San Vicente: Amigo de los pobres: años de despedida (1654-1660)

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Author: Martiniano León .
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La vejez se parece a los atardeceres. Todos los días, cuando concluye la tarde las nubes sacan sus vestidos de colores para celebrar la fiesta del sol que ha completado felizmente su jornada.

Vicente de Paúl ha llegado al ocaso de su vida. Va a concluir una feliz jornada. Había llevado a cabo grandes realizaciones: Las Cofradías de la Caridad en 1617; la Congregación de los sa­cerdotes de la Misión en 1625 y la Compañía de las Hijas de la Caridad en 1633. Antes de la fiesta del atardecer quiso retocar los últimos detalles. El traje de gala.

La Cofradía de la Caridad

Las Damas de la Caridad se fijaron en el’ Hospital del Nombre de Jesús que había ideado el señor Vicente. Una solución a la mendicidad. Pero, después de la guerra había más pobres que nunca. Pobres por todas partes, hasta el gobierno estaba preocu­pado de ver tanta gente deambulando por la calle. Sería bueno acabar con ellos porque eran un peligro público. ¿Por qué, pues, no intentar una obra como la que había hecho el señor Vicente? Pero, a gran escala.

Consultaron al señor Vicente que era un hombre experimenta­do en eso de los mendigos. Pero el señor Vicente era un caritativo y tenía sus ideas. El pobre es imagen de Cristo paciente y, por eso, debe ser socorrido. Primeramente, había que comenzar por un ensayo. Avanzar poco a poco. Contentarse con cien o doscien­tos pobres. Sobre todo, debían ingresar los que lo desearan. No se le debía obligar: «La coacción podía ser un obstáculo a los planes de Dios.»

Los hombres públicos no opinaban lo mismo. El gobierno asumió la idea, y se hizo cargo de todo. Decretó la creación del «Gran Hospital General.» El decreto real era claro: «Queda prohibida la mendicidad. Los pobres de París pueden escoger en­tre el hospicio o el trabajo. No tienen derecho a entrada los men­digos de la campiña.»

El señor Vicente debió sufrir una desilusión. No era esa su manera de atender a los pobres. ¡Los buenos campesinos…! Nadie se preocupaba de ellos. Tendrían que regresar al lugar de su ori­gen. Hubo una desbandada; huyeron despavoridos. Solo queda­ron unos cinco mil enfermos de verdad.

En 1660, el mismo año de su muerte, el señor Vicente daba la redacción final del Reglamento de las Damas de la Caridad.

La Congregación de la Misión

Últimos años de vida. Es difícil que no quede alguna cuestión pendiente. Para Vicente, eran de urgencia las que hacían relación a sus dos comunidades. Problemas jurídicos; de institucionalización.

En 1655, se solucionaba una cuestión legal: La Santa Sede, en el breve Ex commissa nobis, aprobaba los votos de los sacerdotes de la Misión.

Unos años más tarde, en 1656, otro documento pontificio, el Alias nos determinaba la amplitud del voto de pobreza que emi­tían los misioneros.

En 1658, el señor Vicente podía distribuir entre sus misione-sor, las Reglas Comunes de la Misión que acaban de ser impresas. Durante los tres últimos años, sus «conferencias» son un co­mentario a los artículos de las Reglas Comunes. Charlas profun­das en contenido. Condensan su pensamiento, se convierten en su verdadero testamento espiritual.

Además, de estos logros de carácter institucional, consiguió otros en el orden económico. Obtuvo, de Roma, la anexión de San Lázaro a la Congregación de la Misión. El rey ratificaba la decisión en 1660.

No todo eran satisfacciones. Tuvo, también, un fracaso. La pérdida de Orsigny. Una finca agrícola: El granero de San Láza­ro. Se la habían donado unos bienhechores. Los herederos gana­ron el pleito. La reacción de Vicente fue exclamar: ¡Bendito sea Dios! En la plática con la comunidad, aprovechó la ocasión para hablar sobre la aceptación de los contratiempos.

Las Hijas de la Caridad

Para publicar las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad, siguió el mismo proceso que con las Reglas de los misioneros. Fue lento; sin precipitarse. «No hay que adelantarse a la Provi­dencia.» San Vicente seguía una norma: Primero practicar y des­pués escribir.

A las Hijas de la Caridad les animaba: «Con la ayuda de Dios, en el porvenir, tendréis vuestras Reglas.» Pero, se iban re­trasando.

Es cierto que había reglamentos. Cada oficio o ministerio te­nía su norma. Para la aprobación de la Compañía por el arzobispo de París, el señor Vicente redactó una regla fundamental: Un compendio de los reglamentos. Esto era en 1655, pero ni siquiera entonces cedió. No se imprimió, se copiaba a mano y había un ejemplar en cada casa. Durante los últimos años, el señor Vicente leyó y comentó esta regla con las Hermanas.

Otro problema era el del domicilio. Desde un principio, la re­sidencia de la comunidad era la casa de la señorita Le Gras. Pero, empezó a quedarse pequeña. El número crecía; era imprescindi­ble nueva residencia. Una casa en La Chapelle, fuera de París. Más tarde otro traslado: A la parroquia de San Lorenzo, fronteri­za con San Lázaro. La casa la adquirió el señor Vicente porque la Compañía no tenía personalidad jurídica.

Cuando el rey se la concedió, fue propiedad de la Compañía. Se realizaron algunas mejoras, fue la Casa-Madre de las Hijas de la Caridad hasta la Revolución francesa.

Las despedidas

El señor Vicente fue un hombre de vida larga. La mayoría de los amigos de su generación, desaparecieron antes que él. Por eso, su vejez se vio ensombrecida por continuas «despedidas»; por el dolor de ver partir a los otros mientras él se quedaba. La soledad.

Algunas de estas partidas fueron más sensibles a su corazón:

Un misionero, el señor Portail

Murió un año antes que San Vicente. Fue, sin duda, una de las despedidas más dolorosas. Antonio Portail, el rubio mona­guillo de Clichy, se había convertido en los ojos y oídos del se­ñor Vicente. Su primer hijo espiritual. Incondicional en las vici­situdes de la fundación y crecimiento de la Misión. Casi cin­cuenta años de amistad se descontinuaban en un minuto. Vicen­te lo sintió.

«Dios nos ha querido privar del buen P. Portail. Murió el sá­bado día 14 de este mes (febrero), que era el noveno de su enfermedad; comenzó con una especie de letargo, que se convirtió luego en fiebre continua y en otros espasmos… Terminó su vida como había vivido: usando bien sus sufri­mientos, practicando las virtudes, deseando honrar a Dios y consumir sus días como nuestro Señor en el cumplimiento de su voluntad… Hay motivos para esperar que este servidor suyo nos será más útil en el cielo que lo hubiese sido en la tierra.»

Una colaboradora, Luisa de Marillac

Cayó enferma de gravedad el mismo día que P. Portail. Se te­mía que su enfermedad iba a ser de corta duración. No fue así, murió el P. Portail y el señor Vicente comentaba: «Gracias a Dios que no ha querido apesadumbrarnos con una doble aflicción.»

La señorita Le Gras mejoró. Pero, el 9 de marzo, volvió la gravedad. Recibió el viático, pidió el consuelo de que la visitara su director y padre espiritual. Imposible satisfacerla, el señor Vi­cente estaba clavado en una silla sin poder moverse. Le envió un mensaje. Con un misionero le mandó a decir: «Usted va delante; espero verla pronto en el cielo.» Así de lacónico. No añadió ni una palabra más. Durante treinta y ocho años la había acompaña­do en su atormentado itinerario espiritual.

El 15 de marzo, hacia las once y media de la mañana entró en agonía. Se extinguió suave y dulcemente. «Partía para el cielo con la gracia del bautismo.»

El señor Vicente, una luz que se apaga…

Desde que fue hecho cautivo y recibió una herida, el señor Vicente tuvo dificultad para caminar.

Siempre las piernas. La herida no cicatrizaba por completo. Y luego, la fiebre, la molesta y continua fiebre.

Ninguna de estas enfermedades interrumpía su actividad, pero le enseñaron a compadecerse de los enfermos: «Ardo en deseos de que la Compañía sea santamente pródiga con ellos. Quedaría encantado si me dijeran que en una casa han vendido los cálices para poder atenderlos… Los enfermos son la bendición de la Compañía y de la casa que habitan.»

¡Mucho tenía que sufrir el señor Vicente que tanto quería a los enfermos! Desde 1658, se recrudecieron todas sus dolencias. No podía caminar, tuvo que utilizar bastón para ayudarse. Ya no podía salir de San Lázaro. Ni siquiera en la carroza.

Sin embargo, despachaba desde su oficina. La corresponden­cia de estos últimos años toca temas diversísimos: La vida de la Compañía, gestiones con la Santa Sede, etc. Dictó sus mejores «conferencias», las que explican los artículos de las Reglas Co­munes de los misioneros y de las Hijas de la Caridad.

En los primeros meses de 1660, su estado de salud se agravó; ya no bajaba a la iglesia; celebraba en la enfermería; no utilizaba bastón, sino muletas. No era nada fácil cuidarle. Cualquier consi­deración que se tuviera con él chocaba con su humildad. El in­somnio nocturno… No conseguía dormir por la noche, y el sueño se apoderaba de él durante el día.

Llegaban las visitas y, al poco tiempo de empezar la conver­sación, comenzaba a bostezar y a dar cabezadas. Se dormía por más que ponía todo interés en escuchar. Pedía perdón. El sueño era invencible. Otra vez volvía. Solía decir que «era el hermano que se adelantaba a la hermana». Así, pronosticaba su muerte. Se la veía llegar.

«Al anochecer del domingo 26 de septiembre se le preguntó si quería recibir los últimos sacramentos. Contestó sencilla­mente «sí». Se los administró el P. Dehorgny. Pasó la noche entera velando por sus hijos, que se turnaban, sugiriéndole de cuando en cuando piadosas jaculatorias… A instancias del P. Dehorgny, bendijo una por una todas las asociaciones y obras fundadas a lo largo de su vida.

Su última palabra antes de entrar en los estertores de la ago­nía fue «Jesús.» A las cinco menos cuarto de la madrugada del lunes 27 de septiembre de 1660, sin convulsiones ni es­fuerzos, exhaló el último suspiro y partió al encuentro del Dios de los pobres, al que tan fatigosamente había amado.

Murió completamente vestido, sentado en un sillón, jun­to a la chimenea, y «permaneció dice el cronista, bello y más majestuoso y venerable que nunca».

Había sido la suya una existencia plenamente realizada. Nada le quedaba ya por hacer. Todas sus obras podían afron­tar con garantías de éxito la prueba del futuro» (J. M. Román).

En el ataúd de plomo, unos martillazos fijaban una placa con una inscripción latina: «Aquí yace el venerable varón Vicente de Paúl, presbítero, fundador y primer Superior General de la Con­ 27 de septiembre de 1660, a los ochenta y cinco años de su edad.»

…Pero queda su esplendor

La vida póstuma de Vicente de Paúl no ha sido menos activa que su vida real. El 16 de junio de 1737, Fiesta de la Santísima Trinidad, el Papa Clemente XII declaraba Santo a Vicente de Paúl. Exactamente, hace 250 años.

La canonización es una celebración de la santidad. Hoy, en este mundo nuestro, casi un millón de personas luchan por man­tener vivo, en la Iglesia, el espíritu de Vicente de Paúl. Son los sacerdotes de la Congregación de la Misión, (Padres Paúles o Vicentinos como se le conoce familiarmente), las Hijas de la Cari­dad, las Damas de la Caridad, los Caballeros de las Conferencias de San Vicente, las Juventudes Mariano-Vicentinas, y todos los que de algún modo participan del carisma de la caridad, al estilo de Vicente de Paúl.

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