Aguantemos, hermanos míos, aguantemos, por el amor de Dios

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Esta confianza, la inculca él incansablemente desde el comienzo en la que será su principal colaboradora, Luisa de Marillac. Primeramente, en esa carta de 1630, en la que indudablemente la ayuda a mirar a su vocación: «Descargad vuestro espíritu de todo cuanto os causa pena, Dios cuidará de ello. No podríais apresuraros en eso sin contristar (por decirlo así) el corazón de Dios, pues ve que no le honráis lo bastante por la santa confianza. Fiaos de él os lo suplico, y tendréis el cum­plimiento de lo que vuestro corazón desea».

Comprueba a la vez una premura demasiado humana y una cierta inquietud; a una y otra cosa pone remedio con este sencillo consejo: fiaos de Dios.

Uno o dos años después comienza a confiarle las prime­ras campesinas que van a convertirse en Hijas de la Caridad. La afianza en esa misma actitud: «Por lo demás, os ruego una vez por todas, no penséis en ello hasta que Nuestro Señor no demuestre que lo desea. Queréis convertiros en la servidora de esas po­bres chicas, y Dios quiere que lo seáis de él, y puede que de más gente de la que de esta forma lo fuérais; y aunque lo fuérais sólo de él, ¿no es bastante para Dios que vuestro corazón honre la tranquilidad del de Nuestro Señor? Así hará lo propio y estará en estado de servir. El reino de Dios es la paz en el Espíritu Santo; y reinará en vos si vuestro corazón está en paz. Estadlo, pues, Señorita, y honraréis soberanamente al Dios de paz y de dilección.

Se recomienda a vuestras oraciones y os da las bue­nas tardes con gran ternura de su corazón vuestro ser­vidor en el amor de Nuestro Señor Jesucristo».

A lo largo de los años, según las ocasiones, sobre todo en aquellos comienzos llenos de esperanza y de incertidum­bres, hácela él crecer en la sencillez y el abandono: «Reflexionáis demasiado sobre vos mima. Hay que ca­minar buena y sencillamente».

Pero las arengas prevalecen sobre los reproches: «Señorita, bendito sea Dios, pues su bondad os afianza más y más en su amor y en el cumplimiento de su voluntad; pero, por el amor de Dios, Señorita, enferma no os pongáis en camino para hacer ese recorrido que me notificáis. Hay que dar lugar a la enfermedad como a un estado muy divino. Es cierto que Nuestro Señor os ayuda de una manera especial. Paréceme que sois suicida por el poco cuidado que de vos misma te­néis. Estad bien alegre, os lo suplico. ¡Oh, el gran mo­tivo que para ello tienen las personas de buena vo­luntad!».

Aunque le recomienda a veces amar su indigencia y es­tar tranquila en honor a Nuestro Señor, que es la tranquili­dad misma, sabe también felicitarla e invitarla a la perse­verancia: «Señorita, Dios mío, sois una mujer muy buena si ha­béis hecho todo eso que me notificáis. Pero ánimo, no podéis demoraros en un camino tan hermoso».

Dios no es variable. El Señor Vicente tampoco. Si los consejos que da a Luisa de Marillac en la época en que fundaba las Hijas de la Caridad se ponen junto a la con­ferencia que da a estas últimas al atardecer de su vida, se apercibe uno de ello; no va a vivir sino dos años; a ellas, co­mo a los sacerdotes de la Misión, les deja su testamento es­piritual; el tono es aquí más sereno, la confianza prevalece en una humilde conciencia de los límites que imponemos a todo lo que emprendemos por el amor de Dios.

«¡Oh Salvador!, ¿quiénes somos, que os dignáis serviros de nosotras? ¡Pobres chicas, que son la barredura del mundo! ¿No es cierto, hermanas mías? ¿Hay chicas de alta condición entre vosotras? La mayoría son hijas de labriegos o de artesanos; y si hay alguna nobleza, es rara.. ¡Oh! ¡Bendito sea Dios si, a esta hora, hay al­guna de la ciudad! Procedéis de pobre gente, de ma­nera que hay gran motivo de admiración en ver que desde toda la eternidad haya Dios pensado en hacer lo que vemos, como si hubiese dicho: «Quiero hacerme una Compañía de pobres doncellas y de viudas, que será pedida de todos lados». Oh hijas mías, si no re­currís a la confianza en la Providencia, ¿qué haréis? Pues estando las cosas como acabamos de decir, bien veis que no sois capaces por vosotras mismas de cosas tan grandes. Pobres muchachas que en su mayoría no saben leer, ¡qué harán, si no se confían a la Providen­cia! ¡Oh, qué motivo para dar gracias a Dios por haberos puesto en esta Compañía!

Así es como se inició la Iglesia. Los Apóstoles eran todos pobres hombres, no sabían nada, andaban des­calzos, no llevaban bastón. Y sin embargo, ¡qué no hi­cieron con la gracia que Nuestro Señor les dio! Convir­tieron a todo el mundo. ¡Qué gracia, hijas mías, que haya Dios querido tomar ese mismo material, del cual se sirvió para salvar a todo el mundo, para formar vuestra Compañía!

Estad prestas a hacer todo lo que quiere que hagáis. Pero nada pretendáis, ni estar en esta casa, ni en esta parroquia, ni en el campo, ni os informéis de adónde se os va a enviar. Creed que en todas partes Dios tendrá cuidado de vosotras».

En estas pláticas que el Señor Vicente, cercano a su fin, dejaba a guisa de testamento espiritual a los sacerdotes de la Misión y a las Hijas de la Caridad, comentaba las Reglas que les había dado.

Aun cuando no estemos llamados a vivir bajo unas Re­glas semejantes, en la diversidad de nuestras situaciones en el mundo, no podemos sino ganar sometiendo a prueba los principios tan sencillos que aquí da el Señor Vicente. En ellos haremos la experiencia de Dios. Pero nuestra dificultad para dejar obrar a Dios viene a menudo de que nos cuesta reconocer lo que espera de nosotros. Para eso es necesario, según una expresión cara a san Ignacio de Loyola, aprender a discernir espíritus.

Obrar según el Espíritu de Dios

El Señor Vicente creía en el diablo. Y aun hablaba de él más a menudo que del Espíritu Santo. Pero no debe dete­nerse uno en esta comprobación simplista, si uno quiere dar cuenta de su verdadero pensamiento.

Habla él constantemente de Dios, que nos ama con más ternura que un padre a su hijo. Refiérese sin cesar a Jesu­cristo, nuestro Salvador, al que no se cansa de contemplar y de imitar. Más aún, los interpela en toda ocasión, está en relación continua con ellos.

No he hallado en cambio caso alguno en el que se dirija de modo semejante al Espíritu Santo. Y en las 648 páginas de índices generales consagradas a la obra completa del Señor Vicente, el Señor Coste, que la ha estudiado, no halla sino dos referencias que indicar, capitales, es cierto. En rea­lidad, hemos tenido ya ocasión de comprobarlo, nuestro santo se refiere bastante a menudo al Espíritu Santo. Y so­bre todo evoca a menudo «el espíritu de Dios», «el espíritu de Nuestro Señor». Y es al conjunto de esas indicaciones adonde hay que aproximarse para ver más claramente quién era para él el Espíritu Santo. Descubriremos entonces por contraste al espíritu tentador que no cesa de intentar apar­tarnos de las miras del Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo está difundido en todos los cristianos y en la Iglesia

Dos textos esenciales evocan ya la presencia y la acción del Espíritu Santo, primero en cada uno, luego en la Iglesia. Esos dos pasajes se hallan uno y otro en el comentario a las Reglas dadas a los sacerdotes de la Misión por el Señor Vicente poco antes de su muerte; tuvimos ya ocasión de citar este largo testamento espiritual.

Acaba de recordar las tareas de los sacerdotes y de los hermanos de su congregación, llamados unos y otros a con­tribuir, en la diversidad de sus tareas, a procurar la salvación del pobre pueblo mediante el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo.

«La Regla dice, pues, que, para hacer eso, lo mismo que para tender a la perfección, hay que revestirse de de Jesucristo. ¡Oh Salvador! ¡Oh Señores, qué asunto tan grave, revestirse de Jesucristo! Eso quiere decir que, para perfeccionaros y asistir útilmente a los pue­blos, para servir bien a los eclesiásticos, tenemos que trabajar por imitar la perfección de Jesucristo y es­forzarnos por llegar a ella. Eso dice también, que nada podemos ahí por nosotros mismos. Hay que llenarse y estar animado de este espíritu de Jesucristo. Para en­tender bien esto, hay que saber que su espíritu está di­fundido en todos los cristianos que viven según las nor­mas del cristianismo; las acciones y las obras de éstos están salpicadas del espíritu de Dios».

Este espíritu obra, pues, en el corazón de todos los cris­tianos, y no solamente en los que le están consagrados, como aquellos a los que aquí se dirige el Señor Vicente. Y lo que es más importante aún, es el modo de precisar él quién es este espíritu de Jesucristo» del que hablan las Reglas. Se trata del Espíritu Santo en persona.

«¿Cómo es ese espíritu que así se difunde? Cuando se dice: «El espíritu de Nuestro Señor está en tal persona o en tales acciones», ¿cómo se entiende eso? ¿Se di­funde en ellas el Espíritu Santo mismo? Sí, la persona del Espíritu Santo se difunde en los justos y habita per­sonalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo obra en alguien, ha de entenderse que este Espí­ritu mora en esa persona y le da las mismas inclinacio­nes y disposiciones que Jesucristo tenía en la tierra, y ellas le hacen obrar lo mismo, no digo con una perfec­ción igual, según la medida de los dones de ese divino Espíritu».

Y este espíritu de Nuestro Señor es el «espíritu de cari­dad perfecta» que le oímos describirnos al comienzo del capítulo quinto.

El Señor Vicente vuelve sobre el Espíritu Santo un poco más adelante al comentar el pasaje «donde la Regla dice con Jesucristo: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura».

«Pero ¿qué es el Reino de Dios?».

A esta pregunta da una triple respuesta.

Entiéndese por ello el imperio de Dios sobre to­das las criaturas, angélicas y humanas, animadas e in­animadas, sobre los condenados y los demonios; es dueño, señor y soberano de todas y de cada cosa».

Luego invita a reconocer el reino de Dios en la Iglesia, a la que preside el Espíritu Santo: En el gobierno de su Iglesia, compuesta de ele­gidos y de reprobados; Dios es su Rey; ha dado leyes a esa Iglesia; inspira a los que la gobiernan la buena dirección que le marcan; reina sobre los concilios canó­nicos y las santas asambleas que se tienen para el buen orden del Estado cristiano, y para eso preside allí el Espíritu Santo. El es quien ha otorgado las luces di­fundidas por toda la tierra, las que han iluminado a los santos, ofuscado a los malvados, disipado las dudas, manifestado las verdades, descubierto los errores y mostrado las vías por las que la Iglesia en general y cada fiel en particular pudieron caminar con segu­ridad».

El reino está finalmente en la persona de los justos, en quienes nos decía hace un momento que habita personal­mente el Espíritu Santo.

Reina de una manera especial sobre los justos, que le honran y le sirven; sobre las buenas almas que se dan a Dios, que no respiran sino a Dios; sobre los elegidos, que han de glorificarle eternamente. Sobre tales personas reina particularmente, por las virtudes que ejercitan y que han recibido de él. Es el Dios de las virtudes, y no hay una sola de ellas que no venga de él. Todas proceden de esta fuente infinita, que las envía a las almas escogidas, las cuales, siempre prestas a recibirlas, son siempre fieles en practicarlas. Así es como procuran el reino de Dios, y de esta manera rei­na Dios en ellas».

Este vínculo entre el reino de Dios y el Espíritu Santo, establecíalo ya el santo, lo hemos visto, en sus primeras car­tas a Luisa de Marillac:

«El reino de Dios es la paz del Espíritu Santo; reinará en vos si vuestro corazón está en paz».

Para Vicente, el Espíritu Santo es sobre todo el Espíritu misionero. «El Espíritu del Señor está sobre mí, él me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a procla­mar a los cautivos la liberación…». Esta palabra evangélica que abre la misión pública de Jesucristo en san Lucas, pudo recogerla a su vez san Vicente cuando, dejando el círculo de los grandes, decidió consagrarse a los pobres. Era un escán­dalo, de eso tenía él conciencia, ver tantos sacerdotes ocio­sos en las ciudades mientras el pobre pueblo de los campos se perdía en la ignorancia de las verdades necesarias para la salvación.

Hemos visto cómo un día, en los comienzos de su vida misionera, encuentra a un hereje, quien le pone esta obje­ción, a la que él es particularmente sensible: «Señor, me decís que el Espíritu Santo guía a la Iglesia de Roma, pero no puede creerlo, pues, de un lado se ve a los católicos del campo abandonados a pastores viciosos e ignorantes, no instruidos sobre sus deberes, sin que la mayoría de ellos sepa siquiera qué es la religión cristiana; y del otro, se ve a ciudades llenas de sacerdotes y de monjes que no hacen nada; en París puede que haya diez mil de éstos, que, sin embargo, dejan a la pobre gente del campo en esa ignoran­cia espantosa por la cual se pierde. ¿Y queréis persuadirme de que hay ahí dirección del Espíritu Santo? Jamás lo creería».

En un primer momento, el Señor Vicente intenta con­vencer a su interlocutor de que la realidad no es tan som­bría como él la pinta, y al mismo tiempo de que la imper­fección de los hombres no impide el que el Espíritu Santo guíe a la Iglesia:

«Que estaba mal informado de lo que hablaba, le dice; en muchas parroquias había buenos párrocos y buenos coadjutores; entre los eclesiásticos y los religiosos que abundan en las ciudades, los había que iban a catequi­zar y a predicar al campo; otros se aplicaban a rogar a Dios y a cantar sus alabanzas día y noche; otros se hacían de utilidad pública mediante los libros que es­cribían, por la doctrina que enseñaban y por los sa­cramentos que administraban; y si había algunos inú­tiles, que no cumplían debidamente con sus obligacio­nes, eran personas particulares, sujetas a fallos y que no son la Iglesia. Cuando se dice que el Espíritu Santo guía a la Iglesia, se entiende en general, cuando está reunida en concilio, y, una vez más, en particular, cuando los fieles siguen las luces de la fe y las reglas de la justicia cristiana; pero en cuanto a los que se alejan de ello, resisten al Espíritu Santo, y, aunque sean miembros de la Iglesia, son sin embargo de aque­llos que viven según la carne, como dice san Pablo, y que morirán».

Esta argumentación no convence al buen hombre; pero éste será testigo un año más tarde de las actividades misio­neras del santo, y eso lo cambiará todo. No tenemos que asombrarnos. Comprobamos desde el principio que el credo del Señor Vicente no se traduce tanto en exposiciones doctrinales cuanto en lo que él era, en lo que vivía, lo que hacía. Su biógrafo Abelly nos refiere el acontecimiento tal como lo había oído de labios del Señor Vicente:

«El hereje asistió por curiosidad a los sermones y a las catequesis; vio el cuidado que se ponía en instruir a los que estaban en la ignorancia de las verdades nece­sarias para la salvación, la caridad en adaptarse a la flaqueza y lentitud de espíritu de los más rudos, y los efectos maravillosos que obraba el celo de los misio­neros en el corazón de los mayores pecadores. Lloran­do de emoción, fue en busca del santo y le dijo: —Ahora es cuando veo que el Espíritu Santo guía a la Iglesia Romana, pues se cuida de la instrucción y de la salvación de los pobres aldeanos».

Y el Señor Vicente añadía después de este relato: «¡Oh, qué dicha para nosotros los misioneros, demos­trar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como lo hacemos en la instrucción y santificación de los pobres!».

Hoy hallamos de nuevo, con una urgencia agudizada, la cuestión fundamental planteada por este relato. Nos la plantea la incredulidad. La plantea al conjunto de los cris­tianos. Así es como Francis Jeanson nos recuerda que nues­tra preocupación de diálogo ecuménico (progresivo sin duda en relación con los tiempos del Señor Vicente) debe estar abierto a todos los hombres y al mundo, con una atención privilegiada para aquellos a los que el santo llama los po­bres, y que Jeanson llama aquí los excluidos: «Para que el diálogo llegue a ser auténtico, hace falta que los interlocutores quieran que ese diálogo esté abierto a otros, quienes­quiera que sean, es decir, que pueda ponerse en tela de juicio por la intrusión de un tercero cualquiera, con la inclu­sión del tercero excluido: el Tercer Mundo, por ejemplo, y todos los Terceros Mundos del mundo. Hay que desconfiar de los idilios, de los diálogos demasiado fáciles, que corren el riesgo de no tener nada de diálogos». Estamos constan­temente amenazados, tentados a quedarnos entre nosotros, con gente que está de acuerdo en lo esencial, mientras que el Señor nos manda ir al mundo entero para proclamar el Evangelio a toda la creación, y el Espíritu Santo no cesa de recordar a la Iglesia el sentido de su misión: Me envió a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a proclamar a los cautivos la liberación.

Para acabar de ilustrar lo que el Señor Vicente creía sobre el Espíritu Santo, dejémosle que nos diga cómo con­templa él su divina Persona en el misterio de la Santísima Trinidad. Lo hace en una plática muy sencilla a las Hijas de la Caridad para exhortarlas a vivir en la unidad: «Veis, hijas mías, así como Dios no es más que uno en sí mismo, y que en Dios hay tres personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijo que el Es­píritu Santo, así las Hijas de la Caridad, aunque sean muchas, no tendrán nunca más que un corazón y un espíritu; y, al igual también que en las Personas de la Santísima Trinidad, las acciones, aunque diversas y atribuibles a cada una de ellas en particular, dicen re­lación la una a la otra, sin que, por atribuir la sabidu­ría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo, se entienda que el Padre esté privado de esos dos atributos, ni que la tercera Persona carezca del poder del Padre, ni de la sabiduría del Hijo; de igual modo hace falta que entre las Hijas de la Caridad, la que sea de los pobres tenga relación con la que sea de los niños, y la de los niños con la de los pobres. Y quisiera yo además que nuestras hermanas se asemejasen a la Santísima Trini­dad en esto, en que, como el Padre se da todo al Hijo, y el Hijo todo al Padre, de lo cual procede el Espíritu Santo, de ese mismo modo sean ellas la una toda de la otra, para producir las obras de caridad que se atri­buyen al Espíritu Santo, para que se parezcan a la Santísima Trinidad. Pues, veis, hijas mías, quien dice caridad, dice Dios; sois Hijas de la Caridad; debéis, pues, en la medida de lo posible, formaros a imagen de Dios».

 

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