Al servicio de los pobres (V)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Margaret Flinton · Año publicación original: 1974 · Fuente: CEME.
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Culto al pobre en el que Dios reside

En la escuela de servicio de Luisa, el amor a los pobres es una ciencia primordial, ciencia reconocida como tal por los que han visto en ella, en el nombre de Cristo, al ser hu­mano entero.

Comunica en primer lugar, a sus hijas, el fuego de su amor personal al pobre que tiene su fuente profunda en el amor a Cristo; de este amor que hace que se mezcle con las humildes jóvenes de pueblo con las que difícilmente ha de encontrar puntos de contacto, toma su género de vida, com­parte su pobreza y sus fatigas; de este amor que, desprendien­do su corazón poco a poco del mundo y de sí misma, le ha enseñado el culto y la comprensión del pobre. Esta es la ad­mirable máxima del apóstol san Pablo, Caritas Christi urget nos (II Cor V, 14), que ella ha querido tomar por ejemplo y por regla de toda su vida y de todas sus obras, y que da como divisa a sus hijas. Desde 1644, encontramos sobre las migas de pan y sobre la cera empleadas para cerrar sus car­tas, la huella del sello tradicional de la compañía: un corazón rodeado de llamas ardientes, en cuyo centro se ve la figura de Jesucristo en la cruz y a su alrededor la inscripción: «Ca­ritas Christi urget nos».

Inspirada por su gran caridad, como Bossuet lo estaba por su genio, Luisa exponía a sus hijas la misma doctrina que el gran orador sobre la eminente dignidad de los pobres. Estos le son presentados como sus señores y dueños.

Honradez escrupulosa… con el dinero

Sus consejos sobre la necesidad de administrar el bien de los pobres son numerosos.

«En nombre de Dios, escribe, administre el bien de los po­bres lo mejor que pueda y tenga cuidado de que nuestras her­manas lo hagan con interés. Creo que usted da cuenta de sus ingresos y gastos lo más exactamente que puede».

A la sustituta de una hermana del hospital le escribe:

«Sabe muy bien el orden que se debe guardar en los hospi­tales, y me vería muy confundida si ella hubiera omitido es­cribir los nombres, países, entrada, salida y muerte de los en­fermos, o la exactitud de los ingresos y de los gastos».

Aquí, como también en los avisos de Luisa en que pre­cisa «guarden los vestidos y el dinero si los pobres los tienen, en el lugar destinado para ello, poniéndolo todo bajo registro para devolvérselo, si se curan», se prefigura el vestua­rio y el inventario actual de los hospitales.

Si los consejos se multiplican con respecto a esto, un extracto de sus avisos nos dan la razón del porqué.

«Como la mayor parte de las que entran en la compañía, escribe, no están acostumbradas a conversar con las personas de condición, ni a manejar dinero ni otras muchas otras cosas pequeñas a su disposición, es de temer que, cuando comienzan a habituarse en el trato con las personas de rango, abusen de ello y pierdan el respeto que les deben, llegando incluso a ser insoportables; manejando el dinero podrían apropiárselo y usarlo según su curiosidad…». Luisa les aconseja no aceptar:

«si se quiere encargarles de la administración de los bienes temporales de los pobres… y, tanto como puedan, se absten­drán de tomar dinero para distribuirlo a los pobres, por el con­trario, llevarán a los bienhechores a distribuirlos ellos mismos».

…En cuanto al tiempo

Para el bien del pobre está destinado el tiempo de una sierva de los pobres. Su obligación le obliga a dárselo comple­tamente. La pérdida de tiempo es falta de servicio porque:

«deben trabajar no sólo para ganar su vida, como sus dueños, sino también para ayudar a alimentarles».

Y Vicente añade: «Sólo tienen derecho a vivir y a vestirse; el excedente pertenece al servicio de los pobres».

Pobreza

Si era tan importante para san Vicente mantener a las hijas en el espíritu de servicio y en el espíritu de pobreza, tal inquietud era compartida por Luisa. Por su propia ex­periencia ella había comprendido que la pobreza sola puede aliviar la pobreza; también se afanaba en inculcarles el ver­dadero sentido de la caridad:

«Llevan la cualidad de siervas de los pobres, les dice, no sería justo… que las siervas se convirtieran en más ricas que sus dueños».

Cuando se trata de una nueva fundación insiste, «en que se le elija un tipo de vivienda apropiada para jóvenes pobres». Las instrucciones que envía a un arquitecto se inspiran en el culto de la santa pobreza.

«Señor, escribe, es absolutamente necesario que el edi­licio se acomode a la humildad de la lugareña, que sea lo me­nos distinguido que se pueda… Cuando piense en… lo necesario que es para la continuidad de la compañía, el que parezca, en todas sus cosas, pobre y humilde, comprenderá, señor, que es la obra de Nuestro Señor».

Para perpetuar este espíritu de pobreza en la comunidad le señala a san Vicente:

«la necesidad que hay de que las reglas obliguen siempre a la vida pobre, sencilla y humilde, temiendo que adquieran un tren de vida que requeriría gastos mayores… esto obligaría a buscar medios de subsistencia que se amoldaran a este tren».

La pobreza se convierte en condición previa para una sierva de los pobres para que pueda unir el apostolado a la caridad «si conservan este espíritu, dirá S. Vicente, la cari­dad florecerá«.

Gracias al espíritu de pobreza y de sencillez cristiana que Luisa inculca a sus hijas, vínculos imprevistos y permanen­tes se anudan entre la degradación del vicio y la pureza de las «buenas campesinas, entre la pobreza y la condición so­cial de las damas de la caridad; la unión de clases se hacía al lado de los pobres enfermos.

Mujer de oración y mujer de acción, Luisa entendía de almas y entendía de cosas. Guiada por un fino sentido psi­cológico penetraba en la mentalidad de sus hijas, buenas, sinceras, fuertes, de buena voluntad, pero incultas en su ma­yoría. «Sería temeridad, les hizo comprender, emprender un asunto sin saber cómo hace falta desenvolverse en él para hacerlo bien». Amar el servicio del pobre, está bien ; pero es preciso también saber.

Una formación profesional, rudimentaria al principio, más desarrollada después se establece bajo su vigilancia. Comprende los conocimientos de una enfermera del si­glo XVII, que no pueden apenas compararse con los diplomas actuales. Sangrías, lavativas y cataplasmas constituían la práctica ordinaria de la época. «Saignare, purgare et clys­terium donare!» escribe Moliére, cuya sátira en nada parece sobrepasar la realidad, según el doctor Gaudel que ve en ello «el A.B.C. de la terapéutica oficial en el siglo XVII».

Enfermera a domicilio

La correspondencia de Luisa, de la que extraemos los pasajes siguientes, reflejo fiel de la mentalidad médica de en­tonces, la muestra capaz de enseñar a otras.

«Le pido, hermana mía, escribe, que enseñe a sangrar a nuestra hermana; pero sobre todo, enséñele bien los peli­gros de las arterias, nervios y demás, y acuérdese, si ocurriese que usted cree haber abierto una arteria, de sacar una gran cantidad de sangre y poner una moneda en la compresa para hacer la ligadura».

Una carta de 1658 precisa «que el mejor tiempo para la sangría» en las personas de edad, «es el de luna llena; para la purga, el menguante, temiendo una gran evacuación».

Como prescripción higiénica contra la epidemia a la que estaban expuestas las hermanas que cuidaban a los soldados heridos en Calais, ordena que se «hagan hervir algunas raíces de achicoria con un poco de agracejo; es un remedio muy rápido pero fastidioso de beber si no va un poco acompañado del recuerdo del brebaje de Nues­tro Señor en la cruz».

A otra hermana, Luisa le aconseja «no ir a ver a los en­fermos sin haberse frotado antes la nariz con vinagre y ha­berlo aplicado a sus sienes».

Entre sus observaciones a las hermanas que trabajaban en pueblos, citamos el pasaje siguiente:

«Se guardarán de no sangrar ni purgar sin ir bien preve­nidas contra los peligros que de ello les pueden sobrevenir, y para esto cuando son llamadas a ver a los enfermos, después de la acogida que ellas les deben hacer, abordándolos con alegría y buena voluntad, se informarán del tiempo que hace que están enfermos, y comenzarán sus curas con lavativas o sangrías si ellos encuentran repugnancia, y si las fiebres continúan, aumen­tarán a tres o cuatro veces, y cuando la fiebre se obstine, tomarán el pie, luego volverán a comenzar desde el brazo hasta que disminuya, y comenzarán a purgarlos con tisana laxante cuando sea fiebre intermitente acompañada de escalofríos; se guardarán de no dar ninguna medicina, mientras dure el esca­lofrío o el sudor, a no ser un vaso de agua, en el que se halle diluido un grano de triaca, poco antes de que el escalofrío quiera volver a empezar».

El modo de empleo de los medicamentos enviados es minuciosamente explicado por Luisa para que tengan un efecto más seguro.

«Con el regaliz se hace tisana, del que os he enviado pe­queños trozos, precisa, para utilizarlo con más facilidad; pero tiene que ser nuevo y no cortar más que el que se use, ya que se pone negro».

Con respecto a una buena joven enferma, afirma que ya no habrá peligro en «hacerle usar agua, no de la más fuerte, en el caso de que su mal no sea de pulmón; y creo… que medio vaso de este agua con el zumo de una naranja le hará bien, en ayunas, mez­clando un poco de azúcar, y por la tarde dárselo como jarabe».

Recomienda los polvos de Cornachin como buenos so­bre todo «para los niños y personas mayores y no hace emi­tir humores, librando las aguas sin desecar demasiado» 115. Hagamos notar su forma de empleo en la siguiente prescrip­ción, en la que se limita a «veinticuatro granos… o dos on­zas de sen, o un poco de cristail o de ruibarbo, y en esta infusión echar nuestro buen almíbar de melocotón».

El cuidado a domicilio del enfermo por ser la obra prin­cipal de la sierva de los pobres, su deber profesional, exige de ella los conocimientos de la época.

Desgraciadamente, todas no eran capaces de aprender esto; testimonio esta carta de Luisa:

«No creo que deba enseñar a nuestra hermana, ni sufrir porque no aprenda a sangrar; es incapaz, y yo no quisiera ex­poner a nadie a su prueba».

Hay otras en la misma circunstancia, por ejemplo, la hermana Carlota, «una pobre joven para el trabajo pero bastante buenaza; harán falta varios años para hacerla ca­paz de servir a los pobres». Además Luisa se excusa por no tener «una persona apropiada» para enviarla a ayudar a una hermana sobrecargada y además, por no tener mucho donde elegir para las fundaciones».

Había otras que no aprendían más que una parte de los conocimientos necesarios; éstas eran más bien causa de in­convenientes y provocaban en las damas grandes reprimen­das por tener «chicas que no saben servir ni hacer las compo­siciones ni las curas».

La instrucción teórica tampoco se descuida; pero ninguna enseñanza en la formación profesional de una sierva de los pobres vale lo que una visita a éstos. Es el método adoptado desde el principio, a juzgar por el relato de Vicente.

«Por este tiempo, cuenta, las damas de la caridad de Saint­Sauveur, porque eran de rango, buscaban una chica que qui­siera llevarle el pote a los enfermos. A esta pobre chica, al ve­nir a ver a la señorita Le Gras, se le preguntó lo que sabía, de dónde era, si quería servir a los pobres. Aceptó gustosa. Vino, pues, a Saint-Sauveur. Se le enseñó a administrar re­medios y a hacer todos los servicios necesarios, y lo aprendió muy bien».

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