Al servicio de los pobres (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Margaret Flinton · Año publicación original: 1974 · Fuente: CEME.
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«Favoreced, hermanos míos, tanto como podáis, a esta cofradía que se consagra al servicio de los desdichados. Ayudad a estas hijas caritativas, cuya única gloria es ser siervas de los pobres enfermos». La exhortación es de Bos­suet que, el 1 de noviembre de 1657, predicaba en Metz a un auditorio en el que se veía a las hijas de la caridad rodeadas de sus pobres.

Tres siglos más tarde será el soberano pontífice Pío XI quien, la víspera de la canonización de Luisa de Marillac, invocara las virtudes de las «Siervas de los Pobres» como un testimonio de primera importancia de la santidad de su Madre. Y, su obra «ha sido continuada por sus hijas, como una verdadera herencia y casi como una prolongación de su existencia»

Todo el genio organizador de Luisa de Marillac en su acción caritativa se sintetiza, en efecto, en la obra de las Hijas de la Caridad. Estas le deben el espíritu y el impulso que ha guiado a «la pequeña bola de nieve», con que san Vicente comparaba a su compañía, a convertirse en una ver­dadera avalancha, tan prodigioso ha sido su desarrollo.

Para los pobres y los ricos, la silueta clásica de la hija de la caridad que cuida a los pobres es la de una mujer que re­corre la ciudad «cargada con una olla» o con la cesta bajo el brazo. Ese es para todos, creyentes o incrédulos, el signo de la misión que le ha confiado la Providencia.

El saco negro o cabás que sustituye a la olla o al cesto clásico y que contiene jeringuillas y agujas, o algunas golo­sinas para los pobres enfermos, es una salvaguarda; permite a una sierva de los pobres circular apaciblemente por los ba­rrios miserables, o por casas de dudosas reputación porque hace adivinar la razón de su visita. Cada uno se dice: ahí hay un ser que sufre, un enfermo que curar, un viejo a quien con­solar, niños a quienes alimentar o calentar.

Este espectáculo que hoy parece una cosa normal, era visto de manera muy distinta por los cristianos de hace tres siglos. La tarea que recaerá sobre Luisa de Marillac, en 1633, al fundar la Compañía de las Hijas de la Caridad, ocasionará una verdadera revolución: da al mundo aquellas que pode­mos llamar, con justo título, las primeras «asistentes so­ciales».

Se da por entendido que Vicente de Paúl estará siempre allí y que no desatenderá nunca las consultas que la señorita Le Gras le hace para el perfeccionamiento de la obra que co­comienza a formarse: aconsejará a la superiora, dará las ins­trucciones a las hermanas sobre su reglamento, sobre el ser­vicio de los pobres, sobre las virtudes de su vocación; inclu­so, lejos de París, o enfermo, las animará con sus cartas. Una confianza recíproca marcará de tal forma sus relaciones que la organización y el gobierno de las hijas de la caridad, su formación individual y su formación colectiva, se bene­ficiarán de ellas. Si el santo padre deja a la superiora la ini­ciativa en la generalidad de los casos, y sobre todo en los mil pequeños detalles de la vida cotidiana, ella por su parte no dejará de preocuparse constantemente porque el espí­ritu, la doctrina y la manera de actuar de san Vicente penetre en la compañía. También se ha dicho y con razón que la «Compañía de las Hijas de la Caridad ha sido tal como san Vicente la ha querido y tal como la señorita Le Gras la ha hecho».

Luisa

Desde la fiesta de Pentecostés de 1623, la joven esposa de Antonio Le Gras tuvo la visión de esta obra por crear y del director que Dios iba a darle.

«Se me advirtió, escribe, que había de venir un tiempo en el que yo estaría dispuesta a hacer voto de pobreza, castidad y obediencia, y que estaría con personas algunas de las cuales harían lo mismo. Comprendí entonces estar en un lugar para so­correr al prójimo, pero no podía comprender cómo esto sería posible por las novedades que encerraba«6.

Diez años transcurrirán, sin embargo, antes de la reali­zación de esta visión. Diez años de formación en la escuela de san Vicente serán primero necesarios antes de que Luisa de Marillac esté preparada para emprender su gran obra creadora y reformadora.

Un esbozo rápido de esta preparación nos hará compren­der mejor las ideas maestras que la inspirarán en su forma­ción de las siervas de los pobres.

Desde su juventud Luisa manifestaba una marcada sim­patía hacia los necesitados. Por su matrimonio se asociaba a una familia que se había distinguido especialmente por el amor a los pobres.

El porte y la marcha de la casa de la joven esposa con­trastaban singularmente con la locura del momento: el lujo y el refinamiento. A pesar de las exhortaciones de los predicadores y la indignación de los moralistas, la gente se arruinaba en telas, en bordados y joyas. La señorita Le Gras, protestaba con el ejemplo. Se vestía sencillamente y bajo la ropa llevaba un cilicio. «En la mesa, atestiguó una de las sir­vientas de la casa, hacía que comía y no comía. Por la noche cuando creía que todo el mundo dormía en la casa, se levan­taba para encerrarse en su oratorio» 7 sus horas de ocio las pasaba al lado de los desdichados.

Vivió desde la infancia en un ambiente de almas profundamente religiosas pero que sólo le dieron el aspecto rígido de una piedad austera y no las felices realidades del amor de Dios, por ello Luisa es hipersensible. Un gran fondo de me­lancolía la domina. Inquietudes por el pasado, tormentos por el porvenir, dudas y desfallecimientos a menudo la para­lizan.

Esposa y madre, lleva una vida extremadamente morti­ficada, pero no desmayó. La salud de su hijo le produce desde muy temprano inquietudes, la de su marido se debi­lita irremediablemente; el voto que, en un impulso de en­tusiasmo de juventud, había hecho de enclaustrarse pero que no pudo cumplir a consecuencia de su débil constitución ¿no sería el origen de las pruebas que ella consideraba como un castigo?

Vicente

Es entonces cuando, sintiendo fuertemente la necesidad de una dirección constante y firme, se pone bajo la dirección de Vicente de Paúl, que fue el primero que supo descubrir en este alma atormentada e inquieta todos los recursos para utilizarlos y hacer de Luisa el instrumento de una gran obra.

Al quedar viuda, el 21 de diciembre de 1625, hela otra vez afectada por sus agitaciones, sus escrúpulos y sus dudas. Pero el director que la providencia le había dado, por otro motivo muy distinto, padece tormentos parecidos… Vicente de Paúl no olvidaba que fue a partir del día en el que pro­metió consagrar su vida a Jesucristo en la persona de los pobres, cuando volvió a encontrar la paz. Será también por los pobres como se la devolverá a Luisa.

Con una psicología experimentada, la apartará de nuevo de la vida enclaustrada en la que se quiere refugiar, y antes de lanzarla a una vida activa, la obligará a dominarse ella misma, a doblegar su naturaleza impetuosa. «Imitad el no hacer del Hijo de Dios» repetirá constantemente a su pe­nitente que, durante más de tres años, encadenará su exis­tencia a las oscuras tareas de la caridad, compatibles con sus ocupaciones familiares y domésticas.

Los pobres

Vicente de Paúl le anima a seguir en sus visitas a los en­fermos para enseñarle, alma atormentada, que es en la po­breza compartida, consolada y aliviada, donde encontrará el secreto de la alegría serena de la que tiene necesidad. En este contacto con los pobres, Luisa aprenderá que el estar alegre para los otros, cuando se tienen razones para estar triste para sí mismo, saberse dar cuando se quisiera rumiar los propios pensamientos, es una forma de caridad. En este contacto aprenderá también a comprender mejor el sufri­miento de los otros y cuando más tarde, numerosas almas le confíen sus inquietudes, las sabrá compartir.

De regreso a casa, sigue trabajando para los pobres, a pe­tición de Vicente de Paúl.

«La tarea que vuestra caridad me ha encomendado ya está hecha, le escribe; si los miembros de Jesucristo la necesitan, y os complace, padre mío que os la envíe, no dejaré de ha­cerlo».

Luisa transmite a veces las limosnas que ha recogido: tal como «la suma de cincuenta libras» para la cofradía de Beauvoisis. Para Villecien, cerca de Joigny, es «una docena de camisas» que Vicente de Paúl le pide, mientras que «dos o tres camisas» bastarán para la caridad de Gentilly.

Poco tiempo después, Vicente le ruega «hacer una obra de caridad con dos pobres hijas» para encontrarles «posición» en casa «de alguna dama honesta que las necesite» 13. Caridad realizada sin demora, ya que Luisa recibe pronto una carta de agradecimiento por haber alojado a una en su casa.

Es así como Vicente, por medio de pequeñas tareas, forma a Luisa: El no-hacer vicenciano no significa en absoluto inactividad.

Conquistarse para servirlos mejor

Esta actividad restringida no era suficiente para Luisa, en quien el deseo de servir a los demás de forma más comple­ta aumentaba constantemente; sin embargo, la dirección que recibía de Vicente le recomendaba paciencia… paciencia… y observación.

«Sea, pues… muy humilde, muy sumisa y llena de con­fianza, y espere siempre con paciencia…» la evidencia de la santa y adorable voluntad de Dios.

Este consejo del director se repite un poco más tarde: «Si su divina Majestad no le da a conocer, sin riesgo de equivocación, que quiere otra cosa de usted, no piense más y no ocupe más su espíritu en aquello otro…».

Vicente amplía sin embargo su campo de acción. En 1630, cuando empezaban en París las cofradías de la caridad, uti­lizó la buena voluntad de esta auxiliar fiel.

«No se contentaba, nos dice Gobillon, con asistir a los en­fermos en sus casas, iba a visitarlos a los hospitales para aña­dir algunas golosinas a los socorros necesarios que se les daba, y para prestar con sus manos los servicios más bajos y más penosos».

Ve a los pobres…, su miseria, su hambre, su falta de pro­piedad; anima a otras personas a que les hagan visitas, a ali­viarlos, a comprender sus sufrimientos. Y mientras los sirve, poco a poco su corazón se siente inflamado no tanto por la sola simpatía humana, como por un amor desinteresado y sobrenatural: este progreso no pasa desapercibido a su di­rector.

Siempre impaciente por actuar, sufre con la espera im­puesta. Pero a fuerza de tener sus deseos controlados, apren­de a ser plenamente dueña de ella misma. Vicente de Paúl se alegra. Había tenido tiempo de estudiar a su penitente y de observar la actividad inteligente y de entrega que había desplegado en París. Le hace que participe en una actividad en la que no va a intervenir ella sola. La suya va a ser una misión más delicada y más difícil.

El, demasiado ocupado por múltiples obras, no puede dar a las caridades de provincias el tiempo, la entrega, los consejos y la vigilancia que necesitan.

Visita a las Cofradías

El 6 de mayo, san Vicente confía a Luisa la visita a las Cofradías de la Caridad de provincias. «Vaya, señorita, vaya en nombre de Nuestro Señor…». Y la primera visitadora social de Francia se pone en camino. Sus anteriores ocupa­ciones no habían sido más que un preludio.

En 1629, hace su entrada definitiva en la historia de la caridad. Su obra comienza.

A pesar de su salud enclenque, la nueva proveedora de caridades se prepara para tomar la diligencia: Vicente le ha dado unas reglas de las cofradías de la caridad, una memoria sobre la forma de establecerlas y visitarlas. Va cargada con ropas y medicinas. Todos los gastos correrán por su cuenta y los limitará a los estrictamente necesarios para poder con­tribuir mejor a remediar la miseria de los pobres.

Acompañada por una sierva o por una piadosa dama, afronta los malos caminos, los malos coches, las malas po­sadas, yendo en carreta e incluso a veces a caballo.

La primera localidad que ve «la señorita» es Montmirail, primera etapa del viaje.

«Bastará, escribe san Vicente, con estar uno o dos días en cada sitio la primera vez, a menos que tenga que volver allí el próximo verano, si Nuestro Señor os da a entender que le podéis hacer algún otro servicio. Cuando digo: dos días, su caridad tomará más si hace falta y nos escribirá».

Las lenguas que existen en la correspondencia de Luisa no nos permiten seguirla en todos sus desplazamientos. Se­gún el informe que ha trazado de varias de sus visitas la sabemos en camino hacia Asniéres, el 19 de diciembre de 1629, inmediatamente después en dirección a Saint-Cloud. El 19 de febrero de 1630 aún estaba allí. Preocupado por su salud, Vicente le ruega que le diga «exactamente» si su «pulmón no está resentido de tanto hablar», ni su «cabeza de tanto embrollo y tanto ruido».

El cerebro de Luisa era un modelo de equilibrio y de só­lida organización, equilibrio que sin embargo no la llevó a cuidarse moderadamente de la salud de su cuerpo. Así, la preocupación por la salud se repetirá constantemente en la correspondencia del director a su penitente. En 1630 Luisa trabaja de todo corazón al servicio de las pobres gentes de Villepreux. A san Vicente le gusta la total entrega de su ca­ridad, pero cree que tiene el deber de que escuche esta ad­vertencia que es una regla de oro:

«Temo que hacéis demasiado…, Nuestro Señor quiere que le sirvamos con juicio; y lo contrario se llama celo indiscreto…».

A finales del mismo año, le renueva con mayor insisten­cia sus consejos de moderación en su trabajo en Beauvais; quiere que cure su salud.

«Tenga cuidado de conservarla, le aconseja, por el amor de Nuestro Señor y de sus pobres miembros, y evite trabajar demasiado. Es una astucia del diablo con la que engaña a mu­chas almas buenas, el incitarlas a hacer más de lo que pueden, para que luego no puedan hacer nada; y el espíritu de Dios incita mansamente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer, a fin de que lo hagamos con perseverancia y largueza…».

A Vicente no le gusta que el alma se agote en esfuerzos que no sean proporcionales a los recursos puestos por Dios a su disposición. Quiere que se atenga, en el marco de la vida cotidiana, al cumplimiento de actos bien delimitados, con la intención de elevarse progresivamente de los más fáciles a los más difíciles.

Son muchas las visitas que hizo Luisa a las Caridades: Montmirail, Asniéres, Saint-Cloud. Además de los lugares citados visitará Sannois, Argenteuil, Franconville, Herblay, Conflans, etc. Traza un verdadero mapa de caridad donde día a día Vicente le concede más libertad para que regule, reforme o incluso funde nuevas cofradías.

Cuánto tacto y perspicacia requerían estas visitas por parte de la visitadora. Pero del molde vicenciano surge una mujer práctica, que sabe observar los detalles, una persona­lidad que no se deja absorber sino que se sabe adaptar a las necesidades del momento.

Durante sus visitas Luisa reúne a los miembros de las cofradías. Observa, pregunta, examina las cuentas; a conti­nuación da instrucciones, estimula el celo de los miembros, anima lo que se ha enfriado, perfecciona lo que se ha esta­blecido. Esto no es todo. Visita a domicilio personalmente a los pobres, cuida a los enfermos, reúne a las chicas del lugar para enseñarles las verdades de la fe, y consigna sus observaciones para tener a Vicente de Paúl al corriente de sus actividades.

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