viento les movía las crines; tenían un collar de cascabeles; se anunciaban.

La duquesa suplicó que el Hermano enfermero de San Lázaro fuera a atender al señor Vicente. A él no le gustaban tantos lujos: «Mi esqueleto no merecía que el Hermano hiciera un viaje tan largo.» La carroza tenía unos grandes ventanales de vidrio. ¡Enor­mes y relucientes ojazos de carroza! Vicente parecía un príncipe. Cuando viajaba, corría las cortinillas; tenía pena, veía a los po­bres caminando por la calle… y él en su carroza. «Eso es una ig­nominia.»

Regresó a París. Hacía cinco meses que había salido. París hedía. La paz fue efímera. A los pocos meses, la guerra volvió con más saña, pero las gestiones pacifistas de Vicente fueron más exitosas. Escribió a Mazarino, solicitó la intervención del Papa; el Papa medió; Mazarino renunció. París depuso las armas; volvía la paz. La reina publicó una amnistía sin distinciones ni reservas. El rey y la reina entraron en París. El pueblo los aclamó como a sus soberanos.

El «padre de la patria»

Después de estas actuaciones en favor de los necesitados, la gratitud se hizo patente. Vicente de Paúl recibió expresivos men­sajes. El más elocuente fue el que procedía de San Quintín:

«Las limosnas que gracias a Dios y a su bondad han sido enviadas a esta provincia han dado vida a millones de personas reducidas, por las calamidades de la guerra, a la mayor po­breza. Por eso, me siento obligado a testimoniarle el humilde agradecimiento que todos estos pueblos sienten por sus bon­dades… Esto me obliga a suplicarle que siga siendo el padre de la patria para conservar la vida a tantos y tantos pobres moribundos y enfermos a los que sus sacerdotes atienden con tanta justicia y esmero.»

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