Administración según la tradición vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Robert P. Maloney, C.M. · Year of first publication: 1998 · Source: Ecos.
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Permítanme darles las gracias por su servicio de Ecónomas Provinciales en la Compañía de las Hijas de la Caridad. Estoy muy agradecido por su generosidad al aceptar y trabajar en este oficio. La tarea de la Ecónoma Provincial es difícil. Digo esto, especialmente, por tres razones:

  1. Su trabajo es polifacético. A veces tienen que ser contables, tesoreras, administradoras, consejeras, inversoras, representantes legales, abogados y agentes de seguros.
  2. Muchas de ustedes han tenido poca preparación para esta tarea, aunque lo hagan con frecuencia muy bien. Pocas de ustedes han asistido a cursos de contabilidad. Pocas, entre ustedes, tienen títulos de Economía. La mayoría han aprendido lo que significa ser Ecónoma Provincial porque han aceptado el oficio por obediencia y han trabajado mucho para descubrir lo que conlleva.
  3. Ser Ecónoma Provincial hoy es mucho más complejo que en el pasado. El mundo se ha informatizado de tal manera que las transacciones económi­cas se hacen rápidamente, especialmente en el campo de las inversiones. La sociedad se ha hecho más litigiosa, por eso hay leyes sin fin y proce­dimientos burocráticos que, a veces, frustran incluso a las personas más generosas.

Por eso, les repito con gran sinceridad: gracias por realizar este oficio difícil.

I. San Vicente, santa Luisa y la administración

Permítanme decirles hoy algunas palabras sobre la administración de san Vi­cente y santa Luisa. Saben más de lo que yo les voy a decir, pero la reflexión y meditación sobre nuestras raíces nos ayuda a vivir con más vitalidad el presente y hacer frente al futuro con un gran sentido de responsabilidad. Les recuerdo tres convicciones fundamentales que guiaron la administración de san Vicente y santa Luisa.

1. Ellos creían que sin una base económica sólida, la Compañía no podía realizar su misión.

San Vicente era realista, práctico. Decía que nunca aceptaría la propuesta de «personas que no tienen más que buenos deseos, pero sin querer gastar nada en ello. Si las Hermanas iban a realizar servicios gratuitos, tenían que contar con un soporte financiero: un fondo o una fuente de ingresos popular. San Vicente y santa Luisa fueron muy creativos al unir estos dos criterios.

Ellos fundaron, por término medio, unas dos casas al año entre 1633 y 1660. Fue un ritmo notable para alguien como Vicente que, siempre se movía despacio, «nunca se adelantaba a la Providencia» 3. Pero lo más notable es que hacían fundaciones para sostener estas casas. Es interesante constatar que la distribución geográfica de estos lugares sigue principalmente los intereses pastorales y económicos de los contactos más importantes de san Vicente y santa Luisa. Eran buenos recaudadores y buenos negociantes.

Vicente era rápido para reconocer que la misma Luisa de Marillac era una excelente administradora. El dice a las Hijas de la Caridad en el Consejo General de 1655: «Habéis tenido una Superiora que no sólo ha evitado que se arruinase vuestra casa, sino que por el contrario ha ido reuniendo dinero con que comprar una. Por eso tenéis que dar muchas gracias a Dios al veros en tal situación, que no conozco ninguna otra casa religiosa que esté tan bien. No, os lo repito, no conozco ninguna otra en París, y esto, después de a Dios, se lo debéis al buen gobierno de la Señorita>>4.

2) Los Fundadores urgían con fuerza a sus seguidores a vivir un estilo de vida sencillo y mortificado; pero al mismo tiempo deseaban que las que admi­nistraban tuviesen cuidado de satisfacer las necesidades de las Hermanas.

San Vicente insistió con fuerza en la importancia de un estilo de vida mortifi­cado y sencillo:

«Hijas mías, manteneos firmes y estad seguras de que no observar esta regla de la santa pobreza es poneros en peligro, no solamente de abandonar vuestra vocación, sino de destruir a toda la Compañía y de veros a vosotras mismas abandonadas de Dios, ya que es esa la base y el fundamento que la sostiene y si llega a fallar, todo el edificio se vendrá abajo.

Pero desde luego, tanto san Vicente como santa Luisa tenían sentido común. En una carta encantadora, san Vicente dice a sor Antoine Colee, Superiora de Toul:

«He sabido que su pan está mal hecho. Le ruego que lo haga hacer a un buen panadero, si lo encuentra; porque lo principal es tener buen pan. También será conveniente variar algunas veces la comida… para ayudar a la pobre naturaleza, que se cansa de ver siempre las mismas cosas»’.

Santa Luisa da instrucciones para que la Hermana de la cocina procure a las Hermanas lo que necesitan’. También pidió permiso para que las Hermanas co­miesen un asado preparado por la Duquesa de Ventadour el Domingo de Pascua’.

3) Naturalmente, la razón de todo esto, según el espíritu de Vicente y de Luisa, es que los bienes de la Compañía «son patrimonio de Jesucristo y provienen del sudor de los pobres».

Por esta razón, san Vicente afirmaba:

«Hemos de dar cuenta muy exacta de ellos a Dios; pues eran bienes de Dios,
bienes de los pobres, de los que nosotros éramos sólo los administradores y no
los propietarios».

Lo que la Compañía posee, lo posee sólo para este fin: para que podamos vivir en ella como siervas de los pobres. Santa Luisa escribe a Juana Lepeintre: «Ad­ministre el bien de los pobres lo mejor que pueda» 11.

II. Algunos principios de sus Constituciones referentes a la administración

1) El principio de la finalidad misionera de la propiedad (3.52)

Los bienes de la Compañía están al servicio de su fin apostólico. Son para la Misión. Su objetivo es sostener nuestro «don a Dios para el servicio de los po­bres»12.

2) El principio del servicio (3.53)

A nivel más profundo, nuestros bienes son patrimonio de los pobres. Nosotros sólo somos sus administradores. Como buenos administradores, debemos actuar con prudencia (3.53), además de con espíritu de desprendimiento (3.52). Las Constituciones nos dicen muy claramente que debemos «evitar actuar como pro­pietarios» (3.52).

Fundamentalmente, los bienes de la Compañía han de pasar por nuestras manos y hemos de orientarlos cada vez más al servicio de los pobres. Santa Luisa decía: «Bien sé que no quiere usted atesorar, por la gracia de Dios. Ama usted demasiado la santa pobreza y la confianza en Dios, que son los dos puntales de la Compañía de las Hijas de la Caridad» 13

Naturalmente, esto es muy importante para las Ecónomas Provinciales. Las Ecónomas son administradoras. Bajo la dirección de los Superiores deben volun­tariamente, y con agrado, distribuir los bienes de la Compañía para sus fines misioneros y para los usos legítimos de las Hermanas. Deben tener cuidado de que haya igualdad cuando distribuyen a las Hermanas los bienes de la Compañía.

3. El principio comunitario de la pobreza evangélica (3.54)

Como la comunidad de los Hechos de los Apóstoles (Hech 2,44; 4,32), tene­mos todas las cosas en común. No hay propietarios privados de los bienes de la Comunidad. No debe haber desigualdades en la posesión o en el uso de los bienes de la Compañía.

4) El principio de corresponsabilidad (3.54)

Puesto que nuestros bienes los tenemos en común, todos compartimos la responsabilidad, en grados diversos, en su adquisición, su administración y su uso. Todos tenemos derecho a una formación y a un cuidado adecuados en las diferentes etapas de nuestra vida. Todos tenemos el deber de usar bien los bienes de la Compañía.

5) El principio de subsidiariedad (3.55)

La adquisición y administración de los bienes temporales se hacen a diversos niveles y a través de diversas personas jurídicas (Casas, Provincias, la Curia Gene­ral), cuyas responsabilidades están descritas en las Constituciones y Estatutos. Cada nivel tiene su autonomía dentro del marco de las normas de la Compañía.

6) El principio de solidaridad (3.54)

Las comunidades y las Provincias que tienen más están llamadas a ayudar a aquéllas que son menos afortunadas. Las Casas dentro de la Provincia deben ayudarse entre sí y todos los miembros deben vivir en estrecha solidaridad con los pobres, no sólo en el propio país sino en el mundo entero. En una Compañía internacional, como la de las Hijas de la Caridad, este principio se hace cada vez más importante, ya que las necesidades de la Compañía son mayores en aquellas Provincias que tienen menos recursos.

7) El principio de confianza (3.32; 3.40)

Aunque todos somos corresponsables, sin embargo la Compañía confía la administración de sus bienes temporales de una manera especial a las Ecónomas, bajo la responsabilidad de los Superiores y sus Consejos. Este principio pone una responsabilidad muy especial en las manos de ustedes, así como en las de las Ecónomas locales. Otras personas deben ayudarles a llevar esta responsabilidad, como les diré más adelante, y la Visitadora y su Consejo deben darles unas directivas y supervisarlas. Sin embargo, la administración de los bienes de la Provincia es, ante todo, responsabilidad de ustedes.

8. El principio de los permisos explícitos (3.56; 3.58)

Por el contrario, para la alienación de los bienes de la Compañía y otras transacciones que afectan a nuestro patrimonio, se requiere el permiso escrito del Superior competente, con el consentimiento de su Consejo. Muchos de los proble­mas que llegan a la Madre General se evitarían si este principio se observase cuidadosamente.

9. El principio de dar cuenta (3.59)

Sus Constituciones exigen que todas las Ecónomas, al menos una vez al año, den cuenta de su administración. Esto debe hacerse con la mayor sencillez y claridad.

Las Ecónomas deben esforzarse siempre por ser completamente transparentes en sus relaciones con los Superiores, ayudándoles a comprender incluso los asun­tos complicados, de manera que ellos puedan tomar decisiones adecuadas sobre el uso de los bienes de la Compañía.

III. Algunas directivas prácticas delicadas

Cada fase de la vida de la Provincia pasa por el despacho de la Ecónoma: desde la formación inicial al cuidado de las Hermanas mayores, desde vestir a las Hermanas hasta construir un hospital, del pago del seguro por las Hermanas que viven a la ejecución del testamento de las difuntas. El campo de su trabajo es muy amplio. Permítanme sugerirles unas cuantas directivas prácticas que, como la experiencia enseña, son muy importantes:

1) Aunque es imperativo contar con la ayuda y el consejo de los demás, ustedes deben aceptar ser las responsables primeras de la administración de los bienes de la Compañía.

Hay dos partes en esta directiva: En la primera, recomiendo mucho pedir consejo. En un mundo que se hace cada vez más complicado en cuanto a las leyes y estructuras financieras, ninguna persona puede comprender todo ni admi­nistrar todo. No es razonable esperar eso. Una Provincia que tiene abundantes bienes debe tener un consejo administrativo para ayudarles. La segunda parte de la directiva, sin embargo, dice que ustedes no deben dejar la responsabilidad de la administración de los bienes de la Compañía en manos de cualquiera, aunque sea una Hermana con experiencia en economía, o un amigo seglar de confianza, o un inversor profesional. Todas estas personas les pueden ayudar, pero solo ustedes son las responsables de la administración de los bienes de la Compañía.

2) Aunque ustedes sean «profesionales» en el desempeño de sus responsa­bilidades administrativas, deben también permanecer siempre como ver­daderas Hijas de la Caridad.

También hay dos partes en esta directiva. La primera dice que deben ser tan competentes como sea posible en su oficio de Ecónomas. Esto no es seguramente fácil, puesto que muchas de ustedes han tenido poca formación profesional. De verdad, admiro cuánto han aprendido y la competencia con la que realizan los deberes de su oficio.

La segunda parte de la directiva, dice, sin embargo, que ustedes deben, aunque sean profesionales, ser siempre Hijas de la Caridad. Busquen tiempo, en la medida de lo posible, para otras formas de servicio directo a los pobres; busquen tiempo para la oración; busquen tiempo para su formación continua. Permanezcan sencillas en su estilo de vida, aunque administren grandes cantida­des de dinero. Sean amables y cariñosas con las Hermanas y con las demás personas a quienes traten en su servicio, aunque a veces puedan tener en su mente problemas mayores que los pequeños asuntos que les presenten.

3) Aunque es importante para ustedes proteger e incrementar los recursos de la Provincia, no deben permitir que eso sea un fin en sí mismo.

Esta directiva tiene también dos partes. La primera parte dice que los recursos de la Provincia son los fondos necesarios para nuestras obras al servicio de los pobres. Debemos protegerlos, e incluso aumentarlos, ya que las demandas de recursos serán indudablemente mayores en el futuro que lo son en el pre­sente.

La segunda parte de la directiva, dice, no obstante, que el aumento de nues­tros recursos nunca debe ser un fin en sí mismo. En otras palabras, debemos estar dispuestas a gastar, e incluso substancialmente, cuando las necesidades de los pobres o de las Hermanas lo exijan. Nuestros bienes están, en definitiva, al ser­vicio de los pobres, de la Compañía y de la Iglesia universal.

4) Aunque deben dar información abundante y transparente a los que tienen la última responsabilidad en las decisiones (Visitadoras y sus Consejos, Madre General y su Consejo), también deben ser bastante prudentes con aquéllos que no tienen por qué conocer los asuntos de la Compañía.

También esta directiva tiene dos partes. La primera dice que la sencillez es la regla de la Compañía, especialmente en el trato con los Superiores. La Ecónoma debe ser clara en la información que dé y en el consejo que ofrece. Debe reco­nocer que ella no es la que toma la última decisión en muchas cuestiones econó­micas importantes. Por tanto debe dar información necesaria y consejo claro a aquéllos que tienen la responsabilidad final en la decisión.

La segunda parte de esta directiva dice que la Ecónoma debe ser muy discre­ta. Mucha gente tendrá curiosidad acerca de los bienes de la Compañía. Ella debe dar sólo la información que sea necesaria en un contexto dado.

5. Aunque ustedes no son miembros de oficio del Consejo Provincial, tienen derecho a que se las oiga en todos los asuntos que tengan repercusiones económicas significativas.

También esta directiva tiene dos partes. La primera dice que la Ecónoma no es miembro del Consejo automáticamente (aunque puede serlo por algún otro motivo; por ejemplo, si es Consejera Provincial). Sin embargo, puede haber muchas ocasiones en las que la Visitadora no le consulte sobre asuntos importan­tes (por ejemplo, el cambio de una Hermana de una Casa a otra). Por otra parte, la Visitadora y su Consejo tienen la obligación de consultarles en todos los asuntos que tengan repercusiones financieras significativas. Ustedes participan con dere­cho a voto en tales asuntos’. El problema, naturalmente, es que a veces un Consejo puede no reconocer las implicaciones financieras de una decisión; pero también debemos reconocer que el aspecto financiero puede no ser factor deter­minante en algunas decisiones. La clave, en este caso, es una buena comunica­ción mutua.

Hermanas mías, quiero animarlas. A ustedes, como buenas administradoras, se les ha confiado el patrimonio de la Compañía. Este patrimonio es el fruto de aquéllos que han trabajado en la viña antes que nosotros, pero es también la semilla del futuro. Este patrimonio alimenta nuestros programas de formación y sirve para atender las necesidades de nuestras Hermanas enfermas y mayores. Apoya nuestra misión además de la de nuestras Hermanas. En esta sala están reunidas aquellas Hijas de la Caridad, ustedes, que de alguna manera tienen influencia sobre todos los bienes materiales de la Compañía.

Y por eso las animo y las invito:

  • Su ministerio es importante. Realícenlo bien en nombre del Evangelio.
  • Su experiencia es importante. Compártanla con apertura y humildemente.
  • Ustedes mismas son importantes. Continúen creciendo en su fe en la llama­da del Evangelio y en la Misión de la Compañía.

Permítanme concluir con una oración de san Vicente:

«¡Oh, Dios mío! Nos entregamos a Ti; concédenos la gracia de vivir y morir en la perfecta observancia de una verdadera pobreza. Yo te la pido para todas nuestras Hermanas presentes y lejanas… Nos entregamos también a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vida, a nuestros señores los pobres y te pedimos esta gracia por tu santo amor».

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