Al servicio de los pobres (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Margaret Flinton · Año publicación original: 1974 · Fuente: CEME.
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La primera Casa de Caridad

El 29 de noviembre de 1633 tres o cuatro de estas buenas hijas se colocan bajo la dirección de la señorita Le Gras, en su pequeña casa, situada cerca de la iglesia de Saint-Nicolás du Chardonnet. Había nacido una obra: era la Compañía de las Hijas de la Caridad. Sólo 10 años después de su co­mienzo la nueva compañía o cofradía pedirá una autoriza­ción, ya que no parecía necesario en 1933, pedir permiso al obispo o al rey para que algunas siervas se pusieran a ayudar a las damas de la ciudad en el servicio a los pobres enfermos. Acordándose de los humildes comienzos de la compañía, Vicente de Paúl se complacía en decir que ni él ni la señorita Le Gras lo hubieran pensado.

«No se confundan, dijo a las hermanas, sólo Dios ha hecho vuestra Compañía. Nosotros no tuvimos nunca el deseo for­mal… Oh hijas mías, yo no lo pensaba. Vuestra superiora, la señorita Le Gras, no lo pensaba tampoco. Es Dios el que pen­saba en esto para vosotras. Es a él al que podemos llamar el autor de vuestra Compañía…».

«¿Quién, preguntó un día, hubiera tenido la idea de for­mar en la Iglesia de Dios una compañía de mujeres e hijas de la caridad con hábito secular? Esto no hubiera parecido posible». En conclusión les dice:

«Así pues, hijas mías, si se os pregunta cómo se ha hecho la compañía, podréis contestar con verdad que no lo sabéis».

Como quiera que sea, los primeros resplandores entre­vistos por Luisa en 1633 comenzaban a ser verdadera luz. Había pedido que hiciera conocer, amar y servir a Jesucristo, a los pobres y a los pequeños. Esta gracia le fue concedida; además de la de preparar a otros para este servicio.

Servicio permanente a los pobres

Llegar a ser sierva de los pobres representaba una tarea extremadamente ruda. En el pensamiento de Luisa, servir era algo muy distinto a una visita apresurada u ocasional, acom­pañada de algunos cuidados, de una buena palabra o de dádivas en dinero o en especie.

«Una verdadera hija de la caridad, explica Luisa, se debe a Dios para el servicio de los pobres y por tanto debe estar más con los pobres que con los ricos: tiene unas reglas que observar por las que no hay que perder nada de tiempo; fuera de la ne­cesidad de la visita a los pobres, debe gustar de la compañía de sus hermanas».

Disponibilidad

La palabra clave que ella da a la sierva de los pobres es la de estar lista: «basta con que Dios sepa que estamos pre­paradas o listas para trabajar cuando a él le plazca utilizar­nos». Dispuestas a dar y a darse; dispuestas a recibir las enseñanzas, dispuestas a asimilarlas; dispuestas a quedarse día y noche al servicio de los enfermos; dispuestas a asistirlos en sus necesidades; dispuestas a ir continuamente en bus­ca de los pobres enfermos, en las horas precisas, en distin­tos sitios, haga el tiempo que haga… Esto es lo que encierra la palabra clave del servicio que se organiza. Y, Luisa señala las virtudes requeridas:

«Debéis pensar siempre que estáis sujetas a todos, la úl­tima de todos y que no tenéis ningún poder, así lo debéis de creer y actuar en consecuencia… Y con las damas de la caridad no debéis mirar su categoría para tenerles respeto; basta que se­páis que son recibidas en la compañía para honrarlas como madres de vuestros maestros los pobres, aunque ellas no contribuyeran con los suyos…».

Servir al pobre, según Luisa, comporta pues un esfuerzo que no puede ser intermitente.

Cualidad más que cantidad de los miembros

Siervas de los pobres, tendrán que soportar una vida dura y mortificada: mucho trabajo material, poca satisfac­ción humana. Así, aunque las condiciones de admisión eran bastante elásticas, Vicente y Luisa se mostraban bastante exigentes con respecto a la calidad del alma y al vigor físico.

Su correspondencia muestra claramente de qué manera el programa de reclutamiento se traducía en la práctica. El valor de los miembros que se presentaban viene indicado por su número; lo esencial es que «las buenas hijas» se sien­tan llevadas al servicio de los pobres por una vida sobre­natural.

«Tenemos la seguridad en su firmeza para el servicio de Dios, exacta en las reglas, sabe escribir», escribe Luisa a propósito de una nueva hermana. Con el señor abad de Vaux de Angers, se expresa así: «El deseo que tengo de que no tengamos más que aquellas que sean verdaderamente llamadas, sin ningún tipo de interés temporal, es mi mayor anhelo…».

En otra carta, dirigida al mismo sacerdote, expone más ampliamente este punto.

«Usted sabe, señor, dice, la importancia que tiene admitir en comunidad solamente a las personas que sean aptas. Me pa­rece que temería casi del mismo modo a un espíritu que, no sé por qué razón, no aprendiera nada como a aquél que, por pru­dencia humana, quisiera conocer un poco para ver lo que era capaz de dar de sí. Si usted quisiera cuidar de que no sea en absoluto el deseo de ver París lo que les haga desear venir, ni la necesidad que tienen de asegurar su vida. Y también que estén sanas y fuertes…».

Con ocasión del envío de una buena chica de Angers que «aún conserva el deseo de ver y gustar el mundo», Luisa le repite al sacerdote la necesidad de tener jóvenes que tengan tan sólo deseo de perfección».

Condiciones de admisión

Así se iban poco a poco precisando las condiciones de admisión preludiando el examen médico, la encuesta sobre la vida y costumbres, el curriculum vitae exigido hoy a las asistentes sociales. Algunos extractos de la correspondencia de Luisa los anuncian:

1644: «…necesitamos sólo a aquellas que sean aptas para la com­pañía, tanto en las fuerzas del cuerpo como en las del alma. Infórmese exactamente y después escríbanos, de la misma ma­nera conviene que no pasen de treinta años y que se conozca su vida, si es posible, desde el momento de nacer». (24 de agosto de 1644, n.° 105)

1646:»…tenemos mucha necesidad; pero las necesitamos muy buenas». (N.° 166)

1648: «…estaría bien que primero nos vinieran a ver para pre­sentarse, antes de hacerlas venir para siempre». (6 de marzo de 1648, n.° 208)

1649: «…no fijarse tanto en los testimonios que las chicas dan, de palabra, de querer quedarse en la compañía, como en los de las disposiciones corporales y acciones contrarias, que han demostrado en diversas y largas experiencias…». (N.° 245)

1651: «…no se necesitan perezosas, ni habladoras, ni de las que piensan servirse del pretexto de ser hija de la caridad para venir a París y que no tienen ninguna intención de servir a Dios o de perfeccionarse, ya que eso es lo que nos hace devolverlas o que se vayan de nuestro lado». (Julio de 1651, n.° 313)

1653: «en lo que se refiere a esas dos buenas jóvenes, probadlas bien, tanto en lo que se refiere al cuerpo como en lo que se refiere al espíritu, porque usted sabe que la delicadeza del uno y del otro no nos es propia. Díganos de qué casa son e informe bien, se lo suplico, de la conducta de su vida». (19 de diciembre de 1653, n.° 375)

1654: «En cuanto a las dos jóvenes de las que me habla, si usted está tan informado de su vida y costumbres y que ya les ha explicado bien todo lo que aquí se hace, y los reglamentos de la casa, tanto en lo que se refiere al espíritu como lo que se refiere al cuerpo… y les ha dicho ellas deben venir a condición de ensayar y en plan de prueba; y que es preciso que tengan lo suficiente para su primer hábito, y para hacer su viaje, para venir y volverse, si fuera necesario». (18 de marzo de 1654, n.° 362)

1658: «…es importantísimo que su vocación sea verdadera, porque la experiencia nos revela que algunas personas aprove­chan la ocasión para venir a París con la esperanza de que, si la casa les falla, encontrarán buen servicio». (25 de junio de 1658, n.° 577 bis)

1659: «Yo le había preguntado por la edad, la condición del es­píritu y del cuerpo de estas buenas postulantes, y por todo lo que saben hacer; es preciso saberlo antes de darle una res­puesta». (30 de abril de 1659, n.° 618)

1659: «Con respecto a esa buena joven, hace falta que nos dé algo más de información, y no apresurarse a admitirla, sino a probarla bien». (26 de mayo de 1659, n.° 621)

1660: «…necesitamos espíritus bien formados, que deseen la perfección de los verdaderos cristianos, chicas que quieran morir a sí mismas por la mortificación y la renuncia, para que el espíritu de Jesús se establezca en ellas y les dé la perseve­rancia en este tipo de vida completamente espiritual, aunque esté constituida por continuas acciones externas que parecen bajas y viles a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios y sus ángeles». (10 de enero de 1660, n.° 651.

Este criterio era compartido, tal vez inspirado, por san Vicente. En una conferencia famosa, él no encontraba nada mejor que llamar a las hermanas al espíritu de las buenas aldeanas «sencillas, humildes sin ambición, puras, pobres y obedientes», como al espíritu de su vocación. Esta confe­rencia es una de las más célebres del santo y debería, según el testimonio de monseñor Calvet, «figurar en un florilegio a la gloria de la campesina francesa, que ha permanecido cerca de la naturaleza, la gran educadora».

La admisión de postulantes es objeto de numerosas con­sultas de la señorita Le Gras a san Vicente en busca de con­sejos y decisiones. Por esto ninguna admisión es definitiva antes de ser decidida en común. Veamos algunos ejemplos, entre muchos:

«Es una buena chica que viene desde treinta y dos leguas, de aquí para ver si es apta para la caridad, escribe Vicente de Paúl. Le ruego que la tenga en cuenta».

«Con respecto a esa buena joven de Argenteuil, que es me­lancólica, —escribe en otra ocasión—, pienso que tiene usted razón en resistirse a admitirla: ya que es un espíritu extraño ese de la melancolía».

Luisa escribe a su vez: «La buena sor Juana de Saint Benoit acaba de mandarme tres jóvenes de Colombe de buena apariencia, que tienen un gran deseo de servir a los pobres allí donde quiera mandárseles; creo que ellas irán a verle».

Del mismo modo que a aquellas que no tenían las dispo­siciones requeridas, la superiora rechazaba también a las chicas demasiado jóvenes para asegurarse de su deseo. Con cierto pesar devuelve en 1641 a algunas de éstas aunque eran «muy buenas chicas pero no dispuestas a prestar todo el servicio que necesitan los pobres».

Por otra parte, escribirá: «Devolvemos a la pequeña Elisabeth, habiendo juzgado que no es conveniente para su bien recibirla como una de nues­tras hermanas, a consecuencia de su juventud de cuerpo y de espíritu«.

Como una excepción admite haber recibido a una, aun­que joven, por recomendación de una de las hermanas, pero no puede pasarse sin decirle a ésta: «lo que me da un poco de miedo es que es muy joven».

Las ideas de Luisa sobre este punto, como las de Vicente, están en oposición con la práctica de su tiempo, en el que se ve, por ejemplo, a Jacqueline Arnauld al frente de la abadía de Port Royal con 11 años. Es verdad que el abuso de poder, que ejercían los padres sobre sus hijos en lo que concer­nía a la elección del claustro o de un marido, era muy grande.

Exclusión

Esta elección juiciosa de los miembros de la compañía por parte de Luisa obligaba a menudo a su corazón de ma­dre a tomar medidas penosas, pero su amor a la compañía triunfaba. A veces, aconsejaba que pusieran a prueba, a una chica considerada demasiado joven aún para servir a los pobres pero que mostraba buen espíritu.

«Cuando haya servido tres o cuatro años, dice Luisa, si Dios le da la voluntad de servir entre nosotras, la podremos ad­mitir, y será mucho mejor que sea ella la que lo desee, cuando esté en edad capaz, que venir ahora que aún no sabe lo que quiere».

A Dios, en medio de la vida

La necesidad de probar con esmero a aquellas que pe­dían admisión tenía tanta importancia por el hecho de que no se trataba de religiosas protegidas tras sus rejas. Al con­trario, la opinión pública estaba pendiente de estas mu­jeres del pueblo que, viviendo en comunidad, circulaban li­bremente por las calles de la capital y por las afueras, cu­rando a los pobres enfermos a domicilio y socorriendo to­da clase de miserias, Religiosa y enclaustrada. Era entonces una misma cosa; los prejuicios del siglo no toleraban ninguna desviación. La experiencia nos lo prueba.

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