Amador Saéz

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Miguel Ángel Renes, C.M. · Year of first publication: 2014 · Source: Web de la Provincia de Madrid.
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Biografias PaúlesAyer (10 de noviembre de 2014), el P. Amador, no como un «León» Magno, sino como un dulce corderillo, sin fuerza, mirándonos con dulzura y sin ánimos para batallar, ¡hasta se puede decir que había perdido su energía aragonesa, de la que no quería desprenderse!, se nos fue al encuentro de Dios, de este Dios personal y trinitario, de este Dios de la misericordia como tantas veces nos lo hizo palpable.

El P. Amador aprendió que debía ser «padre» para ser buen hijo de este Padre Dios. Le pudo costar conseguirlo por ese temperamento que rasgaba timbres y teléfonos. Pero fue «Padre» para una inmensa multitud de personas. Aquí estamos unos pocos que así lo hemos sentido y vivido.

Os hablo con lágrimas en el corazón. Siento que me quiso mucho. Os hablo sin saber deciros lo grande que ha sido. He experimentado en él comprensión y experiencia de persona mayor, cariño de hermano, consejo de sabio, capacidad para amar y perdonar. Estímulo siempre. Son muchas las cosas que tengo en mi alma, como vosotros las tenéis en el corazón que nos hacen decir, yo al menos eso experimento: ¡qué gran misionero de la Congregación de la Misión nos ha dado Dios en la persona del P. Amador!

En el recuerdo con su vecino y precursor en la gloria del cielo, después de pasar por el dolor de la enfermedad, P. Eugenio Villafranca? «Compañero del alma, compañero», decía el poeta. Nosotros, debemos decir eso y más: «testigo de la fe, amigo de la Iglesia, devoto de la Virgen, misionero de la Congregación de la Misión» y, mucho más, cuando ayer se abrazó a sus profesores mártires de la fe de la España convulsa que le tocó vivir y, hoy, ya Beatos de la Santa Iglesia y de la Congregación: P. Fortunato Velasco, P. Leoncio Pérez, Hermano Luis Aguirre.

Os he dicho algunas cosas, ¡qué pocas!, me faltan más. Os puedo decir que ha sido misionero hasta el final de sus días. No solo porque ha ofrecido su vida deseando cumplir la voluntad de Dios en todo, como nos dijo el día 8 al recibir la Unción de Enfermos. No os he contado la gran experiencia familiar de la que ha gozado. Lo sabéis los que os acercasteis a él por el Sacramento del amor reconciliador o la Dirección espiritual.

Conocéis el amor familiar los que la naturaleza os unió por el vínculo de la sangre. Le he oído hablar de sus santos padres: Vicente y Tomasa. Os voy a leer dos párrafos de unas cartas manuscritas que he encontrado que nos hablan de su amor a los padres, padres que pasaron por serias dificultades de enfermedad y de otro tipo.

Del propio Amador desde Cuenca 12 -I- 1946, a punto de ser ordenado sacerdote: «A mi querido padre: Recibí su aguinaldo y no he gastado ni un céntimo en turrón. Dispénseme, pero… no le he obedecido… por muchas razones. En cambio he encargado unos libros que me servirán de gran utilidad en cualquier parte que me coloque la Obediencia al finalizar los estudios. Además serán testimonio perenne del amor sacrificado de mi padre. Y así ese dinero servirá para gloria de Dios, de mi amada Congregación, bien de las almas, suyo y mío…»

Su madre, Tomasa, le escribe desde Albarracín, el 5 de septiembre de 1941, en alguna crisis vocacional que vivía, él que parecía tan roble en todo: «…Vas en los 20 años, no eres un niño, eres un hombre, piensa bien lo que vas a hacer. En ningún tiempo digas que por nosotros no te has salido, ni tampoco que te hemos sacado nosotros. ¿Qué te vamos a decir? No deseamos más que el bien tuyo.

Lo primero, si no has de ser un buen Sacerdote mejor te quiero ver pastor; así que piénsalo bien y haz lo que tu corazón te diga, no sea que por lo que te hayan dicho unos y otros te has resfriado en tu vocación. A tu padre no tengas miedo que nada te va a hacer. El paso que vas a dar, sea a un lado o a otro, es muy serio, es para siempre, así que piénsalo bien. Tu madre, que tan solo desea tu bien y te abraza».

Termino sin decir nada de este compañero, orientador de conciencias, descubridor de vocaciones, misionero bien activo, «padre» de tantos de nosotros… porque lo que he dicho no es nada ante su sentido de persona agradecida por su Bautismo y Sacerdocio. Tenía muy útilmente ocupado su tiempo. Le he visto en estos años que Dios me ha regalado al poder vivir cerca de él, estar al día en noticias, en buenas lecturas, en películas, muy fiel en la oración de las horas y en leer todos los días la Palabra de Dios y las máximas de San Vicente. Y ¡cómo no!, con el rezo del Santo Rosario y celebrando la Eucaristía y muy atento a que todo fuera según la Liturgia.

Termino con las palabras con que concluyó la homilía del 50 aniversario de ordenación Sacerdotal en presencia de los compañeros de curso el 15 de Junio de 1996, que aquí mismo fueron ordenados por Mons. Emilio Lissón: «Hermanos: Bendita la Santa e indivisa Trinidad. Bendito sea Jesucristo, Sumo y único Sacerdote. Bendita su Madre y los Santos nuestros hermanos: San Vicente y Santa Luisa, etc. Y benditos vosotros todos. A todos, ¡gracias!»

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