Agustín Nogal Tobar (1885-1936)

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Author: Elias Fuente · Year of first publication: 1942.
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Nació el 5 de mayo de 1885 en Tardajos (Burgos). Se lla­maron, sus padres Jerónimo e Inés. Ingresó en la Congregación el 18 de julio de 1903 y profesó el 19 de julio—festividad de San Vicente—de 1905, en la iglesia de la Merced, de La Ha­bana.

Como se deja entender, su comportamiento fue desde su entrada en la Compañía tan ejemplar, que no ofreció duda su perseverancia; de ahí que novicio aún le destinaran al extranjero.

Y dejamos la pluma el P. José María Cortés, que nos ha hecho una bella semblanza del Hermano Nogal, cuya memoria grata perdura imborrable en su ánimo, a través de los tiempos y del, espacio.

«Lo conocí en La Habana el día 20 de octubre de 1910. Sa­cristán de nuestra preciosa Iglesia de la Merced, salió a reci­birnos a la alegre portería de nuestra antigua casa, el antiquí­simo convento de la Merced. Con sincera solicitud fraternal nos llevó al hermoso templo, siempre limpio y aseado por sus propias manos de trabajador incansable. El encendió en un alarde de infantil vanidad, las tres mil bombillas eléctricas que iluminaban en aquel entonces las preciosas pinturas del San Francisco el Grande, de Cuba.

Nos sirvió de cicerone en nuestra primera visita de admi­ración y emoción artísticas a las joyas pictóricas que adornan el templo, y nos fue explicando, en lenguaje sencillo y claro, la historia del arte que cubre y adorna las paredes de nuestra Iglesia de la Merced.

Fue para mí esta primera impresión muy halagüeña, por cuanto pude apreciar en nuestro buen hermano Nogal su sencillez de alma de niño grande, su profundo amor a las glorias de la Congregación y su fervor por las cosas santas.

De él dependía en gran parte la asistencia numerosa de la gente devota, que acudía a nuestras fiestas religiosas; su trato dulce y sencillo, grave y correcto les encantaba.

Parco en palabras; sabía escuchar, ciencia difícil para los sacristanes; paciente con las impertinencias de las horas de las misas y en el trato con los inquietos monaguillos; escrupuloso, en grado sumo, en el manejo de tanto dinero y tan abundante como corría entonces por las naves y sacristía de nuestra igle­sia de la Merced.

En las fiestas solemnes y solemnísimas era el trabajador in­cansable y entusiasta que a pesar de las ayudas de los Herma­nos de la casa él era el primero en empezar y el último en acabar.

Yo sé de algunas noches precedentes a grandes fiestas, que su cama no se abría para recibir su cuerpo cansado del rudo bregar, sobre todo en la colocación del hermoso y monumental catafalco, único en la isla de Cuba por sus proporciones gigan­tescas y por el conjunto de arte que bellamente ostentaba.

Más tarde fuimos compañeros en nuestra Parroquia de San José de la isla de Puerto Rico.

Allí, claro, tenía que desempeñar su oficio; el de siempre, el de sus aptitudes y experiencia adquiridas en tantos años de altares, sacristía e iglesia; fué, pues, el sacristán de la parro­quia e iglesia de San José.

Había gran diferencia del, culto de esta pobre parroquia de San José de Puerto Rico a la grandeza del de la iglesia de la Merced de la Habana.

Pero él, amante del trabajo, se ideó la manera de ser útil a la Congregación.

Para ello, en los ratos desocupados de los quehaceres en la iglesia, se buscó un lugar adecuado, se hizo con un banco de carpintero, se ingenió para buscar unas cuantas herramientas y allí constituyó su oficina y escuela de trabajo, y en ella aprendió por sí solo, autodidácticamente, el oficio de carpintero, de mecánico, de electricista, de chofer, llegando a ser el hombre útil y necesario en los adornos eléctricos de los altares de la iglesia, en las composturas de los aparatos de la casa y el ar­tista de la madera para los de dentro y los de fuera.

Las casas de Hermanas de San Juan y Santurce frecuente­mente le llamaban, por ser hombre de absoluta seriedad y con­fianza y capacitado en la obra artesana que se le confiaba.

Desde el 20 de octubre de 1910 hasta el 6 de abril de 1928, que le traté y supe su vida y actuaciones, puedo afirmar ro­tundamente que conocí y admiré en nuestro hermano Nogal sus virtudes de dulzura, buen carácter, laboriosidad ejemplar, delicadeza de sentimientos, piedad sólida con la frecuencia de sacramentos en la huida de las ocasiones, asidua a los actos de comunidad, aun a pesar de sus múltiples ocupaciones; virtudes que, a mi modo de ver, le hacen, ser un modelo para nuestros Hermanos Coadjutores.

Virtudes que, seguramente, le han merecido la honra y la gloria de ser mártir por Dios y por España.»

Hasta aquí el P. Cortés. Completemos la semblanza.

En 1931 fue llamado a España por los Superiores de la Con­gregación, a fin de que ayudase al Hermano Tobar, ya viejo y achacoso, en la administración de los bienes de las Hijas de la Caridad. Ello es una prueba evidente de la gran confianza a que se había hecho acreedor, por su disposición para los ne­gocios, su hombría de bien y rectitud de conciencia. Su resi­dencia habitual, en la casita de la calle de Lope de Vega, en Madrid.

Malos tiempos los de la República para los encargados de negocios pertenecientes a Comunidades religiosas. El II. Nogal supo capear el temporal.

Y llegó, con el glorioso Alzamiento Nacional, el estallido

rojo. El Hermano Nogal halló buena acogida en la casa de su paisano el Sr. Arnáiz, en la calle de Martín de los Heros, en la que también se hospedaba el Hermano Jenaro Palacios.

Del 15 al 18 de agosto de 1936 fue detenida por milicias del grupo socialista que se incautó del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad. Iban tras el rastro del dinero. ¿Prueba clara? Que aunque supieron que el H. Palacios pertenecía igualmente a la Congregación, a éste le dejaron y se llevaron a aquél y al Noviciado precisamente.

Pocos días antes, y fiando en su pasaporte al extranjero, que conservaba aún, el P. Fernández le encomendó se encar­gara de poner a salvo documentos y dinero correspondiente a las Hermanas, así como de averiguar la situación de éstas, y, al efecto, había colocado capitales en casas de confianza, sin exigir recibo, naturalmente, ni parar mientes en el tanto más e menos que depositaba, en lo cual, como se verá, estuvo uno de rus lazos más enredosos.

De su comportamiento frente a los esbirros se ha hablado, por fundamentos aparente=, de un modo desfavorable; yo con­fieso con gusto que ante ulteriores averiguaciones he modifi­cado totalmente mi opinión.

El Hermano Nogal fue un valiente, al principio; un, autó­mata en el medio, y un obsesionado por la idea fija de la de­rrota, al fin.

Se negó en redondo a declarar; pero las amenazas, los tor­mentos, quizá el trastorno mental, le hicieron cantar. Y como no daba el tono definido y claro, estimaron que les engañaba y que ocultaba más de lo que descubría. Dijo dónde estaban enterrados cálices y otros objetos de valor en la misma finca del Noviciado. Descubrió algunos lugares donde había él de­positado dinero, entre confusiones lamentables y comprome­tedoras; así, en la misma casa donde estuvo refugiado dijo haber dejado 30.000 pesetas, y encontraron los milicia­no, 40.000, mientras que en el número 5 de la Gran Vía dijo haber depositado 10.000, y no llegaba a tanto la cantidad, es­tando a punto de causar los milicianos un crimen más por sa­carlas, y, en efecto, las sacaron teniendo que poner de su pro­pio dinero lo que faltaba el dueño de la casa. Con la impre­sión reciente se nos dijo al día siguiente de estos sucesos que los milicianos que realizaban la faena llevaban consigo en el coche al Hermano Nogal, el cual tenía palidez de muerte y asomos de enajenación mental. Corría por entonces la especie, no comprobada, de que le habían tenido metido en una cá­mara frigorífica. No parece cierto tal extremo, porque de haberlo sido, es probable que, en el día de la entrevista entre los secuestrados y las secuestradas en la casita de Lope de Vega, lo hubiera dicho él en seguida, como dijo lo siguiente: «He estado encerrado en el cuarto de los zapatos.»

Por venir como anillo al dedo, copiamos de Anales el si­guiente relato de Sor Simona Puerto:

«Durante los quince días que duró esta situación (el se­cuestro en el Real Noviciado) sufrimos varios interrogatorios. Y en uno de ellos me carearon con el H. Nogal.

«Parece que le estoy viendo: Estaba blanco como ese papel en que escribe usted, y mudo, en un rincón del cuarto que lla­mábamos «de la Madre» (convertido ahora en tribunal), don­de había siete hombres sentados para pedir declaración, más otros cuatro, armados: dos en la puerta y dos a mi lado.

—¿Dónde vive el chocolatero que trabajaba aquí?, me preguntaron.

—No lo sé, respondí, sinceramente.

—¿Y el panadero que surtía a la Comunidad? —Tampoco lo sé.

—¿Y el pescadero que les servía?

—También lo ignoro.

—¡Es chocante —comentaban, riéndose, los jueces— que sea usted la Ecónoma y no sepa dónde viven sus empleados! ¿De quién se valía usted para llamarlos?

—No recuerdo haber tenido que llamarlos nunca. —¡Muy chocante es esto; muy chocante!, repetían con nervosismo creciente.

Hicieron delante de mí las mismas preguntas al Hermano, y éste dio las mismas respuestas.

El desenlace de aquel interrogatorio resultó violento. Le­vantaronse los jueces y, creyendo que ocultábamos los domi­cilios porque tendríamos alguna alhaja escondida, mandaron bruscamente al Hermano salir con ellos, diciéndole con un modo que me dio miedo: «Usted se viene con nosotros en el coche; y si no nos lleva ahora mismo a casa del chocolatero, ¡nosotros le llevaremos a usted al otro mundo!»

Los últimos días de su vida los pasó el H. Nogal en la casa número 4 de la calle de San Felipe Neri y consumó el marti­rio gloriosamente, junto a las tapias del cementerio de Vallecas, el 23 de octubre de 1936, con el P. Fernández y demás compañeros de secuestro.

Su cadáver, desgraciadamente, no pudo ser identificado, por lo que espera en el dicho cementerio su resurrección.

 

 

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