En la casa de San Lázaro, en París, murió, el 21 de enero de 1742, el Sr. Amé Gros, nacido en Gex, diócesis de Ginebra el 16 de febrero de 1677 y recibido en el seminario de Lyon 5 de abril de 1701. Capaz de todas las funciones, las ha ejercido sucesivamente, según las necesidades de la Congregación; y en todas partes Dios ha bendecido sus trabajos, con éxitos que, descubriendo los bienes del Señor en él, le atraían la estima y la confianza de los que participaban en los frutos de su ministerio, o eran testigos de ello. Aunque apto para todo y dispuesto a todo, hay que reconocer no obstante que sus talentos y su atractivo eran para las misiones, cuyo ejercicio fue hasta los últimos años el objeto de sus deseos más queridos.
Su piedad viva y ejemplar no sufriendo alteración después del sacerdocio, fue encargado de la formación de los seminaristas de Lyon, cuando en 1714 una necesidad urgente le hizo escoger como superior de la casa de Bourg en Bresse, aunque sólo tuviera aún trece años de vocación. Esta nueva familia estaba sólo en su cuarto año de su nacimiento y necesitaba a un hombre como el Sr. Gros, animoso y prudente. El Sr. Gros respondió perfectamente a las esperanzas concebidas de él.
Es lo propio de las almas justas sentir la necesidad de crecer en justicia, y de las que son fervorosas, de buscar los medios de renovar su fervor. Según este principio el Sr. Gros pidió en 1719 venir a París, al seminario de renovación. Bajo un exterior sencillo y humilde, se descubrió su mérito y su virtud, y constituyó un placer emplearle en esta diócesis. Trabajó, como en todo lugar, con celo y con fruto en las misiones.
Se recuerda en especial que se hizo notar en la de Versalles por su caridad y sus luces seguras, precisas en la decisión de los casos que le eran propuestos, lo que hizo decir de él que era un excelente teólogo. Estaba en Châteauneuf en el ejercicio de su celo cuando, el 19 de marzo de 1723, recibió orden de dejar la misión y dirigirse a Bourges para poner la primera piedra en la fundación que se preparaba para esta diócesis. Sus éxitos en Bourg en Bresse, la solidez de su virtud y de sus talentos, habían mandado hacer esta elección. Respondió con una igual atención para atraer las bendiciones del Señor sobre esta familia naciente, y para introducir en ella, en cuanto las circunstancias lo pudieron permitir, la observancia y la regularidad. Padre fundador de las misiones del Berri, como el Sr. Bonnet, de feliz memoria, le llamaba a menudo con complacencia, se entregó al trabajo con un ardor que hubo que moderar. «Os ruego, le escribía el Sr. Superior general, que no llevéis el trabajo a ultranza y por encima de vuestras fuerzas, sino tomar todos los pequeños alivios que pueden ayudar a hacer vida que dura al primer apóstol que la Congregación se gloría de haber tenido en el Berri». Este consejo era sabio, pero no impidió que se debilitara la salud del virtuoso misionero bajo el peso de las dificultades y del trabajo. En 1725 regresó a Lyon.
Muy pronto, hecho superior de Annecy, en lugar del descanso que necesitaba, se vio obligado a trabajos continuos y muy penosos, y en las misiones, y en la dirección del seminario. Lejos de abatirse, redobló su valor, pero al fin tuvo que ceder al agotamiento de sus fuerzas. Para repararlas, pasó a Valfleury. Su celo y sus talentos parecieron demasiado encerrados en la dirección de esta pacífica familia. Poco tardaron en confiarle las de Narbona y de Aleth. Dirigía a esta última con la diligencia, la bondad, la caridad de un verdadero padre y de un buen superior, cuando la provincia que conocía bien sus méritos, le nombró diputado de nuestra última asamblea general la cual, penetrada de sentimientos de confianza y de estima hacia él, le eligió como tercer asistente de la Congregación.
Estaba obligado por esta elección a permanecer en esta casa de París; le dieron la dirección del seminario interno, donde ha acabado el sacrificio de su vida en el ejercicio del celo más atento a formar dignos hijos de la Misión, y en la práctica más constante de las virtudes que caracterizan al verdadero misionero. Hombre recto, sencillo, temeroso de Dios, la bondad, la sinceridad, el candor, se encontraban en todas sus palabras, y él obraba con una igual pureza de intención, sin engaño, sin rodeos, bajo los ojos de Dios cuyo honor y gloria él buscaba siempre. Animado por tan santas disposiciones, tenía gracia para inspirárselas a los demás…. Habiendo tenido ocasión de verle una persona de mérito, advirtió enseguida su estima en estos términos: «Yo estimaba infinitamente al Sr. Vieillecases a causa de su sencillez y su rectitud que me inspiraban confianza, él era el único que conociera de vuestra Congregación. Pero la verdad no estoy menos encantado de conocer al Sr. Gros. Encuentro en sus maneras rectas y modestas un no sé qué de atractivo que me inspira el mismo respeto y el mismo amor».
Era visible que necesitaba alivio, y se lo habríamos agradecido que se lo procurara, pero su principio era que cuando se está encargado de mandar hacer el deber a los demás, es preciso, a menos de una impotencia bien señalada, estar en todo, y sacrificándose a sí mismo. » Que me quiten el cargo, soy un inútil, se ve bien, decía él, de otra forma es preciso que yo no tenga en consideración mis debilidades; es por lo demás glorioso morir en el trabajo «. El frío, a causa de su reumatismo, le hacía sufrir mucho, sin embargo tomaba pocas precauciones contra sus rigores. «Cuántos pobres, decía, que son tanto y más débiles que yo y que tienen que sufrir todavía más que yo «. Se había ejercitado así en la vida dura y penitente en las misiones, donde –según él mismo se lo ha dicho a sus cohermanos en ciertas ocasiones, y cuando lo creía necesario bien para edificación de los niños, bien para corregirlos de alguna inmortificación- había tenido mucho que sufrir, a menudo reducido a dormir sobre la paja, en tiempos rigurosos, a no tener más que pan, y encima muy malo y en pequeña cantidad. «Pero, añadía él, nunca ha estado más contento que en estas circunstancias, por más repugnantes que sean a la naturaleza».
Él inspiraba a los demás su celo y su amor por los intereses de Dios. Tanto le impresionaba esto que en ello consistían sus discursos ordinarios. El Sr. Gros se había ejercitado siempre en este amor, como se ha visto por su conducta virtuosa y determinado a todo por su gloria. El Sr Bonnet le conocía tan bien, que en 1732 no temió decirle, con ocasión de la misión de Trévoux, donde se había señalado, como sucedía siempre, por su celo y por su caridad: » Sois siempre el hombre de Dios por su gracia y por vuestra fidelidad a corresponder en ello, siempre preparado a ir, a venir, a dejarlo todo, a emprenderlo todo, a sufrirlo todo, la muerte incluso por su gloria. Es a mi juicio, continúa este sabio superior, la más santa, la más perfecta, la más divina disposición donde pueda estar un sacerdote de Jesucristo «.
Como consecuencia de esta idea concebida de su coraje y de su generosidad, el 14 de julio de 1735, le propusieron la misión de Argel. Aunque de edad de sesenta años, vemos en su respuesta del 3 de agosto que estaba listo a partir, de manera que no hubo más que su estado de debilidad del que creyó deber hacer la pintura más ingenua lo que, sin privarle del mérito de un sacrificio, le quitó la ocasión de ir.
Sería fácil descender a un mayor detalle de sus disposiciones y de sus virtudes. Pero lo que acabamos de decir basta para dar a conocer el carácter de su espíritu y de su corazón, y para justificar el testimonio que uno de los que ha sido superior en Aleth ha prestado de él sobre la noticia de su fallecimiento: » En él yo pierdo al mejor de mis amigos. Lo sentiré toda mi vida. Espero que no me olvide en el cielo, donde no dudo que esté. No he conocido a nadie más de Dios que él, más desprendido de la tierra, más fiel a sus deseos, más alejado del pecado; toda nuestra diócesis le llora. En el poco tiempo que ha estado, su mérito le había adquirido la estima de todos y principalmente del clero. Es pues muy justo que echemos de menos a este querido difunto, tan capaz de edificarnos también, y que ha sucumbido menos bajo el peso de los años, que bajo el de sus debilidades ocasionadas por el ejercicio del celo ardiente que al devorar su corazón había consumido las fuerzas de su cuerpo.
Recibió los últimos sacramentos con perfecto conocimiento, y con la rara piedad de la que había dado constantemente los ejemplos. La vista de la muerte, que él miraba como ciertamente próxima, no le ha asustado de ninguna manera; se ha enfrentado a ella con la dulce seguridad que da al justo el testimonio de su conciencia. – Anciennes Relations, p. 407.







